miércoles, septiembre 27, 2006

SAOS, CPAP, K-PAX

Las noches que no me puedo dormir hago como Oscar Wilde, que en vez de contar ovejas, contaba sus defectos. Y precisamente uno de mis defectos tiene relación con el hecho de no poder conciliar el sueño. Ésta es la historia:

Hace algunos años empecé a preocuparme ya seriamente porque no entendía cómo podía estar todo el día hecho una piltrafa cuando había “dormido” las preceptivas 8 horas de sueño. Sabía de sobras que esas horas habían sido de un sueño intranquilo, muy movidito y nada reparador, a juzgar por mi lamentable estado durante la vigilia del día siguiente.

Para saber que el sueño había sido movidito no había que ser ningún genio, porque no pocas mañanas amanecía con la cabeza colgando de un lateral de la cama, el tronco atravesado en el colchón y las piernas subidas en la pared contigua a mi cama; como una “L”, pero con una cabeza colgando. Testigos presenciales daban fe de la intranquilidad y desasosiego que mostraba durante el trance, sin parar de moverme ni un minuto en toda la noche; lo que explicaba que todas las mañanas la cama pareciera un campo de batalla, con las sábanas amaneciendo arrebujadas en algún lugar incomprensible, la almohada exhausta tras el combate de Wrestling que había mantenido conmigo, y el pijama arremangado en el cuello o en la chepa.

Lo más sorprendente del asunto es que mi querida V. tenía (y me consta que sigue teniéndolos) serios problemas de insomnio, con un sueño muy ligero que se veía interrumpido a la más mínima interferencia. Aún me entran los sudores de la muerte de recordarlo, porque dormir con ella era como dormir dentro de un tupperware. Lo cierra todo a cal y canto, la tía: puertas, ventanas, persianas... para que ningún ruido del exterior perturbe su quebradizo descanso. Así que imaginad la estampa: una insomne durmiendo con el negro de Boney M. Los tapones que se metía en los oídos poco podían hacer contra mis ronquidos cavernícolas. Ni los protectores auditivos de los TEDAX le habrían servido de ayuda contra la sierra mecánica que se arrancaba en mi garganta cada vez que lograba coger el sueño.

Así que aquellas noches las recuerdo como un capítulo de Epi y Blas de 8 años y medio de duración: “Oye, Blas, no puedo dormir”. Y Blas refunfuñando (igualito que el de Barrio Sésamo): “¿Por queeeé, Epi?” Cuando sabe perfectamente la respuesta: “Pues porque roncas como un cerdo. Ponte de lado, anda”. Truco éste que funciona sólo a medias; como lo de chistarle al roncador como si fuera una cabra, “Tch, tch, tch, tch”.

La cuestión es que llegó el momento de tomar cartas en el asunto y, tras comentarlo con un amigo, resultó que casualmente él había tenido el mismo problema y ya le había puesto remedio. Así que me fui para el médico y, siguiendo las instrucciones que me había dado mi amigo para conseguir que me hicieran las pruebas por la vía corta, le dije al doctor que yo era camionero y que últimamente me dormía al volante. Dicho y hecho, volante urgente para neumología y de ahí nuevo volante urgente para las pruebas; ambos volantes acompañados de sendas advertencias sobre el otro volante: “No se te ocurra tocar el camión hasta que tengamos los resultados”. Podían estar tranquilos porque no tengo ningún camión y sólo era una mentirijilla piadosa para aligerar un poco el proceso.

La verdad es que durante la entrevista con el especialista llegué a preguntarle si me estaba leyendo el pensamiento o qué, porque absolutamente a todas las preguntas (“¿Te despiertas asqueado?”, “¿Te encuentras desmotivado durante el día?”, etc…) mi respuesta era afirmativa; y aquí ya no estaba echándole teatro, porque por desgracia no hacía ninguna falta y estaba empezando a descubrir que la cosa era seria. Así que seguimos para bingo, y por la vía ultrarrápida.

Como si de una mala película de terror de Hollywood se tratara, en la que para poder recibir la herencia de un desconocido tío millonario, el notario informa a una familia que habrán de pasar una noche en la casa endemoniada; yo tendía que pasar una noche en la –¡tachán!- “Unidad de trastornos del sueño”. Suena intrigante, pero enseguida descubrí que ni está en Elm Street ni es el laboratorio de ningún doctor chiflado, como ése donde introducían a Jennifer López en los sueños de un asesino psicópata. Aunque no iba tampoco muy desencaminada la cosa.

