viernes, septiembre 29, 2006

Oktoberfest

Estamos borrachos. Cripema y yo, aquí en el curro. Todo porque resulta que nuestro jefe estuvo el año pasado en el Oktoberfest en Munich (la famosa fiesta de la cerveza alemana), que empezaba ayer y tenía morriña. Y como quiera que Alicante es una ciudad eminentemente turística pues resulta que esta mañana hemos visto unos carteles de un pub enfocado al público alemán en el que se les prometía un remedo del Oktoberfest (el cartel estaba integramente en alemán pero el por el titular, las fotografías que lo ilustraban y el plano indicativo hemos entendido de sobra lo que había que entender). Así que como encima ayer fue el cumpleaños de nuestro jefe (y sin embargo gran amigo), pues para allá que nos hemos ido. Pero resulta que estaba cerrado, que sólo celebran la fiesta de la cerveza por las noches (lo cual tiene cierta lógica), pero como nos hemos quedado con las ganas nos hemos ido al "Baviera", un restaurante alemán no muy lejano del pub de los hooligans teutones a celebrarlo por nuestra cuenta.

Y, claro, venga cervezas otoñales, venga cervezas otoñales... al final se ha complicado la cosa con unos gin-tonics y así estamos ahora: escribiendo un post porque no hay quien dé un palo al agua. Y encima esta noche tengo jarana asegurada en Melrose Place. Hay que ver lo dura que es la vida de esteta diletante.

miércoles, septiembre 27, 2006

SAOS, CPAP, K-PAX

Las noches que no me puedo dormir hago como Oscar Wilde, que en vez de contar ovejas, contaba sus defectos. Y precisamente uno de mis defectos tiene relación con el hecho de no poder conciliar el sueño. Ésta es la historia:

Hace algunos años empecé a preocuparme ya seriamente porque no entendía cómo podía estar todo el día hecho una piltrafa cuando había “dormido” las preceptivas 8 horas de sueño. Sabía de sobras que esas horas habían sido de un sueño intranquilo, muy movidito y nada reparador, a juzgar por mi lamentable estado durante la vigilia del día siguiente.

Para saber que el sueño había sido movidito no había que ser ningún genio, porque no pocas mañanas amanecía con la cabeza colgando de un lateral de la cama, el tronco atravesado en el colchón y las piernas subidas en la pared contigua a mi cama; como una “L”, pero con una cabeza colgando. Testigos presenciales daban fe de la intranquilidad y desasosiego que mostraba durante el trance, sin parar de moverme ni un minuto en toda la noche; lo que explicaba que todas las mañanas la cama pareciera un campo de batalla, con las sábanas amaneciendo arrebujadas en algún lugar incomprensible, la almohada exhausta tras el combate de Wrestling que había mantenido conmigo, y el pijama arremangado en el cuello o en la chepa.

Lo más sorprendente del asunto es que mi querida V. tenía (y me consta que sigue teniéndolos) serios problemas de insomnio, con un sueño muy ligero que se veía interrumpido a la más mínima interferencia. Aún me entran los sudores de la muerte de recordarlo, porque dormir con ella era como dormir dentro de un tupperware. Lo cierra todo a cal y canto, la tía: puertas, ventanas, persianas... para que ningún ruido del exterior perturbe su quebradizo descanso. Así que imaginad la estampa: una insomne durmiendo con el negro de Boney M. Los tapones que se metía en los oídos poco podían hacer contra mis ronquidos cavernícolas. Ni los protectores auditivos de los TEDAX le habrían servido de ayuda contra la sierra mecánica que se arrancaba en mi garganta cada vez que lograba coger el sueño.

Así que aquellas noches las recuerdo como un capítulo de Epi y Blas de 8 años y medio de duración: “Oye, Blas, no puedo dormir”. Y Blas refunfuñando (igualito que el de Barrio Sésamo): “¿Por queeeé, Epi?” Cuando sabe perfectamente la respuesta: “Pues porque roncas como un cerdo. Ponte de lado, anda”. Truco éste que funciona sólo a medias; como lo de chistarle al roncador como si fuera una cabra, “Tch, tch, tch, tch”.

La cuestión es que llegó el momento de tomar cartas en el asunto y, tras comentarlo con un amigo, resultó que casualmente él había tenido el mismo problema y ya le había puesto remedio. Así que me fui para el médico y, siguiendo las instrucciones que me había dado mi amigo para conseguir que me hicieran las pruebas por la vía corta, le dije al doctor que yo era camionero y que últimamente me dormía al volante. Dicho y hecho, volante urgente para neumología y de ahí nuevo volante urgente para las pruebas; ambos volantes acompañados de sendas advertencias sobre el otro volante: “No se te ocurra tocar el camión hasta que tengamos los resultados”. Podían estar tranquilos porque no tengo ningún camión y sólo era una mentirijilla piadosa para aligerar un poco el proceso.

La verdad es que durante la entrevista con el especialista llegué a preguntarle si me estaba leyendo el pensamiento o qué, porque absolutamente a todas las preguntas (“¿Te despiertas asqueado?”, “¿Te encuentras desmotivado durante el día?”, etc…) mi respuesta era afirmativa; y aquí ya no estaba echándole teatro, porque por desgracia no hacía ninguna falta y estaba empezando a descubrir que la cosa era seria. Así que seguimos para bingo, y por la vía ultrarrápida.

Como si de una mala película de terror de Hollywood se tratara, en la que para poder recibir la herencia de un desconocido tío millonario, el notario informa a una familia que habrán de pasar una noche en la casa endemoniada; yo tendía que pasar una noche en la –¡tachán!- “Unidad de trastornos del sueño”. Suena intrigante, pero enseguida descubrí que ni está en Elm Street ni es el laboratorio de ningún doctor chiflado, como ése donde introducían a Jennifer López en los sueños de un asesino psicópata. Aunque no iba tampoco muy desencaminada la cosa.

El día convenido me presenté allí con mi macuto (el pijama, unas bragas limpias, etc… ya que habían hecho mucho hincapié en que tratara de reproducir al máximo las condiciones en que dormía habitualmente para que no me costase hacerlo).
Una vez en mi módulo, una enfermera muy simpática (y que estaba como un queso) me informaba de todo mientras me colocaba en la cabeza unos electrodos, que junto a otros muchos instrumentos de tortura realizarían las mediciones pertinentes de los trastornos de mi sueño. Francamente, pensé que con toda esa bisutería encima me iba a ser imposible pegar ojo.

Era una situación un poco grotesca, a saber: yo sentado en una silla con mi –entonces- larguísima cabellera desmelenada y una enfermera cañón haciendo en ella huecos con un cepillo donde pegar los electrodos. Como si se tratara de alguna bizarra película de Jodorowsky en la que una sicalíptica enfermera peina a su hijo ilegítimo, fruto de una noche loca con Predator (del que ha heredado su mismo pelo, con esas guedejas duras y como llenas de cables y porquería), mientras le cuenta cuentos del planeta de su papá para que pueda dormirse (“Cuéntame más cosas de papá, mami; más”).

Una vez acabada la implantación de sensores en mi cráneo le pedí que me dejara ir un momento a verme al espejo. Y yo allí en pijama: “¡Hostias, parezco el Makoki, con todo esto en la chola”. Y ella riéndose y mirándome con aire maternal, pero por dentro pensado seguramente: “Jodeeer, el mongo éste me va a dar la nochecita, ya verás tú”.

