jueves, enero 04, 2007

El súper-dopado


Ayer estuve cenando con M.M. (que son las siglas de Mujer Maravillosa, y no de Marilyn Monroe, ni de su tocayo Manson), con la que estoy viviendo un momento dulce, muy dulce… tan dulce que espero que no acabemos empalagados; y no sé a santo de qué estuve recordando una historieta de esas mías de abuelo Cebolleta que, mira tú por donde, me apetece contar ahora aquí también. Y no es otra cosa que cuando yo era pequeño me tomaron una temporadita por un niño prodigio.

Para ubicar la historia empezaré por hacer un ejercicio de inmodestia y reconocer que desde muy pequeñito se me daba muy bien eso de dibujar, y me pasaba horas y horas enfrascado en crear unas obras de un barroco nada común en un niño de tan tierna edad.
Un buen día, Don José (el profesor de dibujo; eso sería en 3º de E.G.B.) estaba recogiéndonos los dibujos que unos días antes nos había mandado pintar en casa como deberes. Y entre los previsibles monigotes toscos, casas con chimenea bajo un sol sonriente y abominaciones monstruosas coronadas con la leyenda "Mi papá" (todas ellas obras de torpes manitas infantiles y tiernos cerebritos párvulos), apareció mi nada humilde aportación: una muy aceptable reproducción a la témpera del cuadro "La rendición de Breda" (a.k.a. "Las lanzas") de Diego Rodríguez de Silva Velázquez.

Don José me llamó a su mesa y me dijo riéndose que estaba muy bien pero que la gracia de aquello era que lo teníamos que pintar nosotros y no nuestros padres o hermanos mayores. Cuando logré convencerlo de que realmente lo había pintado yo, me miró muy raro, como si tuviera ante sí a un ser de otra galaxia, y nos puso a todos a dibujar para tenernos entretenidos mientras él se iba con mi ejercicio al despacho del director. Éste debió citar a mis padres porque unos días después estaba yo una tarde pintando (para no variar) en mi habitación (bueno realmente en la porción de barracón –literas incluidas- que me tocaba; cosas de pertenecer a una familia numerosa) cuando entraron éstos con una cara muy rara a hablar conmigo sobre unas supuestas superdotes artísticas. Ellos sí sabían que "el niño dibuja bien", pero no imaginaban exactamente lo que era capaz de hacer cuando me encerraba tanto tiempo con mis pincelitos (cosas de pertenecer a una familia numerosa: por muy atentos que sean unos padres, son demasiados casos entre los que repartir la atención. Ellos me proveían regularmente de papel y pintura y mientras estuviera entretenido pintando y no diera por el culo…).
Para redondear la escena, casualmente yo estaba en ese preciso instante inmerso en mi reproducción del retrato ecuestre del Conde Duque de Olivares del pintor sevillano ya mentado (al parecer atravesaba mi etapa velazqueña). He de reconocer que debía resultar sorprendente que un niño de tan corta edad reprodujera con tanto verismo una obra maestra de la pintura universal; hombre, evidentemente no podía pasar por una falsificación, pero recuerdo que imitaba muy aproximadamente el brillo de la armadura o la textura de las telas, porque era capaz de obcecarme una tarde entera para reproducir fielmente algún bordado o encaje. Así que mis sorprendidos padres me pidieron que les enseñara más dibujitos y debieron flipar pepinillos porque nada más cerrar la carpeta donde los guardaba empezaron a mirarme como a un bicho raro; como si el ratoncito Pérez les hubiera cambiado esa noche al ceporro de su hijo por un geniecillo pintor.
La cuestión es que poco tiempo después recuerdo que vinieron al colegio unos señores muy raros a hacernos unas pruebas con las que pretendían detectar posibles superdotados entre nosotros. Las pruebas consistían en memorizar unas series de números y de figuras, con lo que si algún alumno tenía alguna capacidad especial para cualquier cosa que no fuera memorizar aburridas secuencias de números y figuras (como por ejemplo componer música… o pintar) pues seguiría pasando desapercibido. Yo, que era un poco cabroncete ya desde pequeñito, pasaba olímpicamente de la prueba y no hice el menor intento por memorizar nada y me limitaba a apuntar en lápiz sobre el asiento de madera de mi silla lo que el sabihondo de las gafas nos iba dictando. Hasta que me pillaron y resultó que unos tipos tan inteligentes que se dedican a desenmascarar a otros tipos igual o más de inteligentes que viven tranquilamente integrados entre los humanos sin conocer aún su naturaleza mutante y ajenos a sus anormales destinos de empollones repelentes; no supieron apreciar el valor de otro tipo de inteligencia mucho más útil para la vida práctica: la picardía.
Así que me expulsaron de la prueba, y el niño pintor acabó donde pasó la mayor parte de su tiempo escolar: en el pasillo. Mi madre recuerda que un día mi querida hermana (que es unos años mayor que yo) llegó compungida a casa y le preguntó: "Mamá, ¿es que Micropene no estudia? Porque siempre que salgo del aula para hacer pipí lo veo en el pasillo". Y para allá que se fue mi madre a aclarar por qué cojones su querido hijo se pasaba el puto día expulsado en el pasillo. ¡Y vaya si quedó aclarado! El pobre Don Juan (otro profesor de aquella época que, si mis cálculos no me fallan y él se acogió a las reglas de la biología humana y no a las de los galápagos, ya debe estar descansando en ese paraíso que yo le ayudé considerablemente a ganarse) le confesó desesperado a mi querida madre que se rendía, que no podía conmigo, que era superior a sus fuerzas. Y no tuvo más remedio que desvelar algunas de las innovadoras técnicas pedagógicas para niños hiperactivos que estaba ensayando conmigo, como la de tenerme medio curso con mi pupitre encarado a la pared del fondo del aula, de espaldas al resto de alumnos (y, ya de paso, a la pizarra,) y el otro medio exiliado en el pasillo (quizás porque había creído adivinar en mí unas dotes telepáticas que me permitieran seguir la lección a través de puertas y muros. En mis interminables estancias en el corredor de la muerte mataba el aburrimiento fantaseando con la posibilidad de que me enviaran a algún oscuro laboratorio moscovita a que locos científicos soviéticos pusieran a prueba mis capacidades paranormales).
Para no extenderme más diré –por si ha quedado alguna duda- que el potencial genio de la pintura (para el que ya se había dispuesto toda una planificación que debía culminar en irse a vivir con su tía Eva a Madrid para estudiar Bellas Artes) se quedó en vulgar gamberro hiperactivo y fracasado escolar.
(Seguro que mi queridísima Vainilla puede aportar alguna jugosa anécdota de aquellos turbulentos tiempos, porque ella sufrió en sus propias carnes durante no pocos años al Diablillo de Tasmania).

