martes, julio 11, 2006

Ride the butterfly 2

Lorcarock I (La lógica del delirio): Como ya dije al principio que no pensaba seguir un orden cronológico ni de otro tipo, y para no terminar con el mismo mal sabor de boca que me dejó el fin de fiesta, empezaré la historia justamente por el final.

Pero para que se entienda mínimamente la cosa, antes debo explicar los antecedentes:

Habíamos llegado a Lorca al mediodía y empezamos a calentar motores nada más localizar el recinto ferial donde tenía lugar el festival "Lorcarock" (es muy fácil en este tipo de saraos: sólo hay que seguir la hilera de hormigas negras y vas a parar al concierto. No falla. Y además estas hormigas son bien visibles por sus crepadas melenas, sus afiladas tachuelas y porque en vez de portar miguitas de pan y cáscaras de pipa a su hormiguero, llevan litronas y enormes calimotxos; que, lejos de durarles hasta el crudo invierno, trasiegan en cuestión de minutos como ansiosas cigarras borrachuzas).

Desde aproximadamente las dos de la tarde estuve bebiendo sin piedad porque el plan era dormir allí y no coger el coche de vuelta hasta el día siguiente. No obstante, habíamos decidido beber exclusivamente cerveza porque el día iba a ser muy, muy largo, y los grupos más míticos estaban en lo alto del cartel, lo que quiere decir que tocarían a altas horas de la noche; y ya estamos todos muy escarmentados en este tipo de macrofestivales de caer en el error de ponerte como una moto nada más llegar y apenas cinco horas después ya no saber ni por donde te pega el viento, conque ya no digamos de disfrutar de los grupos que están en el escenario. Este que suscribe se ha recorrido media España para "ver" conciertos y en no pocos casos le consta que estuvo allí (no en balde procura conservar todos los tiques de entrada) pero no guarda ningún recuerdo de la velada; no ya en lo musical, si no -en casos extremos- de ningún otro tipo.

Resulta angustiante que algún colega le esté echando un vistazo a tu colección de entradas y de pronto te diga:

- "¡Hostias, Slayer! ¿Qué tal estuvieron?"

Y tú, no conservando absolutamente ninguna memoria de aquello, salir del paso diciendo:

- "Bien… bien. Ya sabes... en su línea".

Y él insistir:

- "¡Qué caña! Además en esta gira venían con Lombardo a la batería, ¿no?".

Y tú pensando: "Lombardo... Lombardo... yo si que estaría echando la lombarda en algún callejón oscuro".

Pues como esto resulta muy triste, desde hace algún tiempo procuro tomarme con más calma la cosa porque es estúpido pagar una entrada para pasarte toda la noche atrapado en una espiral sin fin que te lleva constantemente de la cola de los tiques a la barra, y de ahí a la cola del aseo, y de allí al césped a dormir un rato la mona; y vuelta a empezar el ciclo. Y en este caso, a diferencia de otros muchos festivales en los que sólo actúan un par de bandas de auténtico peso precedidas de muchos grupos mediocres de relleno y algunos teloneros locales, el cartel prometía momentos jugosos desde media tarde hasta bien entrada la madrugada con la traca final.

Así que nada más llegar nos fuimos a comer consistentemente para hacer base en el estómago a un bar de los alrededores del recinto, y ya empezamos con las cervezas. Yo no sé cuántas pudieron caer en aquella maratoniana jornada, y prefiero no calcularlo, pero a juzgar por el ritmo al que iba menguando el presupuesto (hicimos un fondo común que había que ir renovando constantemente), debieron ser muchísimas; demasiadas, de nuevo.

Aunque, para mi sorpresa, por una vez logré mantenerme firme en mi propósito de no serle infiel a la rubia pasándome a los cubatas, que es cuando ya me desbarato; y fui capaz de espaciar la ingesta del zumo de cebada cuando veía que ya empezaba a subírseme demasiado a la cabeza. Y como además con la cerveza llega un punto de no retorno en que me saturo, hinchado como globo, y no me entra ni una gota más; pues después de cenar en el mismo bar (sobre la una de la madrugada) dejé de beber birra y me pasé al agua, a excepción de algún trago ocasional a los calimotxos de Juancho (no fui el único en acabar aborreciendo la espumosa bebida).

Esto sumado al par de horas que nos tiramos sentados en el coche charlando, esperando a Juancho, que iba como una moto y estaba disfrutando hasta del "socarrat" de la velada, y no queríamos aguarle la fiesta y preferimos aguantar hasta que volviera de motu proprio; me salvó de que mi encuentro en la autovía con los escuadrones de la muerte no resultara catastrófico del todo.

