viernes, febrero 01, 2008

La Línea Maginot

No sé si en la sangre portuguesa que corre por mis venas porto vestigios genéticos de Viriato, porque este ardor de pastor guerrero que me consume últimamente contra las injusticias me trae de cabeza, porque conlleva un derroche de energías francamente agotador. Y no se rían que no hace mucho unos científicos con demasiado tiempo libre hicieron un estudio de ésos que se sacan de la manga para justificar unos cuantos milloncejos de euros “gastaores” y demostraron que, por caprichos de las carambolas combinatorias de la herencia genética, casi todos los hombres europeos somos descendientes de Gengis Kan… ¡pero bueno! ¿otra vez riéndose de mí? No pongo aquí mismo el enlace a la noticia porque: A.- soy muy perro; y B.- (y más importante) no tengo ni puta idea de poner enlaces. Pero si les interesa denle faena al Sr. Google (que es ese enanito que corre por los pasillos del archivo de internet buscando sus solicitudes), porque la historia resulta muy curiosa. Ya decía yo que los machos de por aquí somos todos medio mongoles…

Venga, que me lío yo sólo con mis tonterías… decía que últimamente no doy abasto para combatir las tropelías de los titiriteros que manejan nuestras vidas como ciudadanos de La Unión (como les gusta llamarla a los periodistas, tan dados ellos a esos conceptos tan rimbombantes y como extraídos de alguna película de James Bond).

Y empiezo a sospechar que todos estos atropellos son efecto y no causa, como pudiera pensarse, de la desidia de los individuos a la hora de ejercer nuestro derecho a la réplica. Vamos, que como aquí el ciudadano ya ha asumido su rol de cabrón y –encima- apaleado pues los responsables de sus cabreos se sienten impunes y se crecen y se ensañan a la hora de majarnos con el vil garrote (que no hace tanta pupa como el garrote vil, pero jode mucho también). En países en los que a sus súbditos no les duelen prendas para denunciar la más mínima negligencia, y donde el nivel de exigencia a los responsables de cualquier ámbito es elevadísimo, y los errores no se los lleva el viento sino que éste ayuda a rodar las cabezas de los incompetentes; pues no entienden el grado de relajación de costumbres y paupérrimo servicio al que nos hemos acostumbrado por estos lares. Nosotros nos consolamos pensando que ellos, los suizos, japoneses, etc… que sí, que les llegarán puntuales los trenes balas y que no ves una puta colilla en sus aceras, pero que luego son todos unos sosos, unos amargados y unos suicidas.

Contaba el otro día que por la estrafalaria estratificación administrativa me embargaron el importe de una multa por una infracción de la que no sólo no había sido informado, sino que ni siquiera era consciente de haberla cometido. Pero hoy me he tenido que “querellar” contra el servicio de tranvía de esta ciudad. Resulta que hace un tiempo mi pareja y un servidor decidimos hacer uso de este transporte público por varias razones (la principal económica, pero también de otra índole: sacar 2 vehículos de una circulación demasiado colapsada, con su consiguiente estropicio medioambiental; la tranquilidad de ser llevado mientras uno lee o charra de sus cosas, etc…). Pero incomprensiblemente no ha sido puntual ni un día (bueno, en honor a la verdad: desde junio 2007 que hacemos uso, hemos contabilizado sólo 4 ocasiones en que nos ha recogido de nuestra parada a la hora estipulada). Y digo que esa puntualidad resulta incomprensible porque, a diferencia de las grandes ciudades donde una intrincada red de vías y túneles tienen que comunicar todos los confines de una gran metrópoli, en nuestro caso se trata de una única línea cuya dirección discurre paralela a la costa, que los trenecitos se limitan a recorrer en un sentido y su contrario. Pues no hay manera. Yo no sé qué coño hacen estos tíos que no se aclaran y -a pesar de lo dicho- se estorban e interceptan desde primeras horas de la madrugada.

Esta única línea que yo llamo Línea Maginot, en homenaje a la fortificazión que hicieron los franceses de toda su frontera oriental para mantener a raya a los fascistas italianos (sobre todo) y a los emergentes nazis alemanes, y esta escuálida línea de tranvía Maginot se la han sacado de la manga los fascistas de por aquí para mantenernos alejados de sus carreteras a los afrancesados de toda la comarca (sólo hay que hacer un recorrido matutino sobre sus raíles para ser testigo de cómo el vagón atraviesa suntuosas zonas residenciales recolectando a su paso pequeñoburgueses madrugadores con pocas ganas de conducir sus monovolúmenes y todoterrenos).

Y ya seguiré otro año, que me enrollo como una persiana veneciana.

2 comentarios:

vainilla dijo...

Es porla sangre portuguesa, igual que mi mala leche es por mi sangre charra... Por cierto, vuelvo a comentar tus posts y a mandarte un beso y un saludo le pese a quien le pese

Guile dijo...

Me he quedado un poco a medias, espero una segunda parte, pero, el problema del transporte público es que no tiene ventajas reales, me explico: no es más rápido (necesariamente), no es más cómodo (casi nunca), y en muchas ocasiones no es más barato. sin que sean las tres cosas, nunca apostaremos fuerte por él, aunque, en mi opinión, sea un indicador de lo evolucionada que esté una sociedad.

Pero insisto, debería ser, más rápido, más cómodo y más barato.