martes, mayo 16, 2006

La última cena

Definitivamente es la última cena de este tipo a la que voy. El sarao que organizó el gimnasio la noche del pasado sábado fue, como ya me había figurado, toda una experiencia estrambótica. Acudí con mi hermano Feiule Morte, que también es parroquiano del gimnasio, a la hora acordada al restaurante, que resultó ser unos salones de ésos donde se celebran bodas y comuniones multitudinarias.

Nada más llegar pensamos que nos habíamos metido en el parking de "2 Fast 2 Furious" porque había allí un estruendo de motores trucados y discotecas ambulantes… ¡Qué carrocerías disparatadas! ¡Qué colores cegadores! ¡Qué motivos decorativos! Y yo me pregunto: si los ingenieros de la marca automovilística en que has puesto tu confianza al adquirir uno de sus vehículos, han realizado infinidad de estudios aerodinámicos y pruebas en túneles de viento, etc… hasta dar con el diseño más funcional; quién coño te ha convencido de la utilidad de esos descomunales alerones en tu Batmóvil, esos faldones absurdos que se te enganchan siempre en la rampa del Lidl, o esas llantas de cuadriga de Ben-hur. A no ser que lo único que busques con esos añadidos sea el impacto estético, porque entonces ya lo entiendo todo aún menos. Aunque la verdad es que a algunos de estos figuras del tunning los podía contratar la "Industrial Light and Magic" de Lucas para diseñar cachivaches futuristas y aterradores; o mejor que le enseñen a Giger cómo hacer una "Nostromo" realmente espeluznante, como la que había aparcada allí el sábado.

Dado que éramos centenar y medio de comensales y distribuidos como los invitados de una boda se hicieron constantes bromas al respecto (ya se sabe: "Que se besen, que se besen" y todas esas paridas). Pero el humor que más gustaba allí eran los constantes chistes referentes a las drogas: cada vez que se iban dos o más personas juntas al servicio se montaba un barullo de risas y gritos desde la otra punta del salón, del tipo: "¿Ya vas otra vez? Joder, como te gusta el mantecao", "Ponme una puntita" o "¡Deja algo pa’ luego!". Después, cuando los aludidos volvían disimulando malamente los motivos reales de su viaje al aseo, con la mucosa nasal irritada por el pica-pica y haciendo esfuerzos por no mover el morro como roedores (las mujeres –más finas- recordaban más a la protagonista de "Embrujada" moviendo la naricilla graciosamente), la algarabía los recibía a voces con perlas como: "Hay que picarla más", "La del Sinatra, lleva la del Sinatra", "¿Has repelao bien?", …

De hecho, uno de los figuras que me tocó sentado al lado comentaba cómo a su mejor amigo no hacía mucho que su hija de 17 años le había dicho tranquilamente un viernes : "Mira, papá, sabes que este fin de semana me voy a meter coca y con la mierda que pasan por ahí, ¿no sería mejor que me pillaras tú un pollito?". Y, claro (razonaba él), qué iba a hacer su colega: pues pillarle un gramo a su hija para quedarse tranquilo. Conforme aumentaba el número de viajes a los retretes, más se desfasaba el personal: que posaban unos cuantos para una bonita foto de recuerdo, pues en vez de decir "Patata", decían al unísono: "Faarlooopaaa". El desfile a los servicios empezó a desmadrarse, ya iban en grupos unysex de ocho o diez personas alteradísimas y alborotadas; y aquello más que un salón de comuniones parecía una narcosala.

Llegó la hora del baile y se podían contemplar unos comportamientos muy extraños: gente bailando sola en su planeta, monos enormes y supervitaminados haciendo violentos aspavientos en medio de la pista, y mujeres de armas tomar vestidas para matar (seguro que más de una era gogó profesional) ejecutando bailes subiditos de tono que emburraban aún más a la tropa.

Cuando la barra libre terminó todo el mundo se fue a seguir la fiesta a una discoteca muy poco recomendable de Alicante, por lo que mi hermano y yo nos fuimos por nuestra cuenta a rematar la noche.

Se me quedan muchas cosas en el tintero porque la noche dio mucho de sí, pero no quiero hacer otro de mis rollos interminables. Pero tengo que comentar aunque sea de pasada que:

- Había gente que no probó la cena del restaurante porque se presentó con sus tupperwares con mejunjes y ante mi estupor me aclararon que es que estaban preparándose para competición.

- Se realizó entre los asistentes un sorteo de: Un equipamiento de lycra para entrenamiento, unas toallas con el emblema del gimnasio y una mensualidad gratis. Y, claro, cada vez que se levantaba uno de los premiados a recoger su trofeo, el auditorio se venía abajo.

- Mi archienemigo finalmente no se presentó (cosa que agradecí), y curiosamente con otro, que sin llegar al rango de archienemigo ya habíamos tenido algún roce tenso, limamos asperezas (ya se sabe que el alcohol petrolea y engrasa las relaciones sociales) y descubrí que no es tan capullo como me lo había figurado.

2 comentarios:

Mr.Celofan dijo...

Prueba superada !

Olé tus cojones, yo aún no he tenido los susodichos para ir a ninguna cena del gimnasio.

rishark dijo...

Ayer vi en mi gimnasio una cartel anunciando la cena de verano, y si tenía la duda de apuntarme o no, despues de leer tu historia he decidido no pasar por esa terrorífica experiencia.
Grácias por evitarme una mala noche