sábado, octubre 20, 2007

Gran Marrano (7 novias para 7 marranos. Y sanseacabó)

Conforme se sucedían las fases eliminatorias el grupo de aspirantes al puesto se iba reduciendo drásticamente, pero, para mi sorpresa, yo seguía permaneciendo en él. Veía salir a los descartados enfurruñados o llorando, o con esa actitud chulesca de “pues ellos se lo pierden, porque yo he nacido para esto” y cosas así de idiotas. Yo conservaba en todo momento inmutable mi cara estándar de decepción vital, de no dar crédito a mis sentidos, y la gente, al parecer, lo confundían con el disgusto de los rehusados (a lo mejor me decían al verme salir hastiado: “Hostias, qué putada!” y yo respondía dejándolos perplejos:“No, no. Si no me han eliminado todavía”).

Y llegó la hora de la prueba más chunga (cosa que no sabes hasta que no pasas a la habitación, donde no te puedes ni imaginar lo que te vas a encontrar allí dentro). Pero a esa hora yo ya estaba arrasado física y espiritualmente. Así que, mientras esperábamos un grupo de unas 8 personas en el pasillo, me rendí al cansancio y no se me ocurrió nada mejor que acostarme en el suelo. Y por lo visto, no me bastaba con sentarme y respaldarme en la pared, sino que me tumbé en la moqueta ante la puerta de la habitación, como un perro tirado en un felpudo. Claro, mis acompañantes no podían dar crédito a sus ojos, y uno de ellos llegó a decir en sarasa: “Uy, a éste lo cogen seguro” (volviendo a malinterpretar mis auténticos gestos de desesperación por impostura de cantamañanas). En eso llega una de las titiriteras para abrir el cuarto y al descubrir el bulto sospechoso a sus pies, suelta: “Mira éste que bien se lo monta. ¿Estás cómodo o te saco una manta?”. Capté el mensaje, pero me fue imposible reaccionar y allí me quedé tirado como un muerto hasta que llegara mi turno.

Pero por la pirámide de mis prioridades trepó rápidamente una, que acabó desplazando del primer puesto a la extenuación física: la imperiosa necesidad de mear. Y como no podía aguantar más, estuve tentado de interrumpir lo que fuera que estuvieran haciendo allí dentro y pedir permiso para usar el servicio (cosa que supongo me hubiera costado la descalificación instantánea, pero miraba en mi pirámide de prioridades y no veía la de “concursar en un reality” por ningún lado). Y ya estaba a punto de hacerlo, cuando se abre otra puerta del pasillo y sale una pareja de jubilados guiris cargados de maletas, por lo que deduzco que ya abandonan definitivamente su habitación. Así que me apresuro y les grito que no cierren que ya me encargo yo. Flipan un poco pero acaban dejándome entrar; y no llevaba ni cinco segundos aliviando la vejiga, cuando uno de los aspirantes me avisa apresuradamente de que me están llamando a mí para la prueba. Le digo que tendrán que esperar porque aquello no había ya quien lo parara. Así que, ya más descansado y sin apretones me dispuse a afrontar la siguiente ronda.

Llego a la puerta y la chica de la productora me dice: “Estábamos a punto de descalificarte” y pienso “Uuuuy, qué miedo”, pero pido disculpas. Entro y lo primero que veo es una enorme cámara de televisión (no de ésas pequeñas con trípode, sino de ésas gordotas sobre columna que usan en los platós) con un operador detrás con cascos y todo. Y al lado una mesa con otra psicóloga (aclaración: yo las llamo psicólogas, pero nadie nos confirmó ese dato. Lo digo por la forma en que te analizaban cada mínimo gesto y por las preguntas que hacían, en plan encargada de recursos humanos en una entrevista de trabajo. Pero lo mismo eran sociólogas, antropólogas o cirujanas; o sólo tenían un título de “Francés y mecanografía”).

Esta “psicóloga” tenía en su mano mi texto con la foto grapada, y lo primero que me dijo fue: “¿Todo lo que pones aquí es cierto?”. “Sí. Estuve tentado de mentir un poco pero me di cuenta de que no era necesario”. La verdad es que mosquea mucho un interlocutor que a cada cosa que haces o dices, apunta algo en su ficha. Que si cruzas los brazos o te rascas los huevos, toma buena nota de ello.

La cuestión fue que me dijo que me haría unas preguntas y que debía responder mirando a la cámara, y en ésta se encendió el pilotito rojo. Uno se siente ridículo revelándole intimidades a un aparato eléctrico (al operador ni se le veía detrás del armatoste) y terminaba respondiendo mirando a la chica, que me insistía: “a la cámara”. Y ciertamente en este punto las intimidades eran ya bastante delicadas, haciendo mucho hincapié en tu vida sentimental presente, pasada y –ojo al dato- futura. Pero también había preguntas extrañas como: “¿Con qué concursante de la primera edición te identificas más?”. “Lo siento pero no he visto nunca el programa”. “Entonces, ¿qué haces aquí?”. “Por culpa de Tom Tilét” - estuve tentado de repetir, pero preferí:- “Me han apuntado unos amigos a traición”. Cara de póker y muchas más notas fueron toda su respuesta.

Y lo último que me pidió fue que convenciera a la cámara de que yo era la persona indicada para ganar el concurso. Y le dije a la cámara que no tenía que convencer a nadie de nada, y que ni siquiera sabía lo que había que hacer para ganar el maldito concurso. Y parece que mi argumento sí que convenció a la cámara porque la “psicóloga” indiscreta me dio un nuevo pasaporte a la siguiente fase, la última.

