viernes, marzo 02, 2007

Alterne literario

Por una de esas carambolas de mi absurda vida, anoche asistí como acompañante de una buena amiga a la entrega del Premio Azorín de Novela 2007, que convocan la Diputación de Alicante y la Editorial Planeta. El acto, de postín, se celebró en el lujoso salón de un hotel, y al sarao asistió una incómoda combinación de esferas literaria, política y empresarial. Bueno, realmente los que se apreciaba incómodos eran los representantes del mundillo cultural, porque las dos últimas esferas se entienden a las mil maravillas; vamos, que uno no llega ni a distinguirlas…

Por allí andaba gente como Fernando Sánchez Dragó (que cambió sus acostumbrados atuendos de aires orientales por chaqueta y corbata), la escritora alicantina superventas Matilde Asensi (de la que mi amiga es devota), Ángela Becerra, y otros muchos escritores (entre ellos, los diez finalistas) y críticos literarios. Ah, y, como si de un gag de Pot de Plom se tratara, estaba también María Abradelo (ésta estaba porque presentaba el acto; y, por cierto, lo hizo muy bien. Le sobran tablas para no dejarse amedrentar por la concurrencia de tantos gafotas, enterados y pedantes).

Llegamos a nuestra mesa, compartida con un político provincial, varias damas de alto copete, y un personajillo inquietante. Nada más llegar, extrañamente nervioso y muy elegantemente vestido, se presentó uno por uno a todos los comensales con un "encantado de compartir mesa con Vd.". La verdad es que con ese detalle, el tipo se ganó mis simpatías, ya que la educación es un valor muy a la baja actualmente por estos lares. Como buen depredador social que soy, yo no espero a que la gente me proporcione la información, sino que la voy cazando al vuelo; así que una miradita de soslayo a su invitación personal (que ya se encargó él de dejar sobre la mesa con la parte del pliego donde constaban sus datos bien visible), para leer que era el presidente del Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de esta ciudad. Le faltó tiempo para empezar a hablar de sus proyectos profesionales (en concreto de uno que autodefinió como "magnífico"), y a hacer preguntitas desconcertantes, con las que interrumpía constantemente las subtramas privadas que se desligaban aquí y allá de la conversación general. Además, el tipo recibía de bastante mal grado mis envenenadas aportaciones a la pueril cháchara.

Noté cierto resentimiento cuando abordaba el tema de la "lucha de sexos", y eso sumado al vacío en el asiento destinado a su acompañante, hizo volar mi imaginación hacia alguna separación traumática o mal digerida aún. Así que, cuando nos cansamos un poco de escuchar preguntas resentidas sobre por qué en los tranvías de Estambul viajan mujeres y hombres en vagones separados, o sobre qué tipo de hombres tripulan los cruceros exclusivos para solteras; aprovechamos la oportunidad que nos brindó un amigo de mi amiga para ocupar unas plazas vacantes en su mesa, justo al lado de la presidencial, y mucho más cercana al escenario.

Además, otra razón para abandonar la primera mesa fue el mal sabor de boca que me dejó una de mis meteduras de pata marca de la casa: la señora que tenía justo enfrente no dejaba de mirarme, y yo, algo incómodo ya, le pregunté por qué. Me dijo que la disculpara, pero es que le sonaba mi cara muchísimo y sin embargo era incapaz de recordar de qué, y le pidió permiso a mi amiga para seguir mirándome (?!). Y yo, tratándose de una señora mayor, le dije que quizás conocía a mi padre, pero que a mí ella no me sonaba de nada. Noté en su cara que este comentario le cayó como una patada en los huevos, de haberlos tenido (ya se sabe las pocas bromas que se gastan algunas damas con el tema de los años a partir de cierta edad), e intenté arreglarlo, diciendo que no trataba de ser descortés, y que simplemente me había remontado a mi padre, no por un desfase generacional, sino porque yo -a diferencia de él- no tengo ningún mérito por el que ser reconocido. Pero ya lo dicen los letrados: "Excusatio non petita, acusatio manifesta". Así que zanjó el tema con un sencillo: "No sé, pensé que quizás del Club de Regatas…", y yo tuve que masticar el vino para no responder: "Sí, no te jode, de cuando me ves subirme a mi yate todas las mañanas, después de desayunar con algún armador griego".

Una vez instalados en la otra mesa, el ambiente era mucho más distendido. No sé qué milagro obraron para estar fumando, porque quedó bien clarito desde el principio que estaba prohibidísimo en toda la sala, y los fumadores tenían que hacer excursiones periódicas a la terraza para aplacar el vicio. Camelándose a algún camarero, el amigo de mi amiga se había hecho servir, disimulado en un juego de infusión (taza y jarrita), un buen whiskazo con mucho hielo. Me gustó su estilo de empresario forrado pero vividor y canalla. Mi amiga me susurró al oído la advertencia de huir con alguna excusa nada más terminar el acto, porque si éste señor nos enganchaba para su causa (correrse una buena juerga), no apareceríamos por casa hasta el día siguiente y en un estado muy lamentable (lo sabe por experiencias propias). Y así lo hicimos, aunque me supo muy mal rechazar su tentadora invitación de sentarnos en el piano-bar del hotel, pedir un pianista y una botella del mejor whisky y no levantar el culo hasta acabarlo (supongo que se refería al whisky). Desde luego no hay nada más peligroso que un party animal con los bolsillos llenos.

Respecto al premio en sí, no sé, no presté mucha atención… Hablaron mucho de libros aburridos unos señores muy raros y muy redichos; y nos regalaron muchas cosas sobre libros aburridos; y libros aburridos; y plumas para escribir libros aburridísimos. Y hasta un bombín (?!), para leer libros aburridos debajo de un almendro, supongo…

4 comentarios:

Chiringui dijo...

Menuda historia. Yo me hubiera tajado.

Triki dijo...

Cambio la botella de whisky por una de Brugal, cambio el piano por un dj y yo sí que no me levanto hasta terminarlo todo....(no es al ron a lo que me vengo a referir)
Es lo que tiene ser un party animal.

vainilla dijo...

Te han regalado un bombín? Traelo cuando vengas al rascacielos

Javier dijo...

Una pequeña puntualización: no es posible que estuvieran los diez finalistas del Premio Azorín porque había varios de los que sólo se conocía el seudónimo y, sobre todo, porque yo fui uno de ellos y a mí nadie me dijo nada, me enteré de chiripa de que mi novela era finalista y, por supuesto, nadie me invitó ni estuve. ¿Viste a los finalistas o lo has dicho sin reparar en detalles? Salud.