jueves, junio 01, 2006

La Mostra de Teatre

Este pasado fin de semana se celebró en Alcoy su afamada Mostra de Teatre (ya van por la decimosexta edición), en cuya organización nuestro querido Gilito está implicado a varios niveles.

Así que el sábado Cripema y yo nos desplazamos hasta allí donde sólo se atreven las águilas para disfrutar de buen teatro (una de nuestras pasiones) y, para qué engañarnos, corrernos una buena juerga. Es bien sabido que la gente del teatro es bastante calavera y los días de la Mostra la vida nocturna de Alcoy vive una especial agitación (aunque sin la farándula por allí tampoco es que se aburran precisamente).

Tras joderle la siesta a Gilito, que descansaba plácidamente en su gatera del ajetreo de unos días muy moviditos, nos fuimos los tres a tomar un refrigerio a la plaza donde ya daban los últimos retoques al escenario en el que tendría lugar esa noche una de las representaciones teatrales. Gilito no paraba de ir y venir, ya que como fotógrafo oficial del evento debía dejar constancia gráfica de todos los saraos que iban sucediéndose. Mientras, Cripema y yo dábamos buena cuenta de las excelencias alcohólicas locales (licor de café, absenta, etc…).

Un rato después decidimos acompañar a Gilito y de paso ver una de las obras en cartel que mejor pinta tenía, pero que nos decepcionó un poco y no terminamos de verla porque los compromisos se iban solapando y no había tiempo material para cubrirlo todo: así que fuimos corriendo (literalmente casi) a cenar a un restaurante muy, pero que muy, recomendable (el Kañatapa). Allí cenamos divinamente y estuvimos atendidos por una chica con la que pasamos uno de los mejores ratos de la noche. Es una amiga de Gilito que como teníamos prisa y cenamos en la barra estuvo allí charrando un buen rato con nosotros. Lo de que esta chica conozca a Gilito no es nada extaño porque pasear con él por Alcoy es como hacerlo con el sheriff de “Solo ante el peligro”: todo el mundo le saluda y reconoce por la calle (con decir que íbamos subiendo una de las inexpugnables cuestas del “San Francisco de l’alcoià” [sólo le faltan las persecuciones de coches] cuando se paró en seco justo a nuestra altura un todo-terreno de la policía local y yo ya me veía sacando la papela, y en eso que bajan la ventanilla y gritan muy animadamente: “¡Che, Gilito! no sé qué, no sé cuántos...”).

Y esta deficiencia en la transcripción de la breve conversación entre Gilito y sus colegas uniformados es consecuencia de mi problema con la lengua hablada mayoritariamente allí: el valencià. Y lo más absurdo del asunto es que se supone que yo lo hablo, porque nací en un pueblo donde se habla, porque buena parte de mi familia lo habla habitualmente y porque lo estudié en la escuela. Pero digo que se supone que lo hablo porque a la hora de la verdad no sé qué hago, pero no me hago entender. Y eso que no tengo ningún problema en utilizarlo, pero al parecer mis interlocutores sí que tienen un problema para entenderme.

He de reconocer que chamullo un valenciano macarrónico, cuajado de castellanismos y extranjerismos. Ahora que están tan de moda las fusiones, mi torpe chapurreo atropellado se empeña en sustituir involuntariamente las palabras correctas por ridículas importaciones del francés, portugués, italiano, arameo… y hasta un poco de élfico (lenguas todas éstas que desconozco por completo, lo que resulta aún más curioso). La cuestión es que no me entiende ni Dios; o, peor aún, entienden cosas diametralmente distintas de lo que yo trataba de comunicar.

Espectadora de excepción de esto que cuento ha sido durante muchos años mi querida V, que no recuerdo haberla visto reírse tanto como en nuestras estancias en tierras catalanas, donde a mis dificultades intrínsecas con la lengua de Ausias March hay que añadir el handicap de los localismos y esa pronunciación tan particular de nuestros vecinos del norte. Valgan como muestra dos simples ejemplos ocurridos en una misma jornada de frustrante incomunicación verbal: en un bar pedí en mi dialecto ininteligible “una tostada bien hecha” y me trajeron una botella de litro y medio de agua Font Vella (?!); y en la recepción de un hotel al preguntar por el cajero automático más cercano me respondieron que por supuesto todas las habitaciones tenían aire acondicionado (?!!). Os aseguro que son absolutamente verídicas (V. todavía se encana de la risa cuando se lo recuerdo; no es para menos ya que ella se dedica profesionalmente a esa venerable lengua y se le deben remover los adentros cada vez que me oye deconstruirla tan vilmente).

