domingo, septiembre 24, 2006

Ataraxia

(Achtung!: post extremadamente largo y tedioso).

Sorpresas te da la vida. Durante el lento y penoso proceso de curación de mis afecciones genitales me he llevado una sorpresa monumental, que por el momento soy incapaz de considerar si es positiva o negativa; digamos que me tiene un poco desconcertado. Y para poder aclarar la causa de mi desconcierto, previamente debo hacer una inevitable introducción, que, dada mi incapacidad para la brevedad, al menos trataré de hacer amena; y lo que en un principio pueda parecer un aburrido post sobre filosofía, realmente es un post aburrido pero no filosófico (o sólo en parte). Simplemente necesito desarrollar todo este tostón para poder llegar a donde quiero ir a parar; lo cual no quiere decir que al final vaya a valer la pena el esfuerzo. Vamos allá.

De las muchas escuelas filosóficas que brotaron como champiñones en el fecundo marco de la cultura helenística (es decir, cuando la civilización griega se descentralizó de una Atenas en franco declive hacia los territorios conquistados por Alejandro Magno, que habían adoptado rápidamente la cultura y costumbres de la Grecia clásica), la que más afinidad y simpatía ha despertado siempre en mí fue la que fundó Epicuro en la isla de Lesbos (célebre porque, un par de siglos antes de que llegara el sabio, allí compuso la poetisa Safo sus famosos versos subiditos de tono alabando el amor “mujer contra mujer”, Mecano dixit).

Al parecer se cansa pronto de tanta bollera porque tan sólo cinco años después de desembarcar decide trasladarse a Atenas, y con él su escuela. Allí los epicúreos serán conocidos también como “los del jardín”, ya que vivían todos juntos en una enorme casa, y era en el jardín donde se reunían para filosofar al aire libre (imaginaos qué coñazo si en otra vida pasada hubiéramos sido atenienses y nos hubieran tocado “los del jardín” como vecinos: uno intentando dormir porque al día siguiente tiene que madrugar para ir a currar al mercado y los putos epicúreos allí en el jardín que si patatín, que si patatán. Bueno, la verdad es que yo no estoy precisamente para hablar, porque eso mismo es lo que deben pensar los vecinos de Melrose Place de la ruidosa Mancomunidad del Caos, si sustituimos las disquisiciones de alta filosofía por pura escandalera de borrachos, claro).

“El jardín” vendría a ser la primera comuna hippie de la que se tenga constancia, ya que allí se vivía en régimen comunal, donde todo era de todos, y en un ambiente de igualdad de derechos muy avanzado para la época, ya que Epicuro aceptaba entre sus discípulos a mujeres y esclavos. Y es más que probable que también coincidieran con las futuras comunas hippies en la promoción del amor libre, practicando el disfrute promiscuo -y puede que hasta colectivo y en estéreo- del sexo; pero sin desparrame ni excesos, si nos atenemos a su concepto del placer (que luego veremos).

Y fijaos que soy tan chulo que me permito contradecir a los actuales filósofos y estudiosos que consideran a otra escuela de pensamiento de aquella época (los cínicos) como los precursores de los modernos hippies. Y es que los filósofos sabrán mucho de lo suyo, pero de tribus urbanas no tienen ni puta idea. Para mí, lo que realmente fueron los cínicos es el equivalente a los punkis actuales. Pero no de los pseudo-punkis tipo Green day u Offspring, que ruedan videoclips de presupuestos millonarios y viven en mansiones californianas, sino de los auténticos punkis costra, salvajes y navajeros. De hecho, su fundador, Diógenes de Sínope alias “El perro” (que en griego es “cynós”, de ahí lo de “cínicos”), vendría a ser el punki primordial y puro, el que vivió realmente conforme al espíritu rebelde y antisistema que propugna esa música; más o menos como el G.G.Allin de su tiempo. Diógenes se masturbaba y cagaba en público, igualito que el difunto “músico” americano, que se pasó su corta vida entre hospitales y cárceles hasta morir de sobredosis ("googleéen" sobre el personaje y no saldrán de su asombro).

Curiosamente, “El perro” (no me digan que no es un apodo muy punki, con el que no habría desentonadopara para nada como miembro de los Sex Pistols o Eskorbuto) dio nombre a un trastorno mental que está muy en boga ahora (el “Síndrome de Diógenes) que afecta a esas personas (en su mayoría ancianos) que no pueden evitar llevarse a casa todos los cachivaches que se encuentran por ahí, y que malviven insalubremente en viviendas sofocantes hacinadas de bártulos y mierda; cuando el verdadero Diógenes no tenía ni casa ni ninguna pertenencia, y pasó su vida metido en un tonel en pelota picada.

