sábado, noviembre 04, 2006

The Castell de Guadalest experience

Recién termino de leer el post de Cripema de aquí abajo, en el que relataba la bonita excursión que hizo con Gilito a lomos de Juggernaut hasta la irrepetible villa de Castell de Guadalest. Y pensaba dejarle un comentario, pero temiéndome que me iba a enrrollar mucho, porque el tema me apasiona, he preferido escribirlo en forma de post.

Como bien comenta la motera de los rizos de oro, a ese pueblo suelo desplazarme bastante a menudo, en busca de esa paz de espíritu que últimamente se me muestra algo esquiva. Y no hace mucho volví a dejarme caer por allí para pasear y enredarme en meditaciones absurdas. Me reconforta mucho deambular a solas por ese lugar encantado, pero para ello hay que elegir las fechas adecuadas porque la masificación turística que vive este enclave actualmente resulta sofocante (¿quedará en el mundo algún lugar interesante que no haya sido ya sobreexplotado vilmente? ¿O ya es definitivo que cualquier paraje que merezca la pena ser mirado, va a acabar irremediablemente convertido en un artificioso parque temático del mal gusto con acento exótico? ¿Acabaremos los aborígenes de las áreas turísticas como los sioux, malviviendo en reservas explotadas por jubilados noruegos?).

A parte de la desproporcionada oferta museística (los hay por todas partes y para todos los gustos, y algunos son realmente curiosos; otros, por el contrario, son unas estafas indignantes), es un placer incomparable pasear por sus callejuelas y por su impresionante entorno natural. Siempre se me eriza el vello al adentrarme en su minúsculo pero escalofriante cementerio, donde presento mis respetos a los allí sepultados, y resulta una experiencia sobrecogedora sentarse en un risco de su castillo, que domina todo el paisaje, a leer desgarradores poemas de Blake o Hölderlin (desaconsejo taxativamente poemarios de Pessoa o Leopardi, pues la tentación de despeñarse se hace demasiado atractiva). O fumar apoyado lánguidamente en la muralla, con la mirada perdida donde te alcance, a la espera impaciente de esas respuestas que nunca terminan de llegar.

Mucho antes de que un spot de Audi popularizara el llamado "Síndrome de Stendhal", yo ya había sufrido en mi vida al menos 3 episodios de algo que pudiera parecérsele; es decir, somatizar con síntomas físicos (aturdimiento, desasosiego...) el impacto ante algo abrumadoramente hermoso. Uno me ocurrió mientras paseaba con V. por el casco antiguo de Sitges;, otro tuvo lugar en la Alhambra de Granada; y el tercero fue durante mi primera visita a Guadalest. Y puede que estos tres lugares no sean objetivamente los más bonitos que he visitado en mi vida (a excepción, quizás, de la Alhambra), pero por causas que se me escapan sacudieron fuertemente alguna fibra de mi íntima sensibilidad artística (los tres son obra del hombre), y me dejaron momentáneamente hecho un guiñapo, aplastado por tanta belleza. Puede sonar muy cursi, pero es así, qué le vamos a hacer; quizá en el fondo uno no sea más que un romántico trasnochado.

Pero como además de cursi también soy gilipollas, una vez "pacificado" y reconfortado por la "Experiencia Guadalest", el ritual exige que obligatoriamente antes de abandonar mi Arcadia particular (aquella región de la Grecia clásica que los poetas describían como el hogar de la inocencia y la felicidad) debo visitar el espeluznante "Museo de la tortura y la pena capital", para no olvidar cómo se las gastan mis semejantes. Recomiendo encarecidamente su visita.

