martes, septiembre 19, 2006

El anillo de Saturno

Ya comenté en algún momento que uno de mis últimos cruces de cables marca de la casa fue perder 50 y pico kilos en apenas 8 meses. Y digo 50 y pico porque es una cantidad fluctuante: si tenemos en cuenta que la última vez que me había pesado antes de empezar el proceso de adelgazamiento (llamarlo dieta o régimen sería un eufemismo) la báscula casi reventó bajo los 132 kilos en canal que indicaba la ruleta numerada (insisto que esa cifra es la última referencia de la que tengo constancia, y que después de aquella medida es más que probable que aún engordara algún quilate más, dado el atroz ritmo de atocinamiento que había alcanzado por aquellas fechas), y que cuando decidí plantarme y empezar a alimentarme otra vez como un humano adulto la balanza marcaba 78 kilos; esto nos da una idea de la inmensa cantidad de masa corporal que había dejado olvidada por el camino y que le permitía a mi esqueleto -sometido a la fuerza de nuestra querida gravedad- pesar 54 kilogramos menos en este planeta.

Eso equivaldría a haber llevado todo ese tiempo subida a la chepa una persona, sólo que en vez de cargar un enano como el "Maestro Golpeador" de Mad Max yo llevaba toda una modelo de ésas que ya no dejan desfilar en la Pasarela Cibeles. Pero no hay que descuidarse mucho porque, por ejemplo, ahora que el puto herpes Zóster me tiene momentáneamente -y contra mi voluntad- apartado de mi cita diaria con el acero (y que jalo como un puerco, ¡qué coño!) me he metido en 82 kilitos, y subiendo; por eso digo que fluctúa.

La cuestión es que cuando uno pierde tanto peso tan precipitadamente le quedan unas secuelas estéticas muy poco agradables a la vista y/o al tacto. Y no hablo de las estrías, producidas cuando la presión ejercida desde dentro por mi panza samoana forzó la piel más allá de su límite de elasticidad, que no me quitan el sueño; me refiero a lo que yo llamo "El anillo de Saturno". Que sería una especie de michelín que me circunvala a la altura de las caderas, pero que no está relleno de grasa, sino que es precisamente la piel colgante que la contuvo en su día y que ofrece el aspecto de un odre o una bota de vino vacía, como un faldón de pellejo fofo que da bastante grima. Y según me he informado la cosa tiene mal arreglo: a menos que recurra a la cirugía estética sólo resta esperar a que la piel, gracias a la milagrosa elastina, vaya recuperando muy lentamente el terreno reconquistado y regrese al lugar que le corresponde cerca de las vísceras.

Dado que, afortunadamente, el resto del cuerpo me ha quedado en aparente buen estado de revista, esta eventualidad ha sido sobrellevada este verano, en la playa y la piscina, camuflando el colgajo bajo unos pintorescos bañadores, no exentos de polémica. En realidad no se trata de bañadores propiamente dichos, sino de dos pantalones para la práctica del Kickboxing que hacen las veces de traje de baño. La verdad es que me dan un aspecto un tanto estrafalario, y más que por sus llamativos colores y adornos, por su forma, que según Cripema me hacen parecer –aún más- un retrasado mental (aunque a mí me recuerda más a Fraga bañándose en Palomares; o sea, lo que decía Cripema). Pero yo contraataco alegando que hago uso de estos calzones boxísticos no por una cuestión de estética, sino por una necesidad puramente arquitectónica, ya que sus enormes fajas me vienen al pelo para encubrir y contener el puto anillo saturnal.

Bien, con lo antes comentado queda zanjada la cuestión visual, pero, ¡ay!, la gente no se conforma sólo con ver; la gente, sobre todo por estos lares, es muy tocona, señores, y basta que uno tenga un punto débil (aquí no vale decir "punto flaco"), un simple talón de Aquiles, para que las manos largas siempre vayan directamente al pan. Desconozco si el verdadero anillo de Saturno ejerce algún magnetismo sobre los cuerpos celestes que gravitan a su alrededor, pero os puedo asegurar que la reproducción a escala que pende de mi abdomen somete a una irresistible atracción manual a todo aquel bicho viviente que entra en su campo de influencia. Y a mí que me violenta sobremanera que me toquen ahí (sí, es un complejo en toda regla) pego unos respingos escapatorios que parece que me haya alcanzado un rayo y no una mano; así que imaginad la cara que se le queda a la gente tras palpar unos flecos lacios e indefinidos, como un hula-hop cutáneo, que no casan para nada con el resto de mi –ahora- esbelta anatomía, y yo que respondo agobiándome agresivamente como si ahí llevara escondido un cinturón de dinamita que fuera a detonar en cualquier momento.

En el gimnasio ése tan moderno al que nos hemos apuntado Cripema y un servidor, ofrecen un montón de actividades físicas bastante curiosas, y ya hemos probado juntos algunas de ellas, pero hay muchas que me están absolutamente vedadas por todo esto que vengo contando. Por ejemplo el Pilates, que se me ocurrió meterme con Cripema a una clase y si la monitora no me tocó seis veces el puto odre vacío, no se quedó a gusto la tía ("Mete el ombligo más". Que no es el ombligo, coño, y que no se puede meter más). El odre... y lo que no era el odre, porque Cripema tuvo el imperdonable despiste de no informarme de que había que descalzarse para la clase, y yo allí con los calcetines mostosos de llevarlos todo el día puestos de aquí para allá, y la monitora que parecía haber descubierto alguna misteriosa fuente de energía cósmica en mis pezuñas porque se pasó media clase sobándomelas; y de ahí al anillo y vuelta a los pinreles. Qué mal rato pasé. Y si creéis que exagero, por aquí andará Cripema para atestiguarlo. Así que cuando ésta me comentó hace unos días que si me apuntaba a la clase de "Ritmos caribeños" le dije que ni soñarlo, que me entraban los sudores fríos sólo de pensar en una conga, y que en esos bailecitos tan agarrados ya sabemos todos donde se colocan las manos sobre tu pareja.

Y en esas estamos: esperando pacientemente a que la madre Naturaleza devuelva cada cosa a su sitio.

P.S.: No hace demasiado tiempo tuvo lugar el siguiente diálogo absurdo:
(Interior. Tarde)
- No irás a hacerlo con la camiseta puesta, ¿verdad?
- Pues claro que sí, ¿qué pasa?
- Estás de broma, ¿no? Quítate eso, anda. (Extendiendo las manos hacia el punto crítico).
- (Respingo violento) Que no, coño. Tú confía en mí y no toquetees demasiado, ¿vale?.

5 comentarios:

Cripema dijo...

Si lo de venirte a una clase de pilates fue memorable, estoy deseando ver como te desenvuelves en el spa del gimnasio...
Por favor, vamos un dia juntos y ponte el pantalon de kick boxing tambien.... ¿se puede mojar?

Chiringui (Trepanador) dijo...

Menuda historia. ¡Dos cojones la adelgazada!. Es que lo has perdido en muy poco tiempo.

Mr.Celofan dijo...

Chiringui, dile que te pase la dieta.

Saulo dijo...

Estas son las cosas que pasan con la puta moda del talle bajo que no perdona. Con lo bien que estábamos con las bragas-faja y los pantalones a la altura del ombligo, mecachis!

Prospero dijo...

Yo he visto el anillo de saturno y no me entraron ganas de tocarlo, que morbosa es la gente....