viernes, septiembre 23, 2005

El pararrayos

Hoy viniendo al trabajo, he visto desde el coche a la Sra. X. Aunque tenía prisa he parado y he bajado a saludarla efusivamente, porque le tengo mucho cariño. La Sra. X limpiaba las oficinas de una empresa en la que trabajé hace ya algunos años. Conocer a esa mujer me impactó mucho. Su vida era un auténtico drama: su marido murió de una enfermedad espantosa, dos hijos muertos por la droga, un tercero entrando y saliendo de centros de rehabilitación, un cuarto en la cárcel y el quinto nació con una minusvalía cerebral. Vamos, un paisaje desolador. Pero era una mujer luchadora, risueña y muy vital. Siempre andaba cantando coplas, contando chismes y riéndose (con una risa muy particular, cuyo sonido nunca olvidaré). Y eso era lo que la hacía tan especial: a pesar de la pena que tenía encima, no perdía la sonrisa, la ilusión ni la fe.

Por las tardes siempre me quedaba hablando con ella un buen rato, la invitaba a un café de la máquina, y alguna vez le llevé algún detalle tonto: una rosa, unos bombones,… que ella agradecía desproporcionadamente (se ve que la pobre no estaba acostumbrada a recibir regalos de nadie, más bien lo contrario).

Al conocer la terrible historia de X, se me ocurrió una de mis descabelladas teorías: La teoría del pararrayos. Es decir, por cada X habitantes del planeta , nace uno en el que el destino vuelca todas sus miserias. Gente que ha llevado una vida que no te la puedes creer (en Cuba conocí unos cuantos casos especialmente estremecedores), para que los demás, a los que no nos ha tocado la china del pararrayos, podamos llevar una vida más o menos digna; por supuesto, con nuestras miserias y desgracias también, pero no tan concentradas. Es decir, mientras a ellos los fulminan las centellas, lo nuestro sería (salvo dolorosas excepciones) mera electricidad estática.

Sólo una anécdota para que os hagáis una idea del peculiar modus vivendi de la Sra. X: tres días después del célebre 11 de Septiembre, yo estaba leyendo el periódico y X, al ver una enorme foto a todo color del segundo avión reventando contra el rascacielos, me preguntó qué había pasado (?!). Le dije que no me podía creer que no supiera lo que había pasado y me dijo: "Ay, hijo, yo no me entero de ná". Le pregunté si los tres últimos días había estado encerrada en una cámara de cobalto, porque era imposible que no hubiera oído algo, ya que no se hablaba de otra cosa por todas partes (joder, en algún momento tendría que haber ido en autobús, se habría cruzado con vecinos en la escalera, habría puesto la tele aunque sólo fuera un minuto (si es que tenía televisor y no se lo había levantado ya alguno de sus hijos yonquis)). Pues no, no sabía nada del asunto. Supongo que esta mujer no necesitaba más caos y entropía en su triste vida.

5 comentarios:

Gilito dijo...

Pues si amigo, somos una pandilla de cabrones con suerte. Con mucha suerte.

laceci dijo...

Si macho, el tema es que muchas veces pensamos que lo que nos pasa a nosotros es lo peor de todo, hasta que miramos a nuestro alrededor.

No aprendemos.

Cripema dijo...

A mi lo que me parece mas increible es que gente como la Sra. X con una vida plagada de desgracias, tenga mas fuerza y empuje que cualquiera de nosotros ante un "problema de mierda" .
Admiro a esa gente que se crece ante las adversidades y tiene una sonrisa siempre dispuesta cuando lo que realmente le apetece es llorar.

Luces dijo...

a veces hay personas así, que ensanchan los límites de la propia existencia.
En NY ví a una chica como de 15 años que pedía limosna con un cartel que ponía: a mi familia la han matado los ninja.
Le sonreí...me sonrió. Encantadora.
Besos, niño, me ha encantado tu post.

mrcelofan dijo...

Y justo en el otro extremo se encuentra el señor o señora "Y" que absorbe toda la buena fortuna que la señora "X" pudo tener en su vida. Alguien a quien sus amigos y familiares denominan como "un tipo con suerte". Uno con el que todo el mundo quiere compartir un número de lotería, y a lo que el simplemente contesta que no cree en los juegos de azar ni en la suerte.