miércoles, abril 30, 2008

Vale, me rindo

Decía Tarantino en una entrevista, ya antigua, que lo bueno de haber sido un niño mimado es que uno se acostumbra a unos estándares de confort a los que de adulto no está dispuesto a renunciar. Todos conocemos algún caso de personas que se auto-exigen primeras calidades de vida, al precio que sea (y no me refiero sólo al que se paga con dinero).

Después estaríamos esas excepciones a la regla del cineasta hiperbólico, que se puede decir que fuimos niños mimados (en mi caso no me faltó de nada, de lo indispensable me refiero, siempre dentro de las limitaciones de una familia numerosa de clase media-baja), y que llegados a la adulteración (palabra que refleja mucho mejor que adultez, el proceso que degenera del niño despreocupado al desesperado hombrecillo adulto) somos de gustos sencillos y nos conformamos con poca cosa. Lo cual no quiere decir que no nos guste, y no sepamos apreciar, el lujo y las comodidades; simplemente que si se nos brindan los disfrutamos como el que más, y si no, pues nos replegamos a nuestros cuarteles de invierno en la medianía. Por ejemplo ahora, por circunstancias de mi biografía, vivo en una casa muy bonita; pero también he morado en las Cuevas del Drac y en la casa Usher, y no me supondría ningún problema volver al lumpen. Preferiría no tener que hacerlo, que tan tonto no soy, y ahora estoy muy feliz así y allí; pero sinceramente no creo que sufriera ningún trauma por tener que renunciar a ciertas prebendas y readaptarme a las privaciones y recortes.

Y así me luce el pelo, porque todo este rollo que acabo de soltar es para concluir que esta actitud mía es una craso error, que a la vida hay que pedirle el máximo que tu ambición e imaginación te permitan, porque la vida es como un mercader de un zoco maloliente: siempre está dispuesta a regatear, y hacerte pagar el precio más alto que pueda sacarte por tus aspiraciones.

Por ejemplo, estas tonterías mías de hacerme el remolón con las nuevas tecnologías, de mostrar una reticencia gazmoña al imparable avance de los cacharritos que tiran de nosotros hacia el futuro, empalizado en mi postura de apestosa sencillez y retorno a unas supuestas raíces (que ni siquiera sé muy bien lo que pretende decir eso, porque las únicas raíces que conozco son las de regaliz que me metía en la boca de pequeño), pues me trae por la calle de la amargura y me convierte en un tecno-cateto y un zanguango desactualizado.

Sin ir más lejos, me empeñé en comprarme un disc-man para escuchar música por las noches en la camita (¿y éste es el que puede vivir sin lujos en una cueva y no sé qué más…?), y, claro, al homo antecessor no le vale para nada un disc-man con mp3, mp4, y subiendo… porque no tiene el soporte técnico para transformar sus cientos de cedés en esos misteriosos formatos de ceros comprimidos. Y como no quiere pasar por el aro de pagar una considerable cantidad por un aparato compatible, del que sólo va a disfrutar (al menos de momento) sus prestaciones secundarias; pues le tocó rastrearse toda la ciudad hasta que, oh milagro, encontró en un bazar moruno un artículo inencontrable de coleccionismo retro[grado]: un disc-man normal (y por favor aceptad normal como descripción técnica del aparato, porque si tuviera que explicar ahora lo que ya entendéis, se puede complicar la cosa horrores). Una pieza exquisita de la marca Oxem (o algo así), puntera en alta tecnología para el siglo XXI, que después de servir a la patria sin pena ni gloria durante tres imaginarias de ovejas mal contadas, resulta que ya comienza a dar problemas: el ruido del compacto al girar parece el de un tiovivo, lo que en el absoluto silencio de las noches campestres consigue un efecto sobre mis nervios inversamente proporcional al pretendido. Lo que se adquirió con el propósito de que me sumiera en sueños a los compases de la música más relajante que haya registrado el ser humano, resulta que produce un desagradable ñiqui ñiqui desacompasado que te sume en un sueño inquieto y cuajado de pesadillas tecnocientíficas.


