lunes, mayo 30, 2005

Un Domingo Diferente

Me encanta que la vida te sorprenda. Me gusta cuando tú tienes un plan por ejemplo para el fin de semana y “la vida” se empeña en que no, que no le va bien que hagas lo que pretendías y ella solita te prepara un plan mucho más “molón”.

El sábado por la noche estuve en una fiesta. Gran fiesta por cierto, alcohol, mucho alcohol, risas y divertidas conversaciones (lo de divertidas lo deduzco, porque estuve como 5 horas de pie hablando con unos y otros y no soy de las que pueden aguantar si el interlocutor no me interesa. Pero en realidad, no me acuerdo demasiado)

Recuerdo eso sí, que Gilito me transporto a casa mientras yo me debatía en una pugna con mi Estomago, intentado convencerle de que el coche de Gilito no era el mejor el sitio para arrojar la cantidad de alcohol que ya le sobraba. Me hizo caso, menos mal, y aguantó hasta casa.

Una vez a salvo en el hogar, no pude ya disuadirle y me sometí sin oponer resistencia a los designios del vómito, dejándome llevar por las convulsiones.

Mañana será otro día, pensé, y me acosté con la idea de levantarme el domingo y bajar a la playa, a que la brisa del mar y un baño en agua salada me hicieran mas llevadera una resaca que ya prometía peleona..

Me deje llevar por esa soporífera sensación del agotamiento y los efluvios del alcohol y caí en los brazos de Morfeo.

Y aquí es donde los designios del mas allá (o del mas acá), se empezaron a frotar las manos cual bellacos (y a descojonarse de mi, claro) me tenían preparado…”un plan diferente para el domingo”

Lo siguiente que recuerdo fue mucho humo, mucho grito, un olor asfixiante a pvc quemado y a un Gilito en calzoncillos yendo de aquí para allá controlando la situación. Lo siguiente, 15 bomberos (con casco y manguera incluida) penetrando en mi casa por la ventana hasta el foco del fuego mientras yo estaba ya en plena calle, con una camiseta puesta del revés y un sujetador en plena escalera. Por un momento llegué a dudar si aquello era real o se me había ido la olla y llevada por el alcohol había seguido los pasos de Micropene en cuanto a orgías y demás…porque 15 bomberos mojados, una manguera y Gilito en calzoncillos no hubiera sido desde luego mal comienzo en estas prácticas.

Pero no. A mi pesar, aquello fue real. Se me estaba quemando la casa y yo no tenía cuerpo para aguantar aquello. Bueno, cuerpo, lo que se dice cuerpo, casi sí, que una tiene ya mas de 30 años y allí en plena calle y sin sujetador me di cuenta que la gravedad todavía no había empezado a hacer de las suyas….. lo cual, oye, me hizo ilusión.

No podría precisar cuánto tiempo transcurrió hasta que los bomberos sofocaron el fuego y nos dijeron que no había peligro y podíamos volver a entrar a una casa encharcada y vapuleada por el fuego y los bomberos (grandes profesionales los bomberos, sí, pero coño! Un poquito mas de cuidado, que os habéis cargado la mitad de mi colección de Cds!. A ver, chicos: … “la ventana es para mirar y asomarse, no para pasar de una habitación a otra cuando hay una puerta al lado y no es necesario…)

Durante el rato que estuvimos en la calle acompañados por todo viandante cotilla que por allí pasaba y después de suponer que la casa ya no iba a explotar (yo es que veo un uniforme y me provoca una sensación de seguridad….) me sobrevino una sed atroz seguramente provocada por ver tanta manguera junta. …(Yo soy así, muy impresionable, si paso por una fuente me entran ganas de mear, si veo comida, me entra hambre etc.…) Así que, descartando la idea de amorrarme a una manguera de aquellas, mas que nada porque no quedaba muy fino, me acerqué al bar de al lado a pedir un botellín de agua. El hombre del bar no me lo quiso cobrar. (Si lo llego a saber, me pido un ron con coca cola).

Y así pasamos el tiempo hasta que lo Sres. bomberos nos permitieron subir a casa.

Estamos todos bien (lo mas importante) gracias a la rápida intervención de los bomberos y sobre todo a la sangre fría que demuestra Gilito en estas ocasiones (eres el mejor ;-) y la casa, bueno, la casa ahora tiene un color homogéneo negro y huele como si hubiéramos hecho una barbacoa para 100 personas. Por lo demás, sí, se me han quemado las aletas y las gafas de bucear, y alguna cosa más…pero sin importancia.

Quede esto como prueba empírica de la teoría de Javier Bardem, de que cuando vas a vivir una situación estresante o que te ponga nervioso, (en su caso la Ceremonia de los Oscar de Hollywood) lo mejor es estar de resaca. Eso te hace relativizarlo todo, y tomarte las cosas…de otra manera…

Pues eso.

domingo, mayo 29, 2005

Club de intercambio y 5 (Versión V)

He recibido la segunda y última parte del relato de V de nuestra segunda vista la club de intercambio de parejas. Os dejo con V:

"Antes de nada lamento que mi acceso a la red esté algo limitado. De ahí la tardanza. Mis disculpas.
Pues bien, tras el baile Microp y yo estuvimos un rato en la sauna. Era estrecha y pequeña como casi todas las saunas. Allí nos encontramos un pareja de treintañeros, de aquellos de "profesiones liberales" que nos dieron palique. Que si de donde sois, que si visitáis con frecuencia estos lugares, que si estáis "en el mundillo". En resumen: él, un pelmazo; ella, una oyente con muchísima paciencia. Tras un tiempo entre prudencial y educado, nos marchamos. La excusa, hemos quedado aquí con una pareja mediante una revista. Os invitaríamos pero primero queremos tantearlos. Es la primera vez que vienen..., necesitan alguna orientación que otra..., estarán algo cortados... Y ahí queda eso. MIcrop y yo que dándonoslas de enterados. Y muy bien lo tuvimos que hacer -eso creo yo- porque enseguida les salió la vena comprensiva, amistosa. "Por favor, os dejaremos nuestro teléfono en la entrada. No lo olvidéis". A partir de ahí, -Microp., cuidado con quien nos da palique.
Siguiendo nuestro recorrido, llegamos a un rinconcillo lleno de cojines y con un colchón dónde los dos no cabíamos. Finalmente, Microp. tumbado en plan maja desnuda y yo sentada en una esquina. En principio nos pareció un lugar tranquilo. En realidad, nos sentamos para despejarnos porque entre el calor, la sauna, el pelmazo y el colocón que llevábamos, Microp. empezó a agobiarse; y cuando se agobia, mal asunto. Ya más relajados, empezamos a "jugar" entre nosotros. Puede que pasaran unos veinte minutos o quizás treinta. La verdad es que el detalle no tiene importancia. Apareció en aquel momento lo que para los restos será "el onanista Oroval" por su gran parecido a un conocido nuestro. Un jovencillo que rondaría la veintena, delgado, más bien bajo y, desgraciadamente para él, solapado por el acné facial. "Oroval" se plantó a un metro de Microp, que no lo había visto llegar porque en ese momento estaba de espaldas, me enseñó sus atributos y ala!, dale que dale. Y qué hace una en una situación así? Le dices que pare, que es un guarro...? Obviamente, no es el sitio ideal para dar lecciones de urbanidad. Y no era plan de reirme en su cara. Pero yo no podía aguantar la risa por la situación, por lo que Microp se volvió para ver qué me hacía tanta gracia y cuando lo vio le cambió la cara. Como lo conozco, preferí cortar por lo sano antes de que le dijera alguna burrada de las suyas al muchacho. Opté por levantarme y marcharme a la ducha. Microp me siguió. Y el chaval se quedó allí muy cortado. El pobre "Oroval" al menos lo había intentado.
Nos metimos juntos en una de las duchas y nos subió el calentón, por lo que nos fuimos a la cama de las orgías. Ya estaba la cosa un poco más animada que antes, pero ni mucho menos como la macro-orgía del primer día. Decidimos seguir la misma técnica y separarnos. Nos volvió a funcionar. Por lo menos a mí, porque entre la oscuridad de la sala, el jaleo de gente allí metida y lo entretenida que estaba, perdí de vista a Microp. Yo no soy tan indiscreta como Microp y prefiero no entrar en detalles, además que tampoco recuerdo demasiados porque ya he dicho que llevábamos los dos un buen pedal. Pero recuerdo que me lo volví a encontrar en la zona de los columpios del amor. Por favor, los que le conocéis tratad de imaginar a Microp, con lo bruto que es, y encima borracho intentando hacer cabriolas eróticas. Cada vez que me acuerdo me parto. Y no me explico cómo él no recuerda nada de todo aquello, porque fue algo digno de ver.
Después de un rato, finalmente decidimos abandonar el local muertos de risa.
Cuando ya nos íbamos, nos llama la francesa. Yo ya me temía que nos iba a echar la bronca por alguna trastada de Microp, pero sólo quería darnos el teléfono que le habían dejado para nosotros los pelmazos de la sauna.
De verdad lamento no recordar más detalles de aquella noche, que fue tan divertida o más que la primera, y espero que entendáis que no pueda entrar en demasiados detalles, pero este mundo es un pañuelo y no todo el mundo entiende estas historias.
Gracias a todos los que os habéis tomado la molestia de leer esto. Saludos. V".

Querida V, conforme iba leyendo, sí que iba recodando algunas cosas. Me han venido leves destellos, como flashes de lo de "Oroval", o lo del columpio, pero pensaba que había sido todo la misma noche. La verdad es que entre el tiempo que ha pasado ya, mi lamentable estado en aquellos momentos y lo surrealista y onírico de aquel ambiente, lo recuerdo todo aquello como un sueño delirante, claustrofóbico y disparatado.

Pero me ha decepcionado un poco no descubrir algún hecho traumático e impactante que hubiera sepultado bajo el manto del inconsciente mis vivencias de aquella noche. No sé, algo realmente fuerte que me hubiera producido un shock amnésico: que me hubieran metido un puño por el culo, que me hubiera follado una cabra, o que me hubieran cagado en la boca, por decir algo. Aunque lo del columpio tampoco estuvo mal.

sábado, mayo 28, 2005

Club de Intercambio 4 (Las Crónicas de V)

Después de una larga espera, hoy he recibido el relato de V. de la segunda noche en el club de intercambio de parejas. Aunque somos personas de nuestro siglo XXI y vivimos inmersos en la era de la infomática, el "nivel de usuario" de V y mío es el mismo que el de dos extras de "Bienvenido Mr. Marshall", por lo que si hubiéramos utilizado palomas mensajeras en vez de supercomputadoras pesonales, hubiéramos acabado antes. Pero por fin le cedo la palabra a V:

"Hola, buenas a todos. Vaya sorpresa me he llevado cuando Micropene me dijo que al final lo había escrito y andaba por la red una de nuestras peripecias. Al principio pensé que era una de sus coñas marineras pero, finalmente, es cierto. Micropene le ha dado al teclado a base de bien. (Tendré que agradecerle el anonimato, que si me parezco a tal, que si soy modosita, que si soy monitora de aerobic, que si V, que si Alicante... Micropene sigue igual que siempre. Me refiero a metepatas no a otra cosa.) No obstante me alegro que tire de teclado, cla, cla, cla, porque me parece que lo hace muy bien.
Cuenta este hombre que una noche de cachondeo decidimos visitar un club de estos que a él tanta gracia le hacen. Aunque no lo recuerda estuvimos un par de veces. Sólo ha recordado la primera pero también estuvimos una segunda y los parámetros se repiten. Los cito a continuación.
1) Cena en restaurante. (Omito detalles pero Micropene siempre termina con café y coñac que le sienta fatal. La mayoría de veces hay que esperar a que salga descompuesto del aseo.)
2) Yo me pinto como una puerta, me arreglo, perfume, maquillaje... Y él aparece con su gama de forros polares oscuros -del azulón al negro-. Es decir, que no sabes si es un empleado de Iberdrola o un enterrador. Pantalón de instalador de linea de teléfono -gris o negro o oscuro... con muchos bolsillos o, en el peor de los casos, chandal. En fin, que la moda le importa un pepino.
3) Alcohol. Ingesta de excesiva a desmesurada.(Por su parte, claro está, no por la mía).

