viernes, diciembre 28, 2007

Bella y bestia son

Al hilo del post de ayer quería compartir unas reflexiones de ésas mías, o sea, cargantes y poco prácticas.

Comentaba cómo muchos machos pierden el oremus en presencia de ejemplares hermosos del otro sexo. Y se da un caso muy curioso: hombres poco agraciados físicamente (incluso callos malayos) que, sin embargo, en el terreno de la atracción se muestran muy exigentes con la apariencia física de sus preferencias (tías buenorras), sin comprender quizás que de esta forma están reforzando un sistema de valores (la exigencia de belleza física para el triunfo social) que ya por definición los excluye a ellos por motivos bien visibles, aquí y en Malasia.

Luego está ese tipo de hembras que han entendido muy bien cómo están las reglas del juego en estos tiempos que nos toca vivir, y si fueron agraciadas en la lotería biológica con un físico contundente, o al menos con buena materia prima que poder potenciar con los actuales trucos a su alcance, pues sacan provecho de esa ventaja innata y su apuesta en la vida será destinar todos sus esfuerzos a mimar y embellecer su envoltura corpórea, como medio para distinguirse de la masa amorfa y destacar así como un blanco inmejorable para los machos depredadores.

Pero muchas de estas mujeres cometen un grave error al destinar la casi totalidad de sus energías en cultivar un bonito continente a costa de descuidar el contenido, que (y mira que detesto los tópicos) suele dejar mucho que desear. Suele ser indeseable en cantidad inversamente proporcional al nivel de exhibición de lo que algunos han dictaminado que debe entenderse hoy por belleza. Y ese error se les hace patente con el paso del tiempo, cuando estas mujeres que apostaron toda su vida al rojo, a mostrarse apetecibles al otro sexo sólo exteriormente, comprueban que esa inversión es al final a fondo perdido y con un plazo fijo (y bastante corto), y cuando se marchitan las cartas (por muy buena mano que se llevara de salida) resulta que aquel sistema de valores en que se habían desenvuelto toda su vida y del que se habían beneficiado y al que habían reforzado con sus comportamientos, ahora las excluye con la misma crueldad intransigente con la que ellas en su pasado lozano miraron por encima del hombro al resto de la chusma horripilante. En ese plano de la realidad ya no se las quiere, porque dejaron de ser deseables; ellas, que antes se desenvolvían en ese mundo que ayudaron a crear, con la seguridad altiva de la que hacen gala los que tienen licencia para portar armas.

Y a resultas de esto se contemplan algunos espantajos murientes, que no es que no acepten que los años no perdonan, sino que no les queda otra que seguir hasta la muerte por el camino que eligieron en su día: el de alegrar la cara a la galería y deslumbrar de puertas para fuera, cuando dentro reinaban las tinieblas. No hace falta dar nombres porque sólo hay que ojear cualquier revista del corazón con esas fotos retocadísimas de actrices alquitranadas de tanto esperar fumando, o esas folclóricas amojamadas que producen chiribitas en los ojos que las contemplan espeluznados.

Recuerdo que alguien comentaba en televisión (creo que Boris), que le impresionó demasiado conocer en persona a uno de sus mitos más sagrados (cierta actriz italiana, que levantaba pasiones (y otras cosas) en sus tiempos mozos de símbolo sexual) porque le pareció estar presenciando un paso de semana santa de carne (poca) y hueso (descalcificado). Tan acartonada por el estiramiento cutáneo y el enlucido cosmético, con un peinado imposible (que necesitaría una capa de ozono para él solo), la aparatosa vestimenta y complementos, y toda la corte de lametraserillos le daban al desplazarse por la estancia todo el aspecto de una virgen en procesión.

Esto es una clara prueba de lo que comento: esta persona midió su propia valía (al igual que la de los demás) por su belleza física y no está dispuesta a dejar que la misma biología que le regaló al nacer el tesoro que la hizo mundialmente famosa, se lo oxide con el paso de las horas. Y hará todo lo que esté en su mano, aunque al resto nos parezca abominable, para perpetuar lo que ella considera su única razón de vivir. Debe ser terrible, para alguien que piense así, enfrentarse al espejo cada día que pasa y que la aleja más y más de su ideal de perfección física.


Estas personas que se preocupan tanto de su superficie acaban resultando superficiales, y cuando rascas un poquito la cáscara te sueles encontrar a solas con un descorazonador vacío; cuando no con temible y absorbente antimateria. Porque Naomi Campbell será una diosa de ébano y todo lo que quieran, y muchos fantasearán con hacerle mil guarreridas sersuales, pero reconozcamos que no invita precisamente (una vez finiquitada la parte puramente carnal, que por muy salido que esté uno tendrá que convenir conmigo que eso no ocupa más que unas pocas horas del día) a tirarse en un sofá con ella, taparse con una manta y ver películas en blanco y negro o contemplar la lluvia a través de una ventana. Y quizás la esté juzgando injustamente, pero a las pruebas me remito, porque fue condenada no hace mucho por golpear con su teléfono móvil a una de sus esclavas blancas (qué paradoja), que la impacientó porque no encontraba los pantalones que se había encaprichado ponerse en ese preciso momento.

Por supuesto, todo lo dicho no debe, ni mucho menos, confundirse con que no pueda haber personas hermosas por dentro y por fuera, que las hay y todos conocemos alguna; sino que si todo lo inviertes en tu fachada, deberás asumir no el riesgo, sino la certeza de que más temprano que tarde ésta acabará resquebrajándose y dejará a la vista de todos que la vivienda no estaba bien amueblada, o ni siquiera tenía tabiques, como los decorados de las películas por los que han paseado su belleza tantos decorados humanos.

jueves, diciembre 27, 2007

...un circo, que alegraba siempre el corazón

Quién me iba a decir a mí, a mis años, que asistiendo en calidad de esclavo paniaguado a una celebración patronal me iba a curar de todo un trauma infantil. Porque a pesar de mis recelos iniciales (al principio de deambular bajo la carpa, la gente me preguntaba constantemente si me encontraba mal, que tenía muy mala cara), acabé disfrutando como un cabrón de la celebración circense.

La verdad es que el evento estuvo perfectamente orquestado y resultó una experiencia inolvidable. Puede que el Barón Ashler, la Bruja Avería o Gargamel, pero ningún ser humano de no-ficción podría sacarle alguna pega a aquella fiesta; o al menos debería rebuscar demasiado para poder encontrarla, porque por desgracia nada es perfecto en el mundo real (según mi descabellada concepción del mundo, el mismo acto de realizar conlleva un alto grado de empobrecimiento y putrescencia de las intenciones primarias y los sueños; pues el tratar de hacer real una idea, invariablemente desluce y entenebrece el modelo primigenio. La realidad cuece, no enriquece).

Y allí estábamos todos cociéndonos de lo lindo, cuando empezaron a florecer esos comportamientos humanos aberrantes tan característicos de este tipo de francachelas a partir de ciertas horas, cuando el despiporre etílico y/o psicotrópico empieza a hacer mella en las corazas de la urbanidad y el sentido común.

Pude ser testigo de excepción de uno de los rituales más llamativos de estos saraos, todo un clásico: el deseperado intento de apareamiento de los machos de buitre común y otros carroñeros con hembras de todas las especies presentes. De haber llevado una cámara encima me habría forrado vendiendo a National Geographic el documental de la agresiva rapacidad de mis congéneres. Y digo que fui testigo de primera línea de fuego porque se da el caso de que dos de nuestras compañeras de la oficina de Valencia son mujeres de físico monumental, una de ellas en concreto es espectacular, y ésta última decidió protegerse bajo mi égida de las embestidas de las bestias calenturientas y no se despegaba de mí en toda la noche.

Siempre he pensado que una mujer bella tiene la obligación moral de aprovechar la generosidad que la biología (tan tacaña por lo general en estos menesteres) ha mostrado al agraciarla físicamente, pero reconozco que debe ser un auténtico coñazo ejercer de mujer cañón entre una piara de energúmenos rebosantes de testosterona mal canalizada. Resulta monstruoso contemplar en directo a respetabilísimos miembros de nuestra sociedad, perfectamente integrados como intachables profesionales y felices cabezas de familia, perder los papeles ante una mujer exuberante; y suplicar mientras babean alcohol puro un poco de atención de una superfémina, tratando desesperadamente de no perder la ocasión de arrimarse con cualquier excusa tonta a una de estas hembras, que por una vez (y sin que sirva de precedente) no les mira desde el papel cuché de un póster desplegable. Bien pensado hubiera hecho mejor negocio enviando copias de la grabación no al National Geographic precisamente.

En fin, que todo muy bien y todo muy bonito. El circo no era el del sol, pero era el de la luna, porque iba de ese palo: sin animales pero con llamativas acrobacias y efectos escénicos bastante resultones. Lo peor, como siempre, la metaresaca sabatina.

martes, diciembre 25, 2007

London Calling

video

viernes, diciembre 21, 2007

Había una vez...


Conté no hace mucho la fobia que siento por los circos y cualquier otro espectáculo que transcurra bajo una carpa. Pues bien, en breves minutos partiré con mis compañeros de trabajo (Cripema se libra porque está con Gilito en Londres; luego no queréis que nos llamen pijos bocazas) hacia Barcelona para asistir a uno. Y no es ningún chiste: resulta que nuestra empresa cumplió en Octubre un siglo de historia y lo piensan celebrar por todo lo alto. Y la verdad es que lo han organizado bastante original y, en vez de reunirnos a todos los esclavos en algún salón de banquetes para abochornarnos a discursos y abotargarnos de canapés, nos van a llevar a un circo donde mientras contemplamos el show podremos degustar un exquisito catering entre olor a tigre y bostas de elefante.

Aunque creo que no había necesidad de desplazarse hasta una carpa si lo que querían era ver domadores y payasos.
Pero al menos así me escaqueo hoy de lo que queda de curro para ser llevado en régimen de paniaguado a la gran celebración circense.

jueves, diciembre 20, 2007

Feliz Jánuca

Nacer no tiene ningún mérito por nuestra parte. Todo el esfuerzo lo hace la parturienta y a nosotros nos tienen que sacar a rastras del plácido útero. Cuando no mediante machetazo al vientre. Por lo tanto los anglófonos lo expresan mejor: to be born (ser nacido) y no nacer, porque uno no nace, lo nacen.

Dicho lo cual, no entiendo tanta algarabía en celebrar la natividad del que aseguran ser el hijo de Dios, cuando todo el mérito de este acto en concreto es de la madre, que era virgen para más inri; y eso sí que tiene mérito... Aún habrían de pasar muchos años para que él empezara a meterse en los follones que lo hicieron mundialmente famoso.

Así pues, dado que en estas fechas lo que se loa es un hecho protagonizado por una muchacha judía, os deseo a todos un feliz Jánuca, con un poco de retraso. Y como ahora ya somos todos judíos y no podemos comer nada porcino, he pensado para los que os pensaba enviar estas fiestas un jamón, que mejor os mando el cerdo entero, y vivo, que os entenderéis mejor.

miércoles, diciembre 19, 2007

Lou Lou? Oui, cest moi...

