lunes, octubre 02, 2006

Fiesta sorpresa

Este sábado pasado mis amigos me han dado una gran sorpresa. Con la excusa de que uno de los miembros de la Mancomunidad del Caos tenía que contarnos a todos una cosa muy importante, me citaron sin falta en Melrose Place a las 21:30 h.

Llegué confiado pero intrigado por lo que podía ser ese asunto tan importante que se nos iba a comunicar. Una vez allí empezó a llegar mucha gente querida, algunos a los que no veía desde hacia algún tiempo, e incluso una representante del Comando Pérfida Albión (gracias, Anita). Me descolocó un poco la presencia de algunos de ellos allí para aquello, y empecé a mosquearme por la posible envergadura de lo que íbamos escuchar: tenía que ser algo muy gordo para haber reunido a toda esa gente, algunos de ellos ajenos al mancomunitario entorno caótico.

Así que llegó el momento, quitaron hasta el partido del Barça (conociéndolos, esto ya empezó a preocuparme seriamente) y Juancho tomó la palabra muy serio. Su discurso, que a esas alturas ya me tenía en ascuas, para mi sorpresa derivó inmediatamente hacia mi persona; se me hizo saber lo mucho que me aprecian y que, como bien saben, no atravieso mi mejor momento personal, habían decidido darme una fiesta sorpresa de cumpleaños. La causa de que esto me cogiera tan desprevenido es porque mi cumpleaños fue el pasado ¡22 de Agosto!; pero el motivo de esta fiesta era, según dijeron, que no se celebró en su momento como la ocasión requería. La verdad es que de la celebración “oficial” guardo muy buen recuerdo, si bien es verdad que quedó un poco deslucida porque fue en muy petit comité, y además en aquel momento yo andaba un poco atarantado por la supermujer de marras.

Aún no me había recuperado de la sorpresa, y mientras alguien (seguramente Elöy) alojaba en mi mano una copa de buen vino, pusieron un DVD que se habían currado los hermanos Wachowsky (gracias, pareja) de esos que ponen un nudo en la garganta. A los compases de una música perfecta desfiló por delante de mis ojos un montaje con docenas de fotografias tomadas en todas las épocas y lugares imaginables. Muchas de ellas no las había visto en mi vida, y los recuerdos se me amontonaban en el cerebro.“Que nos quiten lo bailao, coño”, grité nada más concluir la grabación. Tras abrazar efusivamente a todos los presentes, empezaron a entregarme regalos.

Joder, lo que más me alegró es que esos regalos eran la demostración palpable de que la gente en el fondo le escucha a uno; porque si por ejemplo yo en algún momento puntual le había comentado por encima al Ángel Ario que me hacia falta tal cosa, o a alguien que cuando ahorre un poco a ver si de una vez me compro tal otra, pues allí las tuve yo el sábado envueltas en papel de regalo. Muchas gracias, compadres. Además en un libro en blanco cada uno escribió sus mejores deseos para mí, y algunos comentaban lo que nuestra a amistad ha significado en sus vidas, y francamente no me avergüenza reconocer que tuve que terminar de leerlo encerrado en el cuarto de baño.

Así que si la fiesta estuvo planeada para alegrarme un poco el ánimo (que por causas exógenas no anda demasiado alto) cumplió perfectamente con su objetivo. Y saber que uno tienen tantos y tan buenos amigos es un auténtico subidón de autoestima.

Más abrazos emotivos ,y tras unas pizzas congeladas, empezó a correr el alcohol. Pablito sentado en el suelo preparaba incontables rondas de chupitos cargados con esos brebajes que aprendió a hacer en Brasil (no en balde al poco de conocerlo yo ya lo había bautizado como “La factoría del miedo”, porque el cabrón cuando se pone a algo, se pone). Al final él mismo fue víctima de sus mejunjes y en un momento dado de la fiesta alguien preguntó: “Oye, ¿dónde está Pablo?”. Y todos buscándolo como locos por la casa y alrededores, hasta que por fin alguien gritó desde la piscina que no buscásemos más. Estaba tumbado a la bartola detrás de una palmera.

