domingo, mayo 28, 2006

Menuda fiesta (y 3)

Decía que nos fuimos a bailar. Lo de “bailar” es una forma de expresarme, ya que yo no bailo en el sentido estricto de la palabra. Y es una pena, porque me hubiera gustado saber hacerlo, pero nunca he tenido puta la gracia para moverme. Yo me limito a bascular de izquierda a derecha sobre un imaginario eje vertical. Si voy muy tocado soy incluso capaz de atreverme con unos tímidos pasitos ridículos adelante y atrás, que me asemejan más a Chiquito de la Calzada que a Fred Astaire. Siempre he envidiado la habilidad innata del otro sexo y de las otras etnias para estos menesteres (recuerdo que vi en Benidorm a un hooligan con una camiseta que me hizo mucha gracia porque decía: “Cerveza: desde (no sé qué año) ayudando al hombre blanco a bailar”).

Lo más asombroso de todo es que he tocado la batería durante muchos años pero no tengo ningún sentido del ritmo, y parezco un ganso mareado cuando intento arriesgar y salirme de mi básica coreografía pendular.

Consciente de mis limitaciones en este arte (el baile es una de las 6 bellas artes –si no contamos el moderno cine-, que se llaman así precisamente porque tratan de representar la belleza; que no es precisamente como definiría el resultado que obtengo yo cuando basculo encharcado en alcohol), y para evitar el agravio de posibles miradas que puedan transmitir disconformidad (si no directamente asco-pena) con mi peculiar modo de entender la danza contemporánea, lo que hago durante todo el proceso es poner mi cerebro en modo “Numen”. “Numen” es una palabra japonesa que significa literalmente “sin pensamiento”, y es el estado mental ideal que trataban de alcanzar los samuráis justo antes de entrar en combate. Claro que la gente, muy poco familiarizada con el código de honor “Bushido” de los guerreros nipones, lo interpreta como una simple saturación de estupefacientes. Si a este malentendido con los conceptos añadimos mi estética, digamos poco usual, de “yakuza” garrulo, se explicaría que constantemente se me acerque gente preguntando si paso drogas (hace unos años en el festival de Benicásim batí todos mis récords; si hubiera llevado tema para trapichear me habría forrado sin tener que moverme del sitio). Y es muy curioso, porque ante mi respuesta negativa hay principalmente dos formas de reaccionar por parte del solicitante, sobre todo si éste ya se ha metido, se le ha acabado, y ha iniciado el triste periplo de buscar más, porque estos no entienden que se han equivocado de persona y no aceptan un no por respuesta: los desesperados (“Tío, te pago lo que haga falta, de verdad”; “¿No tienes aunque sea una puntita?”) y los agresivos (“¿Seguro que no? ¿Es que tengo pinta de madero yo, o qué?”; “Pues toda pa’ ti, rata. Así se te atragante”).

Pero es que encima he incorporado un nuevo accesorio a este look de camello de extrarradio que luzco muy a mi pesar, porque no es esa mi intención ni mucho menos, y es que en uno de mis típicos cruces de cables, hace menos de un año me autoimpuse una dieta draconiana con la que perdí 54 kilos (sí, 54: es que estaba hecho un verraco) en apenas 8 meses y que me dejó, entre otras secuelas, lo que mis amigos y familiares han denominado cara de enfermo, de loco o de yonqui, según las versiones; pero una mirada, al fin y al cabo, como ida y de persona que sólo trae complicaciones. De hecho me gusta autoconvencerme con la consoladora excusa de que es mi expresión oligofrénica la que espanta a las mujeres, y que es ésa la única razón de mis constantes fracasos en el trato con el otro sexo (cómo será la cosa que ahora mismo me hallo inmerso en la elaboración de un atlas geográfico que detalle mis continuas derrotas por toda la Península Ibérica).

La única ventaja de todo esto que cuento es que la explosiva mezcla del “Numen” con la cara de loco y una buena cogorza me da en algunas ocasiones concretas un aspecto muy inquietante para los que me rodean y no me conocen; como de individuo peligroso al que no conviene tocarle los huevos, lo que me permite estar en un pub atestado de gente, haciendo mi patético “Samurai dancing”, oscilando como un autista cómodamente situado en el centro justo de un perfecto círculo de espacio libre protegido por una especie de anillo invisible de seguridad que me proporciona el absoluto mal rollo que desprendo y las andanadas de malas vibraciones que salen de mis ojos ausentes las raras veces que consigo entreabrir los párpados. ¡Menuda estampa! Y así es como pretendo ligar... Porque son muy pocos los osados que se atreven a adentrase en el territorio del zumbado, a pedirme fuego o preguntarme por enésima vez si tengo algo para pasar. Y esto me lleva a una reflexión: si la gente da por supuesto que mi lamentable estado es por el consumo de alguna droga, y se acercan a mí con la intención de comprarme esa misma droga, debe ser porque les debe parecer envidiable y apetecible la condición mental de la que hago gala en ese momento. Lo cual me parece muy chocante ya que yo realmente odio con toda mi alma cada eterno nanosegundo que paso basculando, y lo hago única y exclusivamente porque mis asesores me han terminado convenciendo de que bailar es un proceso ineludible del cortejo sexual Y de ahí nace la imperiosa necesidad de adoptar el “Numen” y todas estas zarandajas que vengo contando, pero desde luego no estoy pasando el mejor momento de mi vida, ni mucho menos; aunque a según que gente les debe parecer que sí, y claman por su billete para viajar hasta allí donde estoy yo, cosa que dice muy poco a favor del aspirante (nunca mejor dicho).

