martes, junio 19, 2007

Timofónica

Érase una vez, en un reino oligárquico junto al mar, un monopolio de la comunicación a distancia que se revolcaba alegremente en su codicia y nepotismo. Y todos los súbditos del reino tenían que pasar por el aro, si querían comunicarse con sus primos de Badajoz sin tener que recurrir a las señales de humo o las palomas mensajeras (el correo electrónico aún tardaría en inventarse, y del otro, el de papel, mejor ni hablar).

Pero pasaron muchos, muuuuchos años y se les acabó el chollo, porque aparecieron otras compañías muy malas, muy malas que ofertaban parecidos servicios a mejores precios, y encima con otro, digamos, talante (ahora que está tan de moda la palabreja). Pero resulta que los monopolistas no se enteraron, o no se quisieron enterar, del cambio; de que se les acabó eso de comportarse como señoritos por su cortijo, porque ahora contaban con algo tan desagradable para los acaparadores insaciables como la temida competencia. Y no quisieron darse cuenta a pesar de que algunos de esos nuevos competidores empleaban la red de comunicaciones de su propiedad para ofertar sus servicios, a unos precios más asequibles, descubriendo el pastel de que sí se podía dar los mismo, y por la misma red, por menos dinero.


Pero es que resulta que pasan los años, y más años, y los ex-monopolistas parece que no caen del burro, y siguen tratando a sus clientes como escoria y abusando de ellos a la menor oportunidad. Recuerdan a esos pintorescos dictadores de república bananera, que desoyendo el descontento de su pueblo, se siguen comportando como divinidades en la tierra o seres mitológicos con licencia para todo. Los monumentos megalomaníacos ensalzando para la posteridad unas virtudes que sólo puede ver el que las ordenó construir (que siempre es el mismo que aparece inmortalizado) apenas se distinguen de esas mega-campañas publicitarias loando las bondades de esa tenebrosa compañía operadora de telefonía, con esos anuncios tan buenrrolleros y chachipirulis (los que emiten en navidades ya son el acabose), y esponsorizando a escalofriantes bandas de pop ñoño.

En uno de esos spots tan blancos y bienintencionados podrían incluir como decorado alguna de esas amenazantes cartas con las que pretenden extorsionar a los incautos ciudadanos, redactadas por una piara de agresivos abogados (me los imagino vestidos de gris y con gafotas, como los del bufete del Sr. Burns), con las que pretenden cobrar su impuesto revolucionario por servicios que nunca llegaron a ofrecer, precisamente por su torpeza e inoperancia, a pesar de haberse demostrado documentalmente que así fueron las cosas y así se las hemos contado a ellos decenas de veces en surreales conversaciones mantenidas con seres como de otro planeta, dotados del entendimiento de una ameba pero hábilmente adiestrados en técnicas de desquiciamiento de su interlocutor, que se limitan a pedir que te anotes unas extrañas referencias y localizadores de la incidencia, que curiosamente no sirven para nada en la siguiente llamada.

Me vais a embargar los cojones.

3 comentarios:

vainilla dijo...

Tu recurre.. y que pase el tiempo. Ya se cansarán o prescribirán sus amenazas. Y dejate ya tranquilos los cojones...

Luis dijo...

compañias telefonicas, qien las inventaria?? y qien las haria necesarias?? hasta los crios necesitan movil hoy en dia... antes no era un drama no saber de un crio unas horas mientras jugaba con sus amigos... nos cargamos las sonrisas de entonces para sustituirlas por mandos de la play... desvario, pero esq estoy sensiblon... ains... un saludo!! genial blog!!

Mr.Celofan dijo...

¿ Qué son nueve euros cuando hablamos de calidad de vida ?

Un engaño, eso es lo que son.

Yo hace tiempo que les di la patada.