Desde la primera vez que fuimos hasta la segunda pasó más o menos un año. Esta vez fue mucho más corta que la anterior. La dueña ya no nos recordaba. Si la primera vez fue bastante simpática con nosotros, ésta estuvo seca. Vaya por delante que Micropene daba un poco de miedo. Tan oscurito él, tan de andar por casa, con sus zapatillas de deporte. Cómodo pero informal como decía aquella... Lo que si nos preguntó era si habíamos estado antes. Le dijimos que sí, que ya sabiamos como funcionaba. Asi que nos dejó a nuestro aire. Allí sentados, tomando la copa incluida en el precio -uh..., que detalle más garrulo- aparecieron un catalógo de personajes: una señora cincuentona, regordeta con liguero, medias de rejilla negra y sujetador. Se paseaba por allí. Hablaba con un chico jovencillo en la barra. No sé que lio se traerian entre manos. Una rubia alta con el pelo rizado, muy delgada, bebía y miraba. Buscaba. Un cuarentón solo, bebía a nuestro lado. La rubia y él se miraron, se sentaron juntos. Hablaron y se marcharon. Que yo recuerde no había nadie más. Micropene y yo estábamos allí, viendo. No ocurrió nada y dedicimos darnos una vuelta a ver como estaba el ambiente por dentro.
En aquella cama tan grande, la más grande de Europa según la dueña, había una chica joven, pequeña y delgada. Estaba tumbada y a su alrededor tenia a cuatro o cinco hombres que la sobaban y la tocaban. Y no deberian hacerlo mal a juzgar por lo que se oía. Micropene estaba encantado con el espectáculo y cuando se decidió a actuar, a meterse en harina, todo se acabó. Ella dio un grito monumental y todos se separaron y se fueron. Vaya careto se le quedó a Micropene.
Esta vez, el jacuzzi estuvo lleno todo el rato y no cabíamos. No nos pudimos meter en toda la noche. Pasamos por la sala de baile, por decirlo de alguna manera. Vimos una pareja ya cincuentona bailando desnudos. En ese momento apareció la regordeta de los ligueros y las medias de rejilla. Se unió a ellos y bailaban las tres juntos. Se abrazaban, se besaban y de tanto en tanto se magreaban pero muy suavemente, sin violencia. Después de un rato nos marchamos a inspeccionar el local.
(Mi acceso a la red está limitado. Ahora mismo tengo que dejar la historia aquí. Espero continuar pronto.) Saludos. V".

martes, mayo 24, 2005

Club de intercambio (¿y III?)

(Me había quedado en que salimos de los aseos).

Decidimos dejarnos de tonterías e ir directamente donde estaba la acción: el tatami. Y allí nos fuimos. (Aviso a los que nos conocéis personalmente a V y a mí: sabéis de sobra el tipo de relación que tuvimos, totalmente libre y permisiva, y os hemos contado alguna vez esta historia al calor de una de nuestras mágicas sobremesas etílicas, pero siempre habíamos contado una versión "light" de lo ocurrido; es decir, sabéis que hicimos locuras, pero nunca habíamos entrado en detalles. Pues bien esta es la versión "uncut" de aquella noche; por supuesto, con el beneplácito de V):

Llegamos al tatami en pleno auge de la orgía. El tatami mediría unos 10 m. de largo por 5 m. de ancho, y en ese momento calculo que habría más de 20 personas allí encima, enfrascadas en un monumental polvo colectivo. Todos contra todos en una sensacional amalgama de miembros sudorosos y cabezas gimoteantes. Cuando uno fantasea con una orgía, siempre cree que le será muy fácil y natural plantarse allí y unirse tranquilamente al mogollón. Pero aunque sorprenda, la cosa no es tan sencilla: cuando llegamos nosotros, los participantes estaban tan absortos en lo suyo que daba un poco de apuro insertarse en el barullo así por las buenas. Por lo que de momento nos sentamos en uno de los bordes de "la cama del amor" a observar y esperar que alguien nos invitara con algún gesto a unirnos a la fiesta. (Seguro que algún "machote" ya estará pensando que eso son mariconadas, y que si él estuviera ahí, entraba a saco y se las follaba a todas. Pero os aseguro que no es tan simple, y esa fue una de las mayores sorpresas de la noche: por muy liberal y salvaje que sea una orgía, tiene sus propias normas de cortesía y juego limpio; uno no puede meterse en la colchoneta y empezar restregarle la penca por la espalda a la primera que te encuentres porque te arriesgas a acabar de patitas en la calle). Así que nos tumbamos en un hueco y empezamos a jugar entre nosotros para entrar en calor; cuando por fin una mano masculina salió del amasijo y empezó a acariciar el muslo de V. Pero a V no le gustó esa mano ruda, peluda y llena de anillos y pulseras, que parecía la mano de M.A., así que le hizo el pertinente apretón en el antebarzo y la manaza educadamente se retiró. Habría que esperar otro intento. Es indescriptible la sensación de estar tumbado justo al lado de una orgía, escuchando los gemidos de los participantes, mientras esperas impaciente tu turno de unirte a la fiesta. Le pregunté a V si le había gustado alguien en especial, y me dijo que había unos cuantos ejemplares muy interesantes, y ella me preguntó si había alguna en concreto a la que me gustaría echarle el guante. Mi respuesta me sorprendió incluso a mí. De todas las chicas estupendas que había allí, la que más morbo me daba era "Teresa Rabal"; quizá porque su instinto maternal al apiadarse de nuestro desconcierto inicial, había despertado en mí un latente complejo de Edipo. V se descojonó: "Mira que eres rarito, cariño". Como aquello se estaba alargando y no había forma de hacerse hueco en la bacanal (insisto que no es porque estuviéramos cortados o no lo intentáramos, era simplemente una cuestión de lógica y urbanidad: aunque tengas a 20 cm. de tí a una chica recibiendo un morboso sandwich, si no te dan vela en ese entierro, tú no eres quien para quitar a nadie y ponerte tú, o para echarte encima como si fuera un melé de rugby), yo ya me estaba impacientando y le decía a V: "Pero no decían que a los novatos se los rifaban. Y más tú, una chica guapa. Creo que es por mi culpa: los espanto. Te ven conmigo y no se atreven a atacar. Vamos a hacer una cosa: nos vamos a separar, seguro que así nos será más fácil romper el hielo y unirnos a la fiesta". Y así lo hicimos: ella se fue por una lateral del tatami, y yo por el otro a buscar a mi freudiana "madre inconsciente del amor". ("Teresitaaa. ¿Dónde estás Teresitaaaa?").

Y por fin la encontré, ocupada en montar a horcajadas a un tipo tumbado, de espaldas a él, mientras otro, de cara a ella, la besuqueaba y le magreaba las tetas con ansia. Al mismo tiempo a este otro, una chica le "soplaba la gaita". Me acerqué a ella para que entendiera que me había apetecido y la había buscado, como me había propuesto ella al llegar. Pareció alegrarse de verme; me sonrió y tendió su mano hasta coger la mía y me acercó suavemente a ella. Pero en aquel cuadro nadie estaba dispuesto ceder un milímetro de su territorio; así que lo siento, pero se acabaron las tonterías; a tomar por culo la lógica, la urbanidad y el "fair play"; estoy ya como una mona y no pienso desaprovechar esta clarísima oportunidad. Tuve que emplearme con rudeza para desplazar al guarro que manoseaba a mi Teresita, y a aquello que llevaba pegado en la polla. El tipo se sorprendió de esa repentina tosquedad arrabalera que lo sacaba de su nube de amor libre y buen rollo y lo devolvía al mundo real de la lucha a codazos por la vida; pero en fin, así es la vida. Teresita me acogió en su seno maternal, pero había un problema con el que no había contado: llevaba tanto tiempo mareando la perdiz por allí, y viendo y oyendo tanto sexo que estaba como una moto, pero una moto muy revolucionada ya, por lo que sólo aguanté 9 ó 10 brazadas. No pude hacer nada por controlarme. No es que sufra de eyaculación precoz ni nada por el estilo, simplemente a esas alturas de la noche estaba ya hiper-recalentado. (Algo imprescindible para ir a un sitio de éstos es ir con la escopeta descargada, a poder ser pegar un par de tiros antes en casa, porque si no atente a las consecuencias; a no ser que seas un campeón y estés acostumbrado a participar en orgías multitudinarias con super-hembras que están de vuelta de todo, con cuentakilómetros en el coño. Yo no pude tomar esa precaución porque el ir allí fue algo que surgió espontáneamente, así que pagué la novatada). Aunque "Teresa" se mostró comprensiva, e incluso halagada de haberme causado tanta excitación, con la excusa de que tenía que mear me fui de ahí avergonzado y miserable.

Al cúmulo de desastres y disparates que había protagonizado esa noche, se unió un problema que tengo desde siempre. Y es que yo, justo después de copular no quiero ni oír, ni ver, ni oler nada relacionado con el sexo. En los momentos de máxima excitación puedo hacer auténticas locuras, estoy como poseso, como un animal desbocado, y en ese arrebato todo vale (y cuando digo todo, es todo), pero, ¡ay!, inmediatamente después del último manguerazo sólo pienso en salir corriendo de la cama, y a otra cosa mariposa. Es como estar totalmente embriagado en una nube de sensaciones placenteras y, de golpe y porrazo, bajar al frío y triste suelo, sin paracaídas. La sensación que me sobreviene es de "anfit" (palabra valenciana que define muy bien mi estado, y que en castellano vendría a significar "hartazgo" ). Sé que es un problema, pero no puedo hacer nada al respecto; es así y punto. Y allí estaba rodeado de sexo, por todas partes y en cada rincón. Sexo público y escandaloso. Sexo a troche y moche. Me sentía como cuando vas a un restaurante con mucha hambre: al principio, leyendo la carta y con los primeros bocados disfrutas enormemente, pero cuando ya has acabado y estás hinchado como un perro mojado, te repugna hasta la náusea ver llegar los platos rebosantes a la mesa de al lado que empieza a comer. Así que, para no cortarle el rollo a V, que seguía por ahí haciendo de las suyas, busqué a la francesa y fingí encontrarme mal para que me diera la llave de un reservado. (Cosa que no era del todo falsa, ya que la calefacción había pasado de resultarme molesta a provocarme una martilleante migraña). Me dijo que si quería una aspirina o algo, y le dije que no, que bastaría con echarme un rato en un reservado, si no era molestia. Me dio la llave, y le dije que si V preguntaba por mí le dijera dónde estaba, y que no se preocupara, que yo estaba bien. Me tumbé en la cama del reservado, en principio para recuperar un poco de fuerzas y de ánimos (que no andaban muy altos), para continuar la noche. Pero gracias a los efectos del alcohol me quedé dormido. Ignoro cuánto tiempo, pero me despertó el sonido de alguien tocando a la puerta. Era V, que venía con una envidiable cara de felicidad. Cerramos con llave y nos metimos en la cama, y mientras V me contaba todo lo que había visto, lo que había hecho y lo que le habían hecho, me puse otra vez como una moto, y lo hicimos allí mismo. Que razón tenía la francesa cuando nos dijo al principio de la noche, que disfrutásemos todo lo que pudiésemos, pero que el mejor polvo era siempre el que se echaba luego en casa recordando todo lo que se había visto y hecho. Chapeau!

Como V ya estaba saciada y yo, después de este segundo asalto, empezaba a encontrarme francamente mal, decidimos irnos con la certeza de que volveríamos allí. Nos duchamos, y justo después de llegar nosotros a las taquillas, llegó la chica sola del jacuzzi (la que se parecía a la del telediario). Mientras nos vestíamos los tres, empezó a hablarnos. Nos dijo que era de Alcoy (hmm, ¿de qué me suena a mí ese sitio?), que era bisexual y que como su marido era muy tradicional y puritano, tenía que hacer escapadas a sus espaldas para poder practicar el amor lésbico. Nos pidió disculpas por lo del jacuzzi, que la perdonáramos por haberse puesto tan nerviosa. Acepté sus disculpas sin saber exactamente a qué se refería, ya que no recordaba que hubiera pasado nada raro en el jacuzzi aparte de los desmanes que yo mismo provoqué. Era evidente que su llegada a las taquillas al mismo tiempo que nosotros no era una coincidencia, así que yo sabía que no tardaría en hacer la pregunta que hizo una vez vestidos: "¿Adónde vais vosotros ahora?". Visto ahora, no hubiera estado nada mal seguir la fiesta los tres, pero en aquel momento yo ya estaba hasta los cojones de ver coños, pollas y culos, y sólo quería llegar a mi casa y acostarme. Estaba entrando en barrena en uno de mis insufribles bajones apocalípticos, y lo último que me apetecía era meter en mi coche a aquella loca bollera alcoyana . Así que V declinó educadamente su proposición, sin descartarla para otra ocasión, por lo que nos dió su número de teléfono (que desgraciadamente después perdí). Nos despedimos de la francesa y nos fuimos a casa.

