lunes, enero 29, 2007

Dos pistas y un politono


La pasada semana mi cerebro volvió a activar sus dos pistas.
La pista consciente o real desenvuelve los problemas cotidianos del trabajo, los temas fácticos y la relación causa-efecto. Es decir: a una situación A le corresponde una actuación B.
En general me es suficiente que el caborro me trabaje sólo con esta pista, "la resolutiva y práctica", la que come, la que va al gimnasio, la que va a comprar papel higiénico y la que me despierta todas las mañanas para venir a trabajar.
Soy feliz con mi "pista robot", la que actúa, la que va por la vida "anant fent" y no tiene tiempo de rayarse con pajas mentales.
Pero en épocas de cansancio u otros estados carenciales se me activa lo que yo llamo "la pista alerta".
Esta segunda pista trabaja por debajo intentando mantener el orden. Es decir, trabaja intentando que nadie ni nada me joda "el Zen" y esta claro que se activa cuando la primera pista ve peligro de que esto ocurra.
Pues bien, la semana pasada por causas exógenas, se activó "la pista alerta". Esta pista me permite mantener la calma, que no me desbarate y pararme a pensar en las cosas que pasan, sobre todo, me permite valorar "la importancia de las cosas" y darle a cada situación su justa importancia. (que en la mayoría de los casos no es tanta como en un principio te pensabas)
Como decía una profesora de matemáticas que tenia en el instituto: "La clave está en SIMPLIFICAR, SIMPLIFICAR, SIMPLIFICAR. Hasta el infinito si es posible."
Pues bien, allí andaba yo estos días en la tarea de simplificar, apoltronada en el sillón confort frente a un televisor encendido, cuando escuché una musiquilla machacona de esas de politono para móvil. Me pareció entender algo así como:
I´m so lucky lucky, I ´m so lucky lucky...
Un rato antes, había estado "atendiendo" durante 27 minutos por teléfono a una amiga que según sus propias palabras "por las mañanas se siente perdida" ( ... ella perdida....y yo tannn cannnsada...)
Al colgar con mi amiga sin haberla podido ayudar a "encontrarse consigo misma" pero dándole el consejo de que se busque un trabajo que tiene demasiado tiempo libre, me sorprendí al escuchar a "mi pista alerta" canturrear el politono machacón.
Y entonces, me di cuenta de que realmente soy muy afortunada. En primer lugar, porque yo nunca me pierdo por las mañanas, y en segundo lugar, porque en el caso de que algún día me perdiera, sé que "mi pista alerta" se activaría para recordarme (aunque sea cantándomelo en inglés) donde está la puerta de la calle.

viernes, enero 26, 2007

Un niño chino de cuatro años mata a 443 pollos a gritos

Ya se que está feo eso de copiar y pegar, pero no he podido resistirme a piratear esta noticia publicada en El Pais:

Un niño chino de cuatro años mata a 443 pollos a gritos
Un tribunal local dictamina que la potente voz del niño fue la causante de la misteriosa muerte de las aves

Un niño de tan sólo cuatro años mató a 443 pollos en un pueblo de Jiangsu (provincia del este de China) usando únicamente su potente voz, ha informado el diario chino Nanjing Morning Post. Un tribunal local dictaminó que los gritos del niño habían sido los causantes de la misteriosa muerte de las aves, ocurrida el 24 de septiembre de 2006 en la comarca de Haian. El padre del excepcional niño, que trabaja como butanero y se apellida Xu, ha sido obligado a pagar una indemnización de 1.800 yuanes (180 euros) al dueño de los pollos muertos, llamado Wang.

Todo comenzó cuando el padre entró en una granja para hacer una entrega de bombonas, acompañado por su hijo, y un perro asustó al niño con sus ladridos. El niño comenzó a proferir gritos de terror que, a su vez, asustaron a los pollos del gallinero ercano, donde las aves se pisotearon unas a otras y muchas de ellas murieron plastadas.

El juzgado local ha dictaminado que el grito del niño fue el único "sonido anormal" que pudo causar el tumulto aviar, apoyado por declaraciones de testigos que confirmaron el fuerte llanto del pequeño y su cercanía a una ventana que daba al gallinero. Los eterinarios, además, habían dictaminado que los pollos muertos no habían sufrido ninguna intoxicación, ni padecían gripe aviar o alguna otra enfermedad mortal.



Será el niño de "El Tambor de Hojalata"?

jueves, enero 18, 2007

Mecanografía para Adolescentes




La primera parte de mi adolescencia la recuerdo rara y lejana. Me recuerdo como quien lee una historia sobre alguien que vivió los mismo hechos que uno mismo y no se reconoce. Tal vez a todos nos pase lo mismo, y más cuando ninguno de nosotros somos ni siquiera biológicamente los mismos que éramos cuando teníamos trece o catorce años. Las células que nos componen van mutando y "actualizándose" cada equis tiempo, así que de las mutaciones mentales producto de las experiencias ya ni hablamos...

El caso es que hace unos días, recordé un hecho de aquella época en la que aún no había descubierto lo divertido que eran "El Churrasco", "La Posta" o aquel otro bar donde sólo iban Rockers y Teddy-girls y que ponían tan buena música...

Un poco antes de descubrir que existían noches en blanco y negro, un buen día (Dios sabe de dónde me saqué aquella inquietud) le dije a mi padre que quería aprender a escribir a máquina. Así, de repente, como el que descubre el sentido de su vida producto de una revelación.

Mi padre me dijo que le parecía muy bien y a los pocos días me apareció con una maquina de escribir Olivetti que tenía una grafía no convencional (hoy la llamaríamos "Tt: Signature Tamaño 12") y un libro que se llamaba "Curso completo de Mecanografía. Aprenda Vd. mismo".

Hoy día, esto es impensable cuando un hijo demuestra inquietud hacia algún tema. Ahora, lo normal si un niño cualquiera pronuncia entre balbuceos un leve "mamá, ¡cómo me gusta contar!", es que los padres le metan ipso facto en un "Curso para el descubrimiento y fomento de niños prodigios de las Matemáticas" y se dejen de paso en el cursillo una cantidad equivalente a lo que gana cualquier cubano en todo un año.
No lo veo mal, los tiempos cambian, pero antes las cosas no eran así, o al menos no lo eran en mi casa.
Así que supongo que mi padre quiso probarme a ver si realmente valía la pena apretarse el cinturón y pagarme un curso de mecanografía o la "inquietud" de la niña respondía a cualquier paja mental momentánea.

Y allí recuerdo a una pre-adolescente desconocida para mí, en la mesa negra de la habitación cada tarde, gastando folios no estandarizados de DIN A4 con interminables hileras de "asdfg ñlkjh qwert poiuy".

Al poco tiempo escribía con los cinco dedos de la mano (purrutas incluidas) con lo cual mi padre quedó muy orgulloso porque hubiera aprendido sola y porque se había ahorrado una pasta.
Supongo que cualquier educador actual se echaría las manos a la cabeza ante esta didáctica tan poco ortodoxa, catalogando a mi padre tal vez de tirano, pero yo tal vez presa del síndrome de Estocolmo no lo vi mal entonces, ni lo veo mal ahora.

El problema es que una vez aprendidas las hileras y los movimientos rítmicos e igualmente intensos en todos los dedos (¡ay!, si yo hubiera sabido entonces que de mayor habría ordenadores en los que se podía hasta borrar sin utilizar aquellas gomas especiales para máquinas de escribir!!) aquello de escribir a máquina sin tener nada que escribir carecía de sentido.

Tal vez podría haber aprovechado para escribir algo interesante, pero la verdad, la imaginación para crear historias nunca ha sido lo mío.

