viernes, mayo 26, 2006

Menuda fiesta (2)

Llegamos Juancho y yo a la fiesta cuando estaba empezando a coger colorcito la cosa. Como ya comenté una vez, Juancho también trabaja en el mundo de la noche, concretamente en la misma empresa que mi hermano, por lo que conocía a bastante gente de la que había allí. No paraba de saludar a unos y a otras, y de presentarme gente de todas las nacionalidades imaginables. De hecho, una de las anécdotas más tontas de la noche me sucedió con una camarera rusa a la que, después de presentarme Juancho como “el hermano de Tomás”, pareció alegrarle mucho (demasiado) conocerme porque me dio un abrazo muy efusivo y empezó a soltarme una parrafada en ruso. Ante mi desconcierto me pregunta en su limitado castellano que de dónde soy, le contesto que soy español y se queda muy extrañada; me pregunta si de verdad soy el hermano de Tomás y le digo que sí (y empiezo a pensar desde cuándo mi hermano habla ruso) y de repente se descojona e insiste en seguir hablándome en ruso. Entonces interviene mi amigo que no entendía nada, como yo, y se aclaró el malentendido: ella creyó que era hermano de Tomas (con el acento en la o; no Tomás), que es un portero lituano que hay en uno de los pubs del grupo para el que trabajan todos estos que estoy nombrando, y que es una malabestia parda. Ella se pensaba que le estaba vacilando haciéndole creer que era español, y por eso se reía tanto y me seguía hablando en ruso. Yo no sé qué les hará mi hermano a estas muchachas, porque cuando quedó aclarado de qué Tomás era hermano, le faltó tiempo para escurrir el bulto, despavorida.

El ir a la barra era una experiencia gratificante por tres motivos: el primero, porque era una oportunidad de echarle otro vistazo a las camareras atómicas; el segundo, porque era barra libre, con todo lo que eso implica (hace tiempo leí un texto del genial Jordi Costa en el cual éste razonaba por qué no le gustaban las barras libres, y que uno sólo es responsable de su borrachera cuando ha tenido que pagar por sus copas); y tercero, porque realmente esa noche la gente vino a la fiesta con ganas de pasárselo bien y había muy buenas vibraciones en el ambiente, por lo que podías alternar mientras esperabas tu copa con los que tenías al lado, dándose momentos bastante curiosos. Si a eso sumamos que Juancho es un tío guaperas y un auténtico animal social con unas dotes sobrenaturales en el arte de conquistar y un contrastado magnetismo con las féminas (sus historias son de las que dejan boquiabierto, y no son batallitas de fantasma porque éste que suscribe ha sido testigo ocular, y no pocas veces), pues el resultado es que acabábamos departiendo con todas las mujeres que osaban acercarse al área del terror de Juancho. Encima el cabrón, que es perro viejo, se vino con su flamante nueva cámara digital, y a toda hembra que se acercaba les entraba con la excusa de si era tan amable de hacernos una foto de recuerdo, y, claro, una vez echado el anzuelo, pues se ponía a comerles la oreja con ese don de gentes que le caracteriza. Yo iba a remolque de él, como una rémora, y le seguía el juego hasta donde podía llegar, porque uno tiene muy limitada su capacidad de relacionarse con el prójimo; y no en la calidad, sino en la cantidad. Es decir, yo puedo estar de cháchara con desconocidos y hacer el paripé como el que más; pero durante un ratito, porque tengo muy contadas mis reservas de sociabilidad, y el trato humano me desgasta bastante. Así que cada equis tiempo tenía que tomarme un respiro del huracán Juancho y darme un garbeo tranquilo en solitario. En uno de estos “descansos”, mientras estaba solo tomando una copa sentado en uno de esos espectaculares sofás de exterior que hay diseminados por todo el jardín, iluminado por la tenue luz de unas antorchas (pero antorchas fashion, por supuesto), me ocurrieron dos cosas que aún no acabo de entender muy bien. Quizás se me había acabado pegando algo del magnetismo de Juancho, o éste me había echado parte de sus feromonas en mi bebida, porque sin hacer el más mínimo esfuerzo por mi parte, una chica rubia muy guapa vino hacia donde yo estaba acomodado y me preguntó si se podía sentar conmigo. Le dije que por supuesto, y para darle conversación le comenté lo espectacular que habían dejado el sitio y resultó ser camarera del local, que esa noche, como todos sus compañeros, no iban a ser menos y estaban como invitados, disfrutando por una vez al otro lado de la barra (cosa que confirmó que las supercamareras galácticas las había traído la organización del whisky). Seguramente, mientras hablábamos a mí debían estar yéndoseme los ojos constantemente a las dos gogós que bailaban sobre un podio, a escasos 3 metros justo delante de nosotros, porque ella comentó que las gogós tampoco eran de la casa; y que de hecho allí no tienen gogós (cosa que, sinceramente, no hubiera casado demasiado con la filosofía del establecimiento). La chica se mostraba muy simpática y receptiva, y estuvimos hablando animadamente más de veinte minutos, pero entonces llegó una amiga suya que dijo andar buscándola desesperadamente todo ese rato y se marchó con ella, despidiéndose de mí con un enigmático: “Luego nos vemos”. En fin...