El día convenido me presenté allí con mi macuto (el pijama, unas bragas limpias, etc… ya que habían hecho mucho hincapié en que tratara de reproducir al máximo las condiciones en que dormía habitualmente para que no me costase hacerlo).
Una vez en mi módulo, una enfermera muy simpática (y que estaba como un queso) me informaba de todo mientras me colocaba en la cabeza unos electrodos, que junto a otros muchos instrumentos de tortura realizarían las mediciones pertinentes de los trastornos de mi sueño. Francamente, pensé que con toda esa bisutería encima me iba a ser imposible pegar ojo.

Era una situación un poco grotesca, a saber: yo sentado en una silla con mi –entonces- larguísima cabellera desmelenada y una enfermera cañón haciendo en ella huecos con un cepillo donde pegar los electrodos. Como si se tratara de alguna bizarra película de Jodorowsky en la que una sicalíptica enfermera peina a su hijo ilegítimo, fruto de una noche loca con Predator (del que ha heredado su mismo pelo, con esas guedejas duras y como llenas de cables y porquería), mientras le cuenta cuentos del planeta de su papá para que pueda dormirse (“Cuéntame más cosas de papá, mami; más”).

Una vez acabada la implantación de sensores en mi cráneo le pedí que me dejara ir un momento a verme al espejo. Y yo allí en pijama: “¡Hostias, parezco el Makoki, con todo esto en la chola”. Y ella riéndose y mirándome con aire maternal, pero por dentro pensado seguramente: “Jodeeer, el mongo éste me va a dar la nochecita, ya verás tú”.

Bueno, pues después de hacer un ratito el ganso frente al espejo, se acabó la tontería, así que una meadita rápida y la enfermera me dijo que al catre, pero no para lo que a mí me hubiera gustado, claro. Empezó a conectar todos los cables y aparatos, incluidas unas molestas pinzas enormes que pellizcaban dolorosamente uno de mis gemelos y un dedo pulgar. Me colocó muchos más electrodos por todo el cuerpo, una cincha muy apretada en el pecho, y, hala, a dormir. O al menos a intentarlo. No fue fácil porque ella me observa desde detrás de un cristal, en una especie de sala de control con todos los monitores y mandos. Y yo pensando que qué pasaría si trempaba justo esa noche, porque aunque la polla era el único sitio de todo el cuerpo que me quedaba libre de aparatejos, la tía estaba sentada a escaso metro y medio de mí, controlando atentamente todo el percal. Preferí no darle muchas vueltas. Aunque mi amigo ya me había advertido que era muy jodido llegar a dormirse en un sitio así, y encima ellos no te pueden administrar ningún somnífero ni sedante potente para no alterar el desarrollo normal de la prueba. De hecho, a él le fue imposible dormirse la primera vez y tuvieron que repetirla. Pero yo, siguiendo sus advertencias, había dormido muy poco la noche anterior para asegurarme de que tarde o temprano, y por muy incómodo que estuviera, acabaría cayendo rendido. Así fue, y poco después ya estaba en los mullidos brazos de Morfeo.

Al despertar, mi ya habitual desorientación, durante la cual no sabía ni quién era ni dónde estaba hasta que pasaban unos segundos y me reubicaba en el mundo, se vio agravada por lo extraño del entorno y del estado en que amanecí: parecía un engendro biónico. Vino el médico, estudió el resultado de las mediciones allí mismo y me diagnosticó, así por las buenas, SAOS en grado severo y me dijo que me iban a dar una CEPAP. Yo no entendía ni media y ya estaba a la defensiva (“Eh, oiga, que yo no le he llamado ni Dixie ni Pixie”).

Luego me explicó que SAOS son las siglas del Síndrome de Apnea Obstructiva del Sueño y CPAP es un aparato que te garantiza una Continuous Positive Airway Pressure, es decir, un dispositivo que te garantiza una presión positiva continua en la vía aérea. Dicho en cristiano: un cacharro que te mete aire a presión por la nariz para que no te asfixies, porque no sabes respirar dormido. Bueno, no es que no sepas, simplemente es que se te cierra el gaznate y no hay forma de que pase el aire (si respiras por la boca).