Con la Navidad, esa festividad cristiana que ejerce de puente entre un año y su siguiente, llega también la avalancha de esos llamamientos a nuestro consumismo caprichoso y descerebrado que son los omnipresentes spots publicitarios. Unos cantos de sirena que, como a Ulises y su tripulación, nos resultan irresistibles pero que, en realidad, sólo quieren buscarnos la ruina, al menos la económica. Y ya que estamos hablando de sirenas y de manipular al antojo la realidad, aquí va una observación de enterao repelente: las sirenas eran para los griegos los seres mitológicos con cabeza de mujer y cuerpo de ave. Pero como al parecer éstas no daban bien en pantalla, a partir del Renacimiento decidieron reencarnarlas para sus cuadros y bajorrelieves como mujeres de cuyo cuerpo la mitad inferior fuera una cola de pez. Pero es que eso ya lo habían inventado también los griegos, que las llamaban nereidas. Pero como los artistas renacentistas eran así de caprichosos, hijo mío, pues nada… desde entonces cuando nos mentan las sirenas nos viene a la cabeza Daryl Hannah en Splash. Cosa que, curiosamente, no debería ocurrirle a la propia Daryl, ya que los angloparlantes tuvieron la precaución cuando inventaban su idioma de distinguir una siren de una mermaid; aunque me da a mí que éstos, hoy por hoy, tampoco tienen muy clara tal distinción.

A mí, cuando contemplo estos anuncios navideños, me entra la gran náusea. Especialmente si son de perfumes; quizás porque esos aromas tan empalagosos que prometen me producen arcadas en el alma. Además, ¿qué les pasa en la boca a los que ponen voz a esas atrocidades audiovisuales? ¿Por qué todos estos anuncios acaban impepinablemente con una vocecita ridícula nombrando la marca como si tuviera la boca llena de flemas? A ver si la náusea es lo que les está dando a ellos cuando graban, de decir tantas tonterías; porque es que no hay ni uno en el que hablen normal y digan perfume en vez de pajfum (¿a dónde se irán por estas fechas esos profesionales del doblaje a los que se les entiende todo? A lo mejor es que la gracia creen que está precisamente en eso: en que no se entienda nada y parezca algo como muy exótico, hermético y exclusivo).

Y yo les preguntaría a los creativos de este género tan peculiar que si con esos ambientes fantasmagóricos que muestran en sus creaciones, esos rostros pálidos y vaporosos, y esas conductas tan extravagantes, lo que pretenden es transmitir un aura de lujo imaginable pero inalcanzable; como si en vez de colonia estuvieran vendiendo frasquitos de sinestesia pura: es decir, con su producto ya no sólo no olerás a choto sino que además la fragancia que te embriaga a través de la nariz te hará viajar a mundos que no puedes ni soñar (y por eso ya los sueñan los genios de la publicidad por ti).

Desde que yo recuerde, estos anuncios han sido absolutamente idiotas, pero juraría que ahora, que ya no saben cómo epatar a cualquier coste porque la realidad les pone el listón cada vez más alto a los que se ganan la vida con la ficción, se han soltado la melena en un vale todo de tonterías chirriantes, que da bastante repelús. Hay por ahí una loca que se masturba en un ascensor, que da más miedo que morbo.

Yo prefiero a la motera aquélla con dos cerebros y medio, que en mis tiempos mozos andaba buscando a Jack’s; dónde va a parar… A ésa sí que se le entendían perfectamente las intenciones.

jueves, diciembre 13, 2007

Y no escarmiento

(Zimitrón: gracias por tus comentarios. Aquí tienes para otras 4 horas más, por lo menos).

Comentaba aquí mismo hace algún tiempo (lo siento pero no sé poner enlaces a entradas pasadas. A pesar de que Gilito, haciendo gala de su paciencia franciscana, me lo ha intentado explicar no menos de cinco veces. Sé que ya apesta este rollo mío de analfabeto informático, pero es que es cierto: no hay forma de que logre entender estas cosas. Ni siquiera etiquetas sé ponerle a esto que estoy escribiendo ahora. Por la simple razón de que me domina un racionalismo intransigente que sí me permitió estudiar en su día un módulo de formación profesional de automoción sin mayores problemas de comprensión. Y todo porque la mecánica de automóviles sí respeta las leyes elementales de la termodinámica. Son todo mecanismos de acción-reacción, causa-efecto. Es decir, si yo piso el pedal de freno sé (porque lo he visto y tocado con mis propias manos) que debajo de mi culo hay un circuito provisto de bombas y bombines, colmado de un líquido incompresible, a través del cual se multiplica la leve presión de la planta de mi pie hasta convertirla en una fuerza transversal suficiente para detener la masa acelerada de mi vehículo. Esto lo entiendo, porque no es más que una sofisticación del 2 + 2 = 4. Pero, ay amigos, la informática es otra cosa. Cosa de fe. De brujas, diría yo. Que con un simple click de ratón, y mediante una ingeniosa (y rapidísima) combinación de ceros y unos, estos tontos pensamientos míos puedan ser leídos casi instantáneamente en cualquier parte del planeta que disponga de un acceso a la redecilla del pelo, o de la fibra óptica o lo que cojones sea que transmite tanta información. Y debido a mis lacerantes complejos de inferioridad ya pueden dar gracias de no haber nacido en tiempos pretéritos, porque es muy probable que yo estuviera subido al estrado de algún tribunal de la Santa Inquisición reclamado barbacoa para todos los que sabéis poner un enlace de ésos. Porque ya se ha dado el caso por dos veces de que he puesto en un apuro a informáticos de carrera, que no han sabido dar una respuesta satisfactoria a la siguiente observación que sigue inquietándome aún hoy: cómo leches puede ser que si yo hoy cojo un llaverito USB de ésos y le echo dentro todas mis fotos de Sarajevo, la discografía completa remasterizada de Concha Márquez Piquer y la trilogía cinematográfica El Señor de los Anillos, y guardo el insignificante utensilio en un cajón y me olvido de él; y, pasados seis años, lo encuentro de nuevo y lo conecto a un PC, resulte que toda esa información sigue ahí dentro, sin haberse evaporado ni un ápice del contenido. ¿Cuál es el proceso físico por el que logran imprimir perennemente tal cantidad de datos en un pegote de silicio para que, sin intervención de pilas ni baterías, dentro de muchos años Frodo siga comiendo butifarras dentro de un puto llavero. ¡Que no, que no... que no me convencéis!. ¡¡A la hoguera todos!!). Cristo, cómo divago. Céntrate, coño.

En fin, decía ayer que ya conté por aquí que en una cena engatusé a mi querido amigo Juanma en un proyecto literario de aspiraciones colosales. Su condición de hombre renacentista y cultísimo, y sus envidiables dotes de escritor hacían imprescindible su concurso en tamaña empresa, que me andaba rondando la cabeza desde hacía tiempo.


Se trataba de darle un repaso a la intocable figura monolítica de uno de los mayores pensadores que ha parido la madre Europa en su ya larga historia. Nuestro enfoque sería arriesgado y desenfadado, sin el encorsetado academicismo (qué remedio) desde el que se ha abordado siempre la vida y obra de este señor.

Por supuesto, pretendíamos ser provocativos pero con fundamento, no arrojar las piedras y esconder las manos, como vulgares gamberros; para lo cual debíamos apuntalar muy bien todas nuestras heterodoxas hipótesis de trabajo con sólidos argumentos. Al tratarse de una obra de historia-ficción, teníamos licencia para fabular libremente situaciones y conductas, pero siempre contrastadas con hechos, fechas y personajes reales y perfectamente documentados. Esto requería una monumental labor de documentación. Así que nos repartimos las tareas y objetivos y nos pusimos manos a la obra. Después de incontables horas de investigación bilateral (lo mío más bien han sido muchas pajas mentales; y de las otras, para qué negarlo) y reuniones de trabajo, que me han robado gran parte de mi ya de por sí escasísimo tiempo ¿libre? (de ahí que me prodigue mucho menos por aquí últimamente), habíamos logrado poner los cimientos de un artefacto muy prometedor (quizás esté mal que yo lo diga, siendo parte interesada, pero, qué coño, lo mío no es la modestia).

Pero hete aquí, que un buen día, no hace mucho, en una de mis derivas por la redecilla (por lo ya expresado arriba se puede colegir que el verbo navegar no se ciñe a mi realidad) descubro que no hace mucho (2006) giró por nuestros teatros una obra cuyo planteamiento era (y, si no han muerto todos los implicados, debe seguir siendo) muy, pero que muy, similar al que nosotros le estábamos dando a nuestra criatura en ciernes. De hecho, en uno de nuestros encuentros habíamos llegado a plantearnos la posibilidad de darle al proyecto forma teatral, incluso cinematográfica (qué bonita es la ignorancia cuando va de la mano de la megalomanía y la ambición de mear demasiado alto para una pilila tan corta). Y lo sorprendente es que ninguno de los dos teníamos conocimiento alguno de que, no muy lejos, alguien ya nos había chafado la guitarra antes de ponernos nosotros a tocar.


La conmoción me dejó dolido porque, aunque la noticia tenía una lectura positiva (si habíamos creído parir una idea que ha funcionado bien en el teatro, es que no íbamos tan mal encaminados), todo el esfuerzo invertido en el proyecto peligraba de irse a pique si no dábamos un oportuno golpe de timón a la nave.

Y como tengo esos arrebatos insensatos que me traen tantos disgustos, y de los que parezco no escarmentar nunca, hice una machada de las mías que, para mi enorme sorpresa y contra todo pronóstico, resultó salir bien y ya está dando sus frutos.

Resulta que como soy tan tremendista para todo, el mismo día que decidí dedicar todas mis energías a este proyecto empecé a hacer acopio de toda la bibliografía relativa al particular. Reuní todos mis libros sobre la materia, que resultaron ser muchos (algunos de ellos me tocó rescatarlos de las manos de amigos que los tenían secuestrados; prestar implicaría su devolución voluntaria y activa sin necesidad de coacciones y amenazas) y adquirí cualquier cosa encuadernada que tuviera relación (aunque sólo fuera tangencialmente) con aquel sabio y su tiempo; siempre, claro, dentro de mis austeras limitaciones presupuestarias (ediciones de bolsillo, librerías de viejo, carnet de la biblioteca municipal; que queda muy cerca de mi trabajo, a la misma distancia aproximadamente que el gimnasio, por lo que muchos mediodías sustituyo mi cita con el acero por un viaje en el tiempo).

Fruto de ese arranque de monomanía, también me suscribí a la publicación de una prestigiosa sociedad internacional dedicada al estudio de nuestro hombre en cuestión. Así conseguí los contactos que propiciaron la salida de tono que comento.


Herido en mi orgullo tras el decepcionante descubrimiento, y en el calor de la reyerta, no se me ocurre otra cosa que escribirle vía correo electrónico una acalorada diatriba a toda una eminencia en la materia (uno de los más grandes en lo suyo), lloriqueando sobre mi caso y arremetiendo sin venir a cuento contra todo el establishment académico.