La cuestión es que comparto en gran medida muchos de los planteamientos éticos del fundador del epicureísmo, que era un hombre eminentemente práctico. Según él , toda filosofía que no sirva para aliviar los sufrimientos del hombre no son más que pajas mentales y pérdida de tiempo. Entendía la filosofía como una medicina del alma, que si no la cura no vale para nada. Por eso mismo los filósofos, muy aficionados ellos a las pajas mentales y a darle vueltas durante siglos a tonterías que no tienen aplicación fuera del mundo abstracto de las ideas, que han de articularse con las palabras (que Wittgenstein ya alertó que pueden ser una trampa en sí mismas); pues han etiquetado –no sin cierto desdén- al epicureísmo (junto a algunos “ismos” más) como una “filosofía práctica”. Es decir, que la otra es una filosofía de pura especulación teórica, lo que equivale a ganarse la vida haciéndose pajas mentales de poca o nula aplicación práctica para nuestras vidas cotidianas, pero que al parecer otorgan un enorme prestigio intelectual al capullo divagante. (Gilipolleces paradójicas del tipo: “¿Es cierto que estoy mintiendo si afirmo que esta frase es falsa?”. ¡Vete a tomar por culo! Ni lo sé, ni me importa si no puede ayudarme a encontrar aparcamiento, o al menos quitarme este dolor de muelas).

Pero en la actualidad ya existen movimientos filosóficos que reivindican esta máxima epicúrea que aboga por un pensamiento eficaz para el día a día, como la escuela pragmática fundada en EE.UU. a finales del siglo XIX, o la actual y también norteamericana APPA (asociación americana de filosofía práctica) fundada y presidida por Lou Marinoff, autor del best-seller “Más Platón y menos Prozac” (que se abre precisamente con una sentencia de Epicuro).

Para hacernos una idea de la envergadura del talento de este antiquísimo pensador sirva de ejemplo su impagable aportación a la Física moderna cuando definió (¡4 siglos antes de Cristo!) el átomo. Epicuro –avanzando en lo ya propuesto por Demócrito unos pocos años antes (que a su vez desarrollaba lo ya propuesto por su maestro Leucipo)- postuló que todo está compuesto por unas partículas indivisibles que bautizaron “átomos” (en griego literalmente, “que no se puede dividir”). Y ya entonces afirmaron que los átomos eran infinitos, eternos e indestructibles y que estaban en constante movimiento; un movimiento espontáneo y aleatorio que les hacia chocar entre sí y engancharse en infinitas combinaciones fortuitas. Que los átomos eran distintos entre sí físicamente, lo que era la causa de las diversas propiedades de las sustancias. Pero además Epicuro dotó al átomo de forma, tamaño y peso.

Pues bien, no sería hasta principios del siglo XIX que el químico británico John Dalton desarrollaría su famosa "Teoría atómica" con la que constataba la veracidad de los postulados de aquellos sabios, razón por la cual conservó el nombre de “átomo” en homenaje a estos apabullantes pensadores visionarios, quienes hicieron todas estas aseveraciones sin disponer tan siquiera de las herramientas más rudimentarias para verificar sus descubrimientos. Pero es que no sería hasta hace apenas 20 años, con la invención del microscopio electrónico de efecto túnel, que se podría por fin ver y fotografiar los átomos; y ya se sabe que por mucho que se hubiera demostrado antes empíricamente en multitud de experimentos y pruebas de laboratorio, como dice el dicho: “Si no lo veo, no lo creo”. Pues ya hemos visto que sí, que están ahí, y que estos sabios (sin la ayuda de microscopios ni supercomputadoras) tenían toda la razón.

Pero lo que, desde luego, no podían ni imaginarse estos benditos hombres es que con esto estaban, indirectamente, empezando a cavar la tumba que 24 siglos después habrían de ocupar varios cientos de miles de ciudadanos de Hiroshima y Nagasaki; y eso, los que tuvieron la “suerte” de poder ser enterrados, ya que hubo más de 20.000 desaparecidos de los que no se encontró ni una muela que identificar, por haber tenido la simple desgracia de estar en el momento fatídico demasiado cerca de los focos de explosión, puesto que fueron literalmente desintegrados. Eso, según lo veo yo, significó una vuelta de tuerca más en el ignominioso “arte” de la guerra: ya no basta con aniquilar a tu enemigo, sino que se le borra (insisto: literalmente) de la faz de la tierra. Y cogiendo el concepto “enemigo” con pinzas, claro. Esto, francamente, debería hacernos reflexionar sobre la condición humana actual.

Toda esta brasa que estoy soltando es para que se entienda que este gran hombre no era ningún flipado, sino que tenía la cabecita muy bien amueblada y sabía perfectamente de lo que hablaba. Dicho lo cual llegamos al eje central, al objetivo último de todo su sistema filosófico, y que es para mí su más valiosa aportación (visto cómo ha acabado lo de los putos átomos): La ataraxia, o imperturbabilidad del alma.