Bueno, pues después de hacer un ratito el ganso frente al espejo, se acabó la tontería, así que una meadita rápida y la enfermera me dijo que al catre, pero no para lo que a mí me hubiera gustado, claro. Empezó a conectar todos los cables y aparatos, incluidas unas molestas pinzas enormes que pellizcaban dolorosamente uno de mis gemelos y un dedo pulgar. Me colocó muchos más electrodos por todo el cuerpo, una cincha muy apretada en el pecho, y, hala, a dormir. O al menos a intentarlo. No fue fácil porque ella me observa desde detrás de un cristal, en una especie de sala de control con todos los monitores y mandos. Y yo pensando que qué pasaría si trempaba justo esa noche, porque aunque la polla era el único sitio de todo el cuerpo que me quedaba libre de aparatejos, la tía estaba sentada a escaso metro y medio de mí, controlando atentamente todo el percal. Preferí no darle muchas vueltas. Aunque mi amigo ya me había advertido que era muy jodido llegar a dormirse en un sitio así, y encima ellos no te pueden administrar ningún somnífero ni sedante potente para no alterar el desarrollo normal de la prueba. De hecho, a él le fue imposible dormirse la primera vez y tuvieron que repetirla. Pero yo, siguiendo sus advertencias, había dormido muy poco la noche anterior para asegurarme de que tarde o temprano, y por muy incómodo que estuviera, acabaría cayendo rendido. Así fue, y poco después ya estaba en los mullidos brazos de Morfeo.

Al despertar, mi ya habitual desorientación, durante la cual no sabía ni quién era ni dónde estaba hasta que pasaban unos segundos y me reubicaba en el mundo, se vio agravada por lo extraño del entorno y del estado en que amanecí: parecía un engendro biónico. Vino el médico, estudió el resultado de las mediciones allí mismo y me diagnosticó, así por las buenas, SAOS en grado severo y me dijo que me iban a dar una CEPAP. Yo no entendía ni media y ya estaba a la defensiva (“Eh, oiga, que yo no le he llamado ni Dixie ni Pixie”).

Luego me explicó que SAOS son las siglas del Síndrome de Apnea Obstructiva del Sueño y CPAP es un aparato que te garantiza una Continuous Positive Airway Pressure, es decir, un dispositivo que te garantiza una presión positiva continua en la vía aérea. Dicho en cristiano: un cacharro que te mete aire a presión por la nariz para que no te asfixies, porque no sabes respirar dormido. Bueno, no es que no sepas, simplemente es que se te cierra el gaznate y no hay forma de que pase el aire (si respiras por la boca).

Me dijo que no le extrañaba que me encontrara cansado siempre y que no me repusieran las horas de sueño, por muchas que le echase. Habían contabilizado hasta 291 incidentes del sueño, y para hacerlo más gráfico me explicó que era como si tuviera un hermano coñazo que me hubiera despertado 291 veces durante la noche para darme por saco. Lo que pasa es que tú no llegas a despertarte del todo, a recuperar la consciencia, pero cada incidente de éstos interrumpe las fases normales del sueño, y así no hay forma de descansar jamás.

Lo de moverme tanto y la cabeza colgando y las piernas hacia el techo, como la niña de "El Exorcista", era porque buscaba el aire desesperadamente: cuando el velo del paladar debido a la relajación cae como un telón y corta el paso del aire hacia tus pulmones, tu cuerpo se las ingenia para ir encontrando pequeñas vetas de aire vital, aunque eso implique el contorsionarse como un epiléptico. Esto explica los ensordecedores ronquidos, que no son más que el aire atravesando a duras penas la membrana descolgada, que vibra y produce ese gorgoteo monstruoso. Todo esto se ve bastante agravado por el consumo de alcohol o somníferos. Así que, cuando en mis años locos alguna vez que he vuelto de farra algo sobre-estimulado y he tenido que hacer uso de algún apaciguador para poder alcanzar ese sueño que se prometía demasiado esquivo, ignoraba que me estaba jugando el pescuezo (y nunca mejor dicho), ya que los tranquilizantes te sumen en un sueño muy profundo e impiden las interrupciones del mismo; cuando resulta que precisamente esos despertares inconscientes son tu único hilo con el mundo de los vivos, ya que te permiten volver a respirar. Es un mecanismo de defensa de tu cerebro que percibe la carencia de oxígeno y te despierta para que boquees como un pez fuera del agua. Y así hasta 291 veces. Pero hay gente que en una de ésas no se ha despertado y cuando se ha agotado el oxígeno de su organismo, al no entrar más del exterior por estar bloqueada la vía de acceso, su sueño se ha convertido en eterno. Me estuve informando y el SAOS tiene una nada despreciable tasa de mortalidad entre sus afectados.

Pues desde aquel día duermo como un angelito con mi CPAP en la mesita de noche. Además como lleva una máscara de ésas como de piloto supersónico, pues me imagino que soy Iceman o Maverick en "Top Gun", y así haciendo el tonto, haciendo el tonto... pues uno ya se va durmiendo. Aunque la primera que me trajeron no era de Maverick ni mucho menos; era más bien como la de Hannibal Lecter o la del tarugo ése de Viernes 13, con una espantosa redecilla azul que me cubría toda la cabeza y me daba un calor sofocante, y un respirador que parecía más una máscara antigás de la I Guerra Mundial. Cómo será que uno de mis hermanos me hizo una foto a traición y se la puso de fondo en el móvil para acojonar a su mujer.

Además viene con su bolsa de viaje (esto es para siempre y todos los días del Señor sin excepciones), que es como una mochila rara que cuando llego a la recepción de los hoteles me gusta pensar que me confiere un aspecto misterioso, como de hombre en una misión. No sé, un espía, un terrorista, o un tonto del culo con un petate feo de cojones.

Pues ya lo veis, por las noches no me basta con vuestra insignificante gravedad terrícola y una máquina me tiene que insuflar aire a varias atmósferas de presión (me da reparo decir a cuántas exactamente, pero os aseguro que son muchas). Además me aburro mucho aquí abajo. En vuestro planeta todo me parece mediocre y olvidable, y sólo sueño con volver a K-Pax.

Os quiere, Prod.

P.S.: No es por agobiaros, especialmente a los que seáis un poco aprensivos, pero el cacharrito éste de marras viene con un filtro especial para el aire (por si a alguno le ha quedado alguna duda, no es una bombona de oxígeno, sino que el cacharro coge el aire del ambiente y lo insufla a presión como un compresor) que se limpia regularmente; y no podéis haceros una idea de la de mierda que sale siempre de ahí. Mierda que, de no ser por el filtro, hubiera ido directa a mis pulmones. Si os tranquiliza un poco, ya podéis ir pensando que eso soy yo, que soy un guarro y no limpio y tengo mi habitación llena de polvo y mugre. Sí, sí... va a ser eso...

domingo, septiembre 24, 2006

Ataraxia

(Achtung!: post extremadamente largo y tedioso).

Sorpresas te da la vida. Durante el lento y penoso proceso de curación de mis afecciones genitales me he llevado una sorpresa monumental, que por el momento soy incapaz de considerar si es positiva o negativa; digamos que me tiene un poco desconcertado. Y para poder aclarar la causa de mi desconcierto, previamente debo hacer una inevitable introducción, que, dada mi incapacidad para la brevedad, al menos trataré de hacer amena; y lo que en un principio pueda parecer un aburrido post sobre filosofía, realmente es un post aburrido pero no filosófico (o sólo en parte). Simplemente necesito desarrollar todo este tostón para poder llegar a donde quiero ir a parar; lo cual no quiere decir que al final vaya a valer la pena el esfuerzo. Vamos allá.

De las muchas escuelas filosóficas que brotaron como champiñones en el fecundo marco de la cultura helenística (es decir, cuando la civilización griega se descentralizó de una Atenas en franco declive hacia los territorios conquistados por Alejandro Magno, que habían adoptado rápidamente la cultura y costumbres de la Grecia clásica), la que más afinidad y simpatía ha despertado siempre en mí fue la que fundó Epicuro en la isla de Lesbos (célebre porque, un par de siglos antes de que llegara el sabio, allí compuso la poetisa Safo sus famosos versos subiditos de tono alabando el amor “mujer contra mujer”, Mecano dixit).

