lunes, julio 09, 2007

La palmera asesina

Ya no es ninguna sorpresa que la vida te da sorpresas. Pero hay que ver de qué manera éstas acechan a la vuelta de la esquina; y al cabo, lo que sí resulta sorprendente es descubrir con qué facilidad uno puede, tan sólo en cuestión de segundos, llevarse una alegría enorme o el susto de su vida.

Y esto viene porque el viernes estaba discutiendo con alguien por teléfono por asuntos de trabajo, y como quiera que cuando me acaloro inevitablemente me pongo de pie (como si mi voz o mis argumentos fueran a sonar desde esta postura más disuasivos o amedrentadores a quien se supone que me escucha desde el otro lado del cable), paseaba la vista perdida sobre el discurrir ajetreado de la vida entre las palmeras de la explanada alicantina; cuando de repente, una de ellas se tronchó y cayó todo lo larga que era sobre una mesa de una de las muchas terrazas que hay diseminadas a lo largo del paseo. No contemplé directamente el momento exacto del derrumbe; simplemente escuché un ruido muy fuerte como de alguien arrugando con furia papel de estraza y cuando miré ya había pasado todo. Afortunadamente, las personas que no hacía mucho acababa de ver con mis propios ojos allí sentadas, en mi ronda de stand-up mirón furibundo, se habían marchado escasos segundos (literalmente) antes de la caída del árbol frutal (pues era datilera), librándose por los pelos de sufrir serias heridas; porque un mamotreto de éstos debe pesar lo suyo.

Y aunque esta palmera no era de las más altas de la explanada, al tumbarse a la bartola su copa vino a caer más o menos al punto donde nuestra becaria francesa baja a fumarse un cigarrito de vez en cuando a la sombra (cosa que acababa de hacer y justo volvía a entrar por la puerta cuando sucedió lo imprevisto).

No hacía demasiado viento y la teoría de los expertos (entiéndase Enrique, el portero del edificio donde se aloja nuestra empresa) es que no había sido podada debidamente y un exceso de dátiles, aún verdes, provocó el desplome por sobrepeso. Yo me inclino más por una campaña veraniega (al estilo terrorista) de venganzas de la madre Naturaleza por todos los abusos cometidos contra ella; o de un simple suicidio botánico, como protesta aislada por las mismas razones. Pero eso es lo de menos, y lo que me dejó trastornado es con qué ligereza irrumpe la desgracia (en este caso sólo su fantasma) en nuestras biografías.

Así que no me parece exagerado ese dicho de que hay que vivir cada segundo como si fuera el último, porque no sabemos lo cerca que estamos constantemente de que sí lo sea.

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