Así que se acabaron las tonterías, quiero consumir de lo bueno lo mejor; quiero leds y teras y blackberries y ancho de banda y camales estrechos; quiero un ipod, un iphone y un tontón; quiero un coche biodiesel que consuma negritos hambrientos y una casa inteligente que piense por mí; quiero freshbanking y downloading; quiero que me aceptéis entre vosotros como los enanos y demediados del film Freaks: que me rodeéis los frikis, geeks y nerds armados con vuestros laptops y bluetooths, gritándome: “One of us… one of us… one of us…”.

lunes, abril 28, 2008

¿Puede China prohibir el color naranja?

Pues de momento parece que sí:

http://responsablesdehacerfeliz.blogspot.com/

Aquí arriba, por si a alguien le interesa, en el blog del camarada Oscar, pueden conocer la iniciativa de un colectivo artístico danés que pretende aprovechar la cobertura mediática de las inminentes olimpiadas de Pekín, para denunciar la falta de libertad en aquel país.

Oscar (a.k.a. El ángel ario) colabora con el colectivo traduciendo al castellano sus comunicados y correspondencia, y yo he aportado mi modesto grano de arena.

Vaya por delante que The Color Orange es una inicitaiva pacífica, que nada tiene que ver con los disturbios protibetanos que acompañan permanentemente a la cerilla olímpica en su camino a Pekín, y que no promueve ni el boicot a los JJ.OO. ni ningún tipo de menoscabo a su organización. Simplemente llamar la atención sobre una realidad patente: la falta de derechos en China; nación a la que nadie parece tener intención de tirarle de las orejas, por muchos desmanes que cometa, por tratarse de un mercado vastísimo y casi virgen ante el que salivan las grandes corporaciones internacionales, respaldadas por sus respectivos gobiernos comparsa.

Prueben a pasearse estos días por Tiananmén con una gorra o una camiseta naranja, y entenderán muy pronto de qué estamos hablando.

jueves, abril 24, 2008

L casei inmunitas omega 3

Cómo se les ve el plumero a los publicitarios. Como ocasional televidente, detecto algunas tendencias insultantes a la supuesta inteligencia del espectador. Sirvan como ejemplo un par de las más llamativas para el que esto escribe:

Los bancos quieren jugar a no ser bancos: que si el banco que no parece un banco, o el banco coleguita que se quiere sentar a hablar (que no es lo mismo que sentarse en un banco a hablar con un colega) y el puto freshbanking. Ahora todos juegan a disimular y tratar de contrarrestar la merecida imagen de sanguijuelas despreciables que se han labrado en el imaginario colectivo.

La cosmética femenina es una dimensión paralela en sí misma, para mí inexpugnable, pero me sorprende el cariz que está tomando últimamente su publicidad televisiva. Resulta que ahora no hay potingue que no alardee en sus anuncios de contener algún ingrediente estrafalario. Especialmente interesa que suene a compuesto químico, con algún galimatías por nombre, para hacer sentir a la compradora como muy futurista y criogénica (adjetivo que no tiene nada que ver aquí, pero que ilustra muy bien esto que cuento).

Hace ya algún tiempo un laboratorio, o mejor dicho, su agencia de publicidad, fue pionera en esta línea de comunicación, informándonos a voces que su champú contiene Zinc-Piritione, que nadie (salvo farmacéuticos y mancebos) sabía lo que era, pero que quedaba muy molón así dicho. Y el impacto debió ser grande porque hasta una marca alemana de coches hizo su parodia asegurando en sus espots que sus autos contenían Ziritione; que nadie sabía tampoco lo que era –que, de hecho, no era nada-, pero eso que era lo de menos, porque lo que quiere la gente es comprar cosas exóticas y rebuscadas.

Y para nombrecitos exóticos y rebuscados, sólo hay que elegir algún ingrediente rimbombante de la fórmula y destacarlo mucho en los anuncios de tus ungüentos y cataplasmas. Que parece que ya no embellecen si no llevan ácido hialurónico.