Al parecer se cansa pronto de tanta bollera porque tan sólo cinco años después de desembarcar decide trasladarse a Atenas, y con él su escuela. Allí los epicúreos serán conocidos también como “los del jardín”, ya que vivían todos juntos en una enorme casa, y era en el jardín donde se reunían para filosofar al aire libre (imaginaos qué coñazo si en otra vida pasada hubiéramos sido atenienses y nos hubieran tocado “los del jardín” como vecinos: uno intentando dormir porque al día siguiente tiene que madrugar para ir a currar al mercado y los putos epicúreos allí en el jardín que si patatín, que si patatán. Bueno, la verdad es que yo no estoy precisamente para hablar, porque eso mismo es lo que deben pensar los vecinos de Melrose Place de la ruidosa Mancomunidad del Caos, si sustituimos las disquisiciones de alta filosofía por pura escandalera de borrachos, claro).

“El jardín” vendría a ser la primera comuna hippie de la que se tenga constancia, ya que allí se vivía en régimen comunal, donde todo era de todos, y en un ambiente de igualdad de derechos muy avanzado para la época, ya que Epicuro aceptaba entre sus discípulos a mujeres y esclavos. Y es más que probable que también coincidieran con las futuras comunas hippies en la promoción del amor libre, practicando el disfrute promiscuo -y puede que hasta colectivo y en estéreo- del sexo; pero sin desparrame ni excesos, si nos atenemos a su concepto del placer (que luego veremos).

Y fijaos que soy tan chulo que me permito contradecir a los actuales filósofos y estudiosos que consideran a otra escuela de pensamiento de aquella época (los cínicos) como los precursores de los modernos hippies. Y es que los filósofos sabrán mucho de lo suyo, pero de tribus urbanas no tienen ni puta idea. Para mí, lo que realmente fueron los cínicos es el equivalente a los punkis actuales. Pero no de los pseudo-punkis tipo Green day u Offspring, que ruedan videoclips de presupuestos millonarios y viven en mansiones californianas, sino de los auténticos punkis costra, salvajes y navajeros. De hecho, su fundador, Diógenes de Sínope alias “El perro” (que en griego es “cynós”, de ahí lo de “cínicos”), vendría a ser el punki primordial y puro, el que vivió realmente conforme al espíritu rebelde y antisistema que propugna esa música; más o menos como el G.G.Allin de su tiempo. Diógenes se masturbaba y cagaba en público, igualito que el difunto “músico” americano, que se pasó su corta vida entre hospitales y cárceles hasta morir de sobredosis ("googleéen" sobre el personaje y no saldrán de su asombro).

Curiosamente, “El perro” (no me digan que no es un apodo muy punki, con el que no habría desentonadopara para nada como miembro de los Sex Pistols o Eskorbuto) dio nombre a un trastorno mental que está muy en boga ahora (el “Síndrome de Diógenes) que afecta a esas personas (en su mayoría ancianos) que no pueden evitar llevarse a casa todos los cachivaches que se encuentran por ahí, y que malviven insalubremente en viviendas sofocantes hacinadas de bártulos y mierda; cuando el verdadero Diógenes no tenía ni casa ni ninguna pertenencia, y pasó su vida metido en un tonel en pelota picada.

La cuestión es que comparto en gran medida muchos de los planteamientos éticos del fundador del epicureísmo, que era un hombre eminentemente práctico. Según él , toda filosofía que no sirva para aliviar los sufrimientos del hombre no son más que pajas mentales y pérdida de tiempo. Entendía la filosofía como una medicina del alma, que si no la cura no vale para nada. Por eso mismo los filósofos, muy aficionados ellos a las pajas mentales y a darle vueltas durante siglos a tonterías que no tienen aplicación fuera del mundo abstracto de las ideas, que han de articularse con las palabras (que Wittgenstein ya alertó que pueden ser una trampa en sí mismas); pues han etiquetado –no sin cierto desdén- al epicureísmo (junto a algunos “ismos” más) como una “filosofía práctica”. Es decir, que la otra es una filosofía de pura especulación teórica, lo que equivale a ganarse la vida haciéndose pajas mentales de poca o nula aplicación práctica para nuestras vidas cotidianas, pero que al parecer otorgan un enorme prestigio intelectual al capullo divagante. (Gilipolleces paradójicas del tipo: “¿Es cierto que estoy mintiendo si afirmo que esta frase es falsa?”. ¡Vete a tomar por culo! Ni lo sé, ni me importa si no puede ayudarme a encontrar aparcamiento, o al menos quitarme este dolor de muelas).

Pero en la actualidad ya existen movimientos filosóficos que reivindican esta máxima epicúrea que aboga por un pensamiento eficaz para el día a día, como la escuela pragmática fundada en EE.UU. a finales del siglo XIX, o la actual y también norteamericana APPA (asociación americana de filosofía práctica) fundada y presidida por Lou Marinoff, autor del best-seller “Más Platón y menos Prozac” (que se abre precisamente con una sentencia de Epicuro).

Para hacernos una idea de la envergadura del talento de este antiquísimo pensador sirva de ejemplo su impagable aportación a la Física moderna cuando definió (¡4 siglos antes de Cristo!) el átomo. Epicuro –avanzando en lo ya propuesto por Demócrito unos pocos años antes (que a su vez desarrollaba lo ya propuesto por su maestro Leucipo)- postuló que todo está compuesto por unas partículas indivisibles que bautizaron “átomos” (en griego literalmente, “que no se puede dividir”). Y ya entonces afirmaron que los átomos eran infinitos, eternos e indestructibles y que estaban en constante movimiento; un movimiento espontáneo y aleatorio que les hacia chocar entre sí y engancharse en infinitas combinaciones fortuitas. Que los átomos eran distintos entre sí físicamente, lo que era la causa de las diversas propiedades de las sustancias. Pero además Epicuro dotó al átomo de forma, tamaño y peso.

Pues bien, no sería hasta principios del siglo XIX que el químico británico John Dalton desarrollaría su famosa "Teoría atómica" con la que constataba la veracidad de los postulados de aquellos sabios, razón por la cual conservó el nombre de “átomo” en homenaje a estos apabullantes pensadores visionarios, quienes hicieron todas estas aseveraciones sin disponer tan siquiera de las herramientas más rudimentarias para verificar sus descubrimientos. Pero es que no sería hasta hace apenas 20 años, con la invención del microscopio electrónico de efecto túnel, que se podría por fin ver y fotografiar los átomos; y ya se sabe que por mucho que se hubiera demostrado antes empíricamente en multitud de experimentos y pruebas de laboratorio, como dice el dicho: “Si no lo veo, no lo creo”. Pues ya hemos visto que sí, que están ahí, y que estos sabios (sin la ayuda de microscopios ni supercomputadoras) tenían toda la razón.

Pero lo que, desde luego, no podían ni imaginarse estos benditos hombres es que con esto estaban, indirectamente, empezando a cavar la tumba que 24 siglos después habrían de ocupar varios cientos de miles de ciudadanos de Hiroshima y Nagasaki; y eso, los que tuvieron la “suerte” de poder ser enterrados, ya que hubo más de 20.000 desaparecidos de los que no se encontró ni una muela que identificar, por haber tenido la simple desgracia de estar en el momento fatídico demasiado cerca de los focos de explosión, puesto que fueron literalmente desintegrados. Eso, según lo veo yo, significó una vuelta de tuerca más en el ignominioso “arte” de la guerra: ya no basta con aniquilar a tu enemigo, sino que se le borra (insisto: literalmente) de la faz de la tierra. Y cogiendo el concepto “enemigo” con pinzas, claro. Esto, francamente, debería hacernos reflexionar sobre la condición humana actual.

Toda esta brasa que estoy soltando es para que se entienda que este gran hombre no era ningún flipado, sino que tenía la cabecita muy bien amueblada y sabía perfectamente de lo que hablaba. Dicho lo cual llegamos al eje central, al objetivo último de todo su sistema filosófico, y que es para mí su más valiosa aportación (visto cómo ha acabado lo de los putos átomos): La ataraxia, o imperturbabilidad del alma.

Según él, todo esfuerzo en la vida, incluida la práctica filosófica, debe estar encaminada a alcanzar la ataraxia, la serenidad del espíritu. Y esto se logra mediante el placer, entendido como “aponia” o ausencia de dolor. Es decir no un placer por el simple placer (“¡A saco!, ¡Como si no hubiera Dios!”) sino como una satisfacción de todas las necesidades que nos ahorre sufrimientos: no comer por comer y atiborrase como un perro hasta que se nos retuerza el estómago, no; sino comer para saciar el hambre, que como toda privación nos produciría penuria; beber para no sufrir la sed y no para emborracharse como cosacos, etc...