Y, oh, milagros de la técnica (¡a la hoguera todos!) este galáctico estudioso (reconocido y premiado internacionalmente) se tomó la molestia de responderme. Para que se me entienda, es como si yo fuera un tenor aficionado de fin de semana, y de algún modo consigo la dirección de e-mail profesional de Montserrat Caballé o Plácido Domingo y, ni corto ni perezoso, les envío una pataleta electrónica porque no me dejan cantar en el orfeón de mi barrio el próximo fin de semana, y para mi estupor acabo recibiendo respuesta (cosa que no esperaba en absoluto, ya que la motivación inicial era simplemente tocar un poco los cojones, porque ya me dirás tú qué culpa tiene nadie de que mi idea no fuera original, sino que ya había brotado unos meses antes en otra cabecita. Ay, si pillara yo esa cabecita ladrona... qué cosas no le haría...).

Y no sólo se ha tomado la molestia de escribir unas líneas, sino que en ellas además se muestra accesible, comprensivo e incluso ofrece su ayuda en la lid. Vamos que es como si uno entrenara a los chiquillos del Betis Florida y lograra que el mismísimo Fabio Capello se ofreciera para ayudarle con la estrategia para el partido del domingo ante el Calasancios.


Pues bien, a esa primera toma de contacto le ha seguido mucha más correspondencia digital, y no deja de sorprenderme que una personalidad tan ocupada (publica libros, da conferencias por el mundo y está metido en mil fregados, todos relacionados con el asunto de marras) invierta tanto de su precioso (y carísimo, supongo) tiempo en aguantar mis peroratas y alumbrarme con sus sabios consejos. Según mi pareja, que pudo leer los primeros fuegos cruzados (“mira, cariño, qué cosas más absurdas me pasan”), a este señor le ha llamado la atención mi desfachatez a la hora de dirigirme a él, acostumbrado como estará a que todo el mundo se le acerque con la veneración que muestran los creyentes ante sus figuritas. La verdad es que el toma y daca estaba siendo muy franco y campechano, de tú a tú; aunque yo no hubiera sabido hacerlo en otros términos, y tampoco le hubiera aguantado ni dos asaltos.

Y escribo estaba porque ya se ha roto la línea de comunicación. Mejor dicho, yo la he roto, al menos de momento, forzando demasiado la cuerda y abusando de la confianza (que ya se sabe que da mucho asquito) que él me había tendido.

Ay, Señor, esta boquita mía que no me trae más que disgustos.

martes, diciembre 11, 2007

Baila robot !!!

Para que vayais ensayando para nochevieja y os aprendais la coreografía...Qué tiempos aquellos... cuando éramos jóvenes y robots...

miércoles, diciembre 05, 2007

Programa de protección de testigos

Actualmente vivo en casa de mi pareja en una bonita zona residencial. Y se da allí una curiosísima coincidencia que hace que nuestra calle de la urbanización se parezca a uno de esos complejos donde viven escondidos los testigos protegidos de los grandes procesos contra las mafias, ocultos bajo identidades falsas y nuevos looks (cirugía plástica mediante para quien lo solicite).

Nosotros vendríamos a ser testigos protegidos de algún gran juicio contra la temible yakuza japonesa, porque si yo ya llevo mis buenas dosis de tinta bajo la epidermis, nuestro vecino colindante y el de un poco más allá son dos cromos barrocos.

El que está pegado a nosotros es un tío muy majo con el que tenemos la relación vecinal perfecta para mi gusto: compadreamos lo justo y todo a través del seto divisorio. Que si su mujer ha hecho una tarta y nos ofrece un trozo para que la probemos, pues se hace la transacción a través de la valla y horas después se le devuelve el plato fregado por la misma vía con un “Gracias. Estaba riquísima” y todos contentos. Y viceversa, pero todo siempre a través del seto. Seríamos como aquel vecino que tenía Tim Allen en una serie en la que [creo que] hacía de carpintero y que hablaba mucho con su vecino, pero siempre a través de una alta valla de madera y nunca se le llegaba a ver la cara en pantalla. El domingo sin ir más lejos nos hizo llegar a través de la pantalla de clorofila que protege nuestras identidades secretas una considerable porción de la cosecha que andaba liado haciéndole a sus preciosas (y numerosas) plantas cannabáceas.

Pues si a todo este misterio extraño que nos gastamos le sumamos que este tío (como he podido comprobar en la piscina comunitaria) tiene gran parte de su piel saturada de tatuajes (sólo su espalda parece la puta Capilla Sixtina), que el vecino de al lado de él (justo la vivienda de su lado no, la siguiente) es un joven holandés que no le va a la zaga en decoración dérmica, y que el vecino de enfrente de los tres pintarrajos marrulleros es madero, pues ya se tiene completo el cuadro. Cualquier día nos pasan a los tres a katana por algún error de cálculo en Tokio.

Y es que encima, para rizar aún más el pelo de los huevos, no muy lejos de todo esto que comento, en la misma calle (pero al principio), ocupa una de las viviendas una panda, o banda, de ucranianos hoscos, que cantan a “asociación ilícita de malhechores” a la legua. Yo ya tuve un rifirrafe con uno de ellos por sus modales de matón arrabalero (¿dónde ha quedado la clase [muy sui generis, pero clase al fin y al cabo] de la cosa nostra?). Además, resulta un poco tenso (aunque los varones presentes parecen celebrarlo con comportamientos nerviosos, miraditas indiscretas y erecciones inoportunas) cuando en verano sacan a tostarse a la piscina a sus esclavas sexuales, vigiladas de cerca por un gorila malencarado de unas dimensiones impropias de un ser humano. Y son los contornos corporales de las muchachas (carne eslava de primera), que apenas quedan cubiertos por sus escandalosos miniquinis, los que traen de cabeza a todo el vecindario masculino, insensibilizado con la evidente desgana que muestran ellas en todos sus actos y movimientos; realizados con la comprensible desidia típica del que no actúa por voluntad propia ni libre albedrío.

martes, diciembre 04, 2007

El destino como aliado

Siempre he tenido una teoría que no suele resultar cómoda a quien se toma la molestia de escucharla. Contrariamente a lo que se piensa de que el carácter se lo forjan las personas a lo largo de su periplo vital, yo creo que la actitud (y aptitud) ante el mundo depende muy mucho de si has tenido la suerte de caerle bien al destino. Tener al destino como aliado, como amiguete que te sigue el juego y te apoya en todas tus iniciativas, o tenerlo en contra, como implacable enemigo que te putea y pone todas las trabas posibles a cualquier proyecto que emprendas.

Luego estarían ésos, entre los que me incluyo, a los que el destino ni los quiere ni los odia; simplemente se los toma un poco a chufla y los trata con el desdén propio de los abusananos. Si un día lo pillas de buenas pues pasará de ti y te dejará llevar a buen término esa chuminada que te traes entre manos, sin echarte ningún cable pero al menos sin interferir con obstáculos que escapen a tu control. Ay, pero el día que tiene ganas de cachondeo te la puede jugar vilmente y con un simple golpe de efecto tirarte por tierra cualquier cosa que te propongas por sólida que pensases que ésta era. Ya puedes asegurarte de atar todos los cabos, que si dice de echarlo al traste, ya te puedes ir preparando para la pataleta, amigo, que ésa será tu única alternativa de reacción.

Siempre he dicho que el destino es un guionista mucho más retorcido que Tarantino, con unos giros del argumento tan inesperados e impactantes que uno no puede menos que maravillarse, aunque lo acaben de hundir en la miseria.

Así que, según esto, realmente la personalidad no se la forja uno, sino que se la forja el destino a base de respuestas positivas, negativas o inestables. Un ejemplo: ¿cómo se forja un manitas? Pues si de pequeño uno tiene curiosidad y desmonta su primer coche de scalextric, y su amiguito el destino está allí encima ayudándole a repararlo y a que después todo encaje y funcione, pues uno recibe una respuesta positiva a su iniciativa y refuerza su confianza en sus capacidades de cara a futuros desafíos que le proponga su curiosidad. Es decir uno gana en aptitud a base de una actitud positiva que se siente recompensada y satisfecha.

¿Y cómo se forja un manazas? Pues si ese uno (pongamos yo mismo), que no sólo no sufre ninguna incapacidad psicomotriz sino que está dotado de habilidad manual para otros menesteres (por ejemplo dibujar o pintar, o cascársela), tiene esa misma inquietud (o necesidad económica) de repararse él mismo sus coches del T.C.R. (¿se acuerdan del Total Control Racing?, mucho más emocionante que el scalextric porque permitía realizar adelantamientos y choques frontales) y resulta que ese día el destino está ocupado en casa del vecino ayudándole a montar el barco pirata de los clicks de Famobil, y no sólo no logra reparar nada sino que al volverlo a montar sobran piezas y las cosas no encajan como deberían, y al final el cochecito acaba en el cubo de basura. Pues pasa que uno mira el tráfago que acaba de montar para, total, estar peor que antes y sabe reconocer la respuesta neutra (la negativa hubiera sido algún cortocircuito que hubiera reducido el juguete a chamusquina) y, aunque no quiera, toma buena nota mental de cara a futuras aventuras mecánicas.

Resumiendo, que el primero se maravilla de lo que es capaz de hacer con sus manos y no duda en seguir intentándolo (en un crescendo de dificultad técnica conforme se suceden las victorias), y al segundo ya empieza a rondarle por el fondo de la mente la odiosa frasecita: “mejor estáte quietecitooo…”, mientras empieza a familiarizarse con el dulzón aroma del fracaso.


Y así en otros ámbitos de la vida. ¿Porque cómo se forja si no un tipo duro? Ésos que se plantan en la barra de un bar con una serie de movimientos que parecen sacados de alguna coreografía de West Side Story y no se cortan en entrarle a la tía más buena del garito con unas frases que dan vergüenza ajena y asco-pena, pero que, sorprendentemente, acaban dándoles frutos. Pues son los que se arriesgaron en su día a jugar a ser un chulo y el destino les rió la gracia, dejó que se salieran con la suya y a éstos ya no hay quien los baje del burro y los devuelva al mundo real de las personas normales.

Pero, ¿qué ocurre si uno lo intenta esa crucial primera vez y cuando llega a un pub decide comerse los cacahuetes no como lo haría un humano o un mono, sino lanzándolos al aire y atrapándolos con la boca como una foca, y ya el primer fruto seco le impacta en el ojo o en un grano; y entonces deja en paz los cacahuetes e intenta encenderse un pitillo al más puro estilo Bogart pero la llama se resiste a salir en cinco o seis intentos a pesar de ser un encendedor nuevo; y cuando se dispone a decirle alguna cosa ingeniosa a la chica bonita que tiene al lado, justo en ese momento se le escapa un atronador peo o se le descuelga una enorme vela de la nariz, o un imposible golpe del aire acondicionado le levanta el peluquín o lo tumba de la banqueta? Pues que ése pobre diablo ya sabe que el destino no aprueba sus payasadas y se lo pensará mucho la próxima vez que se le pase por la cabeza la aspiración de comportarse como un Travolta de pacotilla.


Así que no se hagan muchas ilusiones, que ustedes son lo que han llegado a ser no por sus esfuerzos personales y sus intrépidas iniciativas en la vida, sino únicamente por la respuesta que éstas han recibido del fatum. Porque todo ese rollo del tesón y la superación está muy bien en los telefilms del mediodía, pero todos sabemos que cuando las cosas no acompañan (no están de Dios, que dicen los creyentes) no hay esfuerzo humano que las cambie.

martes, noviembre 27, 2007

Un chiste...