En la primera parte de este post, comentaba lo del efecto mariposa. Pues si ahí ya quedó claro que no tener en cuenta una minucia como el batir de alas de un lepidóptero puede alterar enormemente el resultado final de una predicción climatológica, el decidir conducir un vehículo cuando uno se ha pasado todo el día, la noche y parte de la madrugada bebiendo grandes cantidades de alcohol, para recorrer un trayecto distante 150 kms. del punto de origen al de destino, cuando en el viaje de ida ha tenido oportunidad de ser advertido en numerosas ocasiones por los letreros luminosos de la autovía de que ese mismo fin de semana se estaba desarrollando una operación especial de la D.G.T. contra la conducción alcoholizada; equivaldría a decidir voluntariamente no incluir en el cálculo de la predicción de cómo podía acabar aquello, un potente ventilador tan grande como la noria de la feria.

A decir verdad, en sentido estricto yo interpreto el efecto mariposa adaptado a nuestra vida de humanos como la constatación de que las pequeñísimas decisiones que tomamos constantemente, por minúsculas que nos parezcan en ese momento (ir al trabajo por una ruta y no otra; aceptar esa cerveza con un amigo en vez de meterte en casa; devolver esa llamada perdida en el móvil procedente de un número desconocido; etc, etc...) cambian definitivamente el rumbo del resto de tu vida aunque sea de forma casi imperceptible. Es como si a cada paso se desplegara delante de nosotros un abanico de posibles vidas futuras y vamos eligiendo una varilla, rechazando en el acto las otras; y esa varilla te conduce instantáneamente a un nuevo abanico, y así ad infinitum.

Un caso práctico: llevarte un paraguas por si llueve, o no hacerlo. Es más que probable que esta decisión no vaya a influir sustancialmente en el resto de tu vida. Que si pudieras compararlas pasados 5 años desde aquello, en lo concerniente a esa -en apariencia- insignificante decisión concreta las dos posibles vidas fueran casi idénticas y el acto de llevarte el paraguas o no hacerlo no hubiera alterado apenas tu destino. Pero puede que sí; puede que el simple acto de decidir llevarte contigo esa tarde un paraguas lo cambie absolutamente todo: que le ofrezcas cobijo a alguien que se esté mojando por su poca previsión, y que esta persona termine siendo la madre de tus hijos; o que en un desgraciado resbalón te lo claves en el ojo y te deje tuerto para toda la vida.

Ésa para mí es la verdadera esencia del efecto mariposa, y otra cosa distinta son las decisiones cruciales; palabra que viene de cruz, como cruce. Y es que al llegar a un cruce de caminos no nos queda más remedio que elegir un camino, desechando con ello los otros, con todo lo que éstos nos pudieran deparar de malo y de bueno. A no ser, claro, que tengas el don de la bilocación como Santa Teresa de Jesús. (Por cierto yo no sé que coño tomarían en ese bendito convento las hermanas carmelitas, pero la santa abulense aparte de ser capaz –como aseguran- de dar misa y repicar las campanas (simultáneamente), sus célebres arrebatos místicos han acabado dando nombre a una droga que ejerce unos potentes efectos muy curiosos en sus consumidores: el éxtasis).

Por ejemplo, la decisión de Juancho de dejarlo todo y marcharse a dar la vuelta al mundo es un voluntario giro radical a su guión vital, que equivaldría a coger por banda a la mariposa, ponerle unas riendas y obligarla a que nos lleve al galope a conocer nuestras otras vidas posibles. Eso sí que es una decisión "crucial" que cambiará irremediablemente su vida a corto, medio y largo plazo. Lo que le quede de vida ya nunca será como hubiera sido de haberse quedado aquí, tanto para bien (las cosas buenas que vivirá con este brusco cambio de rumbo biográfico), como para mal (los malos momentos, que por desgracia también los habrá, y los buenos que se quedará ya por siempre sin conocer de sus otras vidas posibles de no haber decidido partir).

Hacerse 150 kms. conduciendo con una borrachera residual, en vez de quedarte durmiendo en el coche (parado, claro) hasta que se te pase la cogorza del todo, podía habernos salido carísimo a los cuatro ocupantes (y a cualquiera que le hubiera tocado la china sin comerlo ni beberlo, y cuyo único delito hubiera sido cruzar su destino con el nuestro en ese preciso momento). Como excusa podría alegar que los que me conocen aseguran que por muy borracho que vaya, en el fondo siempre guardo una reserva mínima de sentido común (como la llamita de los calentadores) que me permite conducir con gran destreza independientemente de mi tasa de alcohol en sangre, o al menos desistir de hacerlo con toda honestidad cuando no me veo capacitado. Pero mentiría, porque no hacía demasiado tiempo ya había cometido la imprudencia de volverme conduciendo desde Benidorm hasta Alicante tras el concierto de los Cult, con una tajada considerable; cosa de la que no me enorgullezco en absoluto, pero que confieso aquí para que se entienda que ya me iba haciendo falta un toque de atención porque me estaba confiando demasiado a ese respecto. [No sé si alguien llegó a echar en falta la crónica de la fiesta en la mansión de la playmate a la que estábamos invitados tras aquel concierto. No la hubo sencillamente porque no llegué a ir. Resulta que mi amiga, que me quiere bien, había escuchado datos escalofriantes sobre los preparativos del fiestón (si tenemos en cuenta que estamos hablando de gente joven de un enorme poder adquisitivo con unas ganas de juerga desmedidas, despejen la X y les dará unas cantidades astronómicas de todo lo que prefieran imaginar); y como me conoce perfectamente y sabe lo hiperbólico y excesivo que soy para todo (especialmente para esos menesteres), juzgó unilateralmente que mi presencia allí no era oportuna en bien de mi salud física y mental. Cosa que el domingo le agradecí enormemente, pero en aquel momento no. Y cuando, varias horas después de finalizado el concierto, ya fue evidente que me estaban haciendo luz de gas para mantenerme alejado de Sodoma y Gomorra, pues los mandé a todos a tomar por culo y me bajé enfurruñado a Alicante a seguir la juerga por mi cuenta; tentando a la suerte una vez más].