Por eso cuando yo decía que quizás había tomateo del bueno en el jardín, me refería a un sexo libre y alegre pero moderado y sensato, sin lujuria desbocada ni excesos innecesarios, ya que se trataba de un medio para alcanzar un fin: el placer como "aponia", como satisfacción del apetito sexual (fueran cuales fueran las preferencias del epicúreo de turno), que de no verse saciado produciría malestar; y no como un fin en sí mismo: el follar por follar, el vicio y la depravación.

Pero resulta que este punto fue muy mal entendido por corrientes posteriores y el epicureísmo acabó siendo metido injustamente en el saco de las filosofías hedonistas (las que propugnan el placer por el placer como fin supremo de la vida), hasta que finalmente la siempre comprensiva iglesia católica, tan históricamente abierta de mente, declaró el epicureísmo como una doctrina nefanda y quedó proscrita. De todo esto resultó la destrucción de la casi totalidad del abundante legado que había dejado escrito esta admirable corriente de pensamiento.

Además no puedo estar más de acuerdo con el viejo sabio en su declaración de guerra a los tres enemigos básicos de la ataraxia: política, religión y futuro.

Política: Por razones obvias. Porque crea rivalidades inútiles y crispación (sólo hay que contemplar cualquier debate político para darse cuenta de que las almas de los participantes se hayan muy lejos de la imperturbabilidad). A diferencia de otras muchas escuelas y pensadores de su tiempo, en las conversaciones filosóficas epicúreas estaba absolutamente excluida la política por ser incompatible con su máxima de que cualquier discusión que no sirviera para aligerar el peso del sufrimiento humano no era más que cháchara hueca.

Religión: Epicuro no negaba la existencia de los dioses (en aquella época aún estaban a vueltas con el politeísmo), sino que pasa de ellos tanto como ellos –según aseguraba él- pasaban de los sufrimientos del ser humano. Los constantes horrores que se contemplan en el día a día, afirma, son la demostración de que los dioses hacen oídos sordos a las constantes plegarias que les hacen sus criaturas, y sólo están pendientes de los cotilleos del Olimpo. Así que elige ignorar a unos dioses que están ahí arriba todo el día al cachondeo y que se limitan a fabricar hombres de repuesto.

El futuro: su desprecio al futuro queda bastante bien explicado en esta sencilla sentencia del sabio: “Nacemos una sola vez. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos”. Y en ésa última palabra va incluido otro de los grandes enemigos de la ataraxia, y que se incluye en el padecimiento que nos causa nuestra constante preocupación por el futuro, y no es otro que el temor que le produce a los hombres la idea de la muerte. A los epicúreos palmarla se las suda, pues como dice su fundador: “El mal que más nos pone los pelos de punta, la muerte, no va nada con nosotros, justamente porque cuando existimos nosotros la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente entonces nosotros no existimos”. Parece una perogrullada pero no lo es en absoluto; piénsenlo un poco y verán. Además no se trata de una pose, farol o bravuconada ya que el propio maestro predicó con el ejemplo y justo antes de morir entre terribles sufrimientos a los 71 años de edad, sacó fuerzas para escribir a su amigo Idomeneo y contarle que en ése su último día de vida, que definió como “feliz”, aunque se retorcía por los dolores de estómago y riñón, éstos quedaban “compensados ampliamente por el gozo del alma al recordar nuestras pasadas conversaciones filosóficas”. Esa es una muerte ataráxica en toda regla: el cuerpo descomponiéndosele por minutos y el tío allí de buen rollito escribiendo alegres cartas a los colegas.

Entonces, ¿mola o no mola la filosofía de vida de los epicúreos y el rollito éste de la ataraxia? Pues bien, ya no hace falta pasar de la política y la religión, ni eludir la ansiedad anticipatoria de no saber qué nos depara el futuro; ni siquiera es necesario leer a Epicuro ni a Lucrecio (su más célebre discípulo romano), no. Ahora sólo hace falta que te piquen mucho los huevos por la noche por culpa de un herpes para que te la recete un médico. Sí, sí, ahora la expenden en las farmacias y el que suscribe está tomando todas las noches sus dos buenas cucaradas de ¡ataraxia en jarabe!

Me quedé consternado cuando tras entregarle la receta a la manceba, ésta me entregó una botella de “Atarax” (marca con la que unos laboratorios han bautizado a una -mucho menos atractiva comercialmente- nomenclatura química: Hidroxizina diclorhidrato). Trasncribo textualmente las indicaciones del prospecto: “Inestabilidad, irritabilidad e insomnio nervioso. Angustia. Trastornos orgánicos de origen emocional. Síndromes psiquiátricos menores (melancolía ansiosa) y, en general, siempre que se desee conseguir un efecto tranquilizante o ataráxico”. No me miren tan raro, hombre, que también está indicado “Como tratamiento coadyuvante en: [...] y dermatología (en diversas manifestaciones cutáneas psicógenas)”.

Dado que el herpes Zóster afecta muy agresivamente a algún nervio (en mi caso el G-3, sito en los cojones), el paciente está en un constante estado de crispación y de nervios a flor de piel. Cripema puede dar buena fe de esto porque me sufre (no en silencio, precisamente) todos los días en el trabajo. Así que, dado que se me acumulaban ya demasiadas noches en vela, finalmente tuve que recurrir al soporte farmacéutico y así me llevé la inquietante sorpresa que decía al principio del post (hace ya eones).

Quizás esté magnificando demasiado este descubrimiento casual, pero les recuerdo que ya en 1931 Aldou Huxley pensó y escribió un libro profético (“Un mundo feliz”) en el que a los protagonistas, cuando sentían el menor desasosiego del alma, se les recomendaba tomar unas tabletas de “soma”. A mí en el 2006 me han recetado unas cucharaditas de ataraxia. Saquen sus propias conclusiones.

- “(...) Y lo que menos comprendo es por qué no tomas soma cuando se te ocurren esta clase de ideas. Si lo tomaras olvidarías todo esto. Y en lugar de sentirte desdichado serías feliz. Muy feliz –repitió”. (Lenina reprendiendo a Bernard por pensar más de la cuenta en “Un mundo feliz”).

P.S. (para el que haya aguantado hasta el final): Siento haberlo hecho tan largo, pero lo peor es que aún hay más. Seguiré mañana.

jueves, septiembre 21, 2006

Los maniquís


Ayer tarde andaba mareando la perdiz por el centro de mi ciudad cuando, al pasar por delante de un escaparate de El Corte Inglés, me golpeó una imagen muy poderosa: los maniquís de ropa femenina para esta temporada. Coño, que me puse burro y todo, a pesar del ántrax éste que me tiene medio nabo en carne viva.

Pero es que las muñecas éstas tienen mucho morbo y, sobre todo, es que ¡tienen los pezones duros! ¿Es porque tienen el aire acondicionado a todo trapo? ¿O es que les pone cachondas la Charlize Theron?

Oye, que estuve a punto de hacer como el tarado ése de la canción de Serrat y pegarle una pedrada a la luna y largarme corriendo con un monigote de ésos debajo del brazo; para llevármelo a casa y allí ya con más calma charlar ella y yo, tranquilitos, de nuestras cosas.

¡Ay, qué mala es la soledad!

martes, septiembre 19, 2006

El anillo de Saturno

Ya comenté en algún momento que uno de mis últimos cruces de cables marca de la casa fue perder 50 y pico kilos en apenas 8 meses. Y digo 50 y pico porque es una cantidad fluctuante: si tenemos en cuenta que la última vez que me había pesado antes de empezar el proceso de adelgazamiento (llamarlo dieta o régimen sería un eufemismo) la báscula casi reventó bajo los 132 kilos en canal que indicaba la ruleta numerada (insisto que esa cifra es la última referencia de la que tengo constancia, y que después de aquella medida es más que probable que aún engordara algún quilate más, dado el atroz ritmo de atocinamiento que había alcanzado por aquellas fechas), y que cuando decidí plantarme y empezar a alimentarme otra vez como un humano adulto la balanza marcaba 78 kilos; esto nos da una idea de la inmensa cantidad de masa corporal que había dejado olvidada por el camino y que le permitía a mi esqueleto -sometido a la fuerza de nuestra querida gravedad- pesar 54 kilogramos menos en este planeta.

