jueves, diciembre 13, 2007

Y no escarmiento

(Zimitrón: gracias por tus comentarios. Aquí tienes para otras 4 horas más, por lo menos).

Comentaba aquí mismo hace algún tiempo (lo siento pero no sé poner enlaces a entradas pasadas. A pesar de que Gilito, haciendo gala de su paciencia franciscana, me lo ha intentado explicar no menos de cinco veces. Sé que ya apesta este rollo mío de analfabeto informático, pero es que es cierto: no hay forma de que logre entender estas cosas. Ni siquiera etiquetas sé ponerle a esto que estoy escribiendo ahora. Por la simple razón de que me domina un racionalismo intransigente que sí me permitió estudiar en su día un módulo de formación profesional de automoción sin mayores problemas de comprensión. Y todo porque la mecánica de automóviles sí respeta las leyes elementales de la termodinámica. Son todo mecanismos de acción-reacción, causa-efecto. Es decir, si yo piso el pedal de freno sé (porque lo he visto y tocado con mis propias manos) que debajo de mi culo hay un circuito provisto de bombas y bombines, colmado de un líquido incompresible, a través del cual se multiplica la leve presión de la planta de mi pie hasta convertirla en una fuerza transversal suficiente para detener la masa acelerada de mi vehículo. Esto lo entiendo, porque no es más que una sofisticación del 2 + 2 = 4. Pero, ay amigos, la informática es otra cosa. Cosa de fe. De brujas, diría yo. Que con un simple click de ratón, y mediante una ingeniosa (y rapidísima) combinación de ceros y unos, estos tontos pensamientos míos puedan ser leídos casi instantáneamente en cualquier parte del planeta que disponga de un acceso a la redecilla del pelo, o de la fibra óptica o lo que cojones sea que transmite tanta información. Y debido a mis lacerantes complejos de inferioridad ya pueden dar gracias de no haber nacido en tiempos pretéritos, porque es muy probable que yo estuviera subido al estrado de algún tribunal de la Santa Inquisición reclamado barbacoa para todos los que sabéis poner un enlace de ésos. Porque ya se ha dado el caso por dos veces de que he puesto en un apuro a informáticos de carrera, que no han sabido dar una respuesta satisfactoria a la siguiente observación que sigue inquietándome aún hoy: cómo leches puede ser que si yo hoy cojo un llaverito USB de ésos y le echo dentro todas mis fotos de Sarajevo, la discografía completa remasterizada de Concha Márquez Piquer y la trilogía cinematográfica El Señor de los Anillos, y guardo el insignificante utensilio en un cajón y me olvido de él; y, pasados seis años, lo encuentro de nuevo y lo conecto a un PC, resulte que toda esa información sigue ahí dentro, sin haberse evaporado ni un ápice del contenido. ¿Cuál es el proceso físico por el que logran imprimir perennemente tal cantidad de datos en un pegote de silicio para que, sin intervención de pilas ni baterías, dentro de muchos años Frodo siga comiendo butifarras dentro de un puto llavero. ¡Que no, que no... que no me convencéis!. ¡¡A la hoguera todos!!). Cristo, cómo divago. Céntrate, coño.

En fin, decía ayer que ya conté por aquí que en una cena engatusé a mi querido amigo Juanma en un proyecto literario de aspiraciones colosales. Su condición de hombre renacentista y cultísimo, y sus envidiables dotes de escritor hacían imprescindible su concurso en tamaña empresa, que me andaba rondando la cabeza desde hacía tiempo.


Se trataba de darle un repaso a la intocable figura monolítica de uno de los mayores pensadores que ha parido la madre Europa en su ya larga historia. Nuestro enfoque sería arriesgado y desenfadado, sin el encorsetado academicismo (qué remedio) desde el que se ha abordado siempre la vida y obra de este señor.

Por supuesto, pretendíamos ser provocativos pero con fundamento, no arrojar las piedras y esconder las manos, como vulgares gamberros; para lo cual debíamos apuntalar muy bien todas nuestras heterodoxas hipótesis de trabajo con sólidos argumentos. Al tratarse de una obra de historia-ficción, teníamos licencia para fabular libremente situaciones y conductas, pero siempre contrastadas con hechos, fechas y personajes reales y perfectamente documentados. Esto requería una monumental labor de documentación. Así que nos repartimos las tareas y objetivos y nos pusimos manos a la obra. Después de incontables horas de investigación bilateral (lo mío más bien han sido muchas pajas mentales; y de las otras, para qué negarlo) y reuniones de trabajo, que me han robado gran parte de mi ya de por sí escasísimo tiempo ¿libre? (de ahí que me prodigue mucho menos por aquí últimamente), habíamos logrado poner los cimientos de un artefacto muy prometedor (quizás esté mal que yo lo diga, siendo parte interesada, pero, qué coño, lo mío no es la modestia).

