jueves, junio 28, 2007

El libro de los putrefactos

Ese es el título del proyecto inacabado que tramaron Dalí y Lorca, y que desgraciadamente nunca llegó a ver la luz porque el poeta no llegó a completar el texto como estaba previsto, a pesar de que el genial pintor sí realizó más de 60 dibujos de putrefactos (que andan dispersos en colecciones privadas por todo el mundo, y que sólo vieron la luz en una exposición antológica que logró reunir muchos de ellos).

“Putrefacto” es un término que empleaba Lorca y que acabó incorporándose al lenguaje privado de la pandilla de genios que confluyeron en aquella Residencia de Estudiantes madrileña (donde, por cierto, tuvo lugar la mentada exposición): los ya nombrados Federico (que lideraba el grupo) y Salvador, más el futuro cineasta Luis Buñuel y Pepín Bello. En su código particular un “putrefacto” era cualquiera que no encajara en la filosofía vital y, sobre todo, artística de la cuadrilla: los retrógrados, los mediocres, los sensibleros, los pedantes, los zafios, los lerdos y todo aquel, o aquello, que resultara sospechoso a sus ojos u oídos de oponerse a la evolución, la vanguardia y la modernidad.

Desde que tuve conocimiento de este concepto tan gráfico y, por qué no, poético, leyendo una inolvidable autobiografía de Dalí, lo incorporé inmediatamente a mi absurda jerga y no es raro que me sorprenda a mí mismo mascullando solo por la calle, cuando deambulo sumido en mis amarguras: “¡Vade retro, putrefactos!” o idioteces sociopatológicas por el estilo.

Pero es que hoy ya se lo he soltado en la cara a una persona. Más concretamente a un agente de la autoridad. Bueno de una autoridad relativa; me explico: para acceder a lugar donde estacionamos nuestros vehículos, tenemos que sortear unas garitas de vigilancia (que harían las veces de una primera aduana, ya que nuestros coches descansan en zona franca), custodiadas la de entrada por un policía portuario y la de salida por un guardia civil. Contra todo pronóstico, a la salida de la zona portuaria nunca he tenido el menor problema; y sin embargo a la entrada sí, por culpa de un exceso de celo de ese cuerpo de seguridad más papista que el Papa, que antes eran los guardamuelles de toda la vida y ahora los han uniformado y les han dado unas porras y se creen el Afrika Korps de Rommel. Y algunos de sus miembros son muy majos, pero la mayoría son unos bordes, y en concreto uno me tiene ya hasta los mismísimos huevos.

Porque cómo es posible que una persona que te ve pasar todos los días del Señor dos veces (cuatro si no me quedo a comer aquí); que tampoco somos más de 20 los vehículos autorizados a aparcar allí que hacemos uso diario de ese privilegio; que después de tanto tiempo viéndome, sinceramente no creo que pase muy desapercibida una persona con mi cara de gilipollas, con las pintas que me gasto y tatuado hasta los cojones; cómo es posible, digo, que TODOS los santos días me pregunte que a dónde voy, después de ¡tres años! ya pasando por delante de su narizota. Y TODOS los santos días me armo de paciencia, y para evitar perder un solo segundo más de lo necesario interactuando con este infraser, le respondo con mi mejor cara falsa que a por el coche, que está dentro porque tengo autorización.

Pero hoy se me ha agotado la paciencia y a su monótona pregunta de mono amaestrado, por fin le he dado la respuesta que supongo andaba buscando todo este tiempo:


- “Perdone, caballero, ¿a dónde va?”.
- “Ya te vale, putrefacto”.

4 comentarios:

Gilito dijo...

Y que te ha contestado?

Micropene dijo...

Joder, Gilito, ¿no me vas dejar disfrutar ni dos minutos del aura heróica? ¿Pues qué le iba a decir? Me ha dicho "¿Qué?" y yo he respondido: "No, nada, que vengo a aparcar el coche, por lo de la autorización y todo eso". ¿Qué querías, que tuviera un follón tonto de los míos de buena mañana? Se trata de asumir la clásica impotencia de saber que tienes todas las de perder.

vainilla dijo...

Has aguantado mucho. Yo hace tiempo ya le hubiera montado un buen follón.

Micropene dijo...

Y yo, Vainilla, y yo... pero hay que tener en cuenta que el putrefacto se limita a cumplir (demasiado escrupulosamente) con su deber, y yo me estoy haciendo viejo y estoy tannnnn cansado...