La cosa acabaría aquí, si no fuera por un giro inesperado que ha dado la historia esta misma noche, y que aún me tiene descolocado. Os cuento:
Casualidades de la vida, mientras hoy escribía esto he recibido la llamada de V para preguntar por un familiar cercano mío que está gravemente enfermo y al que V le tiene mucho cariño. Una vez zanjado ese asunto le he contado que, como ya le había comentado aquel fin de semana, había escrito un post sobre nuestra experiencia, y que, como me había salido muy largo, lo había tenido que hacer en tres partes, la tercera de las cuales estaba escribiendo precisamente en ese momento. Y ha sido cuando ella me ha hecho la desconcertante pregunta. Transcribo la conversación:
V -Pero, ¿cuál has contado de las dos?
M -He contado la vez que fuimos.
V -Ya. Pero, ¿cuál?, ¿la primera o la segunda vez que fuimos?
M - V, sólo hemos ido una vez.
V - ¿Estás tonto o qué, Micro? Fuimos una primera vez, que fue la que estuvimos recordando el fin de semana, pero después volvimos otra vez.
M - Yo sólo he ido una vez. Seguro. A ver si fuiste con otro...
V - No seas idiota. Fui contigo. ¿De verdad que no te acuerdas?
M - Pues no me acuerdo, y desde luego eso es algo de lo que me acordaría. ¿Seguro que no fuiste con otro?
V -Vete a la mierda. Fui contigo. Y me duele que me digas eso.
M - Pero, joder, V. Me acordaría. Eso es algo que no se olvida así como así.
V - Sí claro, ya lo veo. Aunque no me extraña, porque tú ibas fino. Llevábamos todo el día de traca, y tú ibas tan borracho y tan pasado que tuvimos que ir en taxi. (Y V me relata un lamentable incidente acaecido en el taxi, que prefiero no trancribir aquí).
M - ¡Hostias! Eso del taxi sí que me suena.
V - Pues fue esa misma noche.
M - ¡Qué fuerte! Pero, ¿entramos y todo?
V - Claro.
M - Pero, ¿y pasamos otra vez por todo el rollo de la francesa y las preguntas y todo?
V - Sí. No te quería dejar pasar.
M - ¿A quién? ¿A mí? ¿Por qué?
V- Porque según ella no ibas adecuadamente vestido. Y la verdad es que ibas vestido aún peor que la primera vez. (Coño, pues conociendo mis standards de elegancia, debía ir hecho un cromo).
M - Pero, ¿cómo iba?, ¿en chándal o algo así?
V - No. Pero ibas muy, muy macarra y además ibas totalmente pasado y no parabas de decirle gilipolleces a la francesa.
M - ¡Hostia puta! ¿Cómo puedo no acordarme? ¿Pero hicimos algo allí?
V - Ahora no puedo hablar.
M - ¿Cómo que no puedes hablar? Pero si eres tú la que me has llamado.
V - Ahora mismo no puedo hablar de ESO.
M - Ah. Entiendo. Sólo contéstame sí o no. ¿Hicimos algo?
V - Entre nosotros no. (Joder, ¿Cómo puedo olvidarme de algo así, coño? Por muy borracho que vaya uno, de algo así se tiene que acordar. Pero no, mi absurda memoria selectiva prefiere recordar el penoso incidente del taxi y borrar todo lo demás, que es realmente lo que me interesa. Si fuera Frank Sinatra que se olvida de alguna de las mil orgías en las que habrá estado, pues vale; pero para las pocas en las que he estado yo, como para ir olvidándolas. Seré desgraciado).
V - Oye ahora no puedo hablar, si acaso te llamo mañana con más calma.
M - Sí, sí, por favor. Y me cuentas todos los detalles.
V - Bueno, los que recuerde porque yo tampoco estaba muy fina. Oye, ¿y por qué no lo escribo yo?
M - Eso sería cojonudo. Escríbelo, me lo envías y lo pongo en el blog, sin cambiar ni una coma.
V - Vale, trato hecho. Ya te digo algo.

(Así que ahora yo también espero impaciente la siguiente entrega de esta saga que parece no tener fin. Y la verdad es que ese post promete, porque esta vez está escrito desde la perspectiva del otro sexo, que es mucho más interesante).

domingo, mayo 22, 2005

Club de intercambio II

En el anterior post me había quedado en que V y yo decidimos cruzar la cortina que nos separaba de Sodoma y Gomorra. Fuimos hacia la francesa para que nos diera unas toallas y su respuesta fue estrecharme la mano entre las suyas y sonreírme con gesto de satisfacción, como orgullosa de nosotros por haber dado el paso, por lo que quedaba claro que no se había tragado en ningún momento lo de que éramos experimentados swingers. Nos acompañó adentro para guiarnos en una tournée por el chalet y explicarnos la función de las distintas salas.

Cruzamos la cortina y lo primero que encontramos fue un pasillo con sofás a ambos lados y mesas bajas. La tenue iluminación neutra me recordó al Korova Milky Bar de "La naranja mecánica". En uno de los sofás había un maremágnum de cuerpos desnudos en plena faena. Yo pensaba mirar disimuladamente, pero no hizo falta porque la francesa se paró delante del montón de miembros y empezó a explicarnos tranquilamente que aquél no era el lugar más idóneo para lo que estaban haciendo, pero que, bueno, que mientras se respetasen las reglas allí valía todo, y que la gente era muy libre de hacerlo donde le pillara el calentón. Los mentados ni se inmutaron y seguían dale que te pego a lo suyo. Logré distinguir un chico estirado en el sofá y sepultado por dos chicas normalitas y una rubia despampanante. (Quiero dejar claro que cuando digo despampanante no es por darle más morbo a la historia, es porque de verdad allí había unas mujeres tremebundas. Y el primer sorprendido fui yo, que por lo que había visto en las revistas me había hecho una idea muy distinta. En las revistas de contactos la mayoría de fotos muestran cuerpos del montón, con sus tripitas y sus celulitis, (hablo solo de cuerpos porque las caras salen siempre distorsionadas para garantizar el anonimato), pero también salen bastantes cuerpos bonitos y algún que otro cuerpo espectacular. Pero es que en aquel club el nivel era altísimo, tanto el de ellas como el de ellos, y había algunos ejemplares de auténtico infarto. Otra cosa que me sorprendió mucho y gratamente era la enorme cantidad de parejas jóvenes y muy jóvenes. La edad media allí no pasaría de los treinta años. Otro detalle evidente era el alto nivel sociocultural de la concurrencia. Supongo que hasta para esto hay clases, y desde luego aquel club era para swingers VIP). Seguimos nuestro recorrido y llegamos a una pequeña sala muy oscura con unos extraños armatostes. Nos explicó que aquella era la sala de juegos. Nos mostró "El columpio del amor", que era un cacharro con arneses que colgaban del techo, con el que nos aseguró se podían hacer auténticas virguerías acrobáticas. Otro de los juguetee era "La silla del amor" (parece que no se estrujaron demasiado las meninges para poner los nombrecitos), un inquietante instrumento como el sillón de un ginecólogo, con reposapiés y toda una estructura de barras y asideros, sólo apto para malabaristas. Pasamos entonces a una sala totalmente oscura en la que sonaba música lenta, que nos explicó que era para las parejas más tímidas a las que les costaba mucho romper el hielo. Allí bailaban agarradas en el anonimato que proporciona la penumbra y cruzaban caricias con otras parejas, para pasar luego a palabras mayores. Por los gemidos que llegaban del fondo, estaba claro que a algún tímido ya le había funcionado el invento. A continuación nos mostró la sauna, y después el jacuzzi, en el que una chica muy joven y guapa estaba cabalgando a un tío mientras gemía escandalosamente con los ojos cerrados y una sonrisa de oreja a oreja. Yo a estas alturas ya estaba como un burro, y como allí a nadie parecía importarle que les miraran en plena faena (lo cual tiene su lógica porque si vas a un sitio como aquél a follar en público, y luego te molesta que te miren mientras lo haces, es que eres gilipollas), pues yo no perdía detalle de todo lo que ocurría a mi alrededor. Además la francesa era la primera que se paraba descaradamente delante de la gente en acción para explicarnos tal o cual cosa, como si fuera la guía del zoo; y la gente, sin parar lo que estuvieran haciendo en ese momento, nos sonreía y saludaban con total naturalidad.

Mientras la rubia del jacuzzi parecía enlazar un orgasmo con otro, o al menos era uno muy largo, o puro teatro, porque los ladridos que soltaba eran acojonantes, la francesa también nos aconsejó esta opción como la forma más rápida de entrar en acción. Así que le susurré a V que en cuanto nos despelotáramos íbamos de cabeza a la puñetera "bañera del amor". Y llegamos a la atracción estrella del "Bilitis", que me tenía intrigado desde que lo leí en su anuncio en una revista: "La cama más grande de Europa para sexo en grupo". Me quedé un poco decepcionado porque resultó ser un simple tatami como los del kárate, a ras de suelo, sobre el cual en ese momento habría unas diez o doce parejas en plena bacanal espectacular. Estaba bastante oscuro, pero en cuanto acostumbré la vista me impresionó ver una orgía de verdad en vivo y en directo, después de tantos años cascándomela con "Calígula". Allí había de todo y para todos, pero en primer plano me excitó mucho ver a una chica (clavada a la tenista Steffi Graff) recibiendo un precioso sandwich por parte de dos maromos. "Steffi" me sonrió y siguió a lo suyo. No sé si logro transmitir bien la extraña sensación que es estar plantado a un metro escaso, de pie y vestido, mirando con todo el descaro del mundo una orgía en su pleno apogeo. La cosa se iba poniendo muy, pero que muy bien.

La francesa (de la que por cierto aún no os había dado referencia visual, pero creo que la que os voy a dar ahora a muchos os va a sonar a chino: ¿recordáis la serie "Cagney & Lacy" sobre dos mujeres detectives? Pues se parecía a la morena del pelo corto, que no sé si era Cagney o Lacy, o la madre que las parió) nos enseñó entonces la sala que con diferencia más me descolocó de todas (que a estas alturas de la historia, ya es mucho decir): la sala de los voyeurs. Un cuartucho oscuro contiguo al "tatami del amor", dotado de un pequeño cristal en la pared, con forma de boca sonriente. Un cristal tintado, como esos de las ruedas de reconocimiento de la policía, con el que tú puedes ver desde dentro pero no te pueden ver a tí. (Pero vamos a ver, tarado. Si vienes a un club como este, en el que la gente folla y requetefolla con todo el mundo, y nos les importa un bledo que los mires in situ, como acabo de hacer yo hace un minuto, ¿qué coño se ha torcido en tu cerebro enfermo para que tengas que encerrarte en una letrina tenebrosa a pajearte mientras miras a través del espejo cómo otros disfrutan "the real thing" en carne y hueso? Es que lo mire por donde lo mire no le encuentro explicación. Nunca dejarán de sorprenderme los inextricables recovecos de la mente humana).