Así que cuando mi hermano empezó la Universidad y me pedía que le transcribiera a máquina las sinopsis de los libros que él leía, yo aceptaba muy gustosamente. Y así fue como me enteré que existían Kerouac, Patricia Highsmith o Virginia Wolf. También me enteré de que en esa Filología que estudiaba mi hermano, debía haber profesores muy raros porque una de las veces pasé a maquina el resumen de "Blancanieves y los siete enanitos" en versión porno y aún no me puedo quitar de la cabeza a aquella Blancanieves pálida chupandole no sé qué a Mudito..... (tengo que hablar con mi hermano sobre esto...)

Está claro que cuando uno se interesa por algo, es posible que una cosa le lleve a la otra y al final aprenda varias. Ésta podría ser la bonita moraleja de este cuento, pero no es ahí donde quiero llegar.

Donde quiero llegar es que durante mucho tiempo mi hermano (mayor) histérico en aquella época con la gramática y las faltas de ortografía, me daba mucho la tabarra cada vez que cometía alguna al transcribirle sus textos (y eso que yo sólo tenía que copiar lo escrito) con lo cual de paso también aprendí a respetar en la medida de lo posible la lengua de Cervantes, al menos en la forma.
Y por eso mismo me duele mucho recibir diariamente de gente que se supone "preparada" y que ocupa puestos relevantes, emails en los que se leen este tipo de "perlas":

Ejemplo 1:
"El envío es puerta-Almacen, y el cliente lo hira a recoger"

Ejemplo 2:
"...se a fusionado con otro bufete"

Ejemplo 3:
" ...havia otra dirección, que estaba al lado de un garage"


Pero los catorce años dieron paso a los quince y de ahí a los dieciseis, como un rayo, y entonces descubrí los bares y la música y empecé a entender lo que decían Kerouac y Highsmith y qué era aquello tan raro que hacía Blancanieves en aquel cuento para adultos, y entonces, la máquina de escribir empezó a coger polvo mientras yo me lo sacudía como podía.

FIN

miércoles, enero 17, 2007

Mare Nostrum

He perdido una buena costumbre que tenía hasta no hace demasiado tiempo; que no era otra que hablar con el mar. (……………… estos puntos suspensivos son para esperar que acaben de reirse de mí..... ¿Puedo continuar ya?). Bien, decía que no hace mucho, a menudo, antes de incorporarme a mi galera, me sentaba en uno de los bancos del paseo marítimo a fumarme un cigarro y "charlaba" con el Mediterráneo. Realmente lo que hacía era poner un poco de orden en mi caótico cerebro, y utilizaba un interlocutor tan válido como otro cualquiera (otros prefieren consultar con la almohada, y otros se inventan amigos invisibles o conejos gigantes que sólo pueden ver ellos). Recuerdo el cachondeo que se traían a costa de este particular la supermujer pirenáica y Cripema, después de que un día la primera me viera hacerlo a altas horas de la madrugada desde la espectacular terraza de su vivienda en primera línea de playa en Benicàssim .

Un buen día dejé de hacerlo porque no me gustaba nada lo que "el mar" tenía que decirme. Además empezaba a ponerse muy insistente invitándome a adentrarme en sus frías y agitadas aguas. Un excelente relato de Hernán Migoya (lo pueden encontrar en su muy recomendable libro "Todas Putas") me ayudó a no aceptar nunca esa invitación, pues retrataba muy verazmente lo ridículo que puede llegar a sentirse uno en caso de aceptar una cosa así. Y no se trataba de meterse en el agua con la intención de ahogarse (o al menos no directamente); era más bien un arrebato a lo Forrest Gump, cuando se le cruza el cable y empieza a correr sin parar, y sigue corriendo y corriendo hasta que se le pasa la tontería y se vuelve a casa a afeitarse la barba de naúfrago, y aquí no ha pasado nada. Pues lo mismo, pero como quiera que este retrasado es levantino, nadando en vez de correr por el desierto, que es como más ad hoc.

La cuestión es que esta mañana, viniendo hacia aquí, he oído que me chistaban por la espalda. Me he vuelto y no había nadie. Bueno, nadie no: allí estaba el mar, el mar nuestro. Así que he seguido caminando, haciendo esfuerzos por no escuchar su llamada líquida y sibilante.

¿Quién me llama? El mar, idiota, el mar...

jueves, enero 11, 2007

Qué bonito es el amor

No me avergüenza confesar que estoy enamorado hasta las trancas. De M.M. y justamente por eso, porque cuanto más la conozco más me demuestra que es una Mujer Maravillosa (así: con mayúsculas; las dos). Pero, francamente, no acabo de encontrarle la gracia a eso de estar enamorado. La gente me dice que me relaje y disfrute, pero es que yo, desde siempre, me manejo mejor con los sentimientos negativos: la frustración, la ira, el odio, el resentimiento, la melancolía, el asco-pena… No es que los prefiera, simplemente es que estoy más familiarizado con ellos y me desenvuelvo mejor entre malas vibraciones y energías negativas.

Ya comenté hace tiempo que mi absurdo cerebro funciona como las máquinas de hacer palomitas que hay en los cines: en vez de hilar un pensamiento continuo y coherente, las ideas van saltando caóticamente; ahora una tontería por aquí, de repente la interrumpe algo descabellado desde el fondo, que antes de llegar incluso a formarse ya se ve eclipsado por otra idea de maíz hinchado que irrumpe desde la izquierda. Y así ad infinitum (más bien, ad nauseam).

Pues por alguna estúpida asociación de ideas de maíz, relaciono el hecho de estar enamorado (encima en plena fase "encoñamiento" a lo Glenn Medeiros) con el comienzo de una canción de la banda de rock radikal "Soziedad Alkoholika". No recuerdo el título pero me pareció poco menos que genial ese inicio tan peculiar. El tema empieza con un sampler de Miliki (sí, sí, el "¿cómoestánustedes?") hablando en un tono muy pacífico y sosegado a un grupo de niños, transmitiéndoles conmovedores mensajes del tipo: "Qué bonita que es la vida. Pero qué requetepreciosa que es la vida, niños. ¿Os habéis fijado qué hermosa que es?"; y de un tajo el payaso otoñal se ve súbitamente interrumpido por la agresiva matraca de los vitorianos, que por lo visto discrepan ligeramente con la optimista cosmovisión del padre del Anticristo; y encima lo hacen con ese lenguaje suyo tan pulcro y esas consignas tan conciliadoras.

Pues así, así es como veo yo el puto amor de los cojones.

viernes, enero 05, 2007

Sus Satánicas Majestades

Para los que no las conozcan, las fiestas mayores de la ciudad de Alicante, las Hogueras de San Juan, son (y sé que los puristas me van a odiar por decir esto) como las Fallas valencianas pero 3 meses después y 170 kilómetros más al sur. Mi querida hermana (que a veces comenta por aquí como Rishark) pertenece a una de las Hogueras, que aparte de construir el monumento de cartón piedra que se quema la noche más corta del año y de montar la barraca donde desparraman los cinco días de festejos, pues tienen su sede social en un local donde se reúnen a lo largo del año para planificar todo lo concerniente a la fiesta del fuego.

Allí, tradicionalmente todos los años algunos de los padres se visten de Reyes Magos y les entregan regalos a los niños de la Hoguera. Pero, como quiera que los niños de hoy en día son muy espabilados y no tragan con cualquier cosa, acababan reconociendo los rostros familiares de sus majestades apócrifas o a notar "cosas raras" (como cuando el "Rey" Mago estaba encarnado por una mujer y decían que es que su Majestad estaba afónica por el frío de venir en camello para no traumatizar a los niños con transexuadas reinonas magas). Majestades apócrifas e intempestivas, ya que por los compromisos familiares de los distintos padres la auténtica noche de Reyes (o sea, hoy), este acto se adelanta al 4 de enero alegando razones de exceso de trabajo de sus majestades, que tienen la deferencia de adelantarles a estos niños unos regalos (lo gordo se lo darán mañana en casa como a todo hijo de vecino).

