miércoles, noviembre 21, 2007

Comer, comer

Ya he comentado alguna vez que las obligaciones profesionales de mi pareja incluyen la asistencia (bastante a menudo) a saraos de mucho postín.

El otro día tocaba entrega de los premios a la excelencia que otorga una asociación gastronómico-cultural que aglutina a los restaurantes más exclusivos de la montaña alicantina.

Y yo me había hecho muchas ilusiones de llenar el buche generosamente, porque la expresión “restaurantes de montaña” me traía ecos de bosques canadienses, con casita de troncos con chimenea regentada por algún Grizzly Adams a los fogones, que nos despanzurraría a los invitados a base de recias carnes de oso o venado y otros guisotes montaraces. Pero no.

Resulta que hoy en día, vayas donde vayas, ahora lo que priva es la cocina ¿moderna?, o lo que es lo mismo: el comer poco y, digámoslo de una vez: mal; fatal. Es la segunda vez en esta legislatura que me veo obligado a comer ¡oro! (y espero que no fuera del que cagó el moro) y sigo sin encontrarle la puta gracia (aparte, claro está, de ser la excusa perfecta para sablear salvajemente a los potentados clientes). Por más veladas de éstas a las que asista sigo sin enterarme de cuál de los diez cubiertos desplegados bajo mis antebrazos debo esgrimir en cada plato (y en esta ocasión no fui el único, ya que se produjo una graciosa confusión cuando, tras una tensa espera en la que todo el mundo miraba de reojo al que tenía a su lado en la mesa, retardando el momento de empezar hasta descubrir qué utensilio había que empuñar para hincarle al turrón de foie (sic), al final la legión de camareros tuvo que reemplazar los cubiertos empleados a destiempo y recomponer a toda prisa la panoplia de todos los comensales). Es decir, que lo quieren hacer tan sofisticado y cool, que al final sólo causan quebraderos de cabeza y molestias a los que pretenden agasajar con tanto lujo asiático. A este paso tendrán que poner un cuadernillo de instrucciones para las herramientas de la manduca. Y otro explicando la propia manduca, porque resulta desconcertante no saber muy bien lo que estás alojando en tu cavidad bucal (tragárselo ya es otra historia), ni ser capaz de distinguir algún gusto en semejante turbamulta de sabores exóticos y aparentemente contradictorios.

Y esto último hizo derivar la conversación de nuestros compañeros de mesa a tratar de desenmascarar los ingredientes y aderezos de cada nuevo espantajo que aterrizaba en sus lenguas. Y aunque no fanfarroneaban, porque todos ellos regentan restaurantes selectos donde no me cabe duda experimentan a diario con las combinaciones culinarias más impensables, y como si en vez de papilas gustativas tuviesen todo el C.S.I. agazapado en la mui, llegaron a distinguir chuminadas como “flor de la pimienta de Sesuán” (ignoro si se escribe así) o “sal negra del Himalaya” (juro que es sic). E insisto que no se estaban tirando el moco, sino que hablaban totalmente en serio y con fundamento (rico, rico). Amén de la furibunda diatriba contra el uso del limón como aliño que nos largó uno de los presentes, y que fue respaldada por el resto de gourmets, que (tomen nota) recomendaban en su lugar una reducción de cítricos de no-sé-qué, que -dónde va a parar- condimenta pero sin amargar. Si vieran las lluvias ácidas con las que riego todo tipo de arroces, sopas, carnes, pescados, mariscos, moluscos, y un largo etcétera… Y eso que mi abuelo, que era marino, despotricaba cada vez que me veía hacerlo porque me enseñó que el limón sólo se usa en los barcos para matar el regusto a pasado de los alimentos que llevan a bordo demasiada travesía, y que echárselo a un alimento fresco y bien cocinado es un insulto para quien lo cocinó. Pero no puedo evitarlo, me encantan las cosas ácidas, agrias y amargas y mi paladar curtido necesita emociones fuertes, que para soso ya estoy yo.

Lo mejor, como siempre, el vino. Es en estos actos donde tenemos acceso a esos caldos selectos que no suelen defraudar, y lo único de la carta en lo que no eché de menos mi redecilla de limones.

6 comentarios:

Harry dijo...

Buena crítica, un poco bestia, pero bien.
Creo que lo preparaba L'escaleta ¿no?
En ocasiones demasiado fishnos y sus raciones de nouvelle cuisine diminutas.
A mi tambien me repatea que me saquen un chupito con una cuchara y que lo tenga que pagar yo.
Por otra parte, el foie lo preparan ellos y generalmente está rico, rico.

oskar dijo...

Joder,
Creo que a todos nos pasa lo de los cubiertos, con lo fácil que es sacar un tenedor y un cuchillo para todo, como dios manda!!

vainilla dijo...

te doy toda la razón.Por cierto, el médico me ha puesto a régimen, 8 kilos nada menos tengo que perder. y las navidades encima.... así que dentro de unas semanas, cuando esté muerta de hambre, no le haría ascos ni a una almeja trufada rebozada en oro y servida sobre lecho de tentáculos de pulpo mulato. saludos a la family

Gilito dijo...

Acabo de venir del mercadona y me he comprado una barra de pan de esas mutantes que tienen con masas precocidas y que alli simplemente hornean...

Pues he probado una puntita... y que bueno estaba oiga...

volvamos a lo básico (gastronómicamente hablando)

Y mira que a mi me gustan esas viandas de autor, que tienen que ver más con el diseño gráfico conceptual que con la gastronomía...

Guile dijo...

Yo cuando no se que cubierto utilizar como con las manos o en su defecto saco unos alicates...

Chiringui dijo...

A mi dame una tortilla de patatas de cinco huevos, de esas que cuando las pruebas te emocionas, de las que te la comes despacio por miedo a acabártela y no poder volver a comer una como esa nunca mas.

Eso es arte, lo demás son leches.

Que le den por culo a las almejas bañadas con aceite de romesco con delicias de trufa y gilipolleces similares.