jueves, mayo 29, 2008

Metal pesadísimo (6. Mi rock es un rollo)

A través de incontables cambios y recambios en la formación, el núcleo de aquel átomo en el universo de las bandas que tratan de abrirse paso hacia la fama, el binomio Almax/servidor permaneció firme al timón de aquella nave a la deriva. Salvo los dos impasses ya comentados.

Por la banda pasaron personajes de toda ralea. Sólo por sus nombres (evidentemente motes, con que los bautizábamos nosotros o que -la mayoría- ya traían de casa), os podéis hacer una idea de cómo estaba el panorama: El Daga, Tarzán Mauro, El Loco, Tumulario, Medicado, Ruso, Masacre, Chungo, Invierno, Trastornao, El Clint/Cucaracha (según la ocasión; es obvio cuál traía de casa y cuál le pusimos allí...), Canuto, Enfermo, Resentío, Sífilis... y los que no recuerdo ahora, porque fueron demasiadas caras y gestos, y nombrecitos chorra. Esto ya da una idea de que detrás de cada apodo hay una historia cuanto menos peculiar. Unos no aguantaron entre nosotros ni una semana, otros meses, y otros –los menos- algún año. ¿Mi mote? Animal o Gordo, según mi perímetro axial del momento.

Pero de todos aquellos monstruos de feria, si hay uno que merece ser recordado, ése es el puto Vampiro. Un ser inefable, que tiene el dudoso honor de haber sido el que más años aguantara en nuestra compañía. Casi se podría decir que lo criamos nosotros, que lo empollamos como a un huevo del averno, de cuyo cascarón acabaría saliendo un polluelo atroz. Lo conocimos cuando todavía era un heavy casi imberbe, pero, ojo, con las ideas muy, pero que muy claritas. Era un auténtico heavy de manual, acérrimo observante de toda la liturgia, iconografía y santoral que ordena la tradición. Tenía unos usos y costumbres un tanto inquietantes, como grabar en video y a traición muchos de sus momentos íntimos con sus -sorprendentemente, no pocas- conquistas, para después mostrarnos las grabaciones en unos muy celebrados pases exclusivos. También se metió a gigoló o no sé qué follón que encontró por internet, pero duró dos o tres misiones (en cuanto descubrió que su carne se vendía a un mercado unisex), que le dieron para comprarse un coche italiano descapotable. Pero, no te vayas a creer, que se lo trajo de importación, de tercera o cuarta mano y estaba reventado. Encima le dio su toque vampírico y terminó de cagarla: una calavera en la palanca de cambio; unos metalizados por aquí y por allá; un poco de chapa metálica de ésa que parece que se hubieran caído unos palillos en el molde, en lugar de blandas alfombrillas; y algo más de tunning heavy que afortunadamente no recuerdo, y el Vampmóvil ya iba causando auténtico horror a su paso.

Lo bautizamos Vampiro porque sólo le faltaba volar (los colmillos no podría asegurar que no le colgaran de la encía). Era un no-muerto, pálido y desabrido, un espectro malencarado y misterioso que no hablaba apenas, y al que únicamente parecía hacer feliz (o menos infeliz) la oscuridad, la soledad y el frío. Vamos, que era raro de cojones, el jodío. Llegó a nuestro clan como un bicho raro y un pájaro de mal agüero, y salió hecho un hijoputa en toda regla.

Encima, le dio una temporada por actuar con una pavorosa camisa negra de encaje con unos murciélagos bordados, que era un primor. Se la compró en Alemania, en un rocambolesco viaje al que se fueron sin mí por esto:

Nