jueves, diciembre 27, 2007

...un circo, que alegraba siempre el corazón

Quién me iba a decir a mí, a mis años, que asistiendo en calidad de esclavo paniaguado a una celebración patronal me iba a curar de todo un trauma infantil. Porque a pesar de mis recelos iniciales (al principio de deambular bajo la carpa, la gente me preguntaba constantemente si me encontraba mal, que tenía muy mala cara), acabé disfrutando como un cabrón de la celebración circense.

La verdad es que el evento estuvo perfectamente orquestado y resultó una experiencia inolvidable. Puede que el Barón Ashler, la Bruja Avería o Gargamel, pero ningún ser humano de no-ficción podría sacarle alguna pega a aquella fiesta; o al menos debería rebuscar demasiado para poder encontrarla, porque por desgracia nada es perfecto en el mundo real (según mi descabellada concepción del mundo, el mismo acto de realizar conlleva un alto grado de empobrecimiento y putrescencia de las intenciones primarias y los sueños; pues el tratar de hacer real una idea, invariablemente desluce y entenebrece el modelo primigenio. La realidad cuece, no enriquece).

Y allí estábamos todos cociéndonos de lo lindo, cuando empezaron a florecer esos comportamientos humanos aberrantes tan característicos de este tipo de francachelas a partir de ciertas horas, cuando el despiporre etílico y/o psicotrópico empieza a hacer mella en las corazas de la urbanidad y el sentido común.

Pude ser testigo de excepción de uno de los rituales más llamativos de estos saraos, todo un clásico: el deseperado intento de apareamiento de los machos de buitre común y otros carroñeros con hembras de todas las especies presentes. De haber llevado una cámara encima me habría forrado vendiendo a National Geographic el documental de la agresiva rapacidad de mis congéneres. Y digo que fui testigo de primera línea de fuego porque se da el caso de que dos de nuestras compañeras de la oficina de Valencia son mujeres de físico monumental, una de ellas en concreto es espectacular, y ésta última decidió protegerse bajo mi égida de las embestidas de las bestias calenturientas y no se despegaba de mí en toda la noche.

Siempre he pensado que una mujer bella tiene la obligación moral de aprovechar la generosidad que la biología (tan tacaña por lo general en estos menesteres) ha mostrado al agraciarla físicamente, pero reconozco que debe ser un auténtico coñazo ejercer de mujer cañón entre una piara de energúmenos rebosantes de testosterona mal canalizada. Resulta monstruoso contemplar en directo a respetabilísimos miembros de nuestra sociedad, perfectamente integrados como intachables profesionales y felices cabezas de familia, perder los papeles ante una mujer exuberante; y suplicar mientras babean alcohol puro un poco de atención de una superfémina, tratando desesperadamente de no perder la ocasión de arrimarse con cualquier excusa tonta a una de estas hembras, que por una vez (y sin que sirva de precedente) no les mira desde el papel cuché de un póster desplegable. Bien pensado hubiera hecho mejor negocio enviando copias de la grabación no al National Geographic precisamente.

En fin, que todo muy bien y todo muy bonito. El circo no era el del sol, pero era el de la luna, porque iba de ese palo: sin animales pero con llamativas acrobacias y efectos escénicos bastante resultones. Lo peor, como siempre, la metaresaca sabatina.

2 comentarios:

Harry dijo...

Me alegra que salieras invicto del berenjenal.

Lo de compañeras de Valencia te refieres a su capacidad de combinarse o a su valía?

A ver si donde te metieron fue en el Bagdad!

Cripema dijo...

Han entrado nuevas compañeras en la oficina de Valencia?
(jijiji)