jueves, enero 24, 2008

Mis roces con la autoridad

I fought the law and the law won” [“Luché con la ley y la ley ganó”] The Clash

(Sirva este post para salir al paso de las absurdas acusaciones de mis propios compañeros de partido, que aun sabiendo perfectamente las verdaderas razones de mi reciente silencio (mi único acceso a la red es desde mi puesto de trabajo, y últimamente voy de culo y cuesta abajo) prefieren especular con intenciones ocultas. En fin...).



Desde que tengo edad legal siempre he tenido una facilidad natural para caerle mal a la Autoridad (así, con mayúscula y como ente abstracto), y más concretamente a sus cancerberos. Valgan como prueba dos simples ejemplos muy recientes:

Este pasado sábado el hado nos dejó una preciosa perrita abandonada en la puerta de casa. En vista de la desnutrición y el mal estado general de revista, dedujimos que había sido abandonada recientemente. Al tratarse de un cachorro contemplamos la posibilidad de que tratara de un regalo navideño indeseado, que al constatar con el paso de las semanas que está adquiriendo unas proporciones caballunas (es cruce de braco, dogo y no sé qué más) y que zampa como un tiburón, pues le hicieron lo que ella nunca te haría: dejarla tirada (como un perro) en algún camino de la zona.

Pero el hado tuvo el acierto de, entre todas las puertas de la urbanización, hacer que sus patas desfallecieran justo en la verja de entrada de la vivienda de Santa Francisca de Asís y sus muchachos. Quizás no fue causalidad y fue una elección consciente del animal, atraído por el rugir de la jungla (esa escandalera producida por la convivencia, en un mismo hábitat, de cánidos, felinos, aves, galápagos, roedores, insectos y vertebrados superiores; que se ha ganado el nombre de Zoo de Nairobi).

Así que, como buenos santos, dimos de beber a la sedienta, de comer a la hambrienta, y le quitamos en la bañera el kilo y medio de mierda que llevaba encima. Pero, como ya comenté que el vecino de enfrente es policía, cuando llegó y vio la nueva pieza del zoo, quiso aguarnos un poco la fiesta, y empezó a decir que quizás no lo habían abandonado y que lo mismo se había escapado y alguien la estaba echando mucho de menos. Nos dijo que habría que llamar a la Brigada Azul y no sé cuántas cosas más. Y yo diciendo: “Sí, sí, claro…”. Y tal y como nos damos la vuelta le dije a mi familia (quizás en un tono demasiado audible): “Ni Brigada Azul ni leches, ésta perra ya no sale de aquí. Si se le ha escapado a alguien, que hubiera prestado más atención en su cuidado”. Y entonces observo, que unos segundos después de decir esto, el vecino se vuelve a subir en el coche (acababa de llegar) y se marcha misteriosamente. Y escamado le pregunto a su mujer que a dónde va. Y me dice que como está viendo que no estamos ilusionando demasiado con la perra, y luego no quiere que nos llevemos un chasco si aparece alguien reclamándola, se ha ido al trabajo a por un aparato de ésos que llevan ellos en los coches patrulla para leer el chip de los perros que se encuentran por la calle, para poder devolverlos a sus dueños en caso de fuga, o poder denunciarlos en caso de abandono. Y yo pienso que por qué no tendré la boquita cerrada, especialmente en presencia de agentes de la ley.

Felizmente, y como ya imaginábamos, no había ningún chip y viendo que nadie había pegado carteles por la zona echándola en falta, pues la llevamos al veterinario, se le hizo una revisión a fondo, desparasitado preventivo, vacunación general y, entonces sí, la bautizamos y se le puso un chip a nombre de su nuevo am[ig]o: un servidor, que está que no caga con su niña.

Quien es capaz de abandonar a su suerte a una criatura así, seguro que tiene el corazón más oscuro que el pelo de su víctima.