La cuestión es que este año Rishark solicitó a tres de sus hermanos (Feiulle Morte, Ginés y un servidor) que encarnaran a los sátrapas orientales. Y por supuesto no le fallamos (la prueba la tienen aquí abajo):

(De izquierda a derecha: Micro-Gaspar, Melchor-Ginés y Feiulle-Baltasar, rodeados de algunos de los locos bajitos con los que tuvieron que lidiar)

¡Menudo cachondeo nos trajimos! Las risas empezaron ya en casa de Ginés (el hermano submarinista profesional del que ya he hablado alguna vez) vistiéndonos. Nada más salir de su casa y todavía dentro de la urbanización ya tuvimos los primeros encuentros con niños, que flipaban en colores al vernos. Lo que nos vino bien para ir rompiendo el hielo, porque puede parecer una tontería pero estás jugando con la ilusión de los niños, y hay que andarse con mucho ojo de no cagarla con algún comentario fuera de lugar o unas risitas a destiempo.

Ya en el coche (imaginad a sus majestades de oriente que han dejado "aparcados" los camellos y viajan en el monovolumen de mi hermana) íbamos saludando a cuanto chiquillo nos "reconocía", y haciendo más coñas (como la de Ginés, quien al no poder abrocharnos los cinturones de seguridad debido al tráfago de capas y adminículos reales, tranquilizó a mi hermana diciendo que en el código de circulación especifica que los seres mitológicos están exentos de su uso). En una de esa bromas mi hermana detectó que nos apestaba el aliento a cerveza (mientras nos vestíamos nos tomamos unas cuantas; como quitavergüenzas) y nos dijo que no era plan de dejar rubios a los críos con nuestras vaharadas etílicas. Así que nos dio un chicle a cada uno. Y, claro, cuando llegamos, el barbilampiño Baltasar no tuvo problema alguno en deshacerse del suyo, pero, ay, Melchor y Gaspar se las vieron putas con esas pobladas barbas (no os podéis ni imaginar lo molestas que son las jodías). De repente escucho a Melchor estallar en carcajadas, y encanado de la risa le dice a mi hermana que se le ha "perdido" el chicle entre la barba. Al descojonarme yo, también se fue mi chicle a parar a mi densa barba pelirroja. Y allí nos tienes en una esquina tapándonos con las capas mientras mi hermana con unas tijeras recuperaba las gomas mascadas de las matas de pelo.

La cuestión es que nos entran al local por una puerta lateral y nos sientan en nuestros "tronos" (en las fotos puede apreciarse la deficiente ambientación), y empezamos a escuchar una impaciente algarabía en el exterior. La persiana metálica del local (que es un bajo) empieza a agitarse violentamente y uno de los organizadores dice: "Abrid los toriles". Y yo que, asustado por el escándalo, me pensaba que tendría que recibir a la chiquillería a puerta gayola, me sorprendí de que entraran educadamente y se sentaran mansamente, casi temerosos, a esperar pacientemente su turno. Está visto que la imagen de los tres Reyes de la tradición cristiana impone muchísimo respeto a los infantes. Y no es para menos: yo más que un mago de oriente parecía un motero de Daytona (con esa barba y melena a lo ZZ-Top), Melchor parecía un home-less neoyorquino y Baltasar un pandillero angelino de South-Central en carnavales. O sea, que más que tres magos de oriente, parecíamos tres marginales de Occidente. Recuerdo que, rompiendo el protocolo, me levanté de mi trono para coger a un niño que estaba atemorizado y se resistía a acercarse, y casi le da un patatús al pobre, cuando vio esa mole de pelo abalanzarse sobre el como un grizzly.
Bromas aparte, fue una experiencia preciosa. Ahora entiendo a los payasos cuando dicen que no hay nada más grande en el mundo que la sonrisa de un niño, y por eso mismo no me importó hacer el payaso ayer un buen rato. Y hablando de niños, aprovecho la ocasión para comunicar que mi querido Melchor me acaba de hacer tío hace apenas unas horitas. Enhorabuena, campeones.



