lunes, noviembre 12, 2007

Cinema paradiso/Video inferno

No hace muchos meses reabrió sus puertas una sala de cine emblemática de esta ciudad, que se había visto obligada a echar el cierre el verano de 2006, con gran dolor de corazón de los amantes del séptimo arte (mucho dolor pero en muy pocos pechos, ya que fue la escasa afluencia de público la que motivó la debacle). Los Minicines Astoria se compone de dos salas pequeñas pero muy acogedoras, de cuyas moquetas chorrea magia fílmica a raudales, donde se proyectaba exclusivamente eso que se conoce por “cine bueno”.

Su fundador, que por desgracia no regirá la resurrección, era un auténtico héroe superviviente que se defendía como podía con sus Viscontis y Fassbinders contra el ataque del resto de salas, armadas con dañinas espadas láser y tortugas ninjas. (Este héroe, comercialmente suicida -el Leónidas de los proyeccionistas-, me confesaba una vez al calor de unos chatos de vino, que muchas veces para poder proyectar alguna película de su gusto, las distribuidoras le obligaban a adquirir en el lote otras más “comerciales”, que acababa pagando muy caras para guardar las latas en un cajón, porque se negaba a ensuciar su cartelera con bodrios como Este muerto está muy vivo o Critters 3).


Pues resulta que hace muchos años mi querido amigo Delrieu trabajó una buena temporada como acomodador en una de estas salas, y muy a menudo me colaba por la puerta trasera y nos sentábamos a disfrutar de auténticas maravillas de la pantalla. Allí descubrí, entre muchos otros, a Monty Python, Werner Herzog o Fellini; me acojoné con La Matanza de Texas, me desasosegó La naranja mecánica y me puse burro con las Supervixens de Russ Meyer.

También nos cogimos allí mismo alguna que otra borrachera, pues como le tocaba currar fines de semana y fiestas de guardar, lo mismo la tarde de un viernes me presentaba allí cargado con una bolsa de latas calientes de cerveza del Mercadona, me colaba él por la trastienda, como siempre, y nos poníamos a beber como cosacos durante las proyecciones. Alguna vez nos pilló curdas Leónidas, cuando bajaba de su despacho, pero hacía la vista gorda porque nos tenía mucho aprecio, y la fiesta etílico-cinéfila continuaba. La verdad es que pasé muy buenos ratos haciendo compañía a mi colega, porque un cine, y éste en especial, es para mí el equivalente a un santuario o una basílica para los que creen en otros dioses.


A parte del gorrón que escribe estas líneas (que conste que después de aquello he pasado tantas veces por aquella taquilla, que está compensada con creces mi picardía juvenil, y a mí no se me puede acusar de ser de los que se lamentaban a todo el que le pusiera orejas de la quiebra de la sala, pero después no pisaban su entrada ni para resguardarse de la lluvia); pululaba por allí un personajillo que resultó ser un afamado crítico cinematográfico de esta ciudad, quien aún hoy publica sus veredictos en el diario de más tirada por estos pagos.

Como nos fuimos percatando de que el tipo no pocas veces llegaba con la película empezada (a veces casi a mitad de metraje), o se marchaba mucho antes del final, o se salía a mear a mitad de película; los días siguientes a sus visitas buscábamos sus reseñas en el periódico para echarnos unas risas a su costa (¿Cómo que la película peca de falta de ritmo? Tú sí que tenías ritmo roncando, cuando planchabas la oreja dos filas más adelante, cabrón. O, ¿cómo que no está bien resulto el desenlace? Pero si cuando confesaron que el mayordomo era el asesino, te habías salido a fumarte un truja a la escalera, espabilao).


Pues hoy me apetece comentar una película que vi este fin de semana en DVD, pero al estilo de este pájaro; es decir, sin tener ni puta idea y opinando de oídas, de haber escuchado campanas y no saber ni por dónde te pega el viento.

Hace algún tiempo me llevé una grata sorpresa al descubrir que se estaba gestando un biopic (horrísona palabra que usan los modernos para referirse a las películas que narran la vida de alguien) sobre un personaje por el que siempre he sentido mucho respeto, interés y admiración: la fotógrafa neoyorquina Diane Arbus. Me escamó mucho ver que se trataba de una producción hollywoodiense de presupuesto millonario y con protagonistas de relumbrón (¿de quién sería la idea de darle el papel de una neoyorquina, judía y feucha a una guapísima australiana de la Iglesia de la Cienciología?), pero maquillada de producción independiente y como transgresora.

Procuré estar atento a las carteleras por si la estrenaban, pero o no fue así o –más probable- yo no me enteré, y le perdí la pista hasta que la encontré de chiripa el otro día en el videoclub (sí, todavía queda gente que va a esos establecimientos tan arcaicos y obsoletos. En mi caso -como en el de muchos otros- no por honradez, sino porque no tengo posibilidad técnica de bajármelas de la red. Aunque la verdad es que recientemente he descubierto un DVDclub -porque copias en VHS tienen cuatro mal contadas, y ya no digamos en Beta o sistema 2000...- que es toda una delicia donde puedo encontrar auténticas joyitas; como creía que lo era la que nos ocupa ahora).

Lo primero que me chocó fue la elección del título español. ¿Qué les pasa a los distribuidores de este país? ¿Están idiotas o qué? Porque, ¿cómo se puede rebautizar un film que sus creadores han decidido titular Fur ("pelo de animal" en la lengua de Tommy Shakespeare, un lampista de Liverpool) por Retrato de una obsesión? Nombrecito tonto y previsible (una loca que hace fotos) al que si le añadimos una simple “s”, es idéntico al de una peli en la que Popeye interpreta a un tarado que se obsesiona con una familia retratada en los carretes que revela en su laboratorio fotográfico. El título original tiene sentido con lo que se narra, y el español es una solemne gilipollez para vender más, porque al público patrio eso le debe sonar como a zriler cachondón (por la chorba que sale en la carátula; que, por cierto, enseña chicha), por si algún incauto pica y se la lleva a casa sin sospechar el chasco.

La película es visualmente impactante, pero rara de cojones; y no rara en un sentido positivo, sino rarita aposta y con un tufillo arty que repeluzna un poquito. Les ha salido demasiado Amélie para tratarse de un pretendido homenaje a una artista tan iconoclasta y atormentada, que a pesar de proceder de una rica familia de empresarios, prefirió retratar la cara más sórdida de la sociedad que le tocó vivir, sin florituras ni anestesia. Y lo de artista atormentada no es un cliché: Diane Arbus sufría depresión profunda cuando decidió borrarse de este planeta el mismo año que nacía el que esto escribe.

El mejor homenaje que le puede hacer este humilde admirador es seguir disfrutando sus estremecedoras fotografías, mientras trata de quitarse de la cabeza a la Kidman haciendo de rarita y poniendo caras de loca.

1 comentario:

Cripema dijo...

Aclaro que Micropene cuando dice Popeye quiere decir Robin Williams.
Es que si no, creo que no se entiende.
Los Astoria eran toda una institución, recuerdo con cariño un día que Gilito y yo fuimos a ver "Zatoichí" una pelicula ambientada en el Japon de mil ochocientos, sobre un vagabundo ciego que supuestamente se gana la vida dando masajes y acaba pegando sablazos a diestro y siniestro.
Peliculas raras, sí.
Lo bueno es que ibas al cine y de ahí salias y tenias todos los pubs del mundo a tu disposicion..
Eran otros tiempos, cuando uno iba andando al cine y la coca cola era de bote y las palomitas de bolsa de plastico revenidas...