Pero hete aquí, que un buen día, no hace mucho, en una de mis derivas por la redecilla (por lo ya expresado arriba se puede colegir que el verbo navegar no se ciñe a mi realidad) descubro que no hace mucho (2006) giró por nuestros teatros una obra cuyo planteamiento era (y, si no han muerto todos los implicados, debe seguir siendo) muy, pero que muy, similar al que nosotros le estábamos dando a nuestra criatura en ciernes. De hecho, en uno de nuestros encuentros habíamos llegado a plantearnos la posibilidad de darle al proyecto forma teatral, incluso cinematográfica (qué bonita es la ignorancia cuando va de la mano de la megalomanía y la ambición de mear demasiado alto para una pilila tan corta). Y lo sorprendente es que ninguno de los dos teníamos conocimiento alguno de que, no muy lejos, alguien ya nos había chafado la guitarra antes de ponernos nosotros a tocar.


La conmoción me dejó dolido porque, aunque la noticia tenía una lectura positiva (si habíamos creído parir una idea que ha funcionado bien en el teatro, es que no íbamos tan mal encaminados), todo el esfuerzo invertido en el proyecto peligraba de irse a pique si no dábamos un oportuno golpe de timón a la nave.

Y como tengo esos arrebatos insensatos que me traen tantos disgustos, y de los que parezco no escarmentar nunca, hice una machada de las mías que, para mi enorme sorpresa y contra todo pronóstico, resultó salir bien y ya está dando sus frutos.

Resulta que como soy tan tremendista para todo, el mismo día que decidí dedicar todas mis energías a este proyecto empecé a hacer acopio de toda la bibliografía relativa al particular. Reuní todos mis libros sobre la materia, que resultaron ser muchos (algunos de ellos me tocó rescatarlos de las manos de amigos que los tenían secuestrados; prestar implicaría su devolución voluntaria y activa sin necesidad de coacciones y amenazas) y adquirí cualquier cosa encuadernada que tuviera relación (aunque sólo fuera tangencialmente) con aquel sabio y su tiempo; siempre, claro, dentro de mis austeras limitaciones presupuestarias (ediciones de bolsillo, librerías de viejo, carnet de la biblioteca municipal; que queda muy cerca de mi trabajo, a la misma distancia aproximadamente que el gimnasio, por lo que muchos mediodías sustituyo mi cita con el acero por un viaje en el tiempo).

Fruto de ese arranque de monomanía, también me suscribí a la publicación de una prestigiosa sociedad internacional dedicada al estudio de nuestro hombre en cuestión. Así conseguí los contactos que propiciaron la salida de tono que comento.


Herido en mi orgullo tras el decepcionante descubrimiento, y en el calor de la reyerta, no se me ocurre otra cosa que escribirle vía correo electrónico una acalorada diatriba a toda una eminencia en la materia (uno de los más grandes en lo suyo), lloriqueando sobre mi caso y arremetiendo sin venir a cuento contra todo el establishment académico.

Y, oh, milagros de la técnica (¡a la hoguera todos!) este galáctico estudioso (reconocido y premiado internacionalmente) se tomó la molestia de responderme. Para que se me entienda, es como si yo fuera un tenor aficionado de fin de semana, y de algún modo consigo la dirección de e-mail profesional de Montserrat Caballé o Plácido Domingo y, ni corto ni perezoso, les envío una pataleta electrónica porque no me dejan cantar en el orfeón de mi barrio el próximo fin de semana, y para mi estupor acabo recibiendo respuesta (cosa que no esperaba en absoluto, ya que la motivación inicial era simplemente tocar un poco los cojones, porque ya me dirás tú qué culpa tiene nadie de que mi idea no fuera original, sino que ya había brotado unos meses antes en otra cabecita. Ay, si pillara yo esa cabecita ladrona... qué cosas no le haría...).