Resulta que últimamente nuestra relación con los vecinos de Melrose Place no atraviesa su mejor momento (por decirlo suavemente) y este tipo de actos (una panda de borrachos a las 2 de la mañana descojonados y armando escándalo mientras le hacen fotos a lo que parece un cadáver en el recinto comunitario de la piscina) pues no ayudan mucho, la verdad. Algún día tengo que hablar de ésta, nuestra comunidad, porque es para mear y no echar gota (sin ir más lejos, el día de mi cumpleaños -primera celebración- el vecino picoleto me quería partir la jeta en la piscina, y yo allí, que acababa de llegar todo feliz con "mi churri" a darnos un bañito, mirándolo fijamente sin decir nada porque no sabía de qué cojones iba la movida; y el tío que le suelta a su cohorte de lameculos: "Miradlo, si está pasmao; ¿no os digo yo que van droaos todo el día?". Jajajaja. Así que imaginad lo estimados que somos por nuestros adorables vecinos. ¿Para cuándo una redada con sus amiguitos paramilitares?).

Algo después, tras remontar a Pablito hasta casa para que echara la papa, los que aún nos manteníamos en pie decidimos bajar a Capital City a seguir la juerga. Pero los chupitos y los “calamares”, que debían estar en mal estado, habían hecho mucha mella y una parte importante de la expedición regresamos no muy tarde, y una vez acomodados en el dulce hogar seguimos bebiendo un poco y charlando de lo divino y de lo humano hasta caer dormidos; no sin antes hacer los clásicos preparativos cuando tenemos invitados, es decir casi siempre: trajín de colchones de aquí para allá y buscar sábanas y almohadas para todos.

Algunos valerosos irreductibles siguieron la traca indefinidamente y a saco, como si no hubiera Dios.

Cómo sería nuestro estado etílico que recuerdo que Ana me dijo que no había podido comprarme ningún regalo, a lo que respondí que el mejor regalo que podía hacerme era traerse un par de amigas. Dicho y hecho, hizo una llamada y algo después se presentaron dos chicas muy majas. La pena fue que a la hora que hicieron acto de presencia mi estado era tan lamentable que una vez presentadas no fui capaz de articular una sola frase no ya ingeniosa, sino minimamente coherente y el horror asomaba a sus caras cada vez que me acercaba a ellas. Casi las dejo rubias con mis vaharadas de vapores etílicos.

La cuestión, un detallazo que me llegó a corazón. Gracias a todas/os de nuevo. Os quiero un huevo, camaradas. (Se echó mucho de menos algunas ausencias notables, pero me consta que tenían compromisos insoslayables ese día. Ojo, que esto deja la puerta abierta a una tercera celebración).

P.S.: A ver si soy capaz de recuperar algunas de las fotos del CD para ir poniéndolas por aquí, porque contiene la inmortalización de momentos realmente inolvidables. Lo dicho, que nos quiten lo bailao.

6 comentarios:

Prospero dijo...

yo fui de los que faltó :(

me alegro de que la fiestecita cumpliese su cometido.

Saludos!

Luis dijo...

wuo!!!!! a mi me hicieron para un par de cumples... la ilusion es indescriptible...
saludos!!!

Saulo dijo...

Las fiestas son siempre estupendas, si son por sorpresa más aún. A mi me hicieron una en la que se me quedó semejante cara de gilipollas que pareció hasta que me lo estaba pasando mal. Impresionante el vecindario de Melrose. ¿Hay también una Kimberly medio loca? Por cierto, espero que estéis ganando muchísimas pelas con la publicidad, porque es un auténtico coñazo escuchar a la Paulina Rubio cada vez que entras.

Capitán Fórceps dijo...

Joder, vaya amigos tienes!

Estás ahora obligado, cómo sabrás, a liderar y organizar lo mismo para todos los asistentes.

Mr.Celofan dijo...

Pon fotos pero con chatis, que a tí ya te tengo muy visto.

aprilia dijo...

Me acaba de venir un flash con lo del libro en blanco....¿te puse algo amigo? te juro que no lo recuerdo...pero es que entre los calamares y las cuatro rondas que resisti de sequets..iba fina .me alegro de que te gustara todo.