De la criba de la prueba de cámara sólo nos salvamos 4 personas, y nos llevaron otra vez al “aula” de los tests. Nuevos exámenes de conciencia y personalidad. Algunos tests, por ejemplo, estaban destinados claramente a hurgar básicamente estos 3 aspectos de tu carácter, aunque reformuladas las preguntas de maneras distintas y reiteradamente a lo largo y ancho del papel: (1) si aceptas y te adaptas bien a la disciplina y las normas impuestas por otros, o te rebelas ante toda autoridad; (2) si en caso de conflicto te achantas y cedes ante las acometidas, o tienes que acabar imponiendo tus criterios a los demás, aunque sea por medio de la agresividad; (y 3) si pierdes los papeles con facilidad y montas escándalos bochornosos a la mínima de cambio, y puedes llegar a ser violento, o por el contrario eres flemático, conciliador y pacífico.

Vamos, que tanta preguntita era para averiguar si eres manso o gallo de pelea, que es principalmente lo que cotiza aquí.

Finalmente nos hicieron rellenar un extenso formulario con cantidad de información privada; por ejemplo, una lista de 6 familiares con sus números de teléfono, a los que poder llamar para preguntarles cosas sobre ti, otra de amigos y otra de compañeros de trabajo. De esta última creí que me libraba al no tener trabajo en ese momento, pero me hicieron poner al menos 2 teléfonos de excompañeros a los que poder consultar. Por supuesto, después tuve que avisarles a todos de que si recibían una llamada extraña de un programa de televisión haciendo preguntas sobre mi persona, que no se asustaran.

Nos explicaron que seguramente incluirían algún representante levantino, por lo que uno de los cuatro tenía muchas papeletas de terminar alojado en la casa. Y nos dijeron que en caso de ser elegidos nos llamarían antes del 15 de Agosto. Si no te llamaban, podías olvidarte de momento, que no habías sido elegido, y nos pidieron que no anduviéramos dando por culo (se ve que ha habido no pocos precedentes), llamando a la productora con excusas tipo: “No, era por si habías intentado localizarme. Como he estado fuera por vacaciones…”; porque si se decidían por alguno ya se encargarían ellos de localizarlo por todos los medio.

Así que nos despedimos y, cuando ya salíamos los cuatro, me dice un tío de la productora: “Micropene, quédate un segundo, por favor; que quiero decirte una cosa”. Y me quedé un poco sorprendido. Y mis 3 contrincantes más; supongo que pensando: “Ya está. Se jodió el invento. Al final cogen al chalao”.

Y cuando nos quedamos solos me dice muy serio, mirándome inquisitorialmente: “Creo que te has dejado tu mochila en una de las suites”. Y le respondo: “Yo no traía ninguna mochila. Será de otro”. Y él insiste: “Sí, hombre. Tú llevabas una mochila negra y la han encontrado en una de las habitaciones”. Y ahí ya empecé a ponerme paranoico, y después de sufrir todo un día en el que se puso a prueba hasta el rincón más oculto de mi personalidad, pensé que se trataba de algún tipo de prueba final; que ya se habían decidido por mí y ésta era la pregunta que culminaba todo el proceso, y que, dependiendo de mi respuesta, podían enviarme definitivamente a la casa de los horrores de la sierra. Y me asaltó la idea de que quizás la primera “psicóloga” había solicitado esta trampa extra porque: “Si ve cowboys, quizás podamos hacerle creer que traía una mochila”. Yo ya tenía tal cacao mental que creí que me echaba humo la sesera, pero si algo tenía muy claro era que yo no había ido a Valencia con ninguna mochila, macuto ni mariconera. Y así se lo dije. “Ah... perdona, me sonaba que llevabas una mochila... ¿Estás seguro?”. Pero, ¿qué coño pasa aquí? –pensaba yo, con la cabeza a 8000 r.p.m.-¿Qué quieren de mí? ¿Qué emboscada es ésta? ¿Dependerá de mi última palabra, de quizás una respuesta ingeniosa, que me envíen a Guantánamo o no? “Estoy segurísimo, pero si os estorba me la llevo” –fue todo lo que acerté a decir.

Y me fui de allí y pasó el 15 de Agosto y no llamó ni Dios. Y me tragué el primer programa para comprobar si alguno de mis contendientes había sido elegido para la “gloria”, pero no. Y suspiré aliviado de contemplar de lo que me acababa de librar, porque al parecer los concursantes ya entraban resabiados, como espectadores de ediciones anteriores, sabiendo lo que el público espera de ellos, y se comportaban como seres de otra dimensión; tratando de dejar huella desde el minuto uno con esos “carismas” tan peculiares de los que hacen gala todos los que pasan por allí. Y contemplé cosas escalofriantes (y era sólo el primer programa), y tuve muy claro que, de haber entrado, a los cinco minutos habría echado en falta mi machete o una estaca, o mejor un lanzallamas.

Así pues, los que seguís el programa, cuando veáis a esos seres inefables desplegar tal gama de comportamientos extraviados delante de las cámaras, tened muy en cuenta que no están ahí de chiripa, que nadie se les ha colado en un despiste ni han sido elegidos al tuntún; sino que tienen allí expuesta la alineación exacta que buscaban los titiriteros.

4 comentarios:

malaputa dijo...

Estaba claro, fíate de dios y no corras...

Guile dijo...

En mi pueblo, dicen "fíate de la virgen y no corras", que es más o menos lo mismo y añaden: "que además no tiene tetas", pues eso, me recuerda a "the game", el proceso de selección, aunque no dista mucho del que hacen los departamentos de RR.HH de muchas empresas para justificar su trabajo. Lo que no me ha quedado muy claro es lo de la mochila, a ver si te querían para ser el nuevo Pocholo!!!.

saludos.

vainilla dijo...

Que fuerte lo de la mochila...que raro tio, que sería eso?

Chiringui dijo...

Curioso cuanto menos...