La francesa seguía guiándonos a través del laberíntico chalet, y nos mostró el hamann (baño turco), amén de un montón de extrañas estancias más, unas con tumbonas, otras con cojines en el suelo y velos colgando del techo, y también nos mostró los reservados. Son unas habitaciones privadas en las que si prefieres un poco de intimidad, pides la llave y te encierras allí con quién quieras: tu pareja, o con otra pareja, o para hacer un trío a solas, etc... (La verdad es que es una buena alternativa al clásico hotel para las parejas que quieran romper un poco la monotonía: pagáis 10.000 pts, os tomáis cuatro pelotazos, os ponéis como motos con el espectáculo, y luego os encerráis en un reservado de éstos a rematar la faena. Pero antes aseguraros de que no hay ningún espejo con forma de labios en la pared, por si lo que queríais era intimidad). El final del trayecto fue una zona no mucho menos tétrica que la de los voyeurs: la zona reservada para hombres solos. La cosa funciona así (y esto responde la pregunta de J-vol): así como las mujeres solas, por razones obvias, son muy bien recibidas en este tipo de clubs, los hombres solos tienen restringido su acceso a las zonas destinadas a parejas, es decir, al 95% del local. (Y aquí no valen tonterías de que si discriminación positiva ni hostias; es evidente que si pudieran entrar hombres solos, aquello en dos días se llenaría de puteros, salidos y fisgones y se acabaría la gracia del asunto). Los hombres, previo pago de una entrada (que no sé si será el mismo importe que las parejas) son llevados a esta sala, donde esperan en una barra tomando copas a ver si esa noche les sonríe la suerte y alguna pareja necesita un hombre (o dos o los que sean) para un trío (o un quinteto, o cualquier otra combinación). Entonces la pareja va a la zona de los hombres, selecciona el que más se ajusta a sus necesidades y se lo comunica al camarero de la barra. Éste avisa por el interfono a la francesa, que va hasta allí y le permite al afortunado el acceso al paraíso. Y a ése ya le ha tocado la lotería, porque una vez dentro, y una vez que haya cumplido con sus obligaciones como macho con la pareja que lo eligió, y si tiene aguante y aún le quedan ganas, puede permanecer allí indefinidamente poniéndose las botas. Cuando entramos nosotros acompañados de la madame había cuatro hombres en la barra y los cuatro se volvieron con mirada suplicante pensando que habíamos ido a buscar un hombre (como el que va al videoclub a alquilar una película). La verdad es que aquello era un poco triste, cuatro tipos allí solos, sentados en sus butacas sin hablar entre ellos (supongo que por aquello de la rivalidad), trasegando cubata tras cubata y rezando por estar entre los elegidos para la gloria de esa noche. Sólo espero que el proceso de selección sea mínimamente digno y, por ejemplo, nadie exija inspeccionarles los dientes, como cuando se compra un caballo de carreras o a Espartaco en una subasta de esclavos ("Te están hablando. ¡Responde, cerdo!"). Por supuesto el hombre puede rechazar la invitación si la pareja que ha pedido su compañía no es de su agrado, pero dudo mucho que después de toda una noche esperando su oportunidad se muestren muy exigentes en ese aspecto. Además pueden hacer de tripas corazón, pasar el trago y una vez libres como Kunta Kinte, resarcirse hinchándose a follar en el jacuzzi o el tatami (es curioso que estos dos inventos japoneses hayan acabado como escenario para los placeres de los libertinos de todo occidente). Me pregunto qué debe sentir ese señor que acude allí noche tras noche esperanzado y ve como se llevan para dentro al de la butaca de la derecha ("Pues no sé que le habrán visto a éste que no tenga yo"), al de la izquierda ("¿A ese? ¡Pero hombre, por favor! Si está más calvo que yo"), y al otro y al de más allá, y a él nunca le llega su hora; y después de 16 gintonics se va, mirándose la punta de los zapatos, a cascársela a su casa. Debe ser duro.

Por último nos mostró un pequeño cuarto con unas mesas bien surtidas de botellas de agua, vasos de plástico, cafeteras, termos con chocolate caliente y dulces variados, chocolatinas y mazapanes; según nos explicó para reponer fuerzas y seguir la marcha.

Por fin nos llevó a unas taquillas donde nos teníamos que desvestir y guardar nuestras ropas (los relojes, carteras, joyas, teléfonos móviles y cualquier objeto susceptible de ser robado, los tuvimos que meter en un sobre grande que nos proporcionó ella, y que depositó en una caja fuerte que había dentro de la barra del hall, escoltada por los dos mastuerzos). Nos dio un puñado de preservativos y nos deseó suerte. Y añadió que si nos apetecía entablar relación con cualquier pareja pero nos daba corte lanzarnos, que la avisáramos que ella nos presentaría y ayudaría a romper el hielo. Le dimos las gracias por todo y empezamos a desnudarnos. Como tiene buen cuerpo, V no tenía ningún reparo en mostrarse desnuda, pero mi caso era diferente. No es que lo de Micropene tenga una base real, pero tampoco soy Nacho Vidal, y aunque nunca antes había tenido complejo, después de ver algunos tipos pavonearse por allí dentro con auténticos trabucos colgando de apolíneos cuerpos esculpidos en gimnasio, la verdad era que estaba en franca desventaja. Encima para mi desgracia descubrí que las toallas eran muy pequeñas y apenas abarcaban mi cintura de avispa, por lo que quedaba descartado el modelito Tarzán y tendría que mostrarme como Dios me trajo al mundo, es decir, desnudo y con la polla pequeña. Pero no sin antes darme unos toquecitos para que aquello recobrara algo de la vida que había demostrado tener hacía un rato, cuando me deleitaba con los numeritos del tatami.

Nos descojonamos de ver el fregado en el que no habíamos metido a lo tonto a lo tonto, y decidimos empezar por el jacuzzi, en parte por los consejos recibidos y en parte porque era el único sitio en el que yo podía estar cubierto de cintura para abajo, por lo menos hasta que la cosa cogiera algo de consistencia. Así que nos metimos en el jacuzzi, y estábamos jugueteando entre nosotros, cuando entra una chica sola (que le echaba un aire a la presentadora de los telediarios de TVE, Cristina (o María, no estoy seguro del nombre) Blanco) que se coloca justo al lado de V. Yo me separo para no interferir en la acción, ya que las intenciones de la chica parecían claras, y me sitúo enfrente de ellas para disfrutar del espectáculo. Apenas cruzan unas palabras y empiezan a juguetear (y hasta aquí puedo leer. Tarjetita para el público). Yo estaba encantado de empezar a ver cumplida la fantasía de casi todo hombre, pero claro, no podía ser todo tan bonito. Enseguida entra otra pareja al jacuzzi. (Él era igual que el narco gallego Laureano Oubiña, y ella una rubia neumática pero con pinta de putón verbenero, una especie de Loli Álvarez, pero no tan basta). Él va y se coloca al lado libre de V y la rubia a mi lado, y ya nos cortaron el rollo. Justo después entra otra pareja muy joven al jacuzzi, que tendría una capacidad para cuatro parejas, quizás cinco, un poco apretadas. El chico (que se parecía al futbolista Pep Guardiola, con la misma barba de tres días y todo) se coloca al otro lado de la chica sola, y su pareja (rollo la cantante Enya) se coloca a mi lado. Por lo que yo quedo en lo que debería ser una situación privilegiada: en frente mi pareja haciendo diabluras con una chica bastante mona, y a cada lado una morena y una rubia en pelotas, como una especie de Don Hilarión swinger en una zarzuela pornográfica. Pero, y no me preguntéis el porqué, porque yo aún tampoco me lo explico, no me encontraba nada cómodo. Prefería la situación de hacía apenas unos segundos, y además, entre el alcohol ingerido a lo largo de la noche, los vapores del jacuzzi y la calefacción del local que estaba a todo trapo, porque era Diciembre y allí va todo el mundo en pelotas, y a mí la calefacción me embota la cabeza, yo lo vivía todo como algo irreal, como en un intangible sueño extraño y desquiciado. De repente, en una extraña maniobra la chica sola queda flotando en medio del jacuzzi sostenida por algunos brazos, totalmente ofrecida a los allí presentes, que no tardamos en empezar a magrearla todos, como zombies (cerebro, cerebrooo..). Por suerte, lo que a mí me cayó más a mano fue su entrepierna, por lo que no desperdicié la ocasión de toquetear. Pero la situación me resultaba tan cómica que más que unas caricias sensuales, parecía que le estuviera dando una capa de minio a la zona.. Encima V me hacia caras raras dándome a entender que "Laureano" le estaba metiendo mano por debajo el agua, y me da a mí que el tarugo éste la consigna del apretón en el antebrazo se la pasaba por lo huevos (nunca mejor dicho). Así que por una de esas disparatadas reacciones mías ante las situaciones grotescas, no se me ocurre mejor idea que dejarme caer desde el asiento del jacuzzi sobre el que estábamos todos sentados y que nos dejaba el nivel del agua por el pecho, descendiendo hasta el fondo de la bañera, por lo que me quedé sentado y con el agua a la altura de los ojos, como los hipopótamos en las charcas, echando burbujas por la nariz. Desde esa absurda postura observaba la situación, al abrigo del cálido líquido protector. Pero con tan mala pata que al descender, y dado que al estar la del telediario desparramada en medio de la bañera estábamos todos un poco apretados, se me quedó el paquete atrapado entre mis gordos muslos, y me quedé como el asesino Búfalo Bill de la película "El silencio de los corderos", cuando está haciendo poses delante del espejo con el paquete metido entre las piernas. Y la rubia no elige momento mejor para empezar a acariciarme y a bajar la mano hacia mi abducida entrepierna. Pero como no había espacio libre alguno, y estábamos hacinados como sardinas en la lata, yo estaba atrapado y no podía separar las piernas para reflotar mis genitales, por lo que cuando la mano de la rubia llegó a mi pubis y no encontró lo que buscaba dio un respingo de repulsión porque debió pensar que era un eunuco o un pervertido de esos que se autocastran. Esto ya terminó de cortarme el rollo, ya había tenido bastante jacuzzi y había más cosas que probar; y como no podía descender aún otro escalón más hacia el infierno, ni escaparme por el sumidero, no tenía más remedio que salir de allí montando algún numerito de los míos. En parte me vino bien el decidir levantarme, para así demostrarle a la rubia que sí que tenía polla; no toda la que yo quisiera, pero tenía. Mi salida no pudo ser más tosca: me levanté de golpe y el agua, cuyo nivel descendió instantáneamente por lo menos un palmo, empezó a hacer unas violentas olas, y todas las mujeres estiraban el cuello como gansos para que no se les mojara el peinado. Como estábamos tan apretados, tuve que pasarles los huevos por la cara a casi todos los presentes. Intenté alcanzar mi toalla pero se me cayó dentro y se empapó toda. Cuando me veo en una des esas situaciones me pregunto a mí mismo si no seré la reencarnación de Abbot y Costello en un sol cuerpo, porque ni Peter Sellers en "El guateque" podría haber hecho una salida más torpe y ridícula de un jacuzzi. V también debía estar harta del pulpo a la gallega porque salió detrás de mí, riéndose de mi exhibición de habilidad acuática. " Estás tonto. ¿Qué hacías ahí agachado? A veces pareces retrasado, hijo mío". "Vamos un momento a la sauna. Necesitamos replantear nuestra estrategia".

En la sauna había dos chicas y un chico (de las chicas no puedo dar muchas referencias visuales porque por el vapor apenas las intuía, pero sí sé que tenían bonitos cuerpos, y el chico, que lo tenía más cerca, era un guaperas muy jovencito, del estilo del cantante Raúl). Empezó a hablarnos y nos contó que eran dos parejas de amigos que habían venido desde Santander (el que faltaba debía estar por ahí poniéndose las botas). Eran swingers convencidos y militantes, y habían aprovechado el puente para venir a Alicante a probar nuevos clubs. Me preguntó si era tatuador, y a pesar de que le dije que no, empezó a enseñarme sus tatuajes y a pedirme mi opinión. "Sí, sí, muy bonitos. Hala, vámonos de aquí".

Aprovechamos para ir al aseo a mear. Los aseos estaban impecablemente limpios y con una curiosa distribución de la moqueta para que, a pesar de que fueras descalzo, no pisaras en ningún momento charcos sospechosos. Y al salir del aseo decidimos dejarnos de más rodeos y probar por fin el tatami.
(Pero como esto se está haciendo muy largo, lo contaré mañana en la tercera y espero que última entrega).

viernes, mayo 20, 2005

Club de intercambio de parejas

El pasado fin de semana estuve con mi ex-pareja. Hace unos meses decidimos de mutuo acuerdo poner fin a 9 años de relación. La ruptura fue totalmente amistosa ya que no hubo ningún detonante que la provocara. Ella se marchó a vivir lejos de aquí y ha rehecho su vida; y yo no, porque no se puede rehacer algo que nunca ha estado hecho.
Este fin de semana hablamos del presente, del futuro y, cómo no, también del pasado. Estuvimos recordando cantidad de batallitas que hemos vivido juntos, y uno se asombra de lo mucho que dan de sí 9 años. Una de las anécdotas que recordamos entre carcajadas, es la que voy a contar a continuación. Por supuesto le he pedido a mi ex-pareja (que de aquí en adelante llamaré V) su consentimiento para escribirla, ya que algunos de los que leéis esto la conocéis personalmente (aunque los que conocéis a V sabéis la historia porque ya la hemos contado alguna vez).