Ubicado en una antigua vivienda lúgubre y laberíntica, el museo hace un recorrido por todas las abominaciones que ha sido capaz de ingeniar el cerebro humano para martirizar a su prójimo. La visita no deja indiferente a nadie, y si encima tienes la suerte de hacer el recorrido totalmente en solitario (como suele ser mi caso, pues ya he explicado que elijo con mucho cuidado las fechas y horarios de mis excursiones para evitar al rebaño), con el suelo de madera crujiendo bajo tus pasos cuando te adentras en las tenebrosas estancias repartidas por la casa de varias plantas, pues la verdad es que impone mucho respeto. Además, lo que allí se expone es de una sordidez lacerante, pues junto a reproducciones muy fieles y logradas, también muestran piezas originales, ante las cuales uno no puede dejar de pensar que ese objeto terrorífico que tiene ante sus ojos, hace un tiempo fue empleado efectivamente para hacer sufrir lo inimaginable a Dios sabe cuántos infelices. Las explicaciones que acompañan a cada pieza de la colección, traducidas a varios idiomas, describen con un estilo muy peculiar y en absoluto morboso las atrocidades para que fueron engendradas, y todas vienen ilustradas con reproducciones de grabados o pinturas de la época aludida, representando gráficamente el uso práctico de esos aparejos tan dañinos. Por lo que a mitad de recorrido uno alcanza ya tal saturación de malas vibraciones, que cuando por fin logra completar el maléfico descenso a los infiernos del alma (y cuerpo) humanos, huye espantado hasta alcanzar la calle para reencontrarse con la luz solar y el aire libre. Es como despertar de una pesadilla, y ver chiquillos corretear despreocupadamente te parece poco menos que un milagro de candor y desarías que no crecieran nunca para que no se ennegrecieran sus almas (aunque lo mismo ese angelito ario que te acaba de sonreír resulta que es el campeón de bulling de su colegio en Munich y le hace pasar al empollón de la clase mil perrerías de tal crueldad, que se merecería estar metido en una urnita del museo, junto a la Iron Maiden o los potros para descoyuntar).

Así que imaginad esos viajecitos de vuelta, todavía horripilado por la intensa experiencia y sin poder quitarme de la cabeza el desgarrador de senos, el revienta-pulgares o las máscaras infamantes; y anticipando ya las previsibles pesadillas repletas de patíbulos, cadalsos y picotas.

Está visto que los hay que no escarmientan; y esto lo digo por mí, que voy allí a recargar pilas y vuelvo siempre arrasado (ya sea por culpa de Stendhal o de Torquemada), pero también por toda mi especie -el recalcitrante homo sapiens- que, incapaz de aprender de los errores pasados, se obstina en masacrar a sus semejantes, limitándose a refinar los instrumentos de su barbarie.
Así que ya pueden ir habilitando una ampliación del museo de marras para albergar también los electrodos de Abu Grahib y los monos naranjas de Guantánamo (guajira guantanamera...).

3 comentarios:

Saulo dijo...

Resulta curioso que tanta maldad no sea ningún impedimento para que tú sufras una irrefrenable fascinación por ella, que te hace volver una y otra vez, solo, para regodearte bien, al museo. Por otra parte, no puedo dejar de recomendarte Sevilla para que se te pongan los pelos como escarpias. Así es como llamamos por aquí a la somatización esa de la que hablas...

Silviqui dijo...

Lo del sindrome de Sthendal en Sitges no seria al asomarte a la plaza de la iglesia? Yo siempre que voy allí me siento como la protagonista de Rebeca.. pero no puedo evitar asomarme :-P. Yo también sufro muchos síndromes de esos: es que los habitantes de extrarradio, como vivimos en lugares tan feos, somos muy propensos... Y Sevilla es preciosa ( eso que me abrieron el coche)

Raúl dijo...

Hola, doy un chico que ha pasao por su blog y me ha parecido un buen bolg¡
Esta muy bien preparado,ahora le invito a que usted si quieres pase por el mio y opine sobre lo que le parezca
y si le apetece ponemos un link.

aqui le dejo la direccion:
http://elrinconderaulchu.blogspot.com/

un saludo

gracias..