...muy bueno que nos contó Gilito este fin de semana. Venía esta mañana riéndome solo, como un loco, al recordarlo y me parece tan gracioso que podría curar la peor depresión escandinava:

¿Cómo se dice camarero en élfico? ÉLDELBAR

JajajajajajaAAAAA....

lunes, noviembre 26, 2007

El viorador

El otro día, durante una comida, se dio la ridícula circunstancia de que yo estaba soltando una de mis insufribles peroratas y, embebido como andaba en mi propia tormenta de memeces, no dejaba de interrumpir el nuevo rumbo que el resto de contertulios trataban de darle a la conversación. Y yo seguía erre que erre, espoleado por las generosas dosis de vino ingeridas, hasta que uno de ellos me lo quiso hacer notar y mi respuesta me sorprendió hasta a mí: “Ya lo sé, pero me da igual porque yo no soy un buen orador, yo soy un viorador. Yo penetro a la fuerza tus orejas con mi discurso, aunque intentes resistirte o chillar. Y si luego mi mensaje no fecunda en tu cerebro me importa un pijo, porque yo ya te he viorado…”.

domingo, noviembre 25, 2007

tengo el corazón contento, el corazón contento, lleno de alegría

Lo he repetido varias veces esta noche (los gin tonics,,,que ya se sabe) pero es verdad, y es que da como miedo decirlo....pero muchas gracias amigos, he cumplido 33 castañas y estoy la mar de contenta. Estoy pasando quizá por el mejor momento de mi vida, y tengo a mis amigos para afianzar este sentir. Lo he pasado muy bien, y no sólo he tenido tarta de cumpleaños con velas de 24 (que me ha encantado) y tarjeta con foto montaje de Rufus y yo, y más regalos(que también me han encantando) sino que ha sido un día muy chulo. De verdad, MUCHAS GRACIAS A TODOS. Prometo desarrollar todo esto más adelante, que Gilito ya me ha dicho que tengo que currarme un poco más eso de ser contributor del blog, y tiene razón. Bueno, pues salud a todos y buenas noches. Hoy ha sido un día muy bueno. gracias otra vez. Me voy a dormir que estoy un poco perjudicada....los gin tocnics...que ya se sabe. besos
http://www.youtube.com/watch?v=6M33UsOUxcw&feature=related

miércoles, noviembre 21, 2007

Comer, comer

Ya he comentado alguna vez que las obligaciones profesionales de mi pareja incluyen la asistencia (bastante a menudo) a saraos de mucho postín.

El otro día tocaba entrega de los premios a la excelencia que otorga una asociación gastronómico-cultural que aglutina a los restaurantes más exclusivos de la montaña alicantina.

Y yo me había hecho muchas ilusiones de llenar el buche generosamente, porque la expresión “restaurantes de montaña” me traía ecos de bosques canadienses, con casita de troncos con chimenea regentada por algún Grizzly Adams a los fogones, que nos despanzurraría a los invitados a base de recias carnes de oso o venado y otros guisotes montaraces. Pero no.

Resulta que hoy en día, vayas donde vayas, ahora lo que priva es la cocina ¿moderna?, o lo que es lo mismo: el comer poco y, digámoslo de una vez: mal; fatal. Es la segunda vez en esta legislatura que me veo obligado a comer ¡oro! (y espero que no fuera del que cagó el moro) y sigo sin encontrarle la puta gracia (aparte, claro está, de ser la excusa perfecta para sablear salvajemente a los potentados clientes). Por más veladas de éstas a las que asista sigo sin enterarme de cuál de los diez cubiertos desplegados bajo mis antebrazos debo esgrimir en cada plato (y en esta ocasión no fui el único, ya que se produjo una graciosa confusión cuando, tras una tensa espera en la que todo el mundo miraba de reojo al que tenía a su lado en la mesa, retardando el momento de empezar hasta descubrir qué utensilio había que empuñar para hincarle al turrón de foie (sic), al final la legión de camareros tuvo que reemplazar los cubiertos empleados a destiempo y recomponer a toda prisa la panoplia de todos los comensales). Es decir, que lo quieren hacer tan sofisticado y cool, que al final sólo causan quebraderos de cabeza y molestias a los que pretenden agasajar con tanto lujo asiático. A este paso tendrán que poner un cuadernillo de instrucciones para las herramientas de la manduca. Y otro explicando la propia manduca, porque resulta desconcertante no saber muy bien lo que estás alojando en tu cavidad bucal (tragárselo ya es otra historia), ni ser capaz de distinguir algún gusto en semejante turbamulta de sabores exóticos y aparentemente contradictorios.

Y esto último hizo derivar la conversación de nuestros compañeros de mesa a tratar de desenmascarar los ingredientes y aderezos de cada nuevo espantajo que aterrizaba en sus lenguas. Y aunque no fanfarroneaban, porque todos ellos regentan restaurantes selectos donde no me cabe duda experimentan a diario con las combinaciones culinarias más impensables, y como si en vez de papilas gustativas tuviesen todo el C.S.I. agazapado en la mui, llegaron a distinguir chuminadas como “flor de la pimienta de Sesuán” (ignoro si se escribe así) o “sal negra del Himalaya” (juro que es sic). E insisto que no se estaban tirando el moco, sino que hablaban totalmente en serio y con fundamento (rico, rico). Amén de la furibunda diatriba contra el uso del limón como aliño que nos largó uno de los presentes, y que fue respaldada por el resto de gourmets, que (tomen nota) recomendaban en su lugar una reducción de cítricos de no-sé-qué, que -dónde va a parar- condimenta pero sin amargar. Si vieran las lluvias ácidas con las que riego todo tipo de arroces, sopas, carnes, pescados, mariscos, moluscos, y un largo etcétera… Y eso que mi abuelo, que era marino, despotricaba cada vez que me veía hacerlo porque me enseñó que el limón sólo se usa en los barcos para matar el regusto a pasado de los alimentos que llevan a bordo demasiada travesía, y que echárselo a un alimento fresco y bien cocinado es un insulto para quien lo cocinó. Pero no puedo evitarlo, me encantan las cosas ácidas, agrias y amargas y mi paladar curtido necesita emociones fuertes, que para soso ya estoy yo.

Lo mejor, como siempre, el vino. Es en estos actos donde tenemos acceso a esos caldos selectos que no suelen defraudar, y lo único de la carta en lo que no eché de menos mi redecilla de limones.

viernes, noviembre 16, 2007

Final (a ver si es verdad)

Puntualmente nos estacionan justo debajo de la oficina autobuses de ésos que giran por los municipios para exponer, concienciar o reclamar algún asunto. Lo mismo te montan una unidad móvil para donaciones de sangre, que una oficina de reclutamiento itinerante de las fuerzas armadas, que una exposición sobre la escasez de agua (donde puedes escuchar por la megafonía a algún politicastro dar la murga con que ahorremos agua, cuando él esa misma mañana se ha hecho unos hoyos en el nuevo campo de golf, después de unos largos mañaneros en la piscina olímpica de su chalet, culminados con una sesión de SPA; siglas que pronto dejarán de significar Salutem Per Acqua, y se ajustarán mucho más a Sólo Pa’mí Agua).

La cuestión es que esta semana tocaba autobús temático sobre un asunto repugnante, al que últimamente le cambian el nombre muy a menudo pero el drama sigue siendo el mismo:eslo que ahora han decidido llamar Violencia de género.


Por supuesto, toda iniciativa que se emprenda para combatir esa lacra lamentable me parecerá muy bien; otra cosa es si el enfoque que algunas veces se le da al asunto es el más apropiado. No se me escapa que éste es un problema muy peliagudo que se debe abordar con mucho tino para no andar hiriendo sensibilidades, con lo que las alas de los publicitarios y de los que planifican estas cosas andarán muy cortitas de libertad creativa para evitar alardes de ingenio que puedan tocar los cojones (en este caso más bien los ovarios).

Y en este contexto se ha plantado debajo de nuestras narizotas el autobús que comentaba antes, que abría sus puertas para recibir a escandalosos grupos escolares a los que inculcarles en sus tiernas y dúctiles personalidades infantiles que no se pega a quien se estima; que quien bien te quiere no te hará llorar; y que en esta vida hay que saber perder y cuando se termina una relación o uno resulta rechazado, pues se acabó y a pelártela a tu casa, y dejar que la persona que ya no es tu pareja siga con su nueva vida y no andar dando por culo y complicándosela.

Todo muy bien y todo muy bonito, pero me ha chocado un poco el leitmotiv de esta campaña en concreto: FINAL Violencia de género. Da la sensación de que estén anunciando una gran final futbolística europea, y los colores con que han pintado la carrocería del vehículo no hacen más que reforzar esa impresión: rojo chillón y blanco nuclear (nucelar, nu-ce-lar). Coño, que parece el autobús del Hércules tratando desesperadamente pescar abonados. Sólo le falta la voz de Matías Prats Senior anunciando por megafonía el duelo en la cumbre: “Esta noche en el Rico Pérez, gran final. Los resentidos del Mantapalos F.C., reforzado con los fichajes del bilbaíno Cogorza, el inglés Longhand y el ruso Mostrenko, se las verán con la escuadra del Victims, que espera devolverles la paliza recibida en el partido de ida…”.

(Me permito hacer esta broma tonta porque es un tema que por desgracia conozco personalmente, de 2ª mano pero demasiado bien; y no trato de quitarle ni un gramo de hierro a un asunto que debería avergonzarnos a todos como especie y que, tristemente, no tiene demasiada pinta de acercarse a su anhelado FINAL).

jueves, noviembre 15, 2007

Sueño movidito (y nunca mejor dicho)

No se me escapa que parte importante del argumento, los escenarios y los personajes que aparecen en nuestros sueños se compone de acontecimientos e informaciones que vamos asimilando durante el día. Cosas que, aunque a un nivel consciente no nos hayan impactado demasiado y creamos haberlos olvidado por completo, siguen sin embargo orbitando nuestra mente como la basura espacial, que ya no sirve para nada pero ahí está, dando vueltas hasta que se desintegra.

Mi problema es que soy un depredador de la realidad (una portera, vamos) que se va cargando a lo largo de la jornada de incontables acontecimientos e informaciones inútiles y que uno cree efímeros, pero que por lo visto (o soñado) perduran en la memoria a un nivel no consciente y afloran cuando menos te lo esperas. Y claro, toda esas mierdas son terreno abonado (para algo está el estiércol) para los sueños… y las pesadillas.

Yo no sé cómo será en otras personas el mecanismo de ir vaciando el buzón de sus memorias, pero me gusta imaginarlo como algo sosegado y coordinado; como una catarsis (en su 4ª acepción de la R.A.E.: Eliminación de recuerdos que perturban la conciencia o el equilibrio nervioso) tranquila que ejerce de aliviadero mental cuando la balsa de la memoria empieza a saturarse. Un ir sacando los escombros de la mollera pero con gracia, incorporándolos a los sueños con mucha discreción y elegancia, poniendo aquí y allá una cara o un escenario que se nos había quedado atragantado en la memoria RAM, y que como no servían para ningún pensamiento consciente, ni se tiene intención de archivarlos en el disco duro, pues se les busca un uso como atrezzo para algún sueño tonto, y así se les da salida.