Yo no sé si es que debía tener una aspecto pintoresco o qué sería, pero no se acababa de ir la rubia, cuando una pandilla (2 chicas con 3 chicos cachitas) que estaba de pie justo al lado de donde yo seguía sentado, empezaron a mirarme insistentemente y a murmurar entre ellos, hasta que una de las chicas se acercó y me preguntó que si podían hacerse una foto conmigo (?!). Me los quedé mirando un buen rato, sin contestar, tratando de detectar cualquier atisbo de que se estuvieran cachondeando de mí; pero no parecía ser esa la intención ya que me dijeron que perdonara, que no querían molestarme y que no hacía falta ni que me levantara para la foto, por lo que accedí, no sin ciertos reparos. Así que las chicas se abalanzaron al sofá, se pusieron de rodillas una a cada lado, abrazándome muy cariñosamente (demasiado) y los tres chicos alrededor de nosotros, ya que le pidieron a un chaval que pasaba por ahí que nos hiciera la foto, porque al parecer nadie quería dejar de salir en ese valiosísimo documento gráfico de ellos cinco posando con un total desconocido. Así que cada vez que el chico, demostrando una paciencia a prueba de bombas, hacía la foto, iban todos corriendo a ver en la pantallita cómo había quedado ("A ver, a ver"), y volvían rápidamente a sus puestos vociferando (“Otra, otra”). Y así hasta cuatro fotos. Mientras trataba de poner buena cara para las fotos, pensé por un momento que me confundían con alguien famoso, algún DJ o algo, pero eso quedó descartado cuando la chica morena (por cierto un bombón, que se mostraba todo el tiempo sospechosamente cariñosa conmigo, y que llegué a temer que fuera la novia de alguno de los sansones, que estaba tratando de ponerlo celoso y que acabara la cosa malamente) me preguntó mi nombre. Se lo dije y resultó que me llamo igual que uno de los chicos, al que la coincidencia pareció hacerle muchísima ilusión y me hacía chocar la mano constantemente, repitiendo mucho: “Ese tocayo ahí...”. ¡Ay, Señor… qué necias son las drogas!

La cosa empezaba a ponerse realmente extraña, porque insisto que aunque yo tenía puestas todas mis alarmas para detectar posibles segundas intenciones en la actitud extremadamente amistosa de estos desconocidos, acabé por convencerme de que simplemente lo estaban pasando bien (no se me escapaba la empatía universal que proporcionan ciertas drogas) pero había algunas piezas del puzzle que no terminaban de encajar: la morena se estaba poniendo cada vez más acaramelada conmigo, y qué queréis que os diga pero yo si de repente un pibón, por muy enfarlopada que vaya, llega y me entra así tan a saco, pues no sé… pero es que uno, sin llegar a ser un paranoico con manía persecutoria, no puede dejar de sentir ciertos recelos de sus congéneres en general, y más si éstos van borrachos y en manada. Además mostraban una súbita simpatía por mí que excedía a la inducida por cualquier droga, por muy buena que ésta sea. Sin ir más lejos, la única broma que me permití hacerles (cuando la otra chica se acercó con la cámara para enseñarme las fotos y, supongo que debido a la excesiva ingesta de estimulantes, le temblaban mucho las manos, le dije: “Hija mía, tienes el pulso como para robar panderetas”) fue respondida por todos con grandes carcajadas y alboroto, como si acabaran de asistir al mejor sketch de Faemino y Cansado.

La cuestión es que después de un buen rato de risas con mis improvisados amiguitos, Juancho hizo una de sus entradas triunfales: en vez de bordear el sofá, y dado que éste es muy bajo (apenas dos palmos de altura), decidió llegar hasta mí pisando por encima de la especie de colchonetas gigantes que hacen las veces de cojines (por mucho que os lo describa no os haréis una imagen del sofá, ya que son esos típicos muebles de diseño ultramoderno, que curiosamente en este caso la llamativa estética no está reñida en absoluto con la comodidad), con el resultado de que una de ellas salió proyectada sobre la mesa en la que teníamos las bebidas, tirando algunas de ellas. Al salir propulsado el cojín, el pie de Juancho quedó atrapado entre las tablas que lo sostenían, que eran como las de un somier de láminas. Así que, tras liberar el pie de mi amigo, y temiendo los catastróficos efectos que podía tener el combinar a mis alterados acompañantes con el terremoto Juancho, tomé una de esas absurdas decisiones que me caracterizan cuando la situación me descoloca: “Juanito, vámonos a bailar”.

Y mañana seguiré, que esto se alarga más de la cuenta, porque en la pista de baile la noche ya se puso realmente bizarra. Por cierto, Juancho me ha enseñado las fotos que hizo y, en fin, intentaré poner algunas en el post de mañana.

1 comentario:

Mr.Celofan dijo...

Normalmente cuando veo un post tan largo suelo leerlo por encima, pero en tu caso es diferente.

Me encantan tus sagas nórdicas, espero impaciente el tercer capítulo.