Eso equivaldría a haber llevado todo ese tiempo subida a la chepa una persona, sólo que en vez de cargar un enano como el "Maestro Golpeador" de Mad Max yo llevaba toda una modelo de ésas que ya no dejan desfilar en la Pasarela Cibeles. Pero no hay que descuidarse mucho porque, por ejemplo, ahora que el puto herpes Zóster me tiene momentáneamente -y contra mi voluntad- apartado de mi cita diaria con el acero (y que jalo como un puerco, ¡qué coño!) me he metido en 82 kilitos, y subiendo; por eso digo que fluctúa.

La cuestión es que cuando uno pierde tanto peso tan precipitadamente le quedan unas secuelas estéticas muy poco agradables a la vista y/o al tacto. Y no hablo de las estrías, producidas cuando la presión ejercida desde dentro por mi panza samoana forzó la piel más allá de su límite de elasticidad, que no me quitan el sueño; me refiero a lo que yo llamo "El anillo de Saturno". Que sería una especie de michelín que me circunvala a la altura de las caderas, pero que no está relleno de grasa, sino que es precisamente la piel colgante que la contuvo en su día y que ofrece el aspecto de un odre o una bota de vino vacía, como un faldón de pellejo fofo que da bastante grima. Y según me he informado la cosa tiene mal arreglo: a menos que recurra a la cirugía estética sólo resta esperar a que la piel, gracias a la milagrosa elastina, vaya recuperando muy lentamente el terreno reconquistado y regrese al lugar que le corresponde cerca de las vísceras.

Dado que, afortunadamente, el resto del cuerpo me ha quedado en aparente buen estado de revista, esta eventualidad ha sido sobrellevada este verano, en la playa y la piscina, camuflando el colgajo bajo unos pintorescos bañadores, no exentos de polémica. En realidad no se trata de bañadores propiamente dichos, sino de dos pantalones para la práctica del Kickboxing que hacen las veces de traje de baño. La verdad es que me dan un aspecto un tanto estrafalario, y más que por sus llamativos colores y adornos, por su forma, que según Cripema me hacen parecer –aún más- un retrasado mental (aunque a mí me recuerda más a Fraga bañándose en Palomares; o sea, lo que decía Cripema). Pero yo contraataco alegando que hago uso de estos calzones boxísticos no por una cuestión de estética, sino por una necesidad puramente arquitectónica, ya que sus enormes fajas me vienen al pelo para encubrir y contener el puto anillo saturnal.

Bien, con lo antes comentado queda zanjada la cuestión visual, pero, ¡ay!, la gente no se conforma sólo con ver; la gente, sobre todo por estos lares, es muy tocona, señores, y basta que uno tenga un punto débil (aquí no vale decir "punto flaco"), un simple talón de Aquiles, para que las manos largas siempre vayan directamente al pan. Desconozco si el verdadero anillo de Saturno ejerce algún magnetismo sobre los cuerpos celestes que gravitan a su alrededor, pero os puedo asegurar que la reproducción a escala que pende de mi abdomen somete a una irresistible atracción manual a todo aquel bicho viviente que entra en su campo de influencia. Y a mí que me violenta sobremanera que me toquen ahí (sí, es un complejo en toda regla) pego unos respingos escapatorios que parece que me haya alcanzado un rayo y no una mano; así que imaginad la cara que se le queda a la gente tras palpar unos flecos lacios e indefinidos, como un hula-hop cutáneo, que no casan para nada con el resto de mi –ahora- esbelta anatomía, y yo que respondo agobiándome agresivamente como si ahí llevara escondido un cinturón de dinamita que fuera a detonar en cualquier momento.

En el gimnasio ése tan moderno al que nos hemos apuntado Cripema y un servidor, ofrecen un montón de actividades físicas bastante curiosas, y ya hemos probado juntos algunas de ellas, pero hay muchas que me están absolutamente vedadas por todo esto que vengo contando. Por ejemplo el Pilates, que se me ocurrió meterme con Cripema a una clase y si la monitora no me tocó seis veces el puto odre vacío, no se quedó a gusto la tía ("Mete el ombligo más". Que no es el ombligo, coño, y que no se puede meter más). El odre... y lo que no era el odre, porque Cripema tuvo el imperdonable despiste de no informarme de que había que descalzarse para la clase, y yo allí con los calcetines mostosos de llevarlos todo el día puestos de aquí para allá, y la monitora que parecía haber descubierto alguna misteriosa fuente de energía cósmica en mis pezuñas porque se pasó media clase sobándomelas; y de ahí al anillo y vuelta a los pinreles. Qué mal rato pasé. Y si creéis que exagero, por aquí andará Cripema para atestiguarlo. Así que cuando ésta me comentó hace unos días que si me apuntaba a la clase de "Ritmos caribeños" le dije que ni soñarlo, que me entraban los sudores fríos sólo de pensar en una conga, y que en esos bailecitos tan agarrados ya sabemos todos donde se colocan las manos sobre tu pareja.

Y en esas estamos: esperando pacientemente a que la madre Naturaleza devuelva cada cosa a su sitio.

P.S.: No hace demasiado tiempo tuvo lugar el siguiente diálogo absurdo:
(Interior. Tarde)
- No irás a hacerlo con la camiseta puesta, ¿verdad?
- Pues claro que sí, ¿qué pasa?
- Estás de broma, ¿no? Quítate eso, anda. (Extendiendo las manos hacia el punto crítico).
- (Respingo violento) Que no, coño. Tú confía en mí y no toquetees demasiado, ¿vale?.

jueves, septiembre 14, 2006

Curso del 93



El curso del 93 empezó para mí como todos, con un herpes simplex. Son esas cosas que pasan en la adolescencia, que el día que sabes que es probable que te encuentres por los pasillos de la facultad con el tío bueno con el que el año pasado cruzabas miradas en clase de Romano, te levantas con los labios en carne viva, la cara hinchada y pareciéndote a Carmen de Mairena.
Del comienzo de ese curso, no recuerdo nada relevante, únicamente que para la distribución de los turnos de mañana y tarde se hizo una división salomónica por los apellidos que comenzaran por la "N".
"De la N hacia atrás, a clase de 16.00 h a 21.00" excepto aquellos que solicitaran formalmente el cambio al turno de mañana (que fueron muchos y todos curiosamente muy pijos)
Así que nos quedamos; los que trabajaban por la mañana para pagarse los estudios, a los que nos daba igual ocho que ochenta, los fotofóbicos y los que antes de las 11 de la mañana no somos personas. Me di cuenta, que la gente decente va a clase "a la luz del sol" y no por la noche, "como si fuerais vampiros".
En fin, el caso es que como supongo que la mayoría de la gente, yo hice grandes amigos en esos años, (algunos como Aprilia ya venían de serie) pero el 93 se llevó la palma. Fue un año especial.
Fue el curso en el que no salimos del Club social en todas las tardes del curso (por aquel entonces se podía fumar y tomarte un whisky en el bar de la universidad y ni te detenían ni era nada raro), fue el curso en el que descubrí "las fiestas de las paellas" (donde la paella en si misma era elemento irrelevante), el curso en el que pasamos horas sentados en aquel coche de asientos de cuero blanco mirando al mar, escuchando a los Doors, y hablando de lo divino y lo humano. Fue el curso en el que en una de esas juergas me caí (aún no sé cómo) encima de un cactus gigante y tuvieron que operarme la rodilla por dos sitios, y por supuesto, fue el curso en el que me quedaron todas para el año siguiente.
Como decía Julio Iglesias, en la vida unos vienen y otros van, y eso fue lo que pasó con nuestro grupito de juergas, descubrimientos y experiencias de los 19 años; que unos se fueron, otros llegaron, y por suerte muchos otros se quedaron.
De los que se fueron, nos perdimos la pista unos a otros, y a excepción de algún encuentro esporádico aquí o allá en los años inmediatos, no nos volvimos a ver ni a encontrar.
Esta semana empezó rara. Desde el lunes, cada tarde a eso de las siete y media me he ido "tropezando" (hablo literalmente) por orden alfabético de sus apellidos, uno a uno con cada uno de ellos.
Las conversaciones durante esos encuentros son largas, absurdas y llenas de datos.
"Uno se ha casado, el otro se ha ido a Barcelona, fulanita tiene gemelos, el padre de alguien se ha muerto, a mengano lo han operado del corazón, etc. …"
Y ayer (todavía miércoles) me encontré con mi amigo Villar, con su novia y un cochecito de bebé y me acojoné.
Nos reímos recordando anécdotas rocambolescas de aquella época mientras yo no paraba de mirar que dentro del coche de bebé había un bebé. ¡¡¡Y era suyo!!!
Cuando nos despedimos, "hasta que la vida nos vuelva a encontrar", después de intercambiarnos los teléfonos (aunque sabemos que ninguno llamará), le conté que voy a morir.
¿Que otra explicación pueden tener estos encuentros cronológicos y por orden alfabético de toda la pandilla del curso del 93?
¿Es el 93 un número mágico? ¿Alguien sabe qué sentido tiene en la Cábala?
Estoy ansiosa por ver a quien me encuentro esta tarde. El problema es que no recuerdo a ningún otro amigo cuyo apellido fuera alfabeticamente después de Villar.
Tal vez hoy sea el día. En caso de ser así, recordar a los que os quiero, que os quiero. Vosotros sabéis quienes sois.