El problema es si uno recuerda sus sueños, pues entonces lo único que hacemos es reforzar su impronta y concederle a esa información residual que se pretendía eliminar el estatus de Recuerdos con mayúsculas. Vamos, que reciclamos la basura y no logramos deshacernos del todo de ella.

La cuestión es que mi mecanismo de catarsis no es ni mucho menos plácido ni fluido, si no que funciona como una Kärcher, expulsando a presión y con furia torrentes de diarrea mental.

Esto que da por frutos unos sueños y pesadillas (más de lo segundo que de lo primero) de ritmos agotadoramente trepidantes y visualmente rococós y sofocantes. Es como si se fuera a acabar el mundo y en un solo sueño, y a ritmo de videoclip, pretendiera meter a troche moche y sin ton ni son las toneladas de gilipolleces que voy almacenando por los vertederos de mi cabezota; dando por resultado un batiburrillo ansioso, inconexo y mutante.

Es que es tal el estrés de incluir situaciones, lugares y personas en una misma trama que, a falta de tiempo (ni que fuera un espot, coño), se resuelve metamorfoseando sobre la marcha al reparto principal y removiendo los decorados y la ambientación.

Sé que los sueños nos parecen absurdos cuando uno intenta interpretarlos al despertar, pero es que a mí me pasa muy a menudo que ya me resultan incomprensibles e inquietantes durante el mismo transcurso del sueño. Porque resulta frustrante y agotador estar soñando con fulanito en algún lugar y que éste -sin mediación de elipsis ni fundidos en negro- se convierta de repente en menganita y ya no estemos donde antes, sino en otro escenario totalmente distinto pero igual o más claustrofóbico; y que, acto seguido y sin que descienda ningún telón, menganita ahora es sotanito y el decorado ha vuelto a cambiar, posiblemente a peor; y en un cerrar y cerrar de ojos sotanito ahora es negro, o está muerto o es un puma; y de nuevo en un plis plas y sin previo aviso, ahora estamos todos en pelotas, o subidos a un algarrobo o recibiendo fuego de mortero; y así, mutatis mutandis ad nauseam.


Y, claro, tras una de esas desquiciantes veladas, en lugar de despertarme descansado y con la mente despejada amanezco hecho un chisgarabís, arrasado físicamente y mentalmente confuso. Y lo del cansancio físico no es broma, testigos presenciales afirman que algunos de mis sueños los vivo con tal intensidad que canto, grito, río, lloro y me muevo con tanta energía que luego no les extraña que me levante tannnn cansado.

Y lo de moverme violentamente tiene sus consecuencias: eso de que mis sueños sean como echarse una partida en la Wii, que mientras hago mis tonterías en la virtualidad onírica el Micropene real se convulsione físicamente como un epiléptico, hoy mismo me ha costado tener que irme a primera hora a una Ortopedia a comprar una tobillera.

Y todo porque, atando cabos, he recordado que resulta que ayer por la mañana escuché en algún programa de radio cómo se cachondeaban a costa de David Hasselhoff, y ponían repetidamente una grabación del cowboy de playa totalmente pasado de copas, diciendo unas tonterías incomprensibles en la lengua de Terry Churchill, un deshollinador de Newcastle.

Y esta noche tocaba pesadilla agitadísima y cambiante. Y en alguno de esos cambios, mi voluble coprotagonista de turno (un ente sobre el que van tomando cuerpo todos los secundarios a un ritmo frenético), en un suspiro se ha transformado (transformarse no es la palabra correcta, pero ahora no sabría explicarlo mejor) en Michael Knight (con su uniforme de eskai incluido) y algo he debido comentarle sobre su borrachera que al pavo no se le ocurre nada mejor que sacarme una navajita de esas pequeñajas de llavero, y claro, el patadón que se ha llevado en el cardado ha sido idéntico al que le he metido a algo sólido del dormitorio (todavía sin identificar, pero afortunadamente no ha sido mi compañera de lecho).

No quiero ni pensar el día que sueñe con Freddy Krueger...

martes, noviembre 13, 2007

Mondo cane

Menuda forma de empezar el martes y 13. Yo no creo en estas supercherías, pero anoche Tomi, uno de los perros del parque zoológico que más se hacía notar por su carácter vivaracho y saltimbanqui, y que por la mañana se mostraba radiante y en perfecto estado de revista, por la tarde, cuando volvíamos a casa desde una feria de vinos, nos lo encontramos muy, pero que muy desmejorado. Sobre la hora en que el 12 se convertía en pasado y el supersticioso 13 empezaba a hacerse presente desde el incierto futuro, el estado de este mejor amigo nuestro era ya misérrimo, por lo que decidimos trasladarlo a un centro de urgencias veterinarias.

Se hizo lo que se pudo, pero esta madrugada lo daban por desahuciado y esta mañana a las 8 en punto, con gran pesar firmábamos la autorización para su sacrificio. Ha sido dura la despedida, aguantando su mirada fija en la mía, de un desamparo descorazonador, como si leyera en la humedad de mis ojos que los suyos se iban a apagar para siempre en apenas unos segundos.

Un beso peludo y un “Hasta siempre, socio. Ya nos veremos al otro lado del infierno”, ha sido lo último que le daré y diré nunca más (dolorosamente contudente certeza).

Aunque forma parte de la liturgia de otro tipo de supersticiones que me merecen tan poco respeto como la de los triscaidecafóbicos, voy a usar la fómula latina de lo que no deja de ser un bonito deseo para los que se van: Requiescat in pace, Tomi.

lunes, noviembre 12, 2007

Cinema paradiso/Video inferno

No hace muchos meses reabrió sus puertas una sala de cine emblemática de esta ciudad, que se había visto obligada a echar el cierre el verano de 2006, con gran dolor de corazón de los amantes del séptimo arte (mucho dolor pero en muy pocos pechos, ya que fue la escasa afluencia de público la que motivó la debacle). Los Minicines Astoria se compone de dos salas pequeñas pero muy acogedoras, de cuyas moquetas chorrea magia fílmica a raudales, donde se proyectaba exclusivamente eso que se conoce por “cine bueno”.

Su fundador, que por desgracia no regirá la resurrección, era un auténtico héroe superviviente que se defendía como podía con sus Viscontis y Fassbinders contra el ataque del resto de salas, armadas con dañinas espadas láser y tortugas ninjas. (Este héroe, comercialmente suicida -el Leónidas de los proyeccionistas-, me confesaba una vez al calor de unos chatos de vino, que muchas veces para poder proyectar alguna película de su gusto, las distribuidoras le obligaban a adquirir en el lote otras más “comerciales”, que acababa pagando muy caras para guardar las latas en un cajón, porque se negaba a ensuciar su cartelera con bodrios como Este muerto está muy vivo o Critters 3).


Pues resulta que hace muchos años mi querido amigo Delrieu trabajó una buena temporada como acomodador en una de estas salas, y muy a menudo me colaba por la puerta trasera y nos sentábamos a disfrutar de auténticas maravillas de la pantalla. Allí descubrí, entre muchos otros, a Monty Python, Werner Herzog o Fellini; me acojoné con La Matanza de Texas, me desasosegó La naranja mecánica y me puse burro con las Supervixens de Russ Meyer.

También nos cogimos allí mismo alguna que otra borrachera, pues como le tocaba currar fines de semana y fiestas de guardar, lo mismo la tarde de un viernes me presentaba allí cargado con una bolsa de latas calientes de cerveza del Mercadona, me colaba él por la trastienda, como siempre, y nos poníamos a beber como cosacos durante las proyecciones. Alguna vez nos pilló curdas Leónidas, cuando bajaba de su despacho, pero hacía la vista gorda porque nos tenía mucho aprecio, y la fiesta etílico-cinéfila continuaba. La verdad es que pasé muy buenos ratos haciendo compañía a mi colega, porque un cine, y éste en especial, es para mí el equivalente a un santuario o una basílica para los que creen en otros dioses.


A parte del gorrón que escribe estas líneas (que conste que después de aquello he pasado tantas veces por aquella taquilla, que está compensada con creces mi picardía juvenil, y a mí no se me puede acusar de ser de los que se lamentaban a todo el que le pusiera orejas de la quiebra de la sala, pero después no pisaban su entrada ni para resguardarse de la lluvia); pululaba por allí un personajillo que resultó ser un afamado crítico cinematográfico de esta ciudad, quien aún hoy publica sus veredictos en el diario de más tirada por estos pagos.

Como nos fuimos percatando de que el tipo no pocas veces llegaba con la película empezada (a veces casi a mitad de metraje), o se marchaba mucho antes del final, o se salía a mear a mitad de película; los días siguientes a sus visitas buscábamos sus reseñas en el periódico para echarnos unas risas a su costa (¿Cómo que la película peca de falta de ritmo? Tú sí que tenías ritmo roncando, cuando planchabas la oreja dos filas más adelante, cabrón. O, ¿cómo que no está bien resulto el desenlace? Pero si cuando confesaron que el mayordomo era el asesino, te habías salido a fumarte un truja a la escalera, espabilao).


Pues hoy me apetece comentar una película que vi este fin de semana en DVD, pero al estilo de este pájaro; es decir, sin tener ni puta idea y opinando de oídas, de haber escuchado campanas y no saber ni por dónde te pega el viento.

Hace algún tiempo me llevé una grata sorpresa al descubrir que se estaba gestando un biopic (horrísona palabra que usan los modernos para referirse a las películas que narran la vida de alguien) sobre un personaje por el que siempre he sentido mucho respeto, interés y admiración: la fotógrafa neoyorquina Diane Arbus. Me escamó mucho ver que se trataba de una producción hollywoodiense de presupuesto millonario y con protagonistas de relumbrón (¿de quién sería la idea de darle el papel de una neoyorquina, judía y feucha a una guapísima australiana de la Iglesia de la Cienciología?), pero maquillada de producción independiente y como transgresora.

Procuré estar atento a las carteleras por si la estrenaban, pero o no fue así o –más probable- yo no me enteré, y le perdí la pista hasta que la encontré de chiripa el otro día en el videoclub (sí, todavía queda gente que va a esos establecimientos tan arcaicos y obsoletos. En mi caso -como en el de muchos otros- no por honradez, sino porque no tengo posibilidad técnica de bajármelas de la red. Aunque la verdad es que recientemente he descubierto un DVDclub -porque copias en VHS tienen cuatro mal contadas, y ya no digamos en Beta o sistema 2000...- que es toda una delicia donde puedo encontrar auténticas joyitas; como creía que lo era la que nos ocupa ahora).

Lo primero que me chocó fue la elección del título español. ¿Qué les pasa a los distribuidores de este país? ¿Están idiotas o qué? Porque, ¿cómo se puede rebautizar un film que sus creadores han decidido titular Fur ("pelo de animal" en la lengua de Tommy Shakespeare, un lampista de Liverpool) por Retrato de una obsesión? Nombrecito tonto y previsible (una loca que hace fotos) al que si le añadimos una simple “s”, es idéntico al de una peli en la que Popeye interpreta a un tarado que se obsesiona con una familia retratada en los carretes que revela en su laboratorio fotográfico. El título original tiene sentido con lo que se narra, y el español es una solemne gilipollez para vender más, porque al público patrio eso le debe sonar como a zriler cachondón (por la chorba que sale en la carátula; que, por cierto, enseña chicha), por si algún incauto pica y se la lleva a casa sin sospechar el chasco.

