lunes, abril 14, 2008

Jardinería extrema

Tiene razón Guile (gracias por el interés, compadre): hace mucho tiempo que no ponemos ninguna chorrada de las nuestras por aquí. Hablando por mí, la falta de tiempo ha sido la causa de la ausencia. Mi única puerta a la red es este P.C. con el que escribo ahora mismo estas palabras, que es prioritariamente mi herramienta de trabajo. Y como últimamente ha habido mucho de lo último (trabajo), pues no ha quedado tiempo para la vertiente recreativa (RAE: recreación. 2. f. Diversión para alivio del trabajo).

Resulta que mi vida se encuentra en ese punto que Stendhal definió inmejorablemente: “mucho menos alegre y mucho más feliz”. Con el sosiego de mi tempo vital he redescubierto actividades, e inactividades, muy enriquecedoras y disfrutables que creía ya olvidadas: la vida contemplativa, el calor de hogar familiar, los paseos campestres rodeado de animales como El Señor de las Bestias, el home cinema en toda la extensión del término (absoluta oscuridad y palomitas incluidas), y una actividad que nunca imaginé que pudiera llegar a gustarme tanto: la jardinería extrema.

La llamo extrema, porque no me refiero a unos cuantos tiestos o jardineras, sino a tratar de arraigar vida vegetal en 600 m2. de terreno baldío. Y digo que no creía que me pudiera gustar esta actividad siendo adulto porque buena parte de mi crianza la pasé exiliado en el campo profundo, aburriéndome entre caracoles y hormigas, y contribuyendo más o menos voluntariamente a la economía familiar realizando de mala gana actividades agrícolas de las más diversas. Os haréis cargo que pegarte madrugones para regar, o deslomarte recogiendo algarrobas o almendras siendo sólo un niño, en vez de estar jugando a la pelota o en la playa, pues marca (por no decir avinagra) bastante el carácter.

Así que este improbable reencuentro con las azadas y el abono, de los que había procurado mantenerme alejado todo lo posible convirtiéndome en un urbanitalibán intransigente (siempre he dicho que el campo me gustaba, pero a poder ser contemplado a través de algún vidrio protector: el cristal de una ventana, la ventanilla de un coche, la pantalla de un televisor…), ha sido sorprendentemente amistoso.

Todo empezó tras un paseo para tirar la basura hasta los contenedores de reciclaje de la urbanización (sigan reciclando, señores, que el otro día una de las empresas que se lucran con nuestra buena voluntad al respecto, pagó una página entera de publicidad en prensa para agradecernos que en un país tan garrulo e insolidario como éste ya se reutilice el ¡60 %! de los materiales recuperables); al regreso veníamos mi señora y yo admirando la exuberancia de los jardines de todo el vecindario, cuando al llegar al final de la calle, a nuestra parcela, el contraste fue enorme: parecía el jardín de La Familia Munster. Un erial lastimero en el que languidecían cuatro rastrojos abrasados por la coalición asesina de viento racheado y sol desozonizado, y donde las bandas rivales de escolopendras se enfrentan a campo abierto (qué remedio).

Así que, en ese mismo momento de impacto estético, tomamos una drástica decisión: o rematábamos el efecto escénico plantando unas lápidas musgosas y posábamos unos grajos en las ramas pavorosamente retorcidas del limonero reseco, o bien cogíamos el toro por los cuernos y nos poníamos manos a la obra (después de estabular el toro, claro, porque con los cuernos en las manos no se puede trabajar).


Y en esas estamos: llevamos varios fines de semana y fiestas de guardar jugando a Cañas y Barro. La verdad es que la mayor inversión está siendo en trabajo físico porque nos hemos agenciado un dealer botánico que nos provee puntualmente a domicilio de palmeras y granados de procedencia un tanto turbia; y esta sospecha no se debe a la peculiar etnia del susodicho, sino a lo descabelladamente barata que nos sirve su mercancía (hemos comparado precios con varios viveros y, la verdad, no nos salen las cuentas). Pero bueno, él se pasa por allí de vez en cuando (sabe cuándo estamos jardineando y ya nos tiene pillado el tranquillo) se toma una Fanta limón con nosotros, mientras nos echamos un cigarrito, y en apenas unos minutos de charla nos endilga lo que sea que lleve a bordo de la fregoneta. Y no porque seamos idiotas (o al menos no sólo por eso), sino porque nos hace siempre unos lotes que son imposibles (literalmente) de rechazar.

La cuestión es que ya se va notando una mejora sustancial en el erial: tras la plantación de 6 nuevas palmeras, 6, el pasillo de entrada parece un Beverly Hills postapocalíptico o un decorado de Full Metal Jacket. Y ahora lucimos un moreno jardinero bastante vistoso.

La única (pero no por ello nimia) pega: la guerra abierta que han declarado casi todos los animales del zoo-ilógico a cualquier iniciativa forestal que emprendemos. El último parte de guerra indica que con la llegada ayer del ficus se han recrudecido las hostilidades de los temidos cachorros de cánido hacia todo aquello que haga demasiada ostentación de clorofila en forma de llamativas hojas o aromáticas flores. Los escasos cascos verdes desplegados en la zona por Plantaciones Unidas, poco pueden hacer para controlar y evitar el salvaje herbicidio.

Ya estoy sufriendo de pensar lo que me voy a encontrar cuando vuelva… pero realmente el esfuerzo y los disgustos compensan, porque resulta un impagable placer poder observar in situ cómo inciden las distintas estaciones en la flora.

[Desde aquí, nuestro enorme agradecimiento a Raquel y Bienve, sin cuya ayuda esta aventura forestal habría acabado en desastre].

1 comentario:

Guile dijo...

En primer lugar me alegro del "retonno", y debo decir que una vez más nuestras vidas transcurren paralelas, en mi caso, mi pareja y yo decidimos en un pedacito de tierra familiar montar un mini huerto, suficiente para disfrutar y no sufrir, y debo decir que éste, junto con los árboles del jardín familiar, nos hacen muy felices y ahora de vez en cuando me descubro diciendo: ¿te has fijado que hermosa está esa red potiniae?, cuando yo no tenía ni idea de plantas, árboles y demás seres vegetales.

Saludos.