miércoles, febrero 14, 2007

La alambrada



Hace muchos años (mucho antes de que en la excelente Las invasiones bárbaras lo nombraran machaconamente) leí estupefacto Si esto es un hombre de Primo Levi. Narra su espeluznante experiencia como judío italiano en Buna-Monowitz, sub-campo perteneciente al gigantesto entramado de la muerte por el que tristemente la humanidad asociará por siempre el nombre en alemán del precioso pueblo polaco de Oswiecim-Brezinka: Auschwitz-Birkenau.

Una de las cosas que más me impactó de esa lectura (que inicia la trilogía que Levi dedicó a esa brutal vivencia, y que es altamente recomendable para todo aquel que peque de excesivo optimismo con respecto a sus semejantes; y por supuesto para revisionistas desalmados), fue conocer que Primo Levi sobrevivió tantos años a todo aquel horror (in crescendo a cada día que pasaba, y pasó muchos allí dentro) porque tenía siempre la siguiente idea en la cabeza: mañana me voy a la alambrada. La alambrada estaba electrificada con una salvajada de voltios, pero es que según él pocos llegaban a tocarla porque eran abatidos antes por el fuego de las torretas de vigilancia. Por supuesto todos los que corrían hacia ella lo hacían por la misma razón: para acabar con todo aquello. Nadie era tan iluso de creer que podría treparla. Además no era ése el único obstáculo que los separaba de recuperar la ansiada libertad.

Y gracias a ese "de mañana no pasa, me voy a la alambrada", fueron pasando los días, y pasando y pasando; hasta que uno de esos días los nazis evacuaron apresuradamente el campo ante la inminente llegada del ejército Rojo, que a finales de enero de 1945 liberó el campo y a los prisioneros más débiles que con las prisas no se pudieron llevar. Primo Levi entre ellos.

Pues bien, ese concepto "La alambrada de Primo Levi" lo he tenido muy en cuenta a lo largo de mi vida desde que leí el libro; y, sin querer sonar demasiado trágico, podría decir que gracias a él puede que ahora este aquí escribiendo esto. (Paradójicamente, mi admirado Primo, tras "superar" una experiencia tan traumática y extrema; tras sobrevivir cuatro décadas en libertad, durante las que escribió estos sobrecogedores libros, entre muchos otros; tras conferenciar por todo el mundo contra el holocausto… pues un buen día de 1987 decidió correr por fin hacia su alambrada liberadora. Aunque hay polémica entre sus biógrafos sobre este particular, por la simple minucia de que olvidó dejar una nota de despedida).

Todo este rollo es porque ayer, leyendo el suplemento cultural de un periódico, descubrí asombradísimo que una escritora (de cuyo nombre no puedo acordarme) ha titulado su último libro precisamente así: "La alambrada de Primo Levi". Desconozco de qué va, pero quizás merezca la pena echarle una ojeada.
D.E.P., maestro. Ah, no, que éste era judío…

1 comentario:

vainilla dijo...

Pues compratelo y me lo dejas