Porque de los eslóganes mejor ni hablar.

viernes, abril 18, 2008

Blog sobre Fórmula 1, IndyCar, DTM , Nascar Nationwide, e incluso sobre Fernando Alonso

Hoy en día si no sabes distinguir los neumáticos de lluvia de los de seco, si no sabes lo que es una chicane, si no tienes tu propia opinión de una carrera a dos paradas, no eres nadie.

Por ello me complace presentar la web definitiva para saber de estas cosas de las carreras, las fórmulas 1, las motos y toda la parafernalia que se mueve alrededor. Se trata del trabajo exhaustivo, hecho con pasión y horas de nuestra amiguita Raquel, la cual tiene un myspace que ya quisiera Lobato. Lo vamos a poner en nuestra lista de blogs chulos y os recomendamos la visita a esta galaxia de información sobre los deportes con motor:

Si parpadean se lo van a perder: http://himalia9.spaces.live.com/

miércoles, abril 16, 2008

Sonderkomandos

Los sonderkomandos fueron los judíos que los nazis destinaron a la durísima tarea de requisar las ropas y pertenencias de sus iguales recién llegados a los campos, y que iban a pasar directamente del vagón de tren a la cámara de gas. Tras la ducha de zyklon-b también se encargaban de trasladar los cuerpos gaseados hasta los hornos crematorios (impío destino para los miembros de una religión cuyos libros sagrados prohíben expresamente la cremación).

Las víctimas entraban engañadas a las cámaras de gas, pensando que se trataba de campos de trabajo y que simplemente iban a ser duchados y desinfectados antes de ser instalados en los barracones, y los sonderkomandos debían hacer su trabajo disimulando una trampa que la tentación de desvelar no hubiera cambiado las cosas más que en incrementar el número de víctimas del día con sus propios cadáveres. Para no levantar sospechas en los recién llegados, los sonderkomandos estaban relativamente bien alimentados y sanos, por lo que ejercer la cruel patraña en la antesala de la muerte de tus semejantes resultaba ser un puesto muy deseable en aquel entorno tan viciado.


Ayer fui con mi pareja a una entidad bancaria para arreglar unos asuntos de hipotecas y deudas vitalicias y nos atendió una sonderkomando muy amable. Una muchacha asalariada como nosotros que enmascaraba con su sonrisa y buenas maneras la cámara de gas en la que van a asfixiar nuestra economía, cuya puerta nos abría y en la que, muy cortés, nos apremiaba a adentrarnos.

¿Y quién no suspira hoy por un trabajo de media jornada, bien premiado, conduciendo al prójimo a la ruina?

lunes, abril 14, 2008

Jardinería extrema

Tiene razón Guile (gracias por el interés, compadre): hace mucho tiempo que no ponemos ninguna chorrada de las nuestras por aquí. Hablando por mí, la falta de tiempo ha sido la causa de la ausencia. Mi única puerta a la red es este P.C. con el que escribo ahora mismo estas palabras, que es prioritariamente mi herramienta de trabajo. Y como últimamente ha habido mucho de lo último (trabajo), pues no ha quedado tiempo para la vertiente recreativa (RAE: recreación. 2. f. Diversión para alivio del trabajo).

Resulta que mi vida se encuentra en ese punto que Stendhal definió inmejorablemente: “mucho menos alegre y mucho más feliz”. Con el sosiego de mi tempo vital he redescubierto actividades, e inactividades, muy enriquecedoras y disfrutables que creía ya olvidadas: la vida contemplativa, el calor de hogar familiar, los paseos campestres rodeado de animales como El Señor de las Bestias, el home cinema en toda la extensión del término (absoluta oscuridad y palomitas incluidas), y una actividad que nunca imaginé que pudiera llegar a gustarme tanto: la jardinería extrema.

La llamo extrema, porque no me refiero a unos cuantos tiestos o jardineras, sino a tratar de arraigar vida vegetal en 600 m2. de terreno baldío. Y digo que no creía que me pudiera gustar esta actividad siendo adulto porque buena parte de mi crianza la pasé exiliado en el campo profundo, aburriéndome entre caracoles y hormigas, y contribuyendo más o menos voluntariamente a la economía familiar realizando de mala gana actividades agrícolas de las más diversas. Os haréis cargo que pegarte madrugones para regar, o deslomarte recogiendo algarrobas o almendras siendo sólo un niño, en vez de estar jugando a la pelota o en la playa, pues marca (por no decir avinagra) bastante el carácter.