Esto ocurrió hace unos 4 ó 5 años (no recuerdo exactamente), era Diciembre, durante el puente de la Constitución. No sé qué celebrábamos nosotros, pero recuerdo que fuimos a cenar a un buen restaurante. Durante la cena hablamos de mil cosas pero al calor del vino tinto acabamos hablando sobre los clubs de intercambio de parejas. Los conocíamos porque alguna vez habíamos leído juntos en la cama revistas de este tipo, que yo de vez en cuando compraba por mi insaciable curiosidad por el otro lado del espejo del alma humana. Para el que no conozca ese mundo, sólo decirle que en España hay cada vez más parejas que practican el libre intercambio sexual. En España se publican 5 ó 6 revistas de periodicidad semanal y con unas tiradas nada despreciables, y a través de estas revistas la gente se pone en contacto para realizar intercambios, tríos, etc... En el mundillo esta gente se autodenomina "swingers". La otra opción de los "swingers" son los clubs de intercambio de parejas, que en España están floreciendo a buen ritmo, aunque estamos muy lejos aún del nivel de otros países europeos (un dato revelador: en toda España no llegan a la treintena este tipo de clubs, y sólo en París hay más de 50).

Dado que la conversación se había puesto muy interesante, nos entró a los dos una curiosidad morbosa. Y como V también es amante como yo de las experiencias extravagantes, se nos calentó el bocado y decidimos ir esa noche a un club de éstos a ver cómo era. Elegimos el que mejor pinta tenía por lo que habíamos leído en las revistas, que está ubicado en un lujoso chalet en la playa de San Juan (Alicante), que anteriormente había sido la discoteca Pachá. De camino en el coche íbamos descojonados de risa, anticipando las miles de posibles situaciones que nos podíamos encontrar allí. En mi constante huida del tedio vital siempre he tenido muy claro que para vivir una aventura no hace falta apuntarse al Camel Trophy o correr el Paris Dakar, es tan sencillo como proponértelo y romper la baraja, y convertir lo que podía haber sido una simple noche más en todo un excitante abanico de posibilidades infinitas. Posibilidades buenas y malas, porque V se moría de risa en el coche cuando le decía que si aquello no resultaba ser lo que nosotros pensábamos, que si eran sólo cuatro colgados, rollo secta de vampiros, me veía saliendo de allí a palos, con la antorcha en una mano y con la otra repartiendo culatazos con el Winchester. Conforme nos imaginábamos como podía acabar la noche, en el estómago se nos formaba el mismo nudo que se te hace en la cola de la montaña rusa. Evidentemente pactamos que, aunque en principio la idea era solamente ir a ver cómo funcionaba aquello, si entrábamos era con todas las de la ley y que los dos aceptaríamos cualquier cosa que pasara allí dentro; la suerte estaba echada y luego no valdría montar numeritos. Huelga decir que nuestra relación siempre fue muy abierta y libre, sin lugar para celos y desconfianzas, porque si no es así desaconsejo absolutamente la experiencia a cualquier pareja que no lo tenga muy claro, porque puedes ir a un sitio de estos por curiosidad, o de cachondeo y llevarte una sorpresa muy gorda.

Llegamos a la puerta del club y aparcados delante había muchos coches de lujo y de gama alta, algunos con matrícula extranjera. Es un chalet muy lujoso pero su apariencia es bastante discreta, rodeado totalmente por unas vallas altísimas y con un escueto cartel: "Bilitis - Parejas". (Tiempo después descubriría por casualidad en un videoclub que el nombre es un homenaje a una película erótica francesa de los años 70). Tocamos al timbre y nos deslumbra el foco de la cámara del portero automático. Después de escudriñarnos largo rato en un incómodo silencio, y al no reconocernos como clientes habituales, nos pregunta una voz femenina con bastante acento francés que si sabemos dónde hemos llamado. Le contestamos que sí, que veníamos al club. Se abre la puerta y accedemos a un impresionante jardín decorado con muy buen gusto, iluminado todo con luces indirectas que le daban un aspecto espectacular.
Siguiendo el sendero llegamos a otra puerta de seguridad cerrada; volvemos a llamar y nos abre la francesa: una mujer madura, muy guapa y con mucha clase. Nos hace pasar a una pequeña sala, que era el guardarropa, nos pide las chaquetas, y con mucha sutileza empieza a hacernos una batería de preguntas. Antes de continuar, debo describirme físicamente para que se entienda el recelo de la francesa ante mi presencia en un sitio como aquél: soy grande y gordo, llevo melena muy larga, barba de talibán y el cuerpo cubierto de tatuajes (y cuando digo cubierto, no quiero decir dos o tres garabatos, quiero decir cubierto desde las muñecas hasta el pecho, como un puto Yakuza, pero en paleto. Otro día contaré la historia de los tatuajes que también tiene miga). Por suerte mi ex-pareja es todo lo contrario a mí: muy modosita y con muy buena presencia (en aquel momento era monitora de aeróbic), y como al parecer lo que interesan en estos sitios son las chicas, y mejor si son caras nuevas y coños frescos, pues de momento no nos echaron de allí a patadas. Pero aún así, la francesa seguía reacia a dejarme entrar, y se estaba poniendo un poco pesada. No paraba de hacernos extrañas preguntas, especialmente a mí, y no dejaba de evaluarme con la mirada mientras hablaba, porque no debía tenerlas todas consigo ya que supongo que en sus años de experiencia habrá visto más de un caso de parejas que van allí al "jaja jiji" y después, ya en faena, a alguno de los cónyuges se le ha cruzado el cable y habrá montado allí mismo la marimorena más bochornosa. Para cortar con el rollo y como yo ya estaba loco por entrar, le mentí y le dije que veníamos de fuera y que en nuestra ciudad practicábamos asiduamente el intercambio. Esto pareció tranquilizarla por lo que por fin nos hizo pasar a una estancia enorme, como el hall de un hotel. Todo el entorno, desde que entramos, estaba iluminado muy tenuemente y siempre con luces indirectas, creando un ambiente íntimo y acogedor. Para rematar el cuadro, en medio de la sala había una gran chimenea señorial con un fuego de leña encendido. Toda la estancia estaba rodeada de sofás y al fondo, en alto, había una barra, como de pub elegante. En el precio de la entrada (10.000 ptas. de las de entonces por pareja) te incluían dos consumiciones para cada uno (supongo que para desinhibir a los más tímidos a base de alcohol). Pedí unos cubatas y nos sentamos en un discreto rincón. La francesa se acercó a explicarnos las reglas del juego, que eran de obligado cumplimiento, ya que en caso contrario su marido y su hijo (dos tíos enormes que estaban sirviendo en la barra) te "invitarían amablemente" a abandonar el local. Las reglas eran que en la sala donde estábamos no se podía entrar desnudo, así como no se podían llevar copas a la otra área porque se podían romper y podían caer cristales al jacuzzi o al suelo y la gente que andaba descalza y desnuda podía cortarse. Todo acto había que hacerlo y proponerlo con sumo tacto y delicadeza, no valía ponerse como una moto y comportarse como un burro en celo, acosando y faltando el respeto a la gente (esto -no sé porqué- lo dijo mirándome a mí). Si alguien te acariciaba y tu no quería seguirle el rollo debías presionarle levemente el antebrazo, que era un educado código de rechazo de su proposición. Si la persona insistía a pesar de tu aviso, debías llamar inmediatamente por alguno de los muchos interfonos que había distribuidos por todo el chalet y enseguida acudiría "uno de los chicos" para expulsar al infractor. He de reconocer que lo tienen muy bien montado, que allí todo transcurre con muchísima discreción, naturalidad y "fair play", tratándose de las bajas pasiones del cuerpo.

La francesa, ya más relajada tras unos minutos de charla en los que comprobó que éramos personas sensatas y que yo no me comía a nadie, seguía explicándonos el funcionamiento: si necesitáis condones o toallas llamáis al interfono, etc, etc...
Por fin nos dejó solos y empezamos a observar el panorama desde nuestro oscuro rincón. La verdad es que por lo que había visto en las revistas, me imaginaba que habría todo tipo de gente, pero en aquella sala el nivel era muy alto, había muchas parejas jóvenes y atractivas, y algunas mujeres realmente espectaculares. Era una sensación muy extraña el mirar a otras parejas allí sentadas y notar en el ambiente esa complicidad de saber sin tapujos que todos estaban allí para lo mismo. Mi problema es que allí las miradas se interpretaban enseguida como una proposición, por lo que yo ya no sabía dónde poner los ojos. Llegó poco después una pareja joven y se sentó a nuestro lado, demasiado cerca para el espacio libre que había. Eran jóvenes, él atlético y muy atractivo y ella una rubia impresionante (y cuando digo impresionante, quiero decir un pedazo de rubia espectacular, con un cortísimo vestido rojo que dejaba muy poco para la imaginación. Me recordaba a la ex-mujer de Sergio Dalma, creo que se llama Maribel Sanz o algo así). El hecho de ser carne fresca ya era un punto a nuestro favor, pero encima para mi sorpresa descubrí que por lo visto a estas mujeres tan desinhibidas les pone mucho ver a un pimpollo, novato en estas lides, totalmente desbordado por la situación e intimidado por semejantes amazonas liberales. La rubia no paraba de mirarme y yo estaba un poco agobiado. Vamos a ver, yo no soy ningún mindundis fácilmente impresionable, pero joder, las cosas así, tan a saco y recién llegado, me descolocaban mucho, y ya empezaban a aflorar mis paranoias e inseguridades. Ya no sabía qué hacer ni dónde mirar, parecía un mal actor al que le han dicho que, ante todo, no mire a cámara y no sabe qué hacer con los ojos. Intentaba mostrarme muy natural, pero el resultado era desastroso: mis movimientos resultaban robóticos y los ojos, de tanto forzar la mirada ausente, me hacían chiribitas como a Marujita Díaz. Acabé hablándole a V en una postura totalmente absurda y contorsionada, completamente reconcentrado en mí mismo y a punto de dislocarme el cuello, con tal de darle la espalda a la rubia, que estaba sentada a escaso medio metro de mí; al menos durante el tiempo que tardara en trasegarme mis dos cubatas y uno de los de V, para tratar de armarme de un mínimo de valor para mirarla a la cara y decirle cualquier cosa.
Para mi alivio, cuando me giré ya se habían ido dentro. La sala donde estábamos era como un recibidor donde llegabas, te relajabas, entrabas un poco en calor y ya te ibas para dentro, a través de un oscuro pasillo tapado por una intrigante cortina. V me suelta: "Has triunfado con la rubia, ¿eh? Y anda que no estaba buena la tía". "Hostias V, aquí la peña va a saco. Yo es que, así en frío, todo esto me viene un poco grande". Y no acabo de decir esto cuando veo que una mujer que estaba en la barra y que llevaba un buen rato mirándome también (la verdad es que todavía no logro entenderlo muy bien, pero en fin), rechaza la llama del mechero que su pareja le ofrece para encenderle el cigarro, le comenta algo al oído y se viene directa a hacia mí: "¿Tienes fuego, grandullón?". Le dí fuego y se sentó a hablar con nosotros, mientras el marido seguía en la barra. Era bastante guapa y parecía simpática, tendría unos cuarenta años, muy bien llevados a juzgar por el ajustado modelito que lucía, marcando su cuerpo rotundo. (Como hijo de la generación de la televisión, mi cerebro está aquejado de una carencia consistente en que las palabras, si no vienen acompañadas de imagen que las ilustre, no surten efecto en mi embotada imaginación. Por lo que siempre que alguien trata de describirme a una persona exijo una referencia visual, que me digan a qué personaje famoso o conocido mío se parece para que pueda hacerme una idea aproximada. Si no, no hay manera; ya pueden bombardearme con toneladas de información y descripciones, que si no me dicen: "es como fulanito pero con bigote", no hay forma de que me imagine al personaje. Además, ¿no dicen que una imagen vale más que mil palabras? Pues por esto mismo y para ahorrar esfuerzos, trataré de dar alguna referencia visual de las personas que describa aquí, como he hecho con la rubia. Por ejemplo, la señora que me pidió fuego sería como Teresa Rabal en sus buenos tiempos, pero con tipazo. Yo ya me he descrito más arriba, y V me han dicho que se parece mucho a una que sale en "Aquí no hay quien viva" que hace de lesbiana que vive con un gay, pero como no he visto nunca esa serie no lo puedo corroborar). Nuestra improvisada amiga nos dijo que nos había calado desde que llegamos, que se notaba a la legua que éramos novatos y nos dio algunos consejos útiles para empezar a volar. Pero lo que nos aseguró que nunca fallaba era el jacuzzi. Según ella, allí dentro con el calorcito del agua, las burbujas y el revoltijo de piernas y brazos, se hacían diabluras debajo del agua y era ideal para romper el hielo. Le comenté que me había sorprendido y descolocado mucho lo de la rubia, y me dijo que tuviéramos en cuenta que aunque allí va mucha gente de fuera, a la larga acababan siendo las mismas caras y que siempre son bienvenidas parejas nuevas, y más si son principiantes, porque da cierto morbo iniciarlas en este mundo y ver como disfrutan descubriendo unos placeres que ni sospechaban que podían llegar a vivir. Lo comparó a la felicidad de los niños abriendo los regalos el día de reyes (yo no entendí muy bien el símil pero asentí con la cabeza). "Además, tú no estás nada mal, tonto. A mí también me has hecho tilín cuando te he visto entrar. Me ha dado un no-sé-qué de verte ahí tan agobiado al principio. Así que cuando entréis y ya estéis más relajados, si os animáis buscadnos; aquel de allí es mi marido, que por cierto, lo tengo abandonado al pobre. Nos vemos. Ciao". Y me planta un caliente beso con sabor a tabaco en los morros y se vuelve a la barra. El marido nos manda un saludo con la mano y nosotros correspondemos. No dejaba de sorprenderme con que desenfado se trataba allí el asunto del sexo: sin tabúes, sin complejos y directo al grano; sin hacer una montaña ni un drama de una cosa tan sana y natural que debe ser motivo de alegrías y no de traumas y culpabilidades. Allí era así de simple: tu me "has hecho tilín" y si te apetece, búscame y follamos. Así de sencillo, y así de bonito. Aquello empezaba a ponerse interesante de verdad, así que V y yo mirándonos a los ojos y sin decir una palabra, chocamos las manos como reconfirmación del pacto de mutua carta blanca, y nos dirigimos hacia la misteriosa cortina.
(Pero como este post ya se ha hecho demasiado largo, continuaré mañana).