La película es visualmente impactante, pero rara de cojones; y no rara en un sentido positivo, sino rarita aposta y con un tufillo arty que repeluzna un poquito. Les ha salido demasiado Amélie para tratarse de un pretendido homenaje a una artista tan iconoclasta y atormentada, que a pesar de proceder de una rica familia de empresarios, prefirió retratar la cara más sórdida de la sociedad que le tocó vivir, sin florituras ni anestesia. Y lo de artista atormentada no es un cliché: Diane Arbus sufría depresión profunda cuando decidió borrarse de este planeta el mismo año que nacía el que esto escribe.

El mejor homenaje que le puede hacer este humilde admirador es seguir disfrutando sus estremecedoras fotografías, mientras trata de quitarse de la cabeza a la Kidman haciendo de rarita y poniendo caras de loca.

jueves, noviembre 08, 2007

El padre del cordero

Desde hace algún tiempo vivo con mi pareja en su casa. Ella tiene un churumbel, que ahora es mi hijo también. Y lo llamo así porque no me gustan nada las palabrejas terminadas con el sufijo despectivo “–astro”. Miren si no las 5 acepciones que le da la R.A.E. a padrastro:

1. Marido de la madre, respecto de los hijos habidos antes por ella.

2. Mal padre.

3. Obstáculo, impedimento o inconveniente que estorba o hace daño en una materia.

4. Pedazo pequeño de pellejo que se levanta de la carne inmediata a las uñas de las manos, y causa dolor y estorbo.

5. Dominación (lugar alto que domina una plaza).

Coño, que sólo se salva la primera.

Y resulta que el churumbel está en esa complicada primera fase de la adolescencia, que llamamos pubertad. Lo que lo convierte en una tempestad de hormonas con piernas. Y aunque estas criaturas suelen sufrir peligrosas ansias de nuevas experiencias y muchas prisas por acelerar el cambio de niño a hombre, en nuestro caso podemos sentirnos afortunados porque es una persona sorprendentemente madura para la edad que delata su D.N.I., y con unas enormes dosis de prudencia y del menos común de los sentidos. Y aunque ya apunta potencias muy prometedoras, lo que yo más valoro en él es que es de muy buena pasta, de alma noble y sin doblez (de casta le viene al galgo; de la galga, claro, porque al otro como si lo lobotomizan).

Dicho lo cual, ayer ejercí de pepe (= p.p. = padre putativo; de ahí que a los Josés se les conozca amistosamente así, porque su santo fue el más famoso p.p. de la cristiandad) y acompañé a mi señora a la reunión con su tutor escolar; la primera de toda mi vida (al menos desde ese estatus). Y a la reunión estaban citados el resto de padres de los alumnos con los que comparte proceso de maduración dentro del aula. Ni éramos todos los que estábamos, ni estábamos todos los que eran, pero la cosa dio comienzo puntualmente, sin esperar a los rezagados (es que tampoco eran horas de convocar a unos adultos en edad ocupacional). Conforme más avanzaba el debate, menos crédito podía dar a mis oídos. Y empezó a horrorizarme mucho de lo que escuchaba de uno (el tutor) y casi todo lo que salía de los labios de Los Otros. Y yo me pregunto: si para sacarte el carnet de moto, u obtener una licencia de armas, te hacen unos tests psicotécnicos, por qué no los exigen para poder ser padre. Por qué coño cualquier tarugo fértil puede tener todos los hijos que le salgan de la polla (y perdonen el chascarrillo) y luego dejarlos que crezcan medio asilvestrados y dando palos de ciego por el mundo, mientras ellos se abotargan de Ponche Caballero enchufados al fútbol en el bar de abajo.

Para no extenderme demasiado (que es justo lo que suele pasar cuando se me calienta la lengua; bueno, en este caso las yemas de los dedos), de esa interesante experiencia saqué algunas conclusiones bastante desalentadoras:

- Que el sistema educativo ha ido sustituyendo paulatinamente la disciplina y el orden por un acercamiento al alumnado de colegueo sobreprotector y camaradería buenrrollista, que ha terminado desembocando en que ahora en vez de pegar el profesor con una regla en la palma de las manos de los revoltosos, son los chavales los que se ponen las palmas rojas de hostiar a los maestros, y encima lo graban con el móvil y se lo venden a los amigos y las cadenas de televisión. ¿Cuándo hemos visto nosotros en un colegio o instituto psicológos, orientadores de actitud, gabinetes de apoyo, aulas de refuerzo o "equipos de intermediación para resolución de conflictos" (sic)? Antes los conflictos se resolvían en que te ibas calentito a casa y punto.

- Que ahora resulta que “la sociedad” ya no la formamos entre todos, y que todos podemos mejorarla, o al menos cambiarla (aunque sea a peor, y a las pruebas me remito), sino que es una especie de ente abstracto que flota entre (o por encima de) nosotros y un muy útil cajón de sastre donde volcar todos los errores y frustraciones personales. Incluso algunos la usan agoreramente para intentar asustarnos, como si se tratara del coco o la bruja piruja (“que viene la sociedaaaaaaad…uuuuhhhh, y mirad que mala que es… uuuhhh”).

- Que de lo anterior se deriva un tipo de ciudadano que no tiene la menor intención de coger ningún toro por los cuernos, por muy manso que éste sea, y elige diluir toda responsabilidad en terceros (ya sean personas físicas o instituciones) que le salven la papeleta en cada lance de su vida; y que, cuando este ardid no le resulta efectivo, se lamenta lastimeramente y culpa a la bruja piruja de todos su fracasos como individuo, ciudadano y padre; pero sin poner nada de su parte para tratar de cambiar la situación. (Que mi hijo, desaprovecha la impagable oportunidad de formarse como persona en un sistema educativo público, y prefiere comportarse como Taras Bulba para creerse el más chulo de la piara; pues la culpa está clarísimo que es de los profesores, de las películas de Tarantino y los video juegos de zombies. Yo, que sólo le dirijo la palabra para mandarlo a por el Marca, y que desconozco por completo si tiene alguna vocación o capacidad innata para algo, o hacia dónde tiende su sensibilidad personal, me limito a inscribirme en la larga lista de damnificados por “la sociedad” (Uuuhhh…)).

Por desgracia, muchos críos de ahora me recuerdan al famoso nieto del Conde de Greystoke, que acabó siendo Tarzán porque lo tuvieron que criar y sacar adelante en un entorno hostil unos chimpancés en ausencia de sus padres, muertos accidentalmente en la jungla. El muchacho se apañaba bien zurrando a los cocodrilos y cabalgando rinocerontes, pero estaba incapacitado para desenvolverse en sociedad (Uuuuuhhhh…).

martes, noviembre 06, 2007

El que canta su mal espanta

Desde que empezó esta semana observo que la gente en la calle canta.
No sé si es que yo no me había dado cuenta hasta este lunes, tal vez sea algo habitual, pero el caso es que ya van 10 veces (contadas) y eso que aún es martes, que al cruzar un paso de cebra o salir del portal de casa, la persona que pasa a mi lado en ese momento me mira y canturrea. Tal vez ya estaban canturreando, tal vez traían ya el canturreo de casa, pero para mí, el hecho es que me miran y cantan.
En realidad no es que oiga cantar a las personas con las que me cruzo en mis “devenires” cotidianos, dice la RAE que "cantar" es emitir sonidos melodiosos con la voz, así que lo que se dice cantar, cantar, no es. Es algo así como emitir sonidos que pretenden ser armónicos con la boca cerrada y sacando el aire por la nariz...algo así como un pretendido murmullo armónico.
Un "mmmmm" que no se reproducir en palabras.
Ayer sin ir mas lejos, una señora de edad frente a un escaparate me "murmuraba" Nabuco de Verdi con pretendidos aires de soprano nasales. Y esta mañana la misma que me pone el café cada mañana desde hace más de 3 años y a la que no he oído cantar nunca, me ha deleitado con algo que pretendía ser "Hijo de la Luna" de Mecano también por supuesto con murmullo nasal.
Al principio, la primera y segunda vez me hizo gracia, pero empiezo a no soportarlo, es algo que empieza a crisparme. No hubiera podido imaginarlo nunca pero es horrible que la gente canturree a tu alrededor y lo que ya ha empezado a preocuparme es que me he descubierto a mi misma "tarareando" eso sí, con letra, "Over the Rainbow" de Judy Garland, ya sabéis, aquello de "Somewhereeee oveeeer the rainboooow naaaa naaaa naaa"

Será la primavera...

viernes, octubre 26, 2007

Estreno

Hace ya algún tiempo comentábamos aquí nuestra asistencia al rodaje del videoclip de nuestro querido Jesús Lara. Pues bien, anoche por fin tuvimos el inmenso honor de asistir a su estreno por todo lo alto en el salón de actos de la casa de cultura de Alcoi.

Como está mal que uno hable bien de las obras de los amigos, mejor juzguen ustedes mismos

o pinchando en http://www.myspace.com/jesuslaramusic

Después del estreno, Jesús, que es un grandísimo anfitrión de los que (como ya comenté en su día) no deja ni un cabo suelto, tenía previsto un cóctel para agasajar a los asistentes. En un altillo muy acogedor del mítico bar de Dins, se concentró parte de la bohemia alcoyana para beber y picotear. “Picotear” de “picar” y de “darle al pico” porque estuvimos departiendo allí muy, pero que muy, a gusto, entre humo y buenas vibraciones. Aquello resultaba un remanso de paz y buen rollo, mientras fuera se desarticulaban bandas neonazis en ¡Israel! , en el metro la basura blanca tiene la pierna muy larga, y en algún lugar un cafre rocía con ácido sulfúrico a la que un día juró amor eterno.

Sigue siendo un placer mezclarse con la Compañía de Jesús, y en tiempos tan áridos de pertinaz sequía de cosas buenas, o al menos bonitas, semejante chaparrón de bonhomía lo deja a uno mojado y confuso.

miércoles, octubre 24, 2007

La Paciencia es la madre de la Ciencia

La primera vez que pude ejercer el derecho al voto, me estrené con unas elecciones generales. Corría el verano de mil novecientos noventa y tres y coincidió con los exámenes finales de mi primer año en la universidad.

No sé si por estudiar en una facultad donde se escuchaban tantas estupideces entre el alumnado en cuestiones de política (y la verdad, que también en otras muchas cuestiones) o por haber descubierto la gestación y magnitud del Derecho Constitucional, decidí leerme los programas electorales de varios partidos (incluido el del PP) para ejercer un derecho al voto responsable y con conocimiento de causa, o mejor dicho, de programa.

En aquella época se podría decir que me interesaba la política y estaba atenta a las noticias, a lo que decía un ministro sobre tal o cual tema o si había un proyecto de ley en marcha etc.

Aunque siempre he seguido votando porque lo considero un deber y una responsabilidad, de pronto un día (no sé cúal, ni cómo, ni dónde) al leer el periódico, pasaba las paginas donde aparecían cuestiones políticas sin leerlas y hacía zapping cuando aparecía un político en la tele.
No diré que la "política" dejó de interesarme (porque sería decir que me da igual que decidan por mí cosas que me pueden afectar en el día a día) pero simplemente me cansé de escuchar las mismas cosas con diferente color y de que a veces no supieras si estabas viendo el telediario o Tómbola. Sucedió sin demasiada acritud y con muy poco interés.