Y no sólo se ha tomado la molestia de escribir unas líneas, sino que en ellas además se muestra accesible, comprensivo e incluso ofrece su ayuda en la lid. Vamos que es como si uno entrenara a los chiquillos del Betis Florida y lograra que el mismísimo Fabio Capello se ofreciera para ayudarle con la estrategia para el partido del domingo ante el Calasancios.


Pues bien, a esa primera toma de contacto le ha seguido mucha más correspondencia digital, y no deja de sorprenderme que una personalidad tan ocupada (publica libros, da conferencias por el mundo y está metido en mil fregados, todos relacionados con el asunto de marras) invierta tanto de su precioso (y carísimo, supongo) tiempo en aguantar mis peroratas y alumbrarme con sus sabios consejos. Según mi pareja, que pudo leer los primeros fuegos cruzados (“mira, cariño, qué cosas más absurdas me pasan”), a este señor le ha llamado la atención mi desfachatez a la hora de dirigirme a él, acostumbrado como estará a que todo el mundo se le acerque con la veneración que muestran los creyentes ante sus figuritas. La verdad es que el toma y daca estaba siendo muy franco y campechano, de tú a tú; aunque yo no hubiera sabido hacerlo en otros términos, y tampoco le hubiera aguantado ni dos asaltos.

Y escribo estaba porque ya se ha roto la línea de comunicación. Mejor dicho, yo la he roto, al menos de momento, forzando demasiado la cuerda y abusando de la confianza (que ya se sabe que da mucho asquito) que él me había tendido.

Ay, Señor, esta boquita mía que no me trae más que disgustos.

6 comentarios:

Gilito dijo...

A ver, ¿qué le has dicho a ese pobre señor?

¿Le has pedido dinero?

¿Le has preguntao si le limpias el culo?

¿Le has dado la tabarra demasiado?

Cripema dijo...

Yo me la juego a que le ha dicho que si le limpia el culo...

Harry dijo...

Lo siento, no he podido resistirme... todo lo que suene a trivial me puede mantener ocupado la friolera de 10 seg en google.

La culpa de que se quede toda esa información en el llaverito USB es de los últimos Nobel de física (sí fueron dos que lo consiguieron a la vez, huele mal verdad?) y le pusieron el nombre de Magnetorresistencia gigante, que sólo oirlo ya da miedo. Si te interesa, que supongo que no, lo puedes consultar ya sabes donde...
http://es.wikipedia.org/wiki/Magnetorresistencia_gigante

Gilito dijo...

Gracias Harry, si es que está clarísimo:

La magnetorresistencia gigante (en inglés, Giant Magnetoresistance Effect o GMR) es un efecto mecánico cuántico que se observa en estructuras de película delgada compuestas de capas alternadas ferromagnéticas y no magnéticas. Se manifiesta en forma de una bajada significativa de la resistencia eléctrica observada bajo la aplicación de un campo magnético externo : cuando el campo es nulo, las dos capas ferromagnéticas adyacentes tienen una magnetización antiparalela puesto que están sometidas a un acoplamiento ferromagnético débil entre las capas. Bajo efecto de un campo magnético externo, las magnetizaciones respectivas de las dos capas se alinean y la resistencia de la multicapa cae de manera súbita. Los spin de los electrones de la sustancia no magnética se alinean en igual número de manera paralela y antiparalela al campo magnético aplicado, y por tanto sufren un cambio de difusión magnética en una menor medida respecto a las capas ferromagnéticas que se magnetizan de forma paralela.
(WIkipedia)

(A mi me lo de MAGNETORESISTENCIA GIGANTE me suena a grupúsculo terrorista robot de Futurama)

Harry dijo...

Chiisst! No lo digas muy alto los de la GMR están por todas partes

zimitrón dijo...

He leído todo esto con interés,y con todo y eso,no he logrado enterarme de quién es el bueno de la película.Pero la peli parece buena..
Sale un tipo que era una mente preclara hace mil años,se enrolla con un jovencito que le sigue el rollo,pero de repente aparece otro (que ya estaba antes) más espabilao que se lo birla.Y ya me pierdo.
La peli es buena.
Yo me pregunto:¿quién era ésa mente preclara del pasado? ¿quién era aquél adelantado que oscureció los pensamientos de micropene?.
Y sobre todo,¿habrá más capítulos?