Otra de las peculiaridades de mis intentos de “Normalització Llinguística” es que absolutamente todos a los que les hablo en “neovalenciano”, instantáneamente me responden por cortesía en castellano y aunque yo insista en pasar un mal rato, ellos, que me han calado enseguida y que lo único que pretenden es que la comunicación sea fluida y sin interferencias, que es de lo que se trata, no dan su brazo a torcer, produciéndose situaciones muy cómicas en las que yo sigo balbuceando cosas incomprensibles en una jerigonza que doy por hecho que están interpretando como una lengua cooficial del estado, mientras mis interlocutores me responden en la de Cervantes.

Llego a obrar el milagro de que gente muy politizada sobre este asunto, que suelen ser bastante intransigentes al respecto y se muestran generalmente muy inflexibles a la hora de tener que usar el castellano (lengua que consideran invasora y colonial), terminen hablándolo al tercer o cuarto intercambio de impresiones conmigo. Es como si pensaran: "Vale, se agradece el esfuerzo, pero ahora tratemos de hacernos entender".

Pues todo esto que cuento se repitió la noche del sábado en el restaurante. La camarera, muy maja, le hablaba todo el rato a Gilito en su lengua materna y a mí no, a pesar de mi insistencia en expresarme como un Tirant LoBlanc agitanado. Cada vez que yo habría la boca la chica se descojonaba viva, y ya no sé si era porque estaba “sembrao” esa noche o, más probable, porque no daba pie con bola con la expresión hablada. Si los que leéis esto de vez en cuando ya debéis estar hasta los cojones de mi extraña forma de escribir (con interminables oraciones subordinadas llenas de comas y paréntesis (y este es un buen (triple) ejemplo)) , imaginaos por un momento todo esto en vivo y en directo, y en una lengua que me domina a mí, y no al revés. Pues eso…

La cuestión es que parece que conecté bastante con la dama, independientemente de si cuando se reía tanto era por el contenido de las frases o por su horrísono continente (el significado de las palabras pasó a un segundo plano y lo que interesaba allí eran sus estrambóticos significantes: en vez de “a ver qué animalada dice ahora”, era “a ver cómo coño lo dice”). Así que tras comentarle que después de allí iríamos a ver la última obra en cartel y después a la fiesta de clausura de la Mostra en el mítico pub alcoyano “Gaud!” (qué buenos recuerdos, sí señor), la chica me comentó que cerraban a la una y media y que a las dos nos veríamos allí. Insistió varias veces en que ella era muy despistada y que aquello siempre está lleno de gente y muy oscuro, por lo que me estuviera atento y que la llamara cuando la viera entrar. Así quedamos y me fui muy contento a ver la obra pensando que había “triunfado”.

La obra me pareció excelente. Una obra coral con unos actores soberbios bordando un impecable libreto del maestro Alberola (cómo se puede hacer reír a todo un auditorio con unas verdades tan duras y envenenadas sobre las complicadas relaciones de pareja). Disfruté tanto durante la representación que no quería que se acabase, cosa preocupante si tenemos en cuenta que tenía una semi-cita; y empezó a rondarme la agobiante duda de que quizás era más feliz absorto en ficciones sobre la vida que viviendo en el mundo real.

Con estas tonterías crepitando en mi cabeza nos fuimos a la fiesta. Tras unas cuantas rondas y muchas bromas a costa de unas ridículas gafas como de neón que el dueño de la sala (por supuesto amigo de Gilito, cómo no) nos regaló, llegó el momento fatídico: pasado escasos 10 minutos de las dos, Cripema me dice: “Ahí la tienes”. Me volví, la ví pasar y no fui capaz de acercarme a decirle algo, como habíamos quedado. Y eso a pesar de las airadas protestas de Cripema y Gilito, que no puedo reproducir aquí por si aún hay niños despiertos leyéndonos. Así que, poco después, nos fuimos a casita a dormir, que mañana será otro día.

En esta ocasión no hay excusas: mi fracaso me lo gané a pulso. A ver, ¿dónde he dejado mi atlas?

(Por favor no sean muy duros con sus comentarios, que bastante me martiricé en el viaje de vuelta. Las indomables chicanes del barranco La Batalla, tomadas en dirección a Alicante, me están dejando un regusto a derrota últimamente…).

4 comentarios:

Cripema dijo...

Ja te´l ho vaig dir el dissabte, ets una merda de tio i un cagat!

J-vol dijo...

Tio..tu eres Glxmjxxw!!!
Ya no te ajunto...
(Ahora me he indignado..y pensar que eras un referente para nosotros..sniff, sniff!!)

Micropene dijo...

Que sí, que tenían todas aire acondicionado.

aprilia dijo...

Que bueno lo del valenciano!!
La verdad, es que a mí me pasa un poco igual, porque aunque en teoría sé hablarlo...me sale en un acento tan tan tan artificial....tan académico con acento de castellana...que no.
Como anécdota memorable de Micro la del "sum de presec" en LLavorsí. Le pusieron un zumo de fresa...o de maduixa....que bueno!!! Que risas más buenas en ese momento amigo!! un beset