miércoles, septiembre 13, 2006

Gambito de rey

Esta mañana me ha ocurrido una cosa que me ha desconcertado un poco, la verdad. Y es que, después de casi tres semanas de silencio, me ha vuelto a llamar la “supermujer” que comenté en algún post anterior. Nuestra “relación” se vio súbitamente truncada el pasado jueves 24 de Agosto en una velada de la que guardo un recuerdo bastante desagradable, y tras la cual, durante el largo –pero frío- abrazo que sirvió de despedida, ambos tuvimos la contundente certeza de que no volveríamos a vernos más. Y así fue... hasta esta mañana.

A veces la vida es así de extraña. Dos días antes de aquello, el martes 22, esta misma persona propició (juntó a otras muy queridas) uno de los cumpleaños más felices que éste que suscribe pueda recordar; y me hizo un precioso regalo que no olvidaré mientras viva. Y tan sólo 48 horas después nos metíamos cada uno en su coche, rumbo a nuestros respectivos hogares sin la más mínima intención de volver a encontrarnos.

Absolutamente todos mis problemas en el campo de las relaciones con el otro sexo vienen de esa actitud mía que ya comenté en el post aquél en el que hablaba de mi habilidad para la apnea en mierda. Resumiendo venía a decir que, para bien o para mal, uno ha llegado a una edad en la que ya le es prácticamente imposible cambiar ciertos rasgos sustanciales de su carácter y ya no está de humor para bailarle el agua a nadie, “supermujeres” incluidas. (Por cierto, aún sigo sin entender qué cojones ven de interesante en mí este tipo de hembras del género humano. En mi entorno se barajan varias teorías, a cual más extravagante).

Aunque ya en aquella tensa comida de la apnea dejé muy clarita mi postura ante cómo entienden cierto tipo de mujeres (las generalizaciones son muy injustas) que hay que abordar el acercamiento intersexual (lo que se conoce como “la seducción”), de nuevo tuve ese infausto día que explicarme, porque las cosas estaban tomando un cariz que no me gustaba nada. Para ello utilicé un símil, quizás poco acertado pero sí muy gráfico: El ajedrez.

El ajedrez es un juego que para el que lo domine, aunque sea a un nivel de aficionado, debe ser todo un desafío intelectual y un auténtico goce (del espíritu claro, porque aún no entiendo muy bien que esté considerado como un deporte un juego en el que dos cerebritos se sientan durante horas en torno a un tablero cuadriculado a estrujarse las meninges). Y yo entiendo, y hasta envidio, el placer mental que puede deparar una buena partida, pero como resulta que yo no tengo ni pajolera idea de jugar, pues no lo hago; ni se me pasa por la cabeza. No tiene sentido si no has tenido oportunidad al menos de aprender unas nociones básicas, o como mínimo de saberse las reglas del juego para saber a qué atenerte.

Pues si mañana me viene Kasparova y me desafía a una partida, por muy prometedora que sea la recompensa, rechazaré su invitación porque tengo absolutamente todas las papeletas de perder, y muy probablemente encima pasando un mal rato mientras dure el lance, no dando una a derechas y desconcertando a mi adversario, al que le costaría creer que pueda existir alguien tan negado e inútil para lo que él considera pan comido.

Y si encima Kasparova ya cometió la indiscreción de reconocer sentirse muy a gusto jugando porque en todas las partidas que ha disputado previamente ha dominado sobradamente y ha salido victoriosa siempre, pues apaga y vámonos.

Qué manía tienen algunas con la puta “seducción”, con el toma y daca, con dar una de cal y una de arena, con soltar sedal y recogerlo en el momento justo, dar cera y pulir cera... y todas esas chuminadas y pérdidas de tiempo y energía. Lo siento, pero no paso por ahí. Me da igual si me estoy perdiendo algo grande (“Es que todo eso es muy bonito”, me dicen algunas), pero quizás soy una persona excesivamente cerebral para la que un “no” significa exactamente eso: “no”; y nunca puede significar “sí”, por mucho que vaya acompasado de un mohín, una caída de ojos o un arqueo de cejas. Joder, si quieres decir “sí”, di “sí” y punto. El castellano es una lengua muy rica que te permite decir muy aproximadamente, casi exactamente, lo que quieres transmitir. Entonces no puedo llegar a entender qué es lo que tienen de "bonitas" esas crípticas conversaciones telefónicas, plagadas de incómodos silencios (que a lo mejor en ese retorcido código femenino creen estar diciendo mucho, aunque no digan absolutamente nada), en las que se supone que tienes que estar atento a un simple quiebro o inflexión de la voz que podría cambiar radicalmente el significado de lo que se está diciendo literalmente (hay que andar con pies de plomo porque resulta que un “No hace falta que vengas” pronunciado en según que tono, o con según qué cadencia, puede significar justo lo contrario, “Ya estás tardando”). Lo siento pero no juego a eso. No juego al ajedrez. Porque no sé jugar y me da pereza aprender a estas alturas de la película. Y porque no me da la gana, ¡qué cojones!

Además ya venía muy escarmentado de mi “partida” con la “supermujer pirenáica”, otra Gran Maestra del tablero. En aquella ocasión cometí el error de aceptar el reto y no sería sincero si no admitiera que sufrí lo mío viéndomelas con toda una Karpova, y perdiendo miserablemente como estaba cantado. (Por cierto, ahora que he dicho lo de la sinceridad, no sé qué cachondeo se trae la gente con ese ente que responde al nombre de Pocholo porque un día calificó a alguien en un plató de “insincera”. Esa palabra es perfectamente correcta, está en el diccionario y significa exactamente eso: lo contrario de sincero, que no necesariamente implica mentir).

Pues ahora parece que Kasparova no se resiste a echar esa partida, y a juzgar por lo escuchado esta mañana piensa jugar fuerte. Para empezar la apertura no puede ser más arriesgada, con un agresivo gambito de rey; jugada ésta muy apreciada en la época romántica, pues se veía aceptable sacrificar uno o dos peones en la apertura, confiando que en el juego medio estas bajas iniciales serían ampliamente compensadas. Hoy en día sólo un/a loco/a la emplearía en un torneo.

