miércoles, febrero 06, 2008

Tempus fugit... pues ¡compra!

Hoy me ha sorprendido gratamente leer el -muy recomendable- blog del camarada Guile (pinchen en Polvo en el viento de la columna de favoritos en la derecha de ésta su pantalla enemiga), al que de paso aprovecho para agradecerle sus gentiles comentarios. Sus reflexiones son siempre muy enriquecedoras, y la de hoy sobre la juventud no iba a ser la excepción.

Pero la razón de mi sorpresa es que precisamente hoy venía yo hacia mi mazmorra, cabizbajo y meditabundo sobre algo que él comenta también, entre otras cosas, en su última entrada: la maldición de nuestro tiempo, la falta de tiempo; sobre todo para destinarlo a lo que más debería importarnos y a lo que finalmente menos tiempo podemos dedicar, que es a desarrollarnos como personas. A eso que el matemático-suicida Henri Roorda definió como cultivar tu jardín privado, da igual que éste sea de orgullosas palmeras o de modestos geranios (así lo dejó escrito en su espeluznante libro Mi suicidio, en el que detalla con una desesperante clarividencia las razones, preparativos y pormenores de eso precisamente que indica el escueto, pero contundente, título. Por una vez y en este caso, la obra que acabo de mencionar no puedo en absoluto adjetivarla como recomendable; no porque esté mal escrita (que no lo está, ni mucho menos; ya quisieran muchos, empezando por mí mismo, esa claridad y contundencia en la exposición de sus razones), ni porque yo la haya releído tres veces (que ya es razón suficiente para desacreditar cualquier libro); es que resulta demasiado dolorosa de principio a fin, hasta para espíritus muy curtidos en las torceduras del alma. Y resulta un libro doliente porque sobre toda su lectura planea la certeza de su final, que es justamente el que se promete ya en el principio. Y el hecho de que se conozca de antemano el triste desenlace no alivia el desasosiego de seguir todo el proceso interior del cabal razonamiento (y peligrosamente convincente) que llevó a una persona inteligente y vital (sí, sí: vital) a apearse voluntariamente del mundo que le había tocado en suerte vivir. Porque si aplicáramos todos la lógica matemática a nuestros casos personales, la saga Mi suicidio superaría muy pronto a la de Harry Potter).

Volviendo al asunto de la moderna falta de tiempo, al que me veo obligado a volver con urgencia y no irme por los cerros de Úbeda precisamente por mi falta de tiempo (y es que pierdo demasiado tiempo en no tener tiempo)... creo sinceramente que hemos llegado al punto de saturación del tempo vital en el que nos desenvolvemos. Es como si DJ Dios hubiera ido subiendo paulatinamente los b.p.m. de nuestro ritmo de vida hasta colapsarlo en una muralla de ruido distorsionado que no tiene orden ni concierto. Que arroje el primer Valium el que esté libre de algún grado de estrés o ansiedad (malestares desconocidos e inimaginables en los tiempos de Cristo, y eso que también curraban como esclavos de sol a sol).

El problema actual es la plusvalía de culpa que han logrado añadir arteramente en nuestras conciencias los caciques que nos marcan la pauta desde sus poltronas, que no es otra que en este deleznable imperio de las finanzas, el librecambio y la especulación salvaje han logrado reprogramarnos las molleras para que entendamos nuestro escasísimo tiempo libre a semejanza de nuestro dinero (aún más escaso). Dándole admirablemente la vuelta a la tortilla han logrado convencernos de que no es que sean ellos los que nos dejan poco tiempo libre para nuestras cosas, no; lo que pasa es que el tiempo libre (que viene de libertad) es una cosa intrínsecamente escasa y, como todo lo que escasea, lo han convertido en un lujo que uno no se puede permitir derrochar sin sentirse mal, con una pegajosa sensación de estar malgastándolo en tonterías inútiles y un complejo de derrochón improductivo.

Estas ratas peseteras han invertido la ilógica de un proceso que nos ha convertido a casi todos en máquinas que venden la mayor parte de su escaso tiempo de vida en trabajos mal remunerados (lo mires por donde lo mires, porque si el tiempo es oro estamos todos muy infravalorados), y han logrado que esa alienación revierta hacia nuestro interior y nos entren remordimientos de estar despilfarrando el tiempo cuando te quedas mirando más de dos minutos embobado a las nubes, o que nos reconcoma la frustración de posibles alternativas desaprovechadas si pierdes veinte minutos más de lo que tenías pensado en esa visita fugaz a un familiar hospitalizado o a ese amigo que hacía tanto que no veías. (Con la de cosas útiles que podía estar haciendo yo ahora, piensa uno con esa absurda lógica que el gran Nietzsche bautizó como moral de esclavos).

Hemos tocado fondo en este sentido, porque hemos permitido que nos arrebaten lo único de lo que hasta no hace demasiado tiempo todavía éramos dueños: nuestro tiempo de ocio. Ahora en ese fugaz tiempo de ocio, como apuntaba en un espléndido escrito mi querido amigo Juanma Agulles, es muy probable que sigamos produciendo para los que al final del organigrama acaban siendo los mismos: o bien pagando una entrada por ver sus espectáculos, o bien haciendo una excursión al aire libre (previo paso por sus surtidores de combustible), o bien comprando en sus grandes almacenes.

Hoy la mayor rebeldía que uno puede permitirse es desperdiciar (invertir) su tiempo libre en cosas improductivas (enriquecedoras).

1 comentario:

Guile dijo...

En primer lugar: ¡¡¡ Chapeau !!!, y una pregunta: ¿No es terrible sentir que cuando uno se dedica a nada, "sólo" a descansar y a pensar, tenga la sensación de estar perdiendo el tiempo?.

En segundo lugar: Se me han puesto los pelos de punta al leer como mi master-blog (suena a algo sadomaso), me cita en el blog que me inspiró. Simplemente... gracias, me ha alegrado la mañana de un jueves algo gris.

Finalmente, gracias a estos intercambios de ideas, me siento un poco menos apático ante la vida estresada y sin vida que vivimos.

Un abrazo tío.