Así que este improbable reencuentro con las azadas y el abono, de los que había procurado mantenerme alejado todo lo posible convirtiéndome en un urbanitalibán intransigente (siempre he dicho que el campo me gustaba, pero a poder ser contemplado a través de algún vidrio protector: el cristal de una ventana, la ventanilla de un coche, la pantalla de un televisor…), ha sido sorprendentemente amistoso.

Todo empezó tras un paseo para tirar la basura hasta los contenedores de reciclaje de la urbanización (sigan reciclando, señores, que el otro día una de las empresas que se lucran con nuestra buena voluntad al respecto, pagó una página entera de publicidad en prensa para agradecernos que en un país tan garrulo e insolidario como éste ya se reutilice el ¡60 %! de los materiales recuperables); al regreso veníamos mi señora y yo admirando la exuberancia de los jardines de todo el vecindario, cuando al llegar al final de la calle, a nuestra parcela, el contraste fue enorme: parecía el jardín de La Familia Munster. Un erial lastimero en el que languidecían cuatro rastrojos abrasados por la coalición asesina de viento racheado y sol desozonizado, y donde las bandas rivales de escolopendras se enfrentan a campo abierto (qué remedio).

Así que, en ese mismo momento de impacto estético, tomamos una drástica decisión: o rematábamos el efecto escénico plantando unas lápidas musgosas y posábamos unos grajos en las ramas pavorosamente retorcidas del limonero reseco, o bien cogíamos el toro por los cuernos y nos poníamos manos a la obra (después de estabular el toro, claro, porque con los cuernos en las manos no se puede trabajar).


Y en esas estamos: llevamos varios fines de semana y fiestas de guardar jugando a Cañas y Barro. La verdad es que la mayor inversión está siendo en trabajo físico porque nos hemos agenciado un dealer botánico que nos provee puntualmente a domicilio de palmeras y granados de procedencia un tanto turbia; y esta sospecha no se debe a la peculiar etnia del susodicho, sino a lo descabelladamente barata que nos sirve su mercancía (hemos comparado precios con varios viveros y, la verdad, no nos salen las cuentas). Pero bueno, él se pasa por allí de vez en cuando (sabe cuándo estamos jardineando y ya nos tiene pillado el tranquillo) se toma una Fanta limón con nosotros, mientras nos echamos un cigarrito, y en apenas unos minutos de charla nos endilga lo que sea que lleve a bordo de la fregoneta. Y no porque seamos idiotas (o al menos no sólo por eso), sino porque nos hace siempre unos lotes que son imposibles (literalmente) de rechazar.

La cuestión es que ya se va notando una mejora sustancial en el erial: tras la plantación de 6 nuevas palmeras, 6, el pasillo de entrada parece un Beverly Hills postapocalíptico o un decorado de Full Metal Jacket. Y ahora lucimos un moreno jardinero bastante vistoso.

La única (pero no por ello nimia) pega: la guerra abierta que han declarado casi todos los animales del zoo-ilógico a cualquier iniciativa forestal que emprendemos. El último parte de guerra indica que con la llegada ayer del ficus se han recrudecido las hostilidades de los temidos cachorros de cánido hacia todo aquello que haga demasiada ostentación de clorofila en forma de llamativas hojas o aromáticas flores. Los escasos cascos verdes desplegados en la zona por Plantaciones Unidas, poco pueden hacer para controlar y evitar el salvaje herbicidio.

Ya estoy sufriendo de pensar lo que me voy a encontrar cuando vuelva… pero realmente el esfuerzo y los disgustos compensan, porque resulta un impagable placer poder observar in situ cómo inciden las distintas estaciones en la flora.

[Desde aquí, nuestro enorme agradecimiento a Raquel y Bienve, sin cuya ayuda esta aventura forestal habría acabado en desastre].