Decía que ya iba necesitando un toque de alerta con eso de coger el coche así por las buenas después de haber bebido inmoderadamente; y ese aviso para navegantes me llegó a las seis de la mañana de aquel domingo de autos (locos) que estoy narrando, de manos de unas cuantas mariposas con uniformes verdes que tenían desviados los dos carriles de la autovía Murcia-Alicante a un área de descanso; donde vehículo a vehículo pasábamos por un cuello de botella. Allí nos las teníamos que ver con un lince verde provisto de unas dotes psicológicas y fisonómicas sobrenaturales gracias a las cuales le bastaba un rápido vistazo al interior del auto para saber perfectamente a quien valía la pena detener para hacer soplar y a quien no. ¡Hijo de la gran puta! ¡Qué ojo! No se escapó ni uno. De los más de veinte coches que desvió al matadero en el rato que yo estuve allí, ni uno solo se fue de rositas por donde había venido. Aunque también había que vernos a todos...: Bakalas de otras galaxias en sus naves interestelares, Jevis garrulos que viajaban en sus máquinas del tiempo de vuelta a los ochentas a esperar la próxima concentración, punkis que bajaban tambaleándose de sus troncomóviles con la botella de calimotxo aún en la mano, la familia Manson al completo... y el pringado que esto firma.

Imaginad ese autobús de jubilados de la huerta del Segura (en la Murcia ocupada) que han madrugado para que por una vez los saquen de su miserable aldea para ir de excursión a Benidorm, que pasa junto al descampado donde se iban amontonando los desechos humanos con sus locos cacharros. Esos ancianos que, ignorando la escoliosis, la osteoporosis, y todo lo que acabe en -osis, se levantan de un brinco de sus asientos para acudir raudos al cristal para poder contemplar mejor ese zoológico humano de tristes figuras alicaídas por el disgusto y caras de mala hostia de pensar en el marrón que se les viene encima; y así no perder detalle para poder regodearse a gusto con la desgracia ajena (el deporte nacional). Incluso alguno se permitió dedicarnos unos gestos muy feos que venían a ser la interpretación artrósica del clásico middle finger o de esos cuernos que unas horas antes me había hartado de ver a miles.

O ese coche lleno de niños bien, sanos y frescos como lechugas, escuchando la Oreja de Van Gogh a toda hostia y exhibiéndonos orgullosos sus latitas de bebidas isotónicas y refrescos no azucarados, mientras el más audaz se permite gritarnos por la ventanilla, cuando ya abandonaban el lugar libres de pecado: "Os jodéis, festeros de mierda"; recibiendo casi instantáneamente como única respuesta el impacto en su maletero de una botella de plástico de dos litros, sin etiqueta, conteniendo aún los restos de alguna bebida sin identificar; pero que no hacía falta ser del C.S.I., ni calcular la trayectoria del proyectil para saber que provenía de la furgoneta de los punkis.

Sin embargo los guardias prefirieron hacer la vista gorda y no hacer absolutamente nada al respecto. Cosa que me sorprendió mucho y gratamente, y la verdad sea dicha que el trato de todos los agentes con los que me las tuve que ver (en total cinco) fue exquisito y amable en grado sumo; manteniendo una prudente distancia pero muy cordial en todo momento (y no es que esté sufriendo ahora ningún acceso de síndrome de Estocolmo). Lo que me llevó a pensar que quizá para este tipo de emboscadas seleccionan personas con algunas nociones de psicología y, sobre todo, mucha mano izquierda para no andar soliviantando a los borrachos más de la cuenta, no vaya a ser que por un inoportuno mal gesto tosco aquello acabe en batalla campal gracias al contagioso efecto dominó y a la providencial solidaridad que genera la comunión alcohólica entre los vinagres.

Seguiré... si me lo permite la mariposa, claro.

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