"El sobresalir en ajedrez, querido Watson, es indicio de una mente intrigante". (Arthur Conan Doyle, El fabricante de colores retirado)

lunes, septiembre 11, 2006

La feria de Albacete

Este fin de semana recién concluido, la casi totalidad del presídium supremo de la "Mancomunidad del Caos" nos desplazamos a tierras manchegas para disfrutar de la feria de Albacete. La familia de uno de los miembros del "Comando Pérfida Albión" es natural de Barrax, un precioso pueblo distante tan sólo 30 kilómetros de la capital, y allí nos dieron cobijo a los 8 invitados, haciendo gala de la proverbial hospitalidad castellana.

Lo primero que nos llamó la atención es que en Albacete aún se puede chatear (hablo de vinos, no de conversar por medio de ceros y unos) y tapear a precios más que razonables. Quizás influyó mucho en esta percepción nuestra procedencia alicantina, que al ser una ciudad eminentemente turística hace ya tiempo que la hostelería en general se volvió prohibitiva para los aborígenes. Tras realizar una ruta de bares con mucho encanto, durante la cual se fueron incorporando al grupo algunos amigos autóctonos, nos desplazamos al recinto donde tiene lugar la feria. Entre la gente que se nos unió a lo largo de la noche cabe destacar a un chico madrileño muy majo, que resultó ser disc jockey y por una carambola del destino tuvo la suerte de haber pinchado en el festival de Benicàssim de este año, del que nos contó algunas anécdotas muy jugosas (especialmente las referidas al legendario backstage con piscina incluida, al que tuvo acceso durante todo el festival gracias a su pase de artista); pero mención especial merece la mujer que nos cautivó a todos desde que nos fue presentada. Sin ser ninguna bomba sexual tenía un misterio y un glamour sobrehumanos, pero también tenía otra cosa que ya no nos hacía tanta gracia: novio. Y el novio era un tío de puta madre que demostró tener una paciencia a prueba de bombas, porque si no no se explica que no acabara perdiendo los papeles con tantas miraditas sucias y cuchicheos encendidos.

La fiesta mayor de esa ciudad conmemora una feria de productos que se realizaba tradicionalmente allí mismo en estas fechas, pero la parte ferial ha ido siendo progresivamente eclipsada por la fiesta pura y dura (cosas de la globalización: con las redes de distribución actuales ya no hace falta que un campesino se desplace una vez al año a una feria regional de productos para vender sus sandías; ahora si se pasa por allí es para cogerse una buena cogorza y bailar los últimos hits como un raver mesetario).

Transitar por el recinto ferial queda absolutamente desaconsejado para claustrofóbicos, sociópatas y amargados en general, por la cantidad de gente que se llega a hacinar allí en horas punta. Había zonas concretas donde tú no te desplazabas a voluntad desde un punto A hasta un punto B, sino que la marea humana te arrastraba literalmemente, y cualquier esfuerzo por resistirse resultaba infructuoso (es curioso que a pesar de esto no observé ninguna pelea ni altercado, a pesar de los cientos de codazos y pisotones que se repartían a gogó; y teniendo en cuenta como se las gasta nuestra juventud de ahora y del grado de intoxicación etílica de los presentes, pues resulta casi milagroso esa ausencia de incidentes). Cómo será la cosa que en una de mis excursiones a los lavabos calculé mal la ruta de vuelta y me vi irremediablemente arrastrado por uno de estos torrentes humanos y me resultó prácticamente imposible nadar contra corriente (tampoco estaba a esas horas ya para oponer demasiada resistencia) y cuando, bastantes minutos después, la deriva aflojó un poco y logré por fin librarme de la riada de carne sudorosa, no tenía ni puta idea de a dónde había ido a parar, ni cómo volver con mi gente. Gracias a la bendita telefonía móvil mis amigos pudieron acudir al rescate.

Bebimos, bailamos, comimos y finalmente nos fuimos a chafar la oreja bastante perjudicados y con el sol ya despuntando en el vastísimo horizonte albaceteño ("Ancha es Castilla, amigo Sancho").

Imaginad la escena: (Interior. Día) la familia de nuestro amigo (que es la típica familia de pueblo, entrañable y campechana; es decir, unos inmejorables anfitriones) esperando estoicamente con la mesa ya servida desde hacía rato a que se levantaran los borrachos invasores. Y nos presentamos en el comedor una panda de individuos con esas pintas que nos gastamos, con signos evidentes de resaca apocalíptica, moviéndonos pesadamente, como a cámara lenta, dando la impresión de que nos desplazáramos por el fondo del mar, tratando de aparentar una normalidad bastante poco creíble y haciendo esfuerzos titánicos por responder coherentemente a las preguntas que se nos hacían, pero procurando no abrir demasiado la fosa séptica en que se ha convertido tu cavidad bucal, para no dejar rubio a tu interlocutor con una vaharada de tus vapores etílicos. Y ellos comentan sin ninguna acritud que qué bien nos lo debíamos pasar cuando llegamos porque se estuvieron escuchando carcajadas por toda la casa un buen rato. Y entonces alguien pregunta si hicimos mucho ruido anoche al llegar (cuando te acaban de comentar lo de las risitas), y te responden que de "anoche" nada, que habéis llegado hace un rato.

Y ese banquete pantagruélico que se queda casi intacto en las bandejas, porque 8 de los comensales son incapaces de ingerir nada sólido y se entretienen en remover la comida de sus platos por no hacer un feo a la señora de la casa (excelente cocinera, a juzgar por la pinta exquisita de las viandas porque de su sabor tampoco puedo opinar). Y siguen aterrizando platos en la mesa y ellos no paran de servirte más comida, y tú reprimes las arcadas que te van y te vienen, mientras tratas de poner la mejor cara que eres capaz de forzarle a tus deshidratados músculos faciales. Y Elöy que se queda dormido en la mesa, allí mismo, sentadito y pálido como el mantel. Y todos apestando como porqueros porque las mochilas con las mudas limpias se han quedado en el maletero de un coche que hay que ir a recoger después no sé dónde, y ayer te derramaron por la espalda un mojito entero, amén de vinos, cervezas y otros líquidos sin identificar (si andar ya resultaba difícil, imagínese bailar), y tú mismo percibes ese intenso aroma mezcla de menta, hierbabuena y generosas dosis de sudoración alcohólica que procede de tu propia ropa. Y saltándonos las normas mínimas de urbanidad, algunos nos levantamos varias veces de la mesa con la excusa del vicio de fumar para salir a la calle (cuando nadie te ha dicho que no puedas fumar dentro) a tomar un poco de aire fresco; lo cual es un decir, porque a las 4 de la tarde de un día de principios de Septiembre en plena Mancha, sin una sola sombra en toda la calle y con una flama bochornosa cociéndote el cogote mientras fumas sin ganas, pues volvías dentro más obtuso y desorientado aún de lo que habías salido. Y Elöy que se va a vomitar. Y le sigue Juancho, pero éste para jiñar. Y vuelve comentando que se ha permitido la confianza de usar la báscula del baño porque hacía más de 2 años que no se pesaba, y le decimos que tenía que haberse pesado antes y después de sentarse en el inodoro para saber el peso de la criatura. Y a eso le sigue una interminable batería de bromas escatológicas, como si no nos diéramos cuenta de que había gente en la mesa que sí estaba comiendo, o al menos lo intentaban.

Y tras pedir disculpas por vigésima vez por no haber estado físicamente a la altura que requería la situación y agradecer el buen trato recibido, nos volvimos a Albacete a recoger los coches y despedirnos de los que retornaban a otros destinos. Y el viaje de vuelta lo hice totalmente absorto mirando las evoluciones de las nubes sobre el paisaje, en un estado mental primo hermano de la catatonia, mientras la música mongola (de Mongolia, no de la otra) del disco compacto que hizo sonar Rubén lograba ponerme los pelos como escarpias.

Por supuesto ya he incluido Albacete en mi atlas geográfico del fracaso sexual.

miércoles, septiembre 06, 2006

Coprofilia

(Aviso: este post no es apto para estómagos delicados ni para espíritus febles).