Cambiando diametralmente de espectro de onda: ayer por la mañana voy a sacar dinero del cajero y observo que mi saldo ha descendido sin motivo aparente. Indago y descubro que me han soplado 46 y pico euros en concepto “Embargo”. Entro en cólera y pido explicaciones en la sucursal, que me remite al ayuntamiento (porque tiene toda la pinta de una multa), pero decido ir directamente al puto Suma, el brazo ejecutor del cobro de las extorsiones e impuestos revolucionarios institucionalizados.

Si cada vez que he estado allí hubiera cogido uno de sus caramelos, ya habría montado una fábrica como la de Willy Wonka, pero el logotipo del Ministerio de la Usura estampado en el envoltorio mantiene mi mano alejada de la cesta, no sea su tacto me produzca urticaria en mis dedos de mal pagador. Supongo que ponen a tu disposición estas golosinas para que te metas algo en la boca a falta de esos proscritos cigarrillos tranquilizadores, y evitar así temibles subidones de nervios (ya se sabe la mala hostia que pone pagar multas y sanciones, y encima con recargos y amenazas. Yo mismo me hubiera fumado una buena docena de pitillos mientras esperaba resoplando y mascullando improperios; y le hubiera apagado otros tantos en la frente al tipo que me atendió). La cuestión es que allí me acaloro de nuevo y me despachan a la Unidad de sanciones del Ayuntamiento, donde me explican la increíble historia. Abrid bien los ojos porque es de las que cuestan de creer (vamos, de ésas mierdas que me pasan a mí constantemente):


Resulta que la burocracia de nuestros organismos oficiales es tan incomprensiblemente torpe y kafkiana, que en pleno siglo XXI, inmersos como estamos en la era de la informática, donde la transmisión instantánea de datos permite compartir archivos con cualquier rincón inencontrable del planeta donde se disponga de acceso a la red de comunicación; pues las bases de datos de los distintos estamentos públicos resultan ser compartimentos estancos e independientes, que no es que no compartan las actualizaciones y correcciones que van haciendo los ciudadanos en cada una de ellas, no; es que encima parece que estén a la gresca y se obstaculicen y oculten información para acabar pagando el pato los de siempre: el miserable ciudadano de a pie, mártir de toda la incompetencia administrativa de sus instituciones.

¿Cómo se entiende que, a pesar de la persecución, pederastas de todos los confines del mundo compartan discos duros clandestinamente, y sin embargo, si tú notificas en el padrón de tu pueblo que te has cambiado de casa, éste no sea capaz de volcar esa información al resto de organismos oficiales? O al menos que asuman y te informen que son tan primitivos y cerriles que tendrás que ser tú el que vaya físicamente, mostrador por mostrador, avisando de tu nueva dirección. Porque resulta que aunque te hayas tomado la molestia de informar a todos los sitios que se te puedan ocurrir: ayuntamiento, jefatura provincial de tráfico, agencia tributaria, catastro, censo electoral y la madre que los parió a todos; resulta que no basta, que quizás te dejaste alguna ventanilla por visitar y por ahí te la meten doblada. Como me la metieron a mí ayer.

Pero ya seguiré en otro momento, que esto se alarga demasiado.

2 comentarios:

Guile dijo...

Si te sirve de consuelo, mal de muchos consuelo de tontos, a mi me multaron los municipales por saltarme un semáforo en verde, creo que soy el único personaje a la que le ha ocurrido semejante abuso de la autoridad municipal, y añado, los cuerpos de la policía están llenos de esos niñatos, que cuando jugábamos en el barrio eran los más chulos, y no han encontrado más que dos salidas en la vida, ser camellos o policias municipales. Si todos hubieran optado por lo primero, sólo habría una mafia, y no dos.

Ánimo y no te agobies, que a todos nos joden las absurdeces burocráticas.

Por cierto por el perro un diez, yo tengo uno adoptado y es un pedazo de pan.

Me alegro de volver a verte por el blog.

Chiringui dijo...

Lo de los ayuntamientos es el cáncer de este país.

Aquí tienen las cuentas intervenidas por la Generalitat, imagina la que tienen liada.