Según él, todo esfuerzo en la vida, incluida la práctica filosófica, debe estar encaminada a alcanzar la ataraxia, la serenidad del espíritu. Y esto se logra mediante el placer, entendido como “aponia” o ausencia de dolor. Es decir no un placer por el simple placer (“¡A saco!, ¡Como si no hubiera Dios!”) sino como una satisfacción de todas las necesidades que nos ahorre sufrimientos: no comer por comer y atiborrase como un perro hasta que se nos retuerza el estómago, no; sino comer para saciar el hambre, que como toda privación nos produciría penuria; beber para no sufrir la sed y no para emborracharse como cosacos, etc...

Por eso cuando yo decía que quizás había tomateo del bueno en el jardín, me refería a un sexo libre y alegre pero moderado y sensato, sin lujuria desbocada ni excesos innecesarios, ya que se trataba de un medio para alcanzar un fin: el placer como "aponia", como satisfacción del apetito sexual (fueran cuales fueran las preferencias del epicúreo de turno), que de no verse saciado produciría malestar; y no como un fin en sí mismo: el follar por follar, el vicio y la depravación.

Pero resulta que este punto fue muy mal entendido por corrientes posteriores y el epicureísmo acabó siendo metido injustamente en el saco de las filosofías hedonistas (las que propugnan el placer por el placer como fin supremo de la vida), hasta que finalmente la siempre comprensiva iglesia católica, tan históricamente abierta de mente, declaró el epicureísmo como una doctrina nefanda y quedó proscrita. De todo esto resultó la destrucción de la casi totalidad del abundante legado que había dejado escrito esta admirable corriente de pensamiento.

Además no puedo estar más de acuerdo con el viejo sabio en su declaración de guerra a los tres enemigos básicos de la ataraxia: política, religión y futuro.

Política: Por razones obvias. Porque crea rivalidades inútiles y crispación (sólo hay que contemplar cualquier debate político para darse cuenta de que las almas de los participantes se hayan muy lejos de la imperturbabilidad). A diferencia de otras muchas escuelas y pensadores de su tiempo, en las conversaciones filosóficas epicúreas estaba absolutamente excluida la política por ser incompatible con su máxima de que cualquier discusión que no sirviera para aligerar el peso del sufrimiento humano no era más que cháchara hueca.

Religión: Epicuro no negaba la existencia de los dioses (en aquella época aún estaban a vueltas con el politeísmo), sino que pasa de ellos tanto como ellos –según aseguraba él- pasaban de los sufrimientos del ser humano. Los constantes horrores que se contemplan en el día a día, afirma, son la demostración de que los dioses hacen oídos sordos a las constantes plegarias que les hacen sus criaturas, y sólo están pendientes de los cotilleos del Olimpo. Así que elige ignorar a unos dioses que están ahí arriba todo el día al cachondeo y que se limitan a fabricar hombres de repuesto.

El futuro: su desprecio al futuro queda bastante bien explicado en esta sencilla sentencia del sabio: “Nacemos una sola vez. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos”. Y en ésa última palabra va incluido otro de los grandes enemigos de la ataraxia, y que se incluye en el padecimiento que nos causa nuestra constante preocupación por el futuro, y no es otro que el temor que le produce a los hombres la idea de la muerte. A los epicúreos palmarla se las suda, pues como dice su fundador: “El mal que más nos pone los pelos de punta, la muerte, no va nada con nosotros, justamente porque cuando existimos nosotros la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente entonces nosotros no existimos”. Parece una perogrullada pero no lo es en absoluto; piénsenlo un poco y verán. Además no se trata de una pose, farol o bravuconada ya que el propio maestro predicó con el ejemplo y justo antes de morir entre terribles sufrimientos a los 71 años de edad, sacó fuerzas para escribir a su amigo Idomeneo y contarle que en ése su último día de vida, que definió como “feliz”, aunque se retorcía por los dolores de estómago y riñón, éstos quedaban “compensados ampliamente por el gozo del alma al recordar nuestras pasadas conversaciones filosóficas”. Esa es una muerte ataráxica en toda regla: el cuerpo descomponiéndosele por minutos y el tío allí de buen rollito escribiendo alegres cartas a los colegas.

Entonces, ¿mola o no mola la filosofía de vida de los epicúreos y el rollito éste de la ataraxia? Pues bien, ya no hace falta pasar de la política y la religión, ni eludir la ansiedad anticipatoria de no saber qué nos depara el futuro; ni siquiera es necesario leer a Epicuro ni a Lucrecio (su más célebre discípulo romano), no. Ahora sólo hace falta que te piquen mucho los huevos por la noche por culpa de un herpes para que te la recete un médico. Sí, sí, ahora la expenden en las farmacias y el que suscribe está tomando todas las noches sus dos buenas cucaradas de ¡ataraxia en jarabe!