(Micro-Gaspar entregando un regalo a una preciosa niñita, que un rato después fue ilusionada a enseñárselo a Melchor; y éste le suelta: "A ver qué te han traído". A lo que intervine diciéndole a la niña que Melchor está ya muy mayor y chochea y que ese regalito lo había elegido yo personalmente para ella. Por cierto los niños flipaban de que nos supiéramos todos sus nombres, ajenos a que uno de los organizadores nos los soplaba desde atrás).

jueves, enero 04, 2007

El súper-dopado


Ayer estuve cenando con M.M. (que son las siglas de Mujer Maravillosa, y no de Marilyn Monroe, ni de su tocayo Manson), con la que estoy viviendo un momento dulce, muy dulce… tan dulce que espero que no acabemos empalagados; y no sé a santo de qué estuve recordando una historieta de esas mías de abuelo Cebolleta que, mira tú por donde, me apetece contar ahora aquí también. Y no es otra cosa que cuando yo era pequeño me tomaron una temporadita por un niño prodigio.

Para ubicar la historia empezaré por hacer un ejercicio de inmodestia y reconocer que desde muy pequeñito se me daba muy bien eso de dibujar, y me pasaba horas y horas enfrascado en crear unas obras de un barroco nada común en un niño de tan tierna edad.
Un buen día, Don José (el profesor de dibujo; eso sería en 3º de E.G.B.) estaba recogiéndonos los dibujos que unos días antes nos había mandado pintar en casa como deberes. Y entre los previsibles monigotes toscos, casas con chimenea bajo un sol sonriente y abominaciones monstruosas coronadas con la leyenda "Mi papá" (todas ellas obras de torpes manitas infantiles y tiernos cerebritos párvulos), apareció mi nada humilde aportación: una muy aceptable reproducción a la témpera del cuadro "La rendición de Breda" (a.k.a. "Las lanzas") de Diego Rodríguez de Silva Velázquez.

