domingo, junio 12, 2005

Los años salvajes (3)

El viernes estuve cenando en casa de Aprilia y Delrieu. (Por cierto esa tarde había estado en la agencia de viajes recogiendo los billetes para Cuba. Me voy con Almax, el guitarrista del grupo, 9 días a La Habana. La cosa promete emociones fuertes, porque Almax es todo un personaje. Si mis batallitas pueden parecer chocantes, las de Almax ya no tienen nombre. Cripema y Gilito pueden dar fe de que cada vez que Almax empieza a contar con su peculiar estilo una de sus delirantes anécdotas, las carcajadas se escuchan hasta en Brasil. Si no acabamos los dos en Guantánamo, ya os contaré cuando vuelva, cómo ha ido el viaje). En un momento dado de la charla de sobremesa, le comenté a Delrieu que estaba contando en el blog nuestra experiencia en la agencia de publicidad. Acababa de abrir la caja de Pandora. Empezamos a recordar las mil y una locuras que vivimos juntos allí. Nos saltaban las lágrimas de la risa, y él rememoró algunas salvajadas que yo ya no recordaba. Su mujer, Aprilia, a pesar de que ya conocía la historia, no daba crédito a sus oídos, y nos hizo una pregunta muy lógica, pero para la que, aún hoy, no tenemos respuesta: "¿Cómo es que nunca os dieron dos leches y os tiraron a la puta calle?". Supongo que la respuesta es que, al menos al principio, al margen de toda la demencia, a la hora de trabajar cumplíamos con nuestro cometido. Cuando apretaba algún plazo de entrega nos poníamos las pilas y hacíamos nuestro trabajo. Recuerdo noches enteras encerrados en el estudio sacando adelante alguna idea que se nos resistía. Y como ya dije, aunque no teníamos demasiados clientes, la verdad es que los que había apostaban fuerte por nosotros y la empresa marchaba decentemente. Supongo que todo en ese mundo se reduce a eso: al dinero. Mientras le reportes beneficios a la empresa estás en estado de gracia y puedes hacer lo que te plazca; pero cuando las cosas ya no están tan boyantes empiezan los problemas. Y eso es justo lo que pasó al año y medio o dos años de vida de la agencia.

Acomodados en la buena vida, nos habíamos relajado todos demasiado; y eso empezó a pasar factura. El rendimiento descendió hasta límites peligrosos. Mr. Got pasaba largas temporadas sin aparecer por allí. Delrieu y yo fingimos unas irreconciliables incompatibilidades creativas, para lograr que nos separaran en distintos horarios intensivos. En realidad nos habíamos puesto los dos de acuerdo porque él quería trabajar por las mañanas y tener las tardes libres para sus cosas, y yo prefería las mañanas libres, para descansar de mis correrías con los jinetes, y trabajar por la tarde-noche. Ese es el controvertido dilema de los asuntos del ámbito del genio humano, del arte y de la creatividad: que todo es muy elástico y relativo, y a priori no se le pueden poner puertas al campo. Para salirnos con la nuestra, constantemente nos escudábamos en tópicos recurrentes como que no se le pueden imponer horarios a las ideas, que las musas no madrugan, y toda una sarta de estupideces por el estilo. (Contrario a esta idea generalizada, Picasso afirmaba que: "Cuando te llega la inspiración, te debe encontrar trabajando").

La cosa fue degenerando progresivamente, el ambiente empezó a enrarecerse, llegaron las tensiones y los malos rollos. Y cuando bajas tanto el listón, llegan los inevitables batacazos. Tuvimos unos cuantos fracasos sonados, y no porque se hubieran secado las ideas, sino porque ya no bajábamos al pozo a buscarlas. Para no eternizarme pondré sólo dos ejemplos:

Como director creativo a menudo debía viajar con los jefes para presentar las campañas y proyectos a ciertos clientes. Teníamos un cliente muy importante, una renombrada bodega de Villarrobledo (Albacete), al que le presentábamos la nueva campaña. "Joaquín Almeida" me pidió que le acompañara a aquella reunión porque nos jugábamos mucho. Estábamos en el lujoso y sobredimensionado despacho del dueño de la bodega, que escuchaba muy serio mientras "Joaquín" le enseñaba algunas ideas. Éste se había empeñado en incluir una idea suya, que yo desaprobaba tajantemente: era un slogan con la fórmula química del vino. Cuando se la mostró, al cliente le cambió la cara. Viendo que aquello no iba por buen camino, intervine y le eché un capote a "Joaquín", que se había metido en un jardín y no sabía salir. Le pedí disculpas porque se nos había colado esa idea, que ya había sido desechada desde el principio, por considerarla inoportuna, dado el recelo del público a todo lo que suene a fórmulas y compuestos químicos, y a la propensión de la gente a pensar que le dan gato por liebre, y que realmente el vino no sale de la fermentación del mosto en las barricas de las bodegas, sino que lo fabrican en tétricos laboratorios, mezclando polvos mágicos con agua. El tipo se alegró de escuchar justo lo que él estaba a punto de decir, y parece ser que me gané su respeto y admiración. "Joaquín" no se sintió dolido, muy al contrario, agradeció que hubiera salvado los muebles con mi intervención. Durante la comida en un fastuoso restaurante con otros directivos de la bodega, el dueño pidió que me sentara a su lado. Como si hubiera visto en mí una especie de genio de la lámpara de Aladino, me pidió mi opinión sobre el mundo del vino. Él opinaba que era un mercado muy rígido, que ya estaba todo inventado y que había muy poco campo para la innovación. Me comentó que a él le gustaría encontrar alguna idea rompedora con la que poner patas arriba el mercado. Totalmente ajeno a lo que estaba a punto de provocar, le comenté que yo modestamente sí había observado una carencia en ese mercado. Enseguida se interesó por lo que pudiera decir: "Sigue, sigue. Te escucho". Le expliqué que por ejemplo en mi casa, solamente mi padre bebía vino en las comidas, y que casi todos los días tenía que privarse de ese placer porque no le compensaba abrir una botella de litro para tomarse sólo uno o dos chatos y luego tener que meterla en la nevera, con la pérdida de propiedades que eso implica. Porque a mi padre le gusta el buen vino, no el vino de tapón de rosca o en tetra-brick; y el buen vino una vez abierto, si no te lo acabas de una sentada, te toca tirarlo por el fregadero o dejarlo para aderezar guisos. Porque aunque consigas volver a taparlo con el corcho (por no hablar de lo de poner una ridícula cucharita en la boca de la botella), una vez abierto, vuelto a cerrar y guardado en la nevera, pierde mucha calidad y deja de ser un buen vino. Le comenté que no me refería a las "medias botellas" (botellas de medio litro) que se sirven en los restaurantes, si no a monodosis de 25 ó 33 centilitros, como las de los refrescos y la cerveza. Como si le hubiera acabado de revelar la fórmula secreta de la Coca-cola, al tipo se le iluminó la cara y empezó a contarle impacientemente la "genial" idea a todos los presentes. Ilusionado, hacia proyectos como la lechera del cuento y daba órdenes a diestro y siniestro a sus subordinados: "Fulanito, mañana mismo averiguas si ya está patentado. Menganito, hay que hacer tal y cual gestión". Viendo su excesivo entusiasmo, "Joaquín" y yo intentamos poner algo de sensatez en el asunto: habría que hacer primero un estudio de mercado para ver las posibilidades del producto, testar el nivel de aceptación del público, etc... Pero el hombre estaba emocionado con su juguete nuevo y no parecía dispuesto a escucharnos. Él ya se había tirado a la piscina, pero ahora dejaba la pelota en nuestro tejado: teníamos que vender el producto. Y tenía que ser ya; quería tenernos de vuelta en su despacho a la mayor brevedad con toda la campaña perfectamente planificada. Estaba impaciente y nervioso; incluso bajaba la voz cuando se acercaba algún camarero a la mesa, no fuera que le robaran el plan.

En menudo fregado nos habíamos metido por mis ideas de bombero. Se convocó una reunión urgente del "gabinete de crisis". Allí dentro estaba la plana mayor de la agencia (habían venido desde algunos profesionales free-lance que trabajaban para nosotros, hasta nuestro hombre de confianza en la imprenta con la que trabajábamos en exclusiva, y si no recuerdo mal estaba hasta el Dr. Feelgood), discutiendo acaloradamente, y buscando con muchos nervios y prisas "La Idea". ¿Y qué hacían los creativos mientras los demás se devanaban los sesos en la sala de juntas? Pues jugar tranquilamente a la pelota en nuestro estudio, totalmente ajenos al agobio de aquel maremágnum. La excusa era que en aquella sala había muchos nervios y malas vibraciones, que estrangulaban nuestra creatividad, pero la verdad era que no nos importaba una mierda aquella campaña. En mi caso la cosa tenía delito, porque había sido yo quien había metido a la empresa en aquel "marrón" con mis descabelladas ocurrencias.

Dada nuestra nula cooperación, al final se decidieron por un espantoso eslogan que se le había ocurrido a uno de los jefes. Aunque me horrorizaba, no me opuse porque no me apetecía discutir, y mucho menos tener que pensar yo uno mejor. El otro jefe impuso a su flamante novia modelo como imagen de la campaña, idea absurda a todas luces a la que tampoco me opuse por las mismas razones. Al final la campaña fue un estrepitoso fracaso, y las mini-botellitas de buen vino duraron en las estanterías de los supermercados aún menos que la Nocilla de fresa o la Cherry-Coke.

(Mañana contaré el segundo gran descalabro, que supuso el principio del fin de la agencia).

3 comentarios:

Cripema dijo...

Estoy deseando que te vayas a la Habana y que vuelvas....
Organizada cena para el fin de semana siguiente a tu vuelta para contar las historias de primera mano...Voy reservando mesa en cualquier sitio que no nos echen hasta el amanecer!
Pero tened cuidado por Dios! q os conozco! El que me faltaba que entrara en accion es Almax...la mare de deu!

Gilito dijo...

A mi no me parece tan mala idea... seguro que lo que falló fué el packaging... ;-)

Cripema no me deja ir con vosotros a La Habana! Snif!, si yo solo quiero hacer cuatro fotitos y comer arroz con platano !!!

mrcelofan dijo...

Esas botellas están a la venta, también las hay de cava, sidra...la sidra la venden hasta en lata. Pero supongo que ya lo sabías.