miércoles, mayo 18, 2005

Teruel existe


Estos días en Teruel, se ha montado el III Congreso Internacional del Jamón. Este evento junto con el Congreso sobre la Mierda, creo que son las aportaciones culturales más importantes del año. En todos los informativos de la tele aparecía el congreso con generosos platos de jamón, cortados con cuchillo experto en laminas de un milímetro de espesor , cochinillos ibéricos retozando, vestidos regionales y el príncipe dando el callo: “Cuando viaje por el mundo pregonaré vuestro jamón, el de Teruel “, aunque también dijo a continuación “y el del resto de productores de jamón”(uff, casi la caga)

Por fin Teruel existe. Daban ganas de ir a este fin de semana a hacer turismo gastronómico (no conozco otra forma de turismo) mientras tanto me he comprado un taco de mojama y voy a afilar el cuchillo jamonero a ver si la corto finita, finita.

Para cuándo un Congreso sobre la Mojama y las Huevas de Maruca en Alicante?

El Arte de la Estadistica y el Trabajo

Esta mañana, como siempre, me he despertado con el sonido de la radio. Procuro dejar el radio despertador en un dial en el que solo pongan música, ya que siempre me asusto si de pronto escucho voces que no reconozco en mi habitación, y más si hablan de política.
Eso ya, me aterra.

Pero debe ser que anoche, toqué lo que no debía y esta mañana lo primero que he escuchado al despertar, en boca de un comentarista ha sido lo siguiente:

“Según una encuesta del Ministerio de Trabajo, Nueve de cada diez trabajadores están satisfechos con su empleo.”

Yo ya sé que no hay que creerse todo lo que una lee ni todo lo que una escucha, pero claro, la fuente era Europa Press y eso le infiere cierta credibilidad, o no?

Fuentes, a parte, el caso es que la noticia no quedaba ahí, en el desarrollo de la misma decían que:

“Los factores que intervienen en este nivel de satisfacción son el gusto por el trabajo, el compañerismo, el sueldo y un buen horario”

No sé… yo conozco mucha gente, hablo con mucha gente a lo largo del día, y uno de los primeros comentarios que escucho los lunes son cosas del tipo….”¡A ver si me toca un Euromillón y mando a tomar por saco a la empresa!”

O a los que tienen este tipo de opinión no se han molestado en preguntarles para la encuesta, o es que una vez más “La estadística” nos muestra datos irreales como esos de que cada española de clase media tenemos 1,3 hijos… (yo me pido un hijo, un brazo y una oreja)

El caso es que he recordado enseguida a mi padre, cuando a veces, sentado en el sofá viendo el telediario de medio día, decía algo así:

“Cómo se nota que en verano no hay noticias y esta gente tiene que inventarse y hablar de tonterías para llenar hueco, que aburrido!".”

Que razón tenías, papá.

lunes, mayo 16, 2005

Las pequeñeces arruinan los matrimonios

He visto este artículo en IBLNEWS y sé que le sacaréis punta. Sin acritud.

Lunes, 16 mayo 2005 IBLNEWS, DPA

Una investigación metódica acerca de qué es lo que hace fracasar a los matrimonios reveló algo que la mayoría ya sabía: las responsables de las rupturas son las pequeñeces, como escarbarse la nariz, borrar la sintonización de la radio del automóvil o ponerle al otro apodos vergonzantes, informó DPA.

Los malos hábitos que parecen inocuos al principio pueden tener un efecto devastador a través de los años y llevar las relaciones a la ruina, según investigadores estadounidenses que entrevistaron a 160 parejas.

Entre los principales responsables de estas conductas "destructoras del romance" se destacan quienes utilizan sobrenombres vergonzantes o aniñados en presencia de terceros y quienes llevan demasiado equipaje de vacaciones, precisa el informe publicado hoy en el "Sunday Times".

Otros hábitos dañinos son las salidas de compras demasiado largas, las anécdotas inventadas para el lucimiento personal delante de otros, el reírse de los propios chistes y criticar la vestimenta de la pareja.

El director de la investigación, Michael Cunningham, de la Universidad de Louisville, asegura que los pequeños hábitos molestos pueden adquirir con el tiempo la dimensión de una alergia totalmente desarrollada.

Otras costumbres promotoras del divorcio incluyen dejar las toallas usadas sobre el piso del baño, no reemplazar el papel higiénico que se acabó y el temor de algunos maridos a mirar películas de terror en televisión, agrega el estudio.

viernes, mayo 13, 2005

La casa de los horrores

Desde muy pequeño el genial escritor Howard Phillip Lovecraft sufría con frecuencia terroríficas pesadillas que le atormentaban. Pero supo sacar provecho de ese inconveniente y decidió apuntar al despertarse en un cuaderno todos los detalles que lograba recordar del sueño que acababa de sufrir, para luego utilizarlos en sus abracadabrantes relatos de terror.
Eso explica en parte su desbordante imaginación para fabular espantos y su ilimitada capacidad para crear criaturas imposibles. De ahí le vino el sobrenombre de "El soñador de Providence".

Pero Lovecraft confesó que había pesadillas tan estremecedoras que prefería no apuntar en su cuaderno al despertar y olvidarlas cuanto antes, porque le desbordaban incluso a él, al maestro del horror truculento.

Pues estamos de enhorabuena porque anoche Telecinco logró conectar en directo durante un par de horitas, con una de esas pesadillas sobrecogedoras que el genio de Providence no tuvo valor de anotar en su libreta. La experiencia fue espeluznante, no apta para todos los estómagos; sólo los seguidores más curtidos del creador de Cthulu y el Necronomicón podían soportar una experiencia tan extrema.

Todo transcurría en una terrorífica casa en construcción en la sierra madrileña, habitada por unos infraseres abisales en permanente conflicto. Pudimos vivir escalofriantes momentos de tensión protagonizados por unos entes malignos corporeizados en esquizoides, andróginos, autistas, tullidos, posesas, mansos, mandingos, vikingas, paletos, analfabetas, catatónicos, vigoréxicos, recauchutadas y toda una caterva de seres malditos e infelices de la mejor cosecha del maestro.

Como amante del terror más puro y angustioso, gracias Telecinco.

miércoles, mayo 11, 2005

Peligro: Cobra venenosa



El otro día me regalaron un pedal de bombo para la batería. El mítico Iron Cobra de Tama, considerado unánimemente el Ferrari de los pedales. Siempre me ha hecho gracia cuando en televisión o Internet comentan consejos absurdos sacados de manuales de instrucciones de electrodomésticos, etc… pero no pensaba encontrarme personalmente con un caso de estos. Un pedal de bombo no tiene más truco que colocarlo en el bombo, tensar el muelle y tocar, pero no, el Iron Cobra, como manda el buen marketing, viene en un misterioso maletín como los que llevan los asesinos a sueldo en las películas con las piezas del rifle de precisión y la mira telescópica, y viene acompañado de un extenso manual de instrucciones encabezado por una serie de inquietantes advertencias que resultan muy cómicas:

- Muy importante: lea estas advertencias antes de usar el pedal. (¡Uy! que miedoooo…).

- Este pedal sólo debe usarse para la interpretación de música. (¿Qué piensan que voy a hacer con él, usarlo como catapulta para lanzarles boñigas a los vecinos o qué?).

- Para evitar lesiones, tenga sumo cuidado: mantenga las manos y los pies lejos del extremo de la lámina, engranajes, cadenas y bisagras. (¿Y cómo coño toco si me mantengo alejado de todos esos terroríficos mecanismos malvados que sólo quieren hacerme pupa?).

- Evite el contacto físico con las zonas en las que el metal esté oxidado o dañado. (¿Por qué no han incluido en el maletín una dosis de antitetánica por si acaso?).

- No haga funcionar el pedal sin el calzado apropiado. (Pero no especifica si puedo o no puedo tocar con las alpargatas del mercadillo).

- Para no mancharse la ropa, no la acerque demasiado a las cadenas, cojinetes u otras zonas engrasadas. (Gracias por la advertencia, estaba apunto de montar el pedal con mi traje de ir a misa los domingos).

- Tenga cuidado de no deteriorar el piso. (?!).

Que conste que son reales y las he transcrito literalmente del manual. Por desgracia, me temo que algunas de estas advertencias se habrán hecho necesarias tras recibir en su teléfono de atención al cliente más de una llamada de algún "premio Darwin" llorando que se ha pillado un dedo con la cadena o exigiendo unos pantalones nuevos porque se ha manchado sus Calvin Klein engrasando el pedal.

Hablando de advertencias útiles, ahora que se acerca la temible "Ola de calor" y porque os aprecio, os adelanto en primicia los prácticos consejos para combatirla que seguro nos va a dar el ministerio de turno, y que a nadie con dos dedos de frente se le habían ocurrido: Id por la sombra, poneos una gorra y bebed mucha agua. De nada.

sábado, mayo 07, 2005

She is like a rainbow


Siempre lo he pensado. Una buena canción puede levantarte un mal día.

En mi vida, he tenido malos días y buenas canciones, buenos días y mejor canciones.

El personaje central de un libro que leí, recordaba las diferentes etapas de su vida por las novias que había padecido y disfrutado. A mi me pasa lo mismo con la música. Y supongo que a mucha gente también.

No soy una sibarita musicalmente hablando, o tal vez sí, pero lógicamente siempre bajo mi criterio. Pero de cualquier forma, no me gusta etiquetar las cosas y por ende tampoco la música.