Tal vez sea triste pero es que "yo estoy con los helenistas " en eso de que la política ha de ser moral y la moral remite al Bien, entendido como "el principio de todos los principios" al que se llega a través de la inteligencia.

Y sinceramente, tal y como están las cosas no veo yo ni mucha moral ni mucha inteligencia.

Y todo esto me ha venido a la cabeza, porque ayer no hice zapping (y ahora me arrepiento) y me quedé escuchando a un señor con traje que debe ser importante que hablaba de que tiene un primo que es científico, que nadie le podía garantizar el tiempo que hará en Sevilla y que dentro de 300 años no sabe que va a pasar.

Y yo me pregunto (al hilo de lo que decían los helenistas): si la virtud es ciencia, y el malo es el ignorante...
¿Quién es el malo? ¿Rajoy o su primo?

martes, octubre 23, 2007

La excepción

Dijo cierto premio Nobel, de cuyo nombre no quiero acordarme, que la excepción a la regla lo único que confirma es que la regla es falsa.

Pero mi abuelita conoció a la excepción a la regla: la Sra. Conchita, que murió con 70 años sin haber menstruado nunca.

sábado, octubre 20, 2007

Gran Marrano (7 novias para 7 marranos. Y sanseacabó)

Conforme se sucedían las fases eliminatorias el grupo de aspirantes al puesto se iba reduciendo drásticamente, pero, para mi sorpresa, yo seguía permaneciendo en él. Veía salir a los descartados enfurruñados o llorando, o con esa actitud chulesca de “pues ellos se lo pierden, porque yo he nacido para esto” y cosas así de idiotas. Yo conservaba en todo momento inmutable mi cara estándar de decepción vital, de no dar crédito a mis sentidos, y la gente, al parecer, lo confundían con el disgusto de los rehusados (a lo mejor me decían al verme salir hastiado: “Hostias, qué putada!” y yo respondía dejándolos perplejos:“No, no. Si no me han eliminado todavía”).

Y llegó la hora de la prueba más chunga (cosa que no sabes hasta que no pasas a la habitación, donde no te puedes ni imaginar lo que te vas a encontrar allí dentro). Pero a esa hora yo ya estaba arrasado física y espiritualmente. Así que, mientras esperábamos un grupo de unas 8 personas en el pasillo, me rendí al cansancio y no se me ocurrió nada mejor que acostarme en el suelo. Y por lo visto, no me bastaba con sentarme y respaldarme en la pared, sino que me tumbé en la moqueta ante la puerta de la habitación, como un perro tirado en un felpudo. Claro, mis acompañantes no podían dar crédito a sus ojos, y uno de ellos llegó a decir en sarasa: “Uy, a éste lo cogen seguro” (volviendo a malinterpretar mis auténticos gestos de desesperación por impostura de cantamañanas). En eso llega una de las titiriteras para abrir el cuarto y al descubrir el bulto sospechoso a sus pies, suelta: “Mira éste que bien se lo monta. ¿Estás cómodo o te saco una manta?”. Capté el mensaje, pero me fue imposible reaccionar y allí me quedé tirado como un muerto hasta que llegara mi turno.

Pero por la pirámide de mis prioridades trepó rápidamente una, que acabó desplazando del primer puesto a la extenuación física: la imperiosa necesidad de mear. Y como no podía aguantar más, estuve tentado de interrumpir lo que fuera que estuvieran haciendo allí dentro y pedir permiso para usar el servicio (cosa que supongo me hubiera costado la descalificación instantánea, pero miraba en mi pirámide de prioridades y no veía la de “concursar en un reality” por ningún lado). Y ya estaba a punto de hacerlo, cuando se abre otra puerta del pasillo y sale una pareja de jubilados guiris cargados de maletas, por lo que deduzco que ya abandonan definitivamente su habitación. Así que me apresuro y les grito que no cierren que ya me encargo yo. Flipan un poco pero acaban dejándome entrar; y no llevaba ni cinco segundos aliviando la vejiga, cuando uno de los aspirantes me avisa apresuradamente de que me están llamando a mí para la prueba. Le digo que tendrán que esperar porque aquello no había ya quien lo parara. Así que, ya más descansado y sin apretones me dispuse a afrontar la siguiente ronda.

Llego a la puerta y la chica de la productora me dice: “Estábamos a punto de descalificarte” y pienso “Uuuuy, qué miedo”, pero pido disculpas. Entro y lo primero que veo es una enorme cámara de televisión (no de ésas pequeñas con trípode, sino de ésas gordotas sobre columna que usan en los platós) con un operador detrás con cascos y todo. Y al lado una mesa con otra psicóloga (aclaración: yo las llamo psicólogas, pero nadie nos confirmó ese dato. Lo digo por la forma en que te analizaban cada mínimo gesto y por las preguntas que hacían, en plan encargada de recursos humanos en una entrevista de trabajo. Pero lo mismo eran sociólogas, antropólogas o cirujanas; o sólo tenían un título de “Francés y mecanografía”).

Esta “psicóloga” tenía en su mano mi texto con la foto grapada, y lo primero que me dijo fue: “¿Todo lo que pones aquí es cierto?”. “Sí. Estuve tentado de mentir un poco pero me di cuenta de que no era necesario”. La verdad es que mosquea mucho un interlocutor que a cada cosa que haces o dices, apunta algo en su ficha. Que si cruzas los brazos o te rascas los huevos, toma buena nota de ello.

La cuestión fue que me dijo que me haría unas preguntas y que debía responder mirando a la cámara, y en ésta se encendió el pilotito rojo. Uno se siente ridículo revelándole intimidades a un aparato eléctrico (al operador ni se le veía detrás del armatoste) y terminaba respondiendo mirando a la chica, que me insistía: “a la cámara”. Y ciertamente en este punto las intimidades eran ya bastante delicadas, haciendo mucho hincapié en tu vida sentimental presente, pasada y –ojo al dato- futura. Pero también había preguntas extrañas como: “¿Con qué concursante de la primera edición te identificas más?”. “Lo siento pero no he visto nunca el programa”. “Entonces, ¿qué haces aquí?”. “Por culpa de Tom Tilét” - estuve tentado de repetir, pero preferí:- “Me han apuntado unos amigos a traición”. Cara de póker y muchas más notas fueron toda su respuesta.

Y lo último que me pidió fue que convenciera a la cámara de que yo era la persona indicada para ganar el concurso. Y le dije a la cámara que no tenía que convencer a nadie de nada, y que ni siquiera sabía lo que había que hacer para ganar el maldito concurso. Y parece que mi argumento sí que convenció a la cámara porque la “psicóloga” indiscreta me dio un nuevo pasaporte a la siguiente fase, la última.

De la criba de la prueba de cámara sólo nos salvamos 4 personas, y nos llevaron otra vez al “aula” de los tests. Nuevos exámenes de conciencia y personalidad. Algunos tests, por ejemplo, estaban destinados claramente a hurgar básicamente estos 3 aspectos de tu carácter, aunque reformuladas las preguntas de maneras distintas y reiteradamente a lo largo y ancho del papel: (1) si aceptas y te adaptas bien a la disciplina y las normas impuestas por otros, o te rebelas ante toda autoridad; (2) si en caso de conflicto te achantas y cedes ante las acometidas, o tienes que acabar imponiendo tus criterios a los demás, aunque sea por medio de la agresividad; (y 3) si pierdes los papeles con facilidad y montas escándalos bochornosos a la mínima de cambio, y puedes llegar a ser violento, o por el contrario eres flemático, conciliador y pacífico.

Vamos, que tanta preguntita era para averiguar si eres manso o gallo de pelea, que es principalmente lo que cotiza aquí.

Finalmente nos hicieron rellenar un extenso formulario con cantidad de información privada; por ejemplo, una lista de 6 familiares con sus números de teléfono, a los que poder llamar para preguntarles cosas sobre ti, otra de amigos y otra de compañeros de trabajo. De esta última creí que me libraba al no tener trabajo en ese momento, pero me hicieron poner al menos 2 teléfonos de excompañeros a los que poder consultar. Por supuesto, después tuve que avisarles a todos de que si recibían una llamada extraña de un programa de televisión haciendo preguntas sobre mi persona, que no se asustaran.

Nos explicaron que seguramente incluirían algún representante levantino, por lo que uno de los cuatro tenía muchas papeletas de terminar alojado en la casa. Y nos dijeron que en caso de ser elegidos nos llamarían antes del 15 de Agosto. Si no te llamaban, podías olvidarte de momento, que no habías sido elegido, y nos pidieron que no anduviéramos dando por culo (se ve que ha habido no pocos precedentes), llamando a la productora con excusas tipo: “No, era por si habías intentado localizarme. Como he estado fuera por vacaciones…”; porque si se decidían por alguno ya se encargarían ellos de localizarlo por todos los medio.

Así que nos despedimos y, cuando ya salíamos los cuatro, me dice un tío de la productora: “Micropene, quédate un segundo, por favor; que quiero decirte una cosa”. Y me quedé un poco sorprendido. Y mis 3 contrincantes más; supongo que pensando: “Ya está. Se jodió el invento. Al final cogen al chalao”.

Y cuando nos quedamos solos me dice muy serio, mirándome inquisitorialmente: “Creo que te has dejado tu mochila en una de las suites”. Y le respondo: “Yo no traía ninguna mochila. Será de otro”. Y él insiste: “Sí, hombre. Tú llevabas una mochila negra y la han encontrado en una de las habitaciones”. Y ahí ya empecé a ponerme paranoico, y después de sufrir todo un día en el que se puso a prueba hasta el rincón más oculto de mi personalidad, pensé que se trataba de algún tipo de prueba final; que ya se habían decidido por mí y ésta era la pregunta que culminaba todo el proceso, y que, dependiendo de mi respuesta, podían enviarme definitivamente a la casa de los horrores de la sierra. Y me asaltó la idea de que quizás la primera “psicóloga” había solicitado esta trampa extra porque: “Si ve cowboys, quizás podamos hacerle creer que traía una mochila”. Yo ya tenía tal cacao mental que creí que me echaba humo la sesera, pero si algo tenía muy claro era que yo no había ido a Valencia con ninguna mochila, macuto ni mariconera. Y así se lo dije. “Ah... perdona, me sonaba que llevabas una mochila... ¿Estás seguro?”. Pero, ¿qué coño pasa aquí? –pensaba yo, con la cabeza a 8000 r.p.m.-¿Qué quieren de mí? ¿Qué emboscada es ésta? ¿Dependerá de mi última palabra, de quizás una respuesta ingeniosa, que me envíen a Guantánamo o no? “Estoy segurísimo, pero si os estorba me la llevo” –fue todo lo que acerté a decir.

Y me fui de allí y pasó el 15 de Agosto y no llamó ni Dios. Y me tragué el primer programa para comprobar si alguno de mis contendientes había sido elegido para la “gloria”, pero no. Y suspiré aliviado de contemplar de lo que me acababa de librar, porque al parecer los concursantes ya entraban resabiados, como espectadores de ediciones anteriores, sabiendo lo que el público espera de ellos, y se comportaban como seres de otra dimensión; tratando de dejar huella desde el minuto uno con esos “carismas” tan peculiares de los que hacen gala todos los que pasan por allí. Y contemplé cosas escalofriantes (y era sólo el primer programa), y tuve muy claro que, de haber entrado, a los cinco minutos habría echado en falta mi machete o una estaca, o mejor un lanzallamas.