Don José me llamó a su mesa y me dijo riéndose que estaba muy bien pero que la gracia de aquello era que lo teníamos que pintar nosotros y no nuestros padres o hermanos mayores. Cuando logré convencerlo de que realmente lo había pintado yo, me miró muy raro, como si tuviera ante sí a un ser de otra galaxia, y nos puso a todos a dibujar para tenernos entretenidos mientras él se iba con mi ejercicio al despacho del director. Éste debió citar a mis padres porque unos días después estaba yo una tarde pintando (para no variar) en mi habitación (bueno realmente en la porción de barracón –literas incluidas- que me tocaba; cosas de pertenecer a una familia numerosa) cuando entraron éstos con una cara muy rara a hablar conmigo sobre unas supuestas superdotes artísticas. Ellos sí sabían que "el niño dibuja bien", pero no imaginaban exactamente lo que era capaz de hacer cuando me encerraba tanto tiempo con mis pincelitos (cosas de pertenecer a una familia numerosa: por muy atentos que sean unos padres, son demasiados casos entre los que repartir la atención. Ellos me proveían regularmente de papel y pintura y mientras estuviera entretenido pintando y no diera por el culo…).
Para redondear la escena, casualmente yo estaba en ese preciso instante inmerso en mi reproducción del retrato ecuestre del Conde Duque de Olivares del pintor sevillano ya mentado (al parecer atravesaba mi etapa velazqueña). He de reconocer que debía resultar sorprendente que un niño de tan corta edad reprodujera con tanto verismo una obra maestra de la pintura universal; hombre, evidentemente no podía pasar por una falsificación, pero recuerdo que imitaba muy aproximadamente el brillo de la armadura o la textura de las telas, porque era capaz de obcecarme una tarde entera para reproducir fielmente algún bordado o encaje. Así que mis sorprendidos padres me pidieron que les enseñara más dibujitos y debieron flipar pepinillos porque nada más cerrar la carpeta donde los guardaba empezaron a mirarme como a un bicho raro; como si el ratoncito Pérez les hubiera cambiado esa noche al ceporro de su hijo por un geniecillo pintor.
La cuestión es que poco tiempo después recuerdo que vinieron al colegio unos señores muy raros a hacernos unas pruebas con las que pretendían detectar posibles superdotados entre nosotros. Las pruebas consistían en memorizar unas series de números y de figuras, con lo que si algún alumno tenía alguna capacidad especial para cualquier cosa que no fuera memorizar aburridas secuencias de números y figuras (como por ejemplo componer música… o pintar) pues seguiría pasando desapercibido. Yo, que era un poco cabroncete ya desde pequeñito, pasaba olímpicamente de la prueba y no hice el menor intento por memorizar nada y me limitaba a apuntar en lápiz sobre el asiento de madera de mi silla lo que el sabihondo de las gafas nos iba dictando. Hasta que me pillaron y resultó que unos tipos tan inteligentes que se dedican a desenmascarar a otros tipos igual o más de inteligentes que viven tranquilamente integrados entre los humanos sin conocer aún su naturaleza mutante y ajenos a sus anormales destinos de empollones repelentes; no supieron apreciar el valor de otro tipo de inteligencia mucho más útil para la vida práctica: la picardía.
Así que me expulsaron de la prueba, y el niño pintor acabó donde pasó la mayor parte de su tiempo escolar: en el pasillo. Mi madre recuerda que un día mi querida hermana (que es unos años mayor que yo) llegó compungida a casa y le preguntó: "Mamá, ¿es que Micropene no estudia? Porque siempre que salgo del aula para hacer pipí lo veo en el pasillo". Y para allá que se fue mi madre a aclarar por qué cojones su querido hijo se pasaba el puto día expulsado en el pasillo. ¡Y vaya si quedó aclarado! El pobre Don Juan (otro profesor de aquella época que, si mis cálculos no me fallan y él se acogió a las reglas de la biología humana y no a las de los galápagos, ya debe estar descansando en ese paraíso que yo le ayudé considerablemente a ganarse) le confesó desesperado a mi querida madre que se rendía, que no podía conmigo, que era superior a sus fuerzas. Y no tuvo más remedio que desvelar algunas de las innovadoras técnicas pedagógicas para niños hiperactivos que estaba ensayando conmigo, como la de tenerme medio curso con mi pupitre encarado a la pared del fondo del aula, de espaldas al resto de alumnos (y, ya de paso, a la pizarra,) y el otro medio exiliado en el pasillo (quizás porque había creído adivinar en mí unas dotes telepáticas que me permitieran seguir la lección a través de puertas y muros. En mis interminables estancias en el corredor de la muerte mataba el aburrimiento fantaseando con la posibilidad de que me enviaran a algún oscuro laboratorio moscovita a que locos científicos soviéticos pusieran a prueba mis capacidades paranormales).
Para no extenderme más diré –por si ha quedado alguna duda- que el potencial genio de la pintura (para el que ya se había dispuesto toda una planificación que debía culminar en irse a vivir con su tía Eva a Madrid para estudiar Bellas Artes) se quedó en vulgar gamberro hiperactivo y fracasado escolar.
(Seguro que mi queridísima Vainilla puede aportar alguna jugosa anécdota de aquellos turbulentos tiempos, porque ella sufrió en sus propias carnes durante no pocos años al Diablillo de Tasmania).