Descubrí la música como parte importante de mi vida alrededor de los 15 años. Recuerdo un tarde lluviosa en un mes de octubre, en la habitación de un apartamento de una zona turística de playa. Sonaba She is like the rainbow por los Rolling Stones en un disco de vinilo y nosotras estábamos sentadas en una cama aún llena de muñecos de peluche.
Soñábamos ser ese arco iris. Lleno de colores.

Desde entonces hasta ahora, la música me ha acompañado.

Aprendí a conducir con Divina de Radio Futura a volumen 40 para no oírme los latidos del corazón porque me daba pánico tener un accidente. Santiago Auseron me ayudo en el trance.

Enya y el New Age me ayudaron a terminar la carrera consiguiendo relajarme en los peores momentos. Dover, me daba el mínimo punto de locura y rebeldía que podía permitirme entre examen y examen.

Piece of my heart me enseño a sentir y fue entonces cuando me enamore del blues.
Arrojé las primeras lagrimas con Temblando y En la playa de Hombres G.

Sweet Child of Mine de Guns & Roses me hizo sentirme rebelde y distinta (como a miles de personas) en un estadio de Montjuic lleno hasta la bandera.

San Francisco de Scott Mckenzie me evoca una playa, un coche, 20 años y muchas hormonas. No podré olvidar esa canción.

El año pasado conseguí mantenerme en mi sitio y no derrumbarme gracias a Queen. (Momento extremo, tuve que ir sobre seguro)
Bohemian Rhapsody me sigue haciendo temblar.

Bailé con los Chemical Brothers durante dos horas yo sola y junto a otras 20 mil personas, y no había consumido ninguna sustancia.

Descubrí que Leonard Cohen no es ni un triste ni un aburrido y sí una compañía fantástica.
Con Cannon de Pachelbel recuerdo que estoy viva, solo cuando lo olvido...

Y David Bowie siempre me recordara que cuando todo se tuerza siempre estarás para subirme al séptimo cielo.

viernes, mayo 06, 2005

Verdades absolutas

El mando a distancia del coche falla los días de lluvia y/o compras.

En el Belén, los reyes magos se ponen en el puente sobre el río de papel de plata (En Alcoy el negro va en medio y Cripema no puede con eso).

Ella siempre esta guapa. Métetelo en la cabeza de una vez y responde sin dudar.

Nunca ponen nada bueno en la tele y en caso afirmativo ese día no estabas viéndola.

El mejor arroz es el que te hace tu madre.

Nunca pidas arroz el día que comes con tu madre en un restaurante.

Sempre plou quan no hi ha escola.

Los rotuladores gordos de Edding del bote de rotus nunca van (a menos que sean verdes o azules)

Las personas odian reponer el papel higiénico.

Es imposible tener una caja de pinturas de cera Manley sin barritas rotas.

Descargas más música en MP3 de la que puedes oír.

Cuando te mueres de risa con una historia de Micropene, siempre cuenta luego otra mejor.

No tenemos ni puta idea de nada, pero nos defendemos como podemos.

El día que compras un palet de papel higiénico de oferta (48 rollos) te encuentras por la calle con un montón de conocidos que piensan que eres un cagón.

jueves, mayo 05, 2005

Kung-fu II (El regreso)

Sorprendentemente mi actuación les había parecido bastante digna. Supongo que pensaban que siendo novato, simplemente al no haberme rajado y haberme metido en el ring con el búlgaro ya había demostrado agallas. O quizás pensaban que lo mío era una estrategia (como la de Mohamed Ali en su mítico combate contra George Foreman) y que estaba dejando que mi contrincante desgastara su pie contra mi cabeza hasta cansarlo y después contraatacar.
Los otros hicieron más o menos buen papel pero el único trofeo que logró el gimnasio fue un segundo puesto en la modalidad de formas (son como las katas del kárate, una especie de coreografía que se hace delante de los jueces y las hay individuales, a dobles, colectivas y con armas).

En el viaje de vuelta la furgoneta parecía un carro de leprosos, íbamos todos bien jodidos: el que no cojeaba, no podía masticar o tenía los ojos como una brótola. Pero lo gracioso es que el peor parado era el "Nano", que curiosamente no había combatido, sino que fue él quien logró el trofeo en formas. Pero es que a pesar de la dureza de los combates oficiales, los más salvajes de toda Europa se quedaban con ganas de explayarse del todo y por las noches organizaban en un aparcamiento peleas alternativas sin árbitros, sin reglas (aquí valía absolutamente todo) y -lo más importante- sin guantes ni protecciones. Y eso que aún tendrían que pasar todavía algunos años para que se estrenara "El club de la lucha" (incluso para que se publicara el libro). Yo me pasé una noche a echar un vistazo, no sin cierto recelo de encontrarme allí al búlgaro y que se pensara que buscaba revancha y que por algún absurdo malentendido idiomático acabar enfrentándome por segunda vez a King-Kong en un improvisado ring, pero esta vez sin casco. Por suerte no estaba por allí, pero lo que vi me dejó horrorizado: definitivamente algo se ha debido torcer en el camino evolutivo del ser humano para que dos personas que no se han visto en su vida se masacren con tanta furia y ensañamiento.

El "Nano" debió crecerse al ganar su trofeo y para saciar su ardor guerrero, ya que no combatía en el torneo oficial, se presentó en una pelea de éstas y casi lo matan, literalmente. Por el apodo ya supondréis que el "Nano" no era muy alto (aunque era todo fibra y puro nervio el cabrón), pero es que encima no hay nada como medirse con nuestros vecinos del centro y norte de Europa para darse cuenta de que la raza española no ha mejorado mucho desde Alfredo Landa.
En fin, que volvió con la nariz y la mandíbula rotas y un ojo reventado. Y como el seguro médico excluía explícitamente las lesiones causadas fuera del torneo, nos lo trajimos a España hecho un ecce homo (aunque para lo que servía la asistencia médica: a mí después de las dos coces en la cabeza me llevan muy rápida y espectacularmente en una camilla a la enfermería para "observación". La "observación" consistió en que un médico que inspiraba muy poca confianza me iluminó las pupilas con una luz, me hizo seguir la luz a derecha e izquierda, "¿Cuántos dedos hay aquí?". "Tres". "Vale, para casa").
El "Nano" estaba hecho polvo y como no se podía tumbar en el asiento porque no cabíamos, se estiró en el suelo de la furgoneta, debajo de nuestros pies. Yo no sé si se quedaba dormido o es que perdía el conocimiento, pero de vez en cuando hacía unos ruidos muy raros cuando respiraba, porque llevaba la nariz totalmente rellena de algodones y la boca tampoco la tenía mucho mejor por lo que se pasaba todo el tiempo escupiendo cuajarones sanguinolentos. Otras veces se quedaba totalmente inmóvil y silencioso durante unos larguísimos minutos y yo disimuladamente le daba una patada para asegurarme de que reaccionaba y no estaba muerto. Imaginad el angustioso viaje de vuelta con un semi-cadáver en la furgoneta. Yo comenté un par de veces de parar en algún hospital porque el "Nano" tenía muy mala pinta, pero me dijeron que no, que eso no era nada y que en peores plazas habían toreado (?!).

No hay que hacer mucho esfuerzo para imaginar la cara de los guardias civiles que nos pararon en la frontera al abrir la furgoneta y verse el percal. "Bajen todos ahora mismo y ya me están explicando qué pasa aquí". Bajamos todos los lisiados y nos hacen pasar al retén. Y allí más caras de sorpresa al vernos entrar a la Santa Compaña cargando el despojo semi-comatoso del "Nano". Os ahorraré las largas explicaciones que se dieron, pero para que se creyeran que veníamos de un campeonato de artes marciales y no de un ajuste de cuentas entre bandas o de una batalla campal entre hooligans, tuvimos que regalarles (al parecer no les bastaba con que se lo enseñáramos) el trofeo que el pobre "Nano" había ganado. Así que nos dejaron seguir. Yo pregunté qué pasaba con el herido, que si no podían enviar un helicóptero a recogerlo o algo, y les faltó poco para descojonarse en mi cara. Así que el "Nano" otra vez al frío suelo de la furgoneta y así hasta Alicante.

Desconozco cómo llegó el "Nano" ya que yo me bajé antes para recuperar mi coche en la gasolinera.

lunes, mayo 02, 2005

Kung-fu a muerte en Portugal

Ya que mi querido amigo Gilito me pedía en un reciente comment que siendo primavera me dejara de miserias y contara anécdotas surrealistas, qué mejor que recordar mi fugaz paso por el mundo de las artes marciales.

Por mediación de un amigo me apunté hace años a un gimnasio de Kung-fu, modalidad Choy Li Fut (o como coño se escriba). A los tres meses de estar allí, el profesor anuncia que pronto se iba a celebrar en Portugal el campeonato de Europa de Kung-fu, y que tras deliberar mucho había suscrito a los 6 que él pensaba que podían hacer un buen papel. De entre los aproximadamente treinta alumnos del gimnasio (algunos con muchos años de práctica y casi todos con cinturones de grados altos) había seleccionado a 2 para la modalidad de formas (que son como las katas del kárate) y 4 para combate. Sorprendentemente, entre estos últimos estaba yo, que llevaba solo tres meses allí y que no tenía ni puta idea de nada. La verdad es que en aquel momento yo hacía mucho deporte y estaba hecho un animal, pero coño, no para pelear en un campeonato internacional de artes marciales. Pero como todos vinieron a felicitarme, entendí que debía tomarlo como un cumplido y no dije nada.

Llegó el día de partir y, a pesar de que había hueco de sobra en la furgoneta y el coche en que viajaban, me empeñé en llevar mi coche (yo ya me conozco y siempre me gusta llevar mi propio coche a todas partes por si me agobio o se me cruza el cable poder esfumarme sin depender de nadie). Lo que pasa es que olvidé decirles que mi coche de entonces era un Suzuki Santana. Así que imaginad el convoy: una furgoneta Mercedes muy potente y un Audi 90 a una velocidad absurdamente lenta por esperar a la tartana, ya que el Santana a duras penas cogía los 100 km/h.
En la primera parada para mear se reúne el concilio de Shaolin y me dicen que me deje de tonterías y me suba al Audi, que si no no llegamos nunca. Dejé en la gasolinera mi coche y pasé mis cosas al Audi, pero en la siguiente parada ya estaba hasta los huevos de escuchar conversaciones tontas y me pasé a la furgoneta.
Mis compañeros de viaje eran unos elementos de cuidado, el profesor incluido. No eran los típicos flipados de las artes marciales tipo "El Malaguita" de Torrente, no. Eran tíos muy broncas y algunos en concreto basura camorrista de la peor calaña. Había uno que daba miedo: era muy alto y musculoso y se parecía increíblemente al actor Dolph Lundgren, tenía incluso la misma mirada despreciativa y el gesto de asco, por lo que le llamaban "El Lúngren".
En la furgoneta la cosa no mejoró demasiado. Un ejemplo de conversación:
- ¡Eh, Micropene! ¿Sabías que el "Lúngren" se folla a su hermana?
- ¿Ah, sí? ¿Y lo saben tus padres?
(Y el "Lúngren" después de atravesarme con la mirada, me responde con una sutil combinación de lógica aplastante y lirismo sobrecogedor, como si el mismísimo Platón hablara por su boca):
- Me suda el nabo. Para que se la folle un puto moro, me la follo yo.

Pues así hasta Portugal...