Me dijo que no le extrañaba que me encontrara cansado siempre y que no me repusieran las horas de sueño, por muchas que le echase. Habían contabilizado hasta 291 incidentes del sueño, y para hacerlo más gráfico me explicó que era como si tuviera un hermano coñazo que me hubiera despertado 291 veces durante la noche para darme por saco. Lo que pasa es que tú no llegas a despertarte del todo, a recuperar la consciencia, pero cada incidente de éstos interrumpe las fases normales del sueño, y así no hay forma de descansar jamás.

Lo de moverme tanto y la cabeza colgando y las piernas hacia el techo, como la niña de "El Exorcista", era porque buscaba el aire desesperadamente: cuando el velo del paladar debido a la relajación cae como un telón y corta el paso del aire hacia tus pulmones, tu cuerpo se las ingenia para ir encontrando pequeñas vetas de aire vital, aunque eso implique el contorsionarse como un epiléptico. Esto explica los ensordecedores ronquidos, que no son más que el aire atravesando a duras penas la membrana descolgada, que vibra y produce ese gorgoteo monstruoso. Todo esto se ve bastante agravado por el consumo de alcohol o somníferos. Así que, cuando en mis años locos alguna vez que he vuelto de farra algo sobre-estimulado y he tenido que hacer uso de algún apaciguador para poder alcanzar ese sueño que se prometía demasiado esquivo, ignoraba que me estaba jugando el pescuezo (y nunca mejor dicho), ya que los tranquilizantes te sumen en un sueño muy profundo e impiden las interrupciones del mismo; cuando resulta que precisamente esos despertares inconscientes son tu único hilo con el mundo de los vivos, ya que te permiten volver a respirar. Es un mecanismo de defensa de tu cerebro que percibe la carencia de oxígeno y te despierta para que boquees como un pez fuera del agua. Y así hasta 291 veces. Pero hay gente que en una de ésas no se ha despertado y cuando se ha agotado el oxígeno de su organismo, al no entrar más del exterior por estar bloqueada la vía de acceso, su sueño se ha convertido en eterno. Me estuve informando y el SAOS tiene una nada despreciable tasa de mortalidad entre sus afectados.

Pues desde aquel día duermo como un angelito con mi CPAP en la mesita de noche. Además como lleva una máscara de ésas como de piloto supersónico, pues me imagino que soy Iceman o Maverick en "Top Gun", y así haciendo el tonto, haciendo el tonto... pues uno ya se va durmiendo. Aunque la primera que me trajeron no era de Maverick ni mucho menos; era más bien como la de Hannibal Lecter o la del tarugo ése de Viernes 13, con una espantosa redecilla azul que me cubría toda la cabeza y me daba un calor sofocante, y un respirador que parecía más una máscara antigás de la I Guerra Mundial. Cómo será que uno de mis hermanos me hizo una foto a traición y se la puso de fondo en el móvil para acojonar a su mujer.

Además viene con su bolsa de viaje (esto es para siempre y todos los días del Señor sin excepciones), que es como una mochila rara que cuando llego a la recepción de los hoteles me gusta pensar que me confiere un aspecto misterioso, como de hombre en una misión. No sé, un espía, un terrorista, o un tonto del culo con un petate feo de cojones.

Pues ya lo veis, por las noches no me basta con vuestra insignificante gravedad terrícola y una máquina me tiene que insuflar aire a varias atmósferas de presión (me da reparo decir a cuántas exactamente, pero os aseguro que son muchas). Además me aburro mucho aquí abajo. En vuestro planeta todo me parece mediocre y olvidable, y sólo sueño con volver a K-Pax.

Os quiere, Prod.

P.S.: No es por agobiaros, especialmente a los que seáis un poco aprensivos, pero el cacharrito éste de marras viene con un filtro especial para el aire (por si a alguno le ha quedado alguna duda, no es una bombona de oxígeno, sino que el cacharro coge el aire del ambiente y lo insufla a presión como un compresor) que se limpia regularmente; y no podéis haceros una idea de la de mierda que sale siempre de ahí. Mierda que, de no ser por el filtro, hubiera ido directa a mis pulmones. Si os tranquiliza un poco, ya podéis ir pensando que eso soy yo, que soy un guarro y no limpio y tengo mi habitación llena de polvo y mugre. Sí, sí... va a ser eso...

12 comentarios:

J-vol dijo...