8 comentarios:

el necroscopio dijo...

Bueno, no sé que es peor; a mi hermano mayor al hacerle los tests le dijeron a mi madre que era borderline... Vamos que no debía estar en ese colegio... Y años después sacó una oposición a Juez con un 9.
Bien por la educación y sus pifias!!!
Un saludo.

vainilla dijo...

Aquel colegio era una pena. Yo siempre estaba castigada en la última fila por tener mala letra y por no saber coser. Por supuesto hoy en dia mi letra es pésima y no coso ni un botón. Micropene me hacía unos dibujitos de aviones y batallas que me encantaban, sobre todo los de trincheras.

Gilito dijo...

Mira que eres "bonico" cuando quieres

Cripema dijo...

La mama esta muy orgullosa

Mr.Celofan dijo...

Sublime narración.

Luz dijo...

Todavía estás a tiempo de hacer aquello que te dejaste olvidado en el camino. No te rindas . Tu vales muxo!

Saulo dijo...

Querido Micropene, es que la superdotación (la intelectual, me vengo a referir) no tiene nada que ver con las capacidades artísticas o con los déficit de atención y trastornos de hiperactividad. En otras palabras, que se puede ser fronterizo, un saco de nervios y un artista con los pinceles, todo a la vez.

Anónimo dijo...

a mi tb me ha pasado algo parecido, me tenian por vago ya que segun decian "era muy inteligente" a pesar de que iba siempre a por el 5 pelado, y va y ahora, recien cumplidos treinta añicos, me entero de carambola que tengo el Sindrome de Asperger (mas info en la wikipedia)