jueves, mayo 31, 2007

Horror vacui

Esta mañana me ha impresionado vivamente el cruel contraste entre la vida y la muerte. Ha ocurrido en un almacén del aeropuerto de esta ciudad, al que he tenido que acudir para solucionar un tema laboral (¿he dicho ya que Cripema y yo nos dedicamos al transporte internacional?).

Estaba allí esperando que aculara el vehículo que venía a depositar unas mercancías nuestras para exportación al lejano oriente; que, por cierto, no ha podido hacerlo hasta que por fin un guiri que había allí no ha retirado su todoterreno, con el que había venido a recoger sus perritos falderos, y que como la jaula especial que había comprado en Inglaterra para transportarlos en la bodega del avión no le cabía en el coche, me la quería regalar a mí (?!); pero le he agradecido el detalle con un simple “Gracias, pero yo no tengo animales que transportar” (cosa que no es del todo cierta, porque la casa de mi pareja, en la que vivo desde hace unos meses, parece el zoo de Nairobi).


La cuestión es que allí me encontraba charlando con el chófer, mejicano para más señas (“Cuanta chingada para un puto perro”, me decía, demostrándome su poca querencia hacia el reino animal y su pésimo nivel de usuario matemático, ya que era bien visible que los perros -que estaban delante de nuestras narices- eran dos, aunque idénticos (¿o era uno muy nervioso?); y en dos estaba compartimentada la aparatosa jaula, equipada con su par de mantitas perrunas y sus dispensadores de agua independientes), cuando me fijo que sobre un carrito, a escasos 2 metros de mis espaldas, yacía un ataúd, envuelto en una manta gris de ésas que usan los de las mudanzas. Y me dirijo al operario del almacén que tenía a mi lado y le hago la pregunta tonta del año: “¿Eso de ahí, es lo que parece?”. “Sí, señor. Un fiambre que tenemos que repatriar. Y la cajita de al lado, otro”. (Y me fijo y observo junto al féretro una pequeña caja de madera, no más grande que un servilletero de bar). “Bueno, las cenizas. Los hemos puesto juntitos para que se hagan compañía”. Y estalla en una sórdida carcajada que me ha dejado helado.

Y me ha invadido el horror y el vértigo de comprobar in situ ese dicho tan castizo de “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Porque mientras alguien que ya no puede decir esta boca es mía, yace rígido y frío en una caja de pino, empezando a dar cobijo en su cuerpo inerte a la fauna cadavérica; la vida sigue su curso a su alrededor, impasible, desafecta; haciendo resonar en su mortaja los chistes verdes, los piques futboleros y las irrespetuosas bromas macabras. D.E.P.

4 comentarios:

Triki dijo...

Por lo menos la caja era de pino, que si es de IKEA, de conglomerado, ¡seguro!

Flan Marky Marky dijo...

ay que ver que poca sensibilidad tiene alguna gente, esto en Kawasaki no pasaba..

vainilla dijo...

Pues si eso pasa en el aeropuerto, imaginate en el tanatorio o en la funeraria que es su pan de cada dia. El frio negocio de la muerte, amigo

Mr.Celofan dijo...

Todos vamos a acabar igual, es mejor tomarselo como una cosa mundana.

Así que Cripema y tu os dedicais al transporte internacional ( he de suponer que a temas burocráticos );

En una empresa en la que trabajé hace unos doscientos años hacían llegar mercancía desde Holanda cuando realmente era asiática para no sobrepasar algún tipo de cupo ( creo ). Aparte de eso en alguna que otra ocasión se pagaba algún soborno a agentes de aduanas para aligerar la burocracia;

¿ Aun se utilizan esas tecnicas de persuasión ?

Aunque a lo mejor vuestra ética profesional no os deja contestar.