Leyendo el blog del amigo Chiringui, a.k.a. "Trepanador" (inolvidable la foto que preside su blog; pinchen el primer enlace de la columna de la derecha y entenderán a qué me refiero), en el que comentaba la impresión que le causó el visionado de una película de porno extremo, concretamente de coprofilia (ésas en las que se cagan encima y después juguetean con los zurullos; si tras restregárselos los ingieren ya pasan al escalafón superior de la coprofagia [literalmente, comer mierda]); me vino a la memoria mi primera y única, y muy probablemente última, experiencia en ese campo. No se echen las manos a la cabeza, que no es para tanto; que seguro que el que más o el que menos se ha cagado encima alguna vez de pequeño –y no tan pequeño-, y después su mamá le ha metido en la bañera y con agua y jabón todo solucionado; que no se acaba el mundo, coño.

Hace mucho, mucho tiempo en un reino junto al mar vivía una señorita cuyo nombre era Annabel Lee; y resulta que Annabel Lee era una mujer muy abierta de mente en todos los terrenos, con la que tuve la enorme suerte de tener trato carnal. Como resulta que yo soy bastante retorcido en la cama y fuera de ella, pues nos entendíamos muy bien; pero que muy bien. Entre las diversas parafilias que practicamos juntos (a decir verdad, casi todas las que siempre había querido probar) estaba la urofilia (juguetear con el pis) que no urolangia (tragárselo); y de ahí a la mierda hay un paso.
Paso que dimos un día a petición mía.

Al principio Annabel Lee no estaba por la labor (y eso que era la donante y no la receptora), pero tras insistir un poco con esos argumentos tan rocambolescos que me fluyen al cerebro cuando trato de salirme con la mía, accedió a participar.

He de decir que siempre me ha gustado la pornografía extrema; no como estímulo erótico, ya que esas películas te producen sorpresa, estupor, cuando no directamente repugnancia, sino por mi insaciable curiosidad por los elásticos límites del alma humana. Todavía conservo una enorme colección de cintas VHS de contenidos depravados que grabé durante años de películas que alquilaba en los sex-shops mas lúgubres que encontraba (sí, Teddy Bautista, pirateadas y sin pagar canon). La clase de películas que coleccionaba era lo que definió muy bien en la película "Asesinato en 8 mm." el individuo ése al que Nicholas Cage (que va buscando una snuff movie y se mete en una especie de galería del coleccionista pervertido) le pregunta por el tipo de material que tiene y éste le contesta: "Mierda enfermiza". Pues eso. Además algunos amigos que ya sabían mis especiales preferencias en la materia hicieron notables aportaciones a la colección (inolvidable la de Almax tras su viaje por Alemania). Y como llenaba mi cabecita con tantas imágenes desviadas pues culo veo, culo quiero (nunca mejor dicho) y quise probar algunas de las modalidades que más me intrigaban, para tratar de averiguar qué sentía la gente al hacer esas cosas y si de verdad esos excesos eran capaces de provocar una excitación sexual especial y desconocida. Bueno, tras la coartada intelectual (y sin recurrir a Freud, que conste), que nadie habrá creído y que habrá quedado en un "Sí, sí, vamos, que eres un guarro", pasemos ya a los hechos.

Quede claro que era un día cualquiera y que no estábamos borrachos ni nada por el estilo; simplemente surgió. Obviamente para llegar a ese extremo debe haber un calentamiento previo, es decir tienes que estar en ese punto máximo de excitación en el que parece que todo vale. Así que, llegados a ese punto preparamos el escenario (joder, aún me estremezco de recordarlo): pusimos bastantes papeles de periódico en el suelo del cuarto de baño, me tendí desnudo sobre ellos y Annabel Lee se puso desnuda a horcajadas sobre mí, mirando hacia mis pies, con lo que yo podía contemplar perfectamente toda la operación (que se supone que es la gracia del asunto; y, la verdad, resultaba un contraste muy curioso contemplar un culo tan bonito obrando una cosa tan fea). La fuerza de la gravedad hizo el resto.

Aún doy gracias al cielo de que lo que brotó fueran unos pocos zurullos sólidos y apenas olorosos (como los de una cabra, más o menos), que tras impactar en mi vientre rodaron hasta el papel de periódico sin dejar apenas rastro en mi piel; porque una vez finiquitada la excitación sexual (que he de reconocer que fue mucha por lo morboso de la situación) y cuando me volvió de golpe la conciencia autocrítica y miré a mi alrededor y vi en la alfombra de páginas de diario viejo las fotos de anteriores presidentes de gobierno y sumos pontífices medio sepultados por boñigas humanas, salí escopeteado hacia la ducha, donde me froté a conciencia durante un buen rato, mientras Annabel Lee no me quitaba ojo, con una mirada mezcla de morbo por lo que acabábamos de vivir (no todos los días se tiene la oportunidad de cagarle a alguien encima; me refiero físicamente) y de asombro de que hubiéramos sido capaces de llegar a eso. Mirada no exenta tampoco de picardía ("Sí, rasca, rasca, ahora. No haber insistido tanto, capullo…").

En fin, esa es la historia. Los que me conocéis no os debe sorprender por eso mismo: porque ya me conocéis (algunos ya sabíais la historia); y los que no, pues no me lo tengáis en cuenta porque sinceramente creo que si uno tiene curiosidad por probar cualquier cosa, especialmente en el campo de la sexualidad (por supuesto entre adultos consintientes y sin daños colaterales), y tiene la ocasión de hacerlo, que no lo dude porque la vida es muy corta (4 días, y 3 son de mili) y aunque luego la experiencia pueda resultar decepcionante, al menos sirve para echarse unas risas recordándola. He dicho.

martes, septiembre 05, 2006

Zóster

Estas últimas vacaciones me han dejado el siguiente balance: una infección de las vías urinarias, una hernia inguinal y un herpes Zóster genital que me tiene en carne viva una franja de piel que va desde la punta de la polla hasta la rabadilla (todo el recorrido del nervio G-3, según me explicó la dermatóloga). Así que ahora camino como si pisara brasas. Y eso que me encanta el nombre: Zóster; suena como a guerrero indómito, tipo Conan, Ator, Krull... "Zóster, el escaldao".

Durante la interminable convalecencia en cama tuve ocasión de comprobar que la oferta televisiva definitivamente ha tocado fondo en este país. Pero he descubierto también que una vez superada la nausea inicial y el asco-pena, uno puede llegar a entretenerse regodeándose en semejante estercolero. Y dado que esas dolencias tan exóticas que he comentado arriba se manifestaban con unos síntomas muy molestos: fiebres altas, migrañas perpetuas, escalofríos, sudores fríos, etc., etc… pues uno no tenía el cuerpo ni la cabecita jaquecosa para nada que exigiera el más mínimo esfuerzo físico o intelectual.

Así que la deprimente parrilla programática matinal y vespertina de nuestras pantallas enemigas servía de fondo idóneo para mis delirios febriles. Esos programas en los que lo mismo te hablan de una chica austríaca que ha crecido en cautiverio retenida por un tarado, que te emiten imágenes de vaquillas corneando mozos en alguna aldea de la España profunda, que te enseñan a cocinar un soufflé de coliflor.

En uno de esos engendros matutinos (no sé si en el que presenta el viejo, o en el del policía, o el del policía viejo) estaban hablando de ese invento de los psicólogos, eso que toda la vida del Señor había sido "la clásica tocada de huevos de tener que volver a currar después de estar todo un mes sin dar un palo al agua", pero que ahora han etiquetado como "Síndrome de depresión postvacacional", ¡toma ya! Y habían enviado a un reportero dicharachero (y odioso como pocos) al aeropuerto de Barajas a preguntarle a la gente que volvía de sus vacaciones si sufrían el dichoso síndrome. Y entre un mar de previsibles respuestas saltó la sorpresa: un ser abisal afirmaba estar deseando volver al trabajo; y el tarugo no bromeaba, que es lo peor. Su argumento era que llevaba un mes entero de vacaciones y ya se aburría…

No se le puede desear la muerte a algo que ya está muerto, ¿no?