martes, mayo 08, 2007

Vacaciones en el bar

Como ya no necesito disimular, al fin puedo confesar aquí que, además de pijo bocazas, soy católico apostólico y romano, ferviente defensor de los valores de la familia tradicional, castrense, pro-taurino y monárquico a ultranza. Y precisamente por esto último, el pasado sábado acudí con mi santa esposa a una cena presidida por su Majestad la Reina Fabiola de todos lo belgas. La monarca beneluxina asistió al acto de entrega al museo alicantino MARQ del premio al mejor museo europeo del año 2006. El evento tuvo lugar en la recién rehabilitada Estación Marítima del muelle de Levante del puerto de esta ciudad, que ahora ejerce de salón de actos y celebraciones para las francachelas a cargo del humilde contribuyente, que tiene a bien organizar constantemente la Excelentísima Diputación Provincial para agasajar a los de mi alcurnia como merecemos, por el enorme mérito de haber nacido en una cuna y no en otra.

Como es bien sabido, a los que somos de rancio abolengo no nos basta con que se le entregue una placa al museo, aplaudir y todos a dormir, no. Nosotros tenemos que celebrar estas ocasiones por todo lo alto, despilfarrando el dinero como si no saliera de nuestros bolsillos, con una cena desorbitadamente lujosa (pero en absoluto opípara), una barra libre nutrida de esas marcas que no se encuentran en el DIA, servida en una preciosa terraza sobre el mar, y el castillo de fuegos artificiales más impresionante que nunca habían visto estos ojos (o hacía mucho tiempo que no veía este tipo de espectáculos o la pirotécnica ha evolucionado muchísimo, porque quedé estupefacto ante tal despliegue de pólvora empleada por una vez para el bien y el disfrute de los de mi casta, y no para hacernos volar por los aires).

Para evitar hacer esto muy largo, resumiré la intensa velada diciendo que compartimos mesa con dos parejas de ultrapijos, de los que había que ver y escuchar para poder creer (empezaba a pensar que no existía gente así en el mundo real; que eran una leyenda urbana), más una de aspirantes advenedizos que daban casi más asco-pena que los de verdad (aún me duele el tobillo izquierdo por las pataditas que me propinaba mi señora, cada vez que un horror brotaba por alguna de esas seis boquitas colagenadas; ¿no te bastaba con morderte la lengua?); que el protocolo y la seguridad que acompaña a esta ralea resulta sofocante (en uno de mis despistes [y supongo que de los de seguridad también] casi me doy de bruces con la venerable señora coronada, cuando bajaba atarantado unas escaleras, ante la cara de horror de toda la comitiva de lametraserillos); que hoy en día se asocia una cena de postín con comer muy poco y muy mal, pero presentado todo estrafalariamente (mis padres toda la vida riñéndome por jugar con la comida, y resulta que ahora es de lo más in. Menos mal que la selección de vinos fue excelente); y que en definitiva el dinero procedente del erario público se dilapida muy alegremente.

También me chocó bastante que debido al estricto protocolo se sometiera a tan insignes invitados a incongruencias e incomodidades; como tener que hacer uso tanto hombres como mujeres de los aseos de señoras, hasta cierto momento de la gala y por motivos de seguridad (?!); o que a pesar de acudir todo el mundo a la cita al volante de sus flamantes cochazos recién encerados, se nos obligara a dejar los vehículos en una zona del muelle bastante alejada del destino, y nos trasladaran hasta allí en un autobús (los últimos viajes ya deprisa y corriendo, con la gente hacinada y de pie, amontonada en el pasillo como en un tren pakistaní), porque por lo visto una vez llegada la reina no se permitiría a nadie más la entrada al recinto. Y podías contemplar desde el autobús a los impacientes que prefirieron no esperar su turno, recorrer el largo y desolado muelle a oscuras, ataviados con sus mejores galas, en vivo contraste con el decorado típico portuario de silos graneleros, palets mojados y ratas como conejos).


Como recuerdos positivos me quedo con lo bien atendidos que estuvimos por una camarera muy maja a la que, al final de la cena, le comenté que si, al igual que existen hojas de reclamaciones para protestar por un mal servicio, no había algún formulario para exaltar y agradecer su buen servicio (como el que presenté en su día en Terra Mítica para dejar constancia del buen hacer de la camarera que nos atendió en uno de los restaurantes). Me dijo que no, pero que si se lo decía a su jefe me lo agradecería mucho, y me señaló a un tipo trajeado con pinganillo en la oreja que se pasó toda la velada muy tenso y abroncando a todo el mundo mal disimuladamente. Y así lo hice, y el hombre se mostró gratamente sorprendido por mi iniciativa; al parecer muy poco frecuente en esos ambientes, en los que sin embargo no falta ocasión para invertir la misma cantidad de energía en el sentido contrario, y despotricar acaloradamente por cualquier descuido o minucia.

También me quedo con el recuerdo de presenciar el castillo de fuegos de artificio (que, insisto, me pareció impresionante) cómodamente sentado con mi mujer en un sofá de la terraza, que asomaba sobre la superficie del mar, con una copa en la mano y un cigarro en la otra. Y sobre todo, con la actitud con la que afrontamos nosotros dos la velada: tratar de pasarlo bien a pesar de ser un compromiso laboral de mi pareja, no dejarnos avasallar por el engolado ambiente y reírnos de todo y de todos (había por allí unos cardados imposibles que hubieran hecho las delicias de nuestro querido Natxo Lara. En concreto en la mesa del lado había dos señoras que parecían marcianas recién salidas de Mars Attacks).

3 comentarios:

vainilla dijo...

Te estás volviendo el rey del alterne, te veo en Chicote en cuatro dias, donde esos impresionantes barman de chaqueta roja te serviran un sofisticado cocktail de atractivo nombre. ¡Salud!

Gilito dijo...

Te metes en cada embolao....

natx dijo...

Los cardats me atrapan, me obsesionan, sueño con ellos. Desearía tanto tener un cardat! Dios me ha castigado dejándome calvo. A Superman lo llevó a una silla de ruedas para que no pudiera volar, a mí me dejó calvo para privarme de un cardat