Me quedé consternado cuando tras entregarle la receta a la manceba, ésta me entregó una botella de “Atarax” (marca con la que unos laboratorios han bautizado a una -mucho menos atractiva comercialmente- nomenclatura química: Hidroxizina diclorhidrato). Trasncribo textualmente las indicaciones del prospecto: “Inestabilidad, irritabilidad e insomnio nervioso. Angustia. Trastornos orgánicos de origen emocional. Síndromes psiquiátricos menores (melancolía ansiosa) y, en general, siempre que se desee conseguir un efecto tranquilizante o ataráxico”. No me miren tan raro, hombre, que también está indicado “Como tratamiento coadyuvante en: [...] y dermatología (en diversas manifestaciones cutáneas psicógenas)”.

Dado que el herpes Zóster afecta muy agresivamente a algún nervio (en mi caso el G-3, sito en los cojones), el paciente está en un constante estado de crispación y de nervios a flor de piel. Cripema puede dar buena fe de esto porque me sufre (no en silencio, precisamente) todos los días en el trabajo. Así que, dado que se me acumulaban ya demasiadas noches en vela, finalmente tuve que recurrir al soporte farmacéutico y así me llevé la inquietante sorpresa que decía al principio del post (hace ya eones).

Quizás esté magnificando demasiado este descubrimiento casual, pero les recuerdo que ya en 1931 Aldou Huxley pensó y escribió un libro profético (“Un mundo feliz”) en el que a los protagonistas, cuando sentían el menor desasosiego del alma, se les recomendaba tomar unas tabletas de “soma”. A mí en el 2006 me han recetado unas cucharaditas de ataraxia. Saquen sus propias conclusiones.

- “(...) Y lo que menos comprendo es por qué no tomas soma cuando se te ocurren esta clase de ideas. Si lo tomaras olvidarías todo esto. Y en lugar de sentirte desdichado serías feliz. Muy feliz –repitió”. (Lenina reprendiendo a Bernard por pensar más de la cuenta en “Un mundo feliz”).

P.S. (para el que haya aguantado hasta el final): Siento haberlo hecho tan largo, pero lo peor es que aún hay más. Seguiré mañana.

9 comentarios:

Cripema dijo...

¿Pero funciona el jarabe de marras?
Porque como bien dices hace mas de un mes que vivo contigo tus multiples y mutantes "sintomas" y tranquilo, lo que se dice tranquilo, yo no te veo...

Luis dijo...

wow q post!! impacta!! lo leere ahora tranquilamente...

J-vol dijo...

si que es largo , si

Mr.Celofan dijo...

Epicuro era en realidad un extraterrestre que aleccionó a todos los que le quisieron escuchar en este planeta.

De ahí sus conocimientos de física y otras disciplinas que como tu muy bien dices, resultaban "visionarios" para la época.

Él sabía exactamente lo que hacía al poner en la pista al ser humano sobre la existencia de los átomos, ya que entre sus poderes se encontraba el de ver el futuro, y sabía que el hombre ( gracias al átomo ) inventaría armas capaces de exterminar a la humanidad.

Pero lo mejor está por llegar, ya que cada día está más claro que a causa del átomo o de cualquier otra ocurrencia humana ( inspirada por Epícuro y los que llegaron junto a él ), nos iremos todos al garete a hacer compañía a los dinosaurios.

Y entonces será cuando:

" Enormes discos luminosos surcarán el cielo azul, y de ellos surgirá la vida que poblará un planeta conquistado con la palabra y al que nombrarán Epicuro, en honor al conquistador ".

Gilito dijo...

Creo que Mr. Celofan tambien toma Atarax de ese... :-)

Capitán Fórceps dijo...

Me has dejado ataraxiado.

¿Lo del helicóptero te lo has inventado, no?

el necroscopio dijo...

Buenísimo, especialmente lo de:"ganarse la vida haciéndose pajas mentales de poca o nula aplicación práctica para nuestras vidas cotidianas, pero que al parecer otorgan un enorme prestigio intelectual al capullo divagante" Capullo divagante. Muy bueno.
Un saludo.

yadi dijo...

Hola me ha encantado tu articulo de Epicuro eres super comico, haces amena la lectura, casualmente estaba haciendo un trabajo de Epicuro, y comparto en gran parte tus opiniones..

fanatik dijo...

Un relato encantador.
A mí me recetaron atarax durante seis días, pero después de leerte, estoy por acabarme la caja entera.
un saludo!