Pero si a todo este cacao mental le añado la intervención de cualquier sustancia psicotrópica, o una barra libre, pues ya es el desiderátum. Y eso es justo lo que pasó esa noche en la pista de baile: marasmo, diplopía, confusión mental, visión de túnel... y una psicomotricidad muy deficiente a pesar de contar con un inusualmente grande y despejado perímetro de seguridad demente. Y todo ello agravado por las retorcidas estratagemas de mi querido Juancho a la hora de abordar muchachas. Una vez agotados los recursos con la cámara de fotos (con decir que se agotaron las pilas y hubo que hacer un psicodélico viaje a altas horas de la noche a conseguir unas nuevas), y después de desplegar todo su arsenal de trucos y argucias (incluido su célebre “Truco del cigarro”, todo un clásico que, aunque me lo ha explicado e intentado enseñar incontables veces, nunca he terminado de entender), pasó a emplear artimañas más maquiavélicas. Me decía justo antes de atacar algún grupo de hembras: “Tú sígueme el rollo”. “Juanito, a mí no me jodas, que te conozco”. “Tú sígueme el juego, coño. Simplemente voy a decir que eres el batería de mi banda”. Y para allí que se iba con su confianza a prueba de bombas y su soltura a la hora de entrarle a las tías más buenas que se le ponen a tiro. Y lo mejor es que le funciona y casi todas, por muy inaccesible que parezcan a primera vista, se muestran encantadas de conocerle y le siguen el rollo un buen rato, aunque luego la cosa no termine cuajando. Se atrevió incluso con una de las supercamareras y la chica estuvo charlando muy animadamente con él un rato largo, y parecía disfrutar mucho con el cortejo. La verdad es que la chavala (¡qué mujer, señores!) era muy maja; cosa que pudimos comprobar enseguida porque celebró con sonoras carcajadas una de nuestras salidas de tono habituales. Ésta concretamente: la fiesta como ya he dicho estaba organizada por “White Label”, y por lo tanto en todas las barras las botellas de cualquier otra marca o bebida habían sido reemplazadas por centenares y centenares de botellas con la nueva imagen de este whisky escocés. Todo el mundo dio por hecho que sólo se podía beber eso y, claro, encima que te invitan pues tampoco es plan de protestar, y como el whisky no nos disgusta, pues lo estuvimos bebiendo las primeras rondas. Pero hete aquí que en una de nuestras paradas en barra para repostar, mientras esperábamos que este pedazo de mujer nos terminara de servir los cubatas vimos pasar por delante de nuestras narices un par de vodkas con naranja. Así que le preguntamos si se podía beber otra cosa, a lo que contestó: “Hombre, como poder, se puede. Aquí no obligamos a nadie”. A lo que respondimos casi al unísono: “Joder, haberlo dicho antes. Nosotros aquí bebiendo whisky como tontos... Anda, tira estas dos mierdas y ponnos un par de gintónics como Dios manda, guapa”. Y este sacrílego desplante de desagradecimiento con la marca que estaba sufragando nuestra juerga del siglo le hizo mucha gracia, porque estuvo un buen rato descojonándose, doblada de la risa sobre la barra mientras nos servía los añorados gintónics (la botella de Bombay la sacó con mucho secretismo de debajo de la barra. Supongo que tendrían claras instrucciones al respecto, y eso que esta marca la distribuye la misma casa que la del whisky ya mentado). Por supuesto una ocasión tan clara de interactuar con aquella monada no iba a ser desaprovechada por un maestro en la materia como el bueno de Juancho.

La verdad es que yo le agradezco que me incluyera en sus maniobras de acercamiento, pero él ya sabe (porque lo hemos hablado muchas veces; y con Óscar, que es otro picha brava), que aunque respeto, y hasta admiro, su inagotable persistencia en la misión (ellos lo llaman “picar piedra”), yo soy incapaz de destinar tantas energías a una actividad que se me da tan sumamente mal y que me ha proporcionado infinitamente más decepciones y sinsabores que recompensas o alegrías.

La cuestión es que conforme iba transcurriendo la noche, y las rondas de Bombay (ya nos habíamos aprendido el truco y a cada barra que íbamos exigíamos nuestro licor “prohibido”), la cosa se iba desfasando cada vez más, y Juancho me venía con propuestas cada vez más descabelladas, y ya empezaba a faltar a su proverbial tacto y saber hacer con patinazos indignos de una persona cuyas dotes para eso rayan lo sobrenatural. Y no le culpo, porque desde que descubrimos la ginebra nuestro ritmo de autoriego se había visto incrementado hasta unos niveles preocupantes. Ya al final me venía con disparates como: “Sígueme el rollo. ¿Ves aquellas tías de allí? Les he dicho que eres un importante camello de aquí, de la zona, y quieren conocerte”. Y miro horrorizado y me las veo señalándome y cuchicheando con una mezcla de admiración y respeto reverencial. “¿Tú de qué coño vas, compadre? ¿Cómo se te ocurre ir diciendo eso por ahí? ¿Qué quieres, que aparezca mañana quemado en cualquier descampado, o que me corran a hostias los de seguridad? Joder, con razón no paran de acercarse todos los drogados que hay aquí”. Pero mi amigo llevaba tal pelotazo encima que ya no se podía razonar con él; así que entendí que ya había llegado la hora de irme a casa.

Por supuesto “Isla Marina” pasa automáticamente a formar parte de mi “Atlas geográfico del fracaso”. Y van...

(A ver si Juancho me pasa esta noche las fotos y puedo poner algunas aquí).

1 comentario:

Mr.Celofan dijo...

Chico, me esperaba otro final, me ha sorprendido lo de los 54 kilos, eso sí que tiene miga.