Pues menuda putada tener que dormir con cpap...menos mal que los modernos ya no hacen tanto ruido y la mascara es chiquitilla, pero no deja de ser un engorro...

J-vol dijo...

No ha mejorado el problema al adelgazar tanto?

Micropene dijo...

Sí que ha mejorado bastante. Pero es que soy un ceporro y fumo mucho, cosa que, evidentemente, no beneficia para nada al asunto.
La verdad es que ahora los aparatos son bastante discretos y una vez que te acostumbras se hace más llevadero, aunque Gilito (con el que alguna que otra vez he compartido habitación de hotel) lo definió como dormir con Darth Vader.
Lo que me mosqueó un poco fue que cuando vino el médico de urgencias a mi casa no hace mucho, para lo del herpes, le sorprendió bastante ver una CPAP para alguien "tan joven" (gracias, chato).

La putada es que después de pasar 8 horas en las que una máquina te "abanica" potentemente el aire hacia adentro, después vuestra insignificante gravedad se me queda corta y he estado tentado alguna vez de usar una alargadera para salir a la calle con eso puesto.

Saulo dijo...

Impresionante lo de la foto en el móvil...por qué no ponerla como foto de perfil en Blogger, anunque sólo se enfoque el aparato de marras? La lectura ha sido larga pero apasionante. Por un momento, casi te he visto contorsionarte en la cama con el pijama de foulard.

Xaturriauu dijo...

Espero impaciente, el relato en que nos cuentes ´como sale ese aire de tu cuerpo, a cuantas atmosferas, si te produce contorsiones, etc...Llámame lo que quieras....pero he oido hablar de la maquinita esa y tambien de sus repercusiones, ¿a lo mejor se esconden ahí algunas explicaciones "superhéroe"?
Salut

Mr.Celofan dijo...

Aquí tenemos a un discípulo de Epicuro que viene a invadirnos.

¿ No recuerdas lo que les pasó a los de " La Guerra de los Mundos " ? ¿ Que los mató ?.

Lárgate a tu planeta y vuelve cuando nosotros acabemos con él, que ya no queda mucho.

el necroscopio dijo...

Muy bueno!!!
Me siento identificado con ella porque soy también un maniático de los ruidos, también duermo cn tapones y los ronquidos de mi mujer son dignos de la caida de las torres gemelas... La verdad es que sería motivo de divorcio si no fuera que una vez que duermo una hora seguida, ya no me despierto así que estamos condenados a dormir con una diferencia de una hora. Pero eso no es nada comparado con lo tuyo, tío... Que te sea leve.
Un saludo.

Aleix dijo...

Qué máquina utilizas? Leí tu post y me sentí muy identificado. Sólo tengo 30 años y me han "recetado" el CPAP. No sé si mi novia preferirá los ronquidos o a Darth Vader.

Es muy engorroso? Hace mucho ruido?

Micropene dijo...

Aleix. La verdad es que, una vez que te acostumbres, es muy llevadero. Yo tengo ahora 37 años, y llevo unos 4 usando la CPAP, y no me causa ninguna molestia. Aunque he de reconocer que al principio me costó un poco habituarme.

Mi parato es del fabricante Respironic (ignoro el modelo), y la mascarilla que uso ahora es muy pequeña y llevadera.

Tu pareja sólo escuchará un zumbido del aire desalojado por los escapes de la máscara, que sólo resulta molesto si se te mueve durante el sueño y escapa algún chorro de aire por algún hueco. Pero te aseguro que, comparado con los ronquidos, es música celestial para quien comparte tu cama.

Pero sobre todo tú notarás el cambio. Ahora duermo 7 horas y amanezco fresco y descansado, Antes podía "dormir" 10 horas y seguir hecho una piltrafa durante el día.

Por otra parte, es sorprendente lo bien montado que tiene la seguridad social la asistencia para estos casos. Vienen regularmente a revisar el aparato, y si se te rompe la máscara o no te convence alguno de los componentes vienen enseguida a casa a reponértelo. Por lo visto tienen algún acuerdo con Carburos Metálicos, y éstos se toman muy a pecho su servicio. Al menos yo no tengo ninguna pega, sino todo lo contrario.

Así que, ánimo, que aunque esto es una putadita, no te impide llevar una vida absolutamente normal (simplemente cuando viajes llevarás una maletita más).

Un abrazo

Aleix dijo...

gracias!

irousaud dijo...
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Joel Ulises dijo...
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