Llegamos a la frontera (cuando aún las había) y como antes de salir el profesor pasó revista para asegurarse de que todos lleváramos el DNI para evitar jaleos en la aduana, yo me lo había dejado a mano en un bolsillo de la cazadora. Pero es que ahora la cazadora, como el resto de mis cosas, estaba en el Audi. Bueno -pensé-, ahora cuando lleguen éstos lo cojo y arreglado, pero lo siguiente que escucho es que los del Audi se han desviado para intentar entrar por otra frontera menos estricta porque uno de lo ocupantes tenía algún "problemilla legal" (¿he dicho ya que la mitad eran carroña patibularia?). Pues bien, ahora el que estaba jodido era yo, porque sin DNI no podía entrar en Portugal. Así que no se me ocurre otra idea más brillante que colarme en el país ilegalmente. Les digo a estos que voy a apañármelas para entrar y que luego me recojan en el primer bar de carretera que haya en el camino. Me voy hacia un "guardinha" y le hago ver con gestos que voy a sacar un refresco de una máquina que había en el lado portugués, cosa totalmente absurda porque había otra exactamente igual en el lado español. Me dirijo hacia allí y cuando llego a la máquina echo a correr como un loco. Oigo gritos y un silbato detrás de mí pero sigo corriendo y me salgo de la carretera para correr campo a través. Cuando me aseguré que no me seguía nadie caminé un buen rato por el campo siguiendo la carretera hasta llegar a un pequeño pueblo. Allí cambié las pesetas por escudos y me metí en el primer bar a esperar discretamente a que llegara la furgoneta. Por supuesto la pista secundaria de mi cerebro me martirizaba con la pregunta en modo "loop": ¿Por qué me tienen que pasar a mí siempre estas mierdas?
Después me enteré que una suerte inversamente proporcional a la mía tuvo el "prófugo" del Audi, porque en la otra aduana también los pararon y como éste no podía presentar su DNI, empezó a hacer un poco de teatro y a simular que buscaba su documentación en el maletero para ganar tiempo y pensar alguna treta, cuando (¡sorpresa!) nota que en el bolsillo de una de las cazadoras hay un DNI (el mío). Lo saca y (¡Eureka!) el de la foto se parece razonablemente a él, por lo que se lo enseña al guardia, éste traga, y entra tranquilamente en Portugal. (Cuando me lo contaba, el tipo aún no se podía creer la suerte que había tenido, y no era para menos).
Mientras tanto yo seguía esperando en el bar. Pasa una hora y la furgoneta que no venía y en esa época no había móviles. Pasa otra media hora y yo ya empiezo a pensar que se han pasado de largo o que había otro bar antes que yo desde el campo no podía ver o cualquier otra cosa y que no me iban a encontrar, porque era imposible que tardaran tanto desde la frontera hasta allí. Entonces mi pista secundaria entra de nuevo en acción y empieza a recordarme que he entrado ilegalmente en un país (en ese momento aún no sabía que un falso Micropene delincuente se paseaba por ahí con mi documentación), que estaba totalmente perdido, sin coche, ni ropa y con poco dinero y encima buscado por la policía de aduanas Así que, cuando ya habían transcurrido 2 horas y demasiadas cervezas, decidí salir a la carretera para ver si me cogía la policía portuguesa y me repatriaba o lo que se haga en estos casos. A mí en ese momento ya me daba todo igual, como si me meten en un calabozo como el de "Acorralado" y me pegan cuatro manguerazos.
Ya había anochecido y al poco de estar sentado al borde de la carretera se acerca un vehículo haciendo las largas, y yo pensando que es la policía me levanto y les hago señas, pero para mi sorpresa resulta ser la furgoneta. Como si fuera una misión ninja, en vez de detener el vehículo y yo subir tranquilamente, lo hacen al estilo "Equipo A", es decir reduciendo la marcha sin llegar a parar y abriendo la puerta lateral para que yo salte dentro, pero no salió bien y recordó más al Mossad israelí secuestrando algún vejestorio ex-oficial nazi en Paraguay. Después de abrazarme y vitorearme como si hubiera protagonizado una gran hazaña transgresora, les pregunto cómo cojones han tardado tanto y me explican que uno de los ocupantes era menor de edad (aunque por su apariencia nunca lo hubiera jurado), y que a pesar de llevar el DNI no podía salir de España hasta que sus padres fueron a la comisaría de su barrio a enviar por fax al puesto fronterizo una autorización firmada.

Por fin llegamos a nuestro destino después de muchas peripecias más, ya que viajar con estos elementos era como ir en el autobús de los Ultrassur. El campeonato tenía lugar en Torres Vedras, un pueblo rural bastante bonito, y en el hotel yo exigí una habitación individual, aunque me costó más cara. Se supone que cuando uno tiene que competir al día siguiente su entrenador le recomienda dieta ligera, descanso y concentración en el hotel, y más después de 10 horas de viaje. Pero no, nosotros decidimos que era más sensato irnos a cenar opíparamente y a emborracharnos como cosacos.
Lo de la cena fue delirante, porque en la mesa contigua había un grupo de chicas jóvenes celebrando un cumpleaños y enseguida empezaron a aflorar esos comportamientos lamentables de los hombres en presencia de hembras. Como broche final no se les ocurrió otra cosa que hacer como regalo de cumpleaños a la chica un exhibición de rompimientos. Sí, sí, ni cortos ni perezosos salimos todos al patio del restaurante y "¡Kiaaa!" a romper tarugos de leña a mamporros, ante el numeroso público (a parte de las chicas salieron muchos más clientes a ver aquello con una mezcla de sorpresa, admiración y asco-pena). Con la euforia etílica de las espectadoras más jóvenes, alguno se emocionó más de la cuenta y de los troncos gruesos pasaron directamente a tarugos compactos que costaba horrores partir. Pensé que alguno se destrozaba la mano o el pie, pero después visto con perspectiva igual estaban buscando a posta lesionarse para no poder competir al día siguiente (luego se entenderá por qué).

Para poder seguir la juerga por los pubs del pueblo debíamos pertrecharnos según la "tradición" del gimnasio. Descubrí horrorizado que el maestro tenía la estúpida costumbre cuando salían por ahí de obligarles a llevar unos ridículos orinales de plástico en la cabeza, para que nadie se perdiera o por si alguien se metía en algún lío de los habituales poder localizarlo fácilmente y acudir en su ayuda. Repartió los orinales y nos dirigimos a la zona de pubs como si fuéramos la típica despedida de soltero espantosa. Aunque odiaba aquello, yo me puse el mío, por no hacerme el rarito, pero en cuanto pude me deshice primero del orinal y luego de ellos para seguir la fiesta a mi aire.

Al día siguiente durante el desayuno estaban contándose las batallitas de la noche anterior, y por lo que oí parece ser que el "Lúngren" y el "Conguito" (un mulato enorme que además del Kung-fu también era boxeador) habían estado calentando los puños para el combarte. Con esta gentuza no falla, cuando van a algún sitio donde no pueden llamar la atención por sus méritos o virtudes, provocan alguna pelea para poner en práctica su única habilidad.

Llegamos al pabellón donde se celebraba el torneo y había ya algunos combates en marcha. Me quedé helado. Al parecer a alguien se le había olvidado contarme el "pequeño detalle" de que los combates de Kung-fu son (o al menos lo eran en aquel momento, desconozco si ahora eso ha cambiado) parecidos al vale-tudo o al ultimate fight. Es decir, contacto total, pero en el más amplio sentido de la palabra total (sólo estaban prohibidos los golpes en los ojos, tráquea y entrepierna. ¡Absolutamente todo lo demás estaba permitido!). Los combates eran hasta el KO o rendición de uno de los contrincantes, aunque si los dos llegaban de pie al final (cosa que pasaba muy excepcionalmente) se decidía el ganador a los puntos. En el escaso rato que estuve mirando pude observar violentísimos KO's, y al personal sanitario corriendo arriba y abajo porque no daban abasto en semejante carnicería. Me acerco a mi maestro, que estaba charlando con otros maestros, y le comento mi estupor y todos coinciden en reconocer que deberían empezar a pensar en modificar las reglas hasta que la gente cogiera un poco más de nivel porque si no acabaría muriendo alguien. Con estas tranquilizadoras palabras me dirigí hacia el vestuario no sin antes echarle otro vistazo a un miembro del equipo búlgaro que era la comidilla de todo el mundo. El tipo era descomunal, una mole de casi 2 metros de alto, supercachas y con una cara de bestia que acojonaba. Mientras me cambiaba en el vestuario pensaba en el pobre que le tocara vérselas con ese animal. Porque además de su abrumadora presencia física cuando pensaba en Bulgaria me venía a la cabeza un pueblucho triste y gris como el de Pumuky, donde no hay nada que hacer, y al tipo éste en un oscuro sótano entrenando noche y día como Mr.T en "Rocky III".
En esas estaba cuando entran dos de mis compañeros descojonándose. "Díselo tú, jajaja". "No. Díselo tú, jojojo". "A ver, ¿qué cojones pasa ahora?". "Jajaja, Micropene, adivina quién te ha tocado". "¿A mí? ¡Y una mierda!". "Que sí, que sí. Que no es coña, que te ha tocado el tocho". "Pero no puede ser, joder. Si me saca dos cabezas". Pero sí que podía ser, sí. Fui a enterarme bien y por un incomprensiblemente simple reglamento sólo existían tres categorías que estaban basadas únicamente en el peso, y no contaba para nada ni la edad ni el cinturón de los contrincantes. Mi categoría era a partir de 90 kilos y en ese espectro entraba desde un tío como yo con 92 kilos de peso, cinturón gris (en Kung-fu el cinturón más bajo es gris y no blanco como en Kárate) y ni puta idea del asunto; hasta uno como el búlgaro: cinturón negro, 2 metros de altura y 120 kilos en canal que pesaría el bicho. (Joder, ¿por qué me tienen que pasar a mí siempre estas mierdas?).

Me fui a buscar a mi maestro dispuesto a decirle que ni de coña me iba a meter en el ring con esa bestia parda, pero llegué justo cuando estaba arengando a los otros, y sólo me bastó escuchar: "Pero, sobre todo no os rindáis que es un desprestigio para el gimnasio". Así que por esa dislocada concepción que tenemos los hombres del honor y la valentía, me callé como una rata, chocamos guantes y gritamos alguna estúpida consigna entre guerreros: "¡A muerte!".
"Micropene, ¿te has enterado ya?". "Sí, hijo, sí". "Tú no te preocupes. Yo te digo ahora lo que tienes que hacer". (Y yo, cual Karate kid desahuciado, me esperaba alguna trascendental revelación, que me desvelara alguna secreta capacidad mental de la milenaria cultura china que me sacara del aprieto, pero todo lo que recibí fue): "A un tío tan alto métele 4 "lokis", un barrido y en el suelo lo machacas sin piedad". (Os lo traduzco al cristiano porque os puede ser muy útil si algún día os veis, como el que no quiere la cosa, compitiendo en un campeonato internacional de Kung-fu: lo que el llama "loki" es el Low Kick , una patada baja traicionera que se da en el gemelo del rival y que aunque no es especialmente dolorosa, cuando has recibido unas cuantas tu pierna de apoyo se debilita y estás vendido para un posible barrido que te lleve al suelo, donde ya eres carne de cañón).

Lo que mi concepto del honor y la valentía no me impidió hacer fue pedir un casco protector de esos como los del Taekwondo, aunque el reglamento sólo exigiera el uso de protector bucal y coquilla para la entrepierna.

Mientras esperaba que llegara el mal trago, veía de reojo al entrenador búlgaro señalándome y dándole instrucciones a Terminator (cómo si las fuera a necesitar, ¡no te jode!).
Llegó el momento y ni "lokis" ni pollas, al más puro estilo de pelea callejera cutre me fui a por el búlgaro con toda la mala hostia de mi ser, pero no había dado dos pasos y recibo un patadón en la cabeza que me fui al suelo seco. Es que ni la vi venir, fue como un relámpago, y no era una patada como las que se ven en el kárate, que aunque hay algo de contacto es sólo para marcar el punto, esto había sido una coz furiosa. Estaba remoloneando en la lona haciendo tiempo pero vino el árbitro y me preguntó si estaba bien. Y no lo estaba, pero decidí aguantar por lo menos un asalto y luego rendirme. Con mucho pesar me levanté, y escuchaba a mi maestro gritando por detrás: "Loki, loki". (Sí, claro, "loki". ¡No te jode! Ponte tú aquí si tienes huevos y hazlo). Otra vez a la carga con toda mi rabia, y otra vez patada en la cabeza, y otra vez directo a la lona. Sólo que ésta me había dado en plena oreja y cuando me desaturdí tenía un pitido agudo en el oído y no veía nada. Pensé que me había dejado ciego pero enseguida me di cuenta que era el casco que de la hostia se había ladeado y me tapaba la vista. Por suerte no hizo falta que me rindiera porque mi maestro tuvo la compasión de arrojar la toalla, pero el pitido me duró varios días y no pude apoyar esa oreja en la almohada durante semanas. Si no llego a llevar casco, ahora estaría como Van Gogh.

Sobra decir que no volví a pisar aquel gimnasio nunca más.