Así pues, los que seguís el programa, cuando veáis a esos seres inefables desplegar tal gama de comportamientos extraviados delante de las cámaras, tened muy en cuenta que no están ahí de chiripa, que nadie se les ha colado en un despiste ni han sido elegidos al tuntún; sino que tienen allí expuesta la alineación exacta que buscaban los titiriteros.

jueves, octubre 18, 2007

Gran Marrano (666)

Llegó la hora de entrar, pero primero tuve que armarme de valor para poder enfrentarme a exactamente aquello que me estaba temiendo. Imaginaos un inmenso hall hotelero repleto de dos centenares de eso que se ha dado en llamar “grandes hermanos”. Horripilante, ¿verdad?

Al poco, llegaron los titiriteros dando instrucciones de lo que teníamos que hacer y dónde nos teníamos que poner. Y dejan flotando en el aire una velada amenaza en forma de consejo: “Y no intiméis demasiado entre vosotros, que ya sabéis que nunca cogemos a dos que se conozcan”. ¡Qué les has dicho! Te los veías alejándose unos de los otros como si tuvieran la peste bubónica, y entraban a la sala donde nos dirigían sin mirarse a las caras.

Yo, que llevaba varios días de fiesta en las espaldas y esa noche no había dormido, pues francamente no estaba para tonterías y me pasaba sus instrucciones por el forro de los cojones: hablaba con unos y con otros y llegaba el último a todo. Quizás algún idiota llegó a pensar que todo aquello formaba parte del personaje que trataba de representar, que iba de guay para llamar de algún modo la atención de los titiriteros; pues nadie podía imaginar que lo que realmente me pasaba es que, una vez pasados los efectos hipnóticos y euforizantes del cóctel que llevaba en la mollera y una vez esfumado el Tom Tilét y todas esas zarandajas, pues me vi allí a punto de hacer el ganso y con ganas únicamente de irme a dormir y perderlos a todos de vista.

Pero en fin, ya que estaba allí, seguiría adelante, aunque sólo fuera para ver cómo se realizaba el escrutinio de las criaturas.

Así pues, nos pasan a todos a una sala y nos dan un contrato con el membrete de la productora, que leyeron entero en voz alta (como hacen los notarios) y que nos hicieron firmar. En él se ponían muchas condiciones, como que la productora se reservaba el derecho de usar como creyera conveniente el contenido de todas las pruebas que nos disponíamos a hacer (incluidas las tomas de cámara, si llegabas hasta ese punto de la criba) y por supuesto se hacía mucho hincapié en que nos comprometíamos a no hacer públicos los pormenores de los procesos de selección. Que es precisamente lo que me dispongo a hacer a continuación.

Tras recoger los contratos firmados nos entregan unos tests de personalidad. Nos apremiaron a responder todas las preguntas en el limitadísimo tiempo concedido, recurso empleado para que no trates de engañar al contestar, pensando qué es lo que ellos esperan recibir como respuesta. Eran de esas pruebas en las que vas marcando casillas con una cruz, y al tener tan poco tiempo para completar los tests (iban cantando cada cierto tiempo cómo corría el cronómetro, para que te agobiaras y dejaras de mentir), y al estar las mismas preguntas repetidas machaconamente a lo largo de la prueba, pero formuladas de maneras distintas para que, si mientes, incurras en contradicciones; pues no había forma de engañarles: nos iban a calar a todos; por mucho que intentásemos representar algún papel, las crucecitas delatoras nos desenmascararían pronto sobre el papel.

Las preguntas iban enfocadas temáticamente (por decirlo así) según los tests, y tened en cuenta que me hinché de hacer pruebas de éstas, porque me pasé todo el día allí metido. Me había decidido a quedarme y probar porque pensaba que sólo iba a ser un ratito, pero entré a las 8 de la mañana y salí del hotel de noche (y era Junio) porque, paradójicamente, cuanto más agotado estaba y menos empeño ponía, más fases de la eliminatoria iba superando. Y esto último debería hacernos reflexionar sobre la clase de perfil que busca esta gente. Pero no nos adelantemos, que la cosa tiene miga.


Tras unas cuantas baterías de tests nos dividen en grupos de unas 8 ó 10 personas y nos llevan ante la puerta de una de las muchas habitaciones del hotel que se acondicionaron debidamente para el casting. Íbamos pasando de uno en uno y dentro nos esperaba una psicóloga.

Cuando llegó mi turno, me hacen pasar y una señorita me escanea con la mirada de arriba a abajo, cada mínimo movimiento desde que entro en la habitación y me siento, mientras anota cosas en mi ficha sin parar. Yo no tenía ni idea de lo que esperaban de nosotros ahí dentro, porque la gente salía con cara de póker y se marchaba a esperar sin soltar prenda. De repente, me suelta muy seria: “Micropene, sorpréndeme”, y se me queda mirando muy atentamente. Y, tras unos segundos de bloqueo tratando de discernir qué podía entender aquella tipa por “sorpresa”, le suelto que para eso podría hacer una cosa que había visto en la tele, en un anuncio de un coche (no sé si os acordáis de ese spot, que se emitía en aquellos momentos y en el que el eslogan era, precisamente, “Sorprendente”; y no recuerdo muy bien la trama pero al final la chica le confiesa algo al chico y éste, en respuesta, se arranca su cara humana, que resulta ser una máscara, y con la cabeza de extraterrestre le confiesa que no se llama noséqué sino que viene del planeta nosécuántos. Vamos una puta mierda, pero es lo único que me vino a la mente), pero que casi mejor, si quería sorprenderse, le contaría qué, o mejor quién, me había llevado hasta allí. Y se lo conté. Y vaya si se sorprendió, que a renglón seguido me dijo que pasaba a la siguiente fase y me dio mi ficha, en la que había garabateado unos signos extrañísimos (luego comparé los jeroglíficos de mi ficha con los de otros elegidos para la gloria (saltándome la norma sagrada de no andar cuchicheando, claro), y no se parecían en nada unos con otros. Eran unas figuras geométricas muy raras a las que le iban añadiendo trazos según avanzaban las pruebas hasta conformar una especie de retorcida radiografía de tu alma). Pero, después de lo que le había contado, no había que ser ningún experto en criptografía para entender que los gurruños de mi ficha decían claramente: "Éste interesa, que está grillao".

(Qué larguito se está haciendo esto. En el próximo lo finiquito, fijo).

miércoles, octubre 17, 2007

Gran Marrano (5 y seguimos para Bingo)

La cuestión fue que en plena borrachera tuve una experiencia cuasi mística, que fue la que provocó que acabara acudiendo a mi cita en Valencia con los buscadores de monstruos.

Llevábamos todo el día (literalmente, porque estas farras empezaban a media mañana y se alargaban sine die) bromeando con una chorrada absurda; entre otras muchas paridas, pero ésta en concreto es la que nos interesa ahora. Todo a cuento de que almorzando ese día le había contado a la pandilla una anécdota insustancial pero que resultó hacer mucha gracia al personal:

cuando mi padre era pequeño, en plena guerra civil (española, claro), para llevarles algo de alegría a unos muchachos que se estaban criando entre fusilamientos y bombardeos, montaban de vez en cuando en su pueblo (La Vila Joiosa) un proyector de cine y les ponían algunas películas de cine mudo protagonizadas por un antiquísimo héroe del western cinematográfico llamado Tom Tyler. No hay que ser Shakespeare para suponer que eso se pronuncia “Tom Táiler” o, si uno es de Tejas, “Chom Cháiler”; pero, vete tú a saber por qué, todo el pueblo lo llamaba “Tom Tilét” (con el acento en la “e” y acabado en “t”); pronunciación más asequible para los vileros valenciano parlantes, pero que francamente volvía un tanto cómico el nombre para un pretendido héroe pistolero de la pantalla.


Pues bien, el día de autos locos, venga Tom Tilét por aquí, Tom Tilét por allá, resulta que llegada una altísima hora de la madrugada en que ya daba absolutamente por perdida cualquier opción de asistir a la prueba valenciana; y probablemente favorecida por la confusión mental de tanta traca acumulada en el cuerpo, tuve una especie de revelación mística y se me pareció Tom Tilét en persona (en la persona que yo quise y con las pintas con que me lo imaginaba, claro: cowboy repeinado, en blanco y negro y con cartucheras) y me dijo (y eso que era un personaje de cine mudo): “Micropene, tu destino es acudir a esa prueba”. “Pero, Mr. Tilét, ya es imposible –respondí yo-. Mire Vd. la hora que es, y el estado en el que me hallo, que estoy hablando con el fantasma de un vaquero mudo”. “Para un héroe no hay nada imposible”, me dijo él en un tono tan convincente que, de golpe y porrazo, se me pasó todo el colocón y me puse como un loco a organizar toda la operativa necesaria para lograr estar en apenas 3 horas en un hotel de Valencia.

Ya he dicho que estábamos en medio de una ciudad sitiada por la fiesta, y que yo por aquellos tiempos no tenía coche (cosa no exacta del todo, porque tenía un cacharro indigno del Scalextric Mad Max, tan reventado que en él no hubiera llegado ni a la Font de la Figuera), así que tuve que molestar a esas horas a uno de mis hermanos para que me dejara un Seat León precioso, que acababa de estrenar. Sobra decir que a él no le hizo ni puta gracia tener que dejar su coche nuevo en mis manos en aquel estado, pero es que yo no le podía explicar (porque me hubiera tomado por un loco) que podía estar tranquilo, que Tom Tilét cuidaría de mí y de mi montura, y que era por una buena causa: para prostituir mi intimidad y la de toda la familia en un programa inmundo de televisión.

A lomos de mi León me planté en casa de mis padres para poder escribir e imprimir en el ordenador de mi padre el texto que debía llevar. Pero imaginaos, con la desbordante verborrea que me caracteriza para contar cualquier parida (y éste sería un interminable buen ejemplo), tener que resumir mi vida y milagros en un solo folio. En fin, la cuestión fue que los estados alterados de consciencia debieron ayudarme en el lance, y vete a saber qué coño pondría, pero al parecer mi escrito gustó mucho allí (pero no adelantemos acontecimientos).


Resumiéndolo mucho, que nos van a dar las uvas con esto: imprimí el maldito texto, localicé la puta foto, me bebí un litro de café y me dí una ducha helada para espabilarme, y me fui para Valencia. No me preguntéis cómo coño lo hice, pero juro que logré llegar al punto indicado con tiempo de sobra para aparcar, entrar en un colmado a comprarme una empanadilla y una Cocacola, y esperar tranquilamente a que fuera la hora de entrar en el hotel. Todo eso mientras trataba de poner algo de orden en mi cabeza para no patinar más de la cuenta allí dentro; me refiero a no andar por el hall hablándole a gritos a mi cowboy invisible… aunque visto ahora, quizás ése hubiera sido mi pasaporte seguro para entrar en la casa de locos de la sierra.

(Mañana menos y peor).