lunes, septiembre 11, 2006

La feria de Albacete

Este fin de semana recién concluido, la casi totalidad del presídium supremo de la "Mancomunidad del Caos" nos desplazamos a tierras manchegas para disfrutar de la feria de Albacete. La familia de uno de los miembros del "Comando Pérfida Albión" es natural de Barrax, un precioso pueblo distante tan sólo 30 kilómetros de la capital, y allí nos dieron cobijo a los 8 invitados, haciendo gala de la proverbial hospitalidad castellana.

Lo primero que nos llamó la atención es que en Albacete aún se puede chatear (hablo de vinos, no de conversar por medio de ceros y unos) y tapear a precios más que razonables. Quizás influyó mucho en esta percepción nuestra procedencia alicantina, que al ser una ciudad eminentemente turística hace ya tiempo que la hostelería en general se volvió prohibitiva para los aborígenes. Tras realizar una ruta de bares con mucho encanto, durante la cual se fueron incorporando al grupo algunos amigos autóctonos, nos desplazamos al recinto donde tiene lugar la feria. Entre la gente que se nos unió a lo largo de la noche cabe destacar a un chico madrileño muy majo, que resultó ser disc jockey y por una carambola del destino tuvo la suerte de haber pinchado en el festival de Benicàssim de este año, del que nos contó algunas anécdotas muy jugosas (especialmente las referidas al legendario backstage con piscina incluida, al que tuvo acceso durante todo el festival gracias a su pase de artista); pero mención especial merece la mujer que nos cautivó a todos desde que nos fue presentada. Sin ser ninguna bomba sexual tenía un misterio y un glamour sobrehumanos, pero también tenía otra cosa que ya no nos hacía tanta gracia: novio. Y el novio era un tío de puta madre que demostró tener una paciencia a prueba de bombas, porque si no no se explica que no acabara perdiendo los papeles con tantas miraditas sucias y cuchicheos encendidos.

La fiesta mayor de esa ciudad conmemora una feria de productos que se realizaba tradicionalmente allí mismo en estas fechas, pero la parte ferial ha ido siendo progresivamente eclipsada por la fiesta pura y dura (cosas de la globalización: con las redes de distribución actuales ya no hace falta que un campesino se desplace una vez al año a una feria regional de productos para vender sus sandías; ahora si se pasa por allí es para cogerse una buena cogorza y bailar los últimos hits como un raver mesetario).

Transitar por el recinto ferial queda absolutamente desaconsejado para claustrofóbicos, sociópatas y amargados en general, por la cantidad de gente que se llega a hacinar allí en horas punta. Había zonas concretas donde tú no te desplazabas a voluntad desde un punto A hasta un punto B, sino que la marea humana te arrastraba literalmemente, y cualquier esfuerzo por resistirse resultaba infructuoso (es curioso que a pesar de esto no observé ninguna pelea ni altercado, a pesar de los cientos de codazos y pisotones que se repartían a gogó; y teniendo en cuenta como se las gasta nuestra juventud de ahora y del grado de intoxicación etílica de los presentes, pues resulta casi milagroso esa ausencia de incidentes). Cómo será la cosa que en una de mis excursiones a los lavabos calculé mal la ruta de vuelta y me vi irremediablemente arrastrado por uno de estos torrentes humanos y me resultó prácticamente imposible nadar contra corriente (tampoco estaba a esas horas ya para oponer demasiada resistencia) y cuando, bastantes minutos después, la deriva aflojó un poco y logré por fin librarme de la riada de carne sudorosa, no tenía ni puta idea de a dónde había ido a parar, ni cómo volver con mi gente. Gracias a la bendita telefonía móvil mis amigos pudieron acudir al rescate.

Bebimos, bailamos, comimos y finalmente nos fuimos a chafar la oreja bastante perjudicados y con el sol ya despuntando en el vastísimo horizonte albaceteño ("Ancha es Castilla, amigo Sancho").

Imaginad la escena: (Interior. Día) la familia de nuestro amigo (que es la típica familia de pueblo, entrañable y campechana; es decir, unos inmejorables anfitriones) esperando estoicamente con la mesa ya servida desde hacía rato a que se levantaran los borrachos invasores. Y nos presentamos en el comedor una panda de individuos con esas pintas que nos gastamos, con signos evidentes de resaca apocalíptica, moviéndonos pesadamente, como a cámara lenta, dando la impresión de que nos desplazáramos por el fondo del mar, tratando de aparentar una normalidad bastante poco creíble y haciendo esfuerzos titánicos por responder coherentemente a las preguntas que se nos hacían, pero procurando no abrir demasiado la fosa séptica en que se ha convertido tu cavidad bucal, para no dejar rubio a tu interlocutor con una vaharada de tus vapores etílicos. Y ellos comentan sin ninguna acritud que qué bien nos lo debíamos pasar cuando llegamos porque se estuvieron escuchando carcajadas por toda la casa un buen rato. Y entonces alguien pregunta si hicimos mucho ruido anoche al llegar (cuando te acaban de comentar lo de las risitas), y te responden que de "anoche" nada, que habéis llegado hace un rato.

Y ese banquete pantagruélico que se queda casi intacto en las bandejas, porque 8 de los comensales son incapaces de ingerir nada sólido y se entretienen en remover la comida de sus platos por no hacer un feo a la señora de la casa (excelente cocinera, a juzgar por la pinta exquisita de las viandas porque de su sabor tampoco puedo opinar). Y siguen aterrizando platos en la mesa y ellos no paran de servirte más comida, y tú reprimes las arcadas que te van y te vienen, mientras tratas de poner la mejor cara que eres capaz de forzarle a tus deshidratados músculos faciales. Y Elöy que se queda dormido en la mesa, allí mismo, sentadito y pálido como el mantel. Y todos apestando como porqueros porque las mochilas con las mudas limpias se han quedado en el maletero de un coche que hay que ir a recoger después no sé dónde, y ayer te derramaron por la espalda un mojito entero, amén de vinos, cervezas y otros líquidos sin identificar (si andar ya resultaba difícil, imagínese bailar), y tú mismo percibes ese intenso aroma mezcla de menta, hierbabuena y generosas dosis de sudoración alcohólica que procede de tu propia ropa. Y saltándonos las normas mínimas de urbanidad, algunos nos levantamos varias veces de la mesa con la excusa del vicio de fumar para salir a la calle (cuando nadie te ha dicho que no puedas fumar dentro) a tomar un poco de aire fresco; lo cual es un decir, porque a las 4 de la tarde de un día de principios de Septiembre en plena Mancha, sin una sola sombra en toda la calle y con una flama bochornosa cociéndote el cogote mientras fumas sin ganas, pues volvías dentro más obtuso y desorientado aún de lo que habías salido. Y Elöy que se va a vomitar. Y le sigue Juancho, pero éste para jiñar. Y vuelve comentando que se ha permitido la confianza de usar la báscula del baño porque hacía más de 2 años que no se pesaba, y le decimos que tenía que haberse pesado antes y después de sentarse en el inodoro para saber el peso de la criatura. Y a eso le sigue una interminable batería de bromas escatológicas, como si no nos diéramos cuenta de que había gente en la mesa que sí estaba comiendo, o al menos lo intentaban.

Y tras pedir disculpas por vigésima vez por no haber estado físicamente a la altura que requería la situación y agradecer el buen trato recibido, nos volvimos a Albacete a recoger los coches y despedirnos de los que retornaban a otros destinos. Y el viaje de vuelta lo hice totalmente absorto mirando las evoluciones de las nubes sobre el paisaje, en un estado mental primo hermano de la catatonia, mientras la música mongola (de Mongolia, no de la otra) del disco compacto que hizo sonar Rubén lograba ponerme los pelos como escarpias.

Por supuesto ya he incluido Albacete en mi atlas geográfico del fracaso sexual.

1 comentario:

Mr.Celofan dijo...

Otro memorable capítulo de tus "Sagas Nórdicas" ( de las que me considero tu fan número uno (espero que no te moleste)), me ha recordado mucho a lo que yo hacía hace ya algunos años en un pequeño pueblo de Aragón en pleno agosto y en plenas fiestas.

El nombre del pueblo de tu relato, Barrax, me resulta como mínimo curioso, suena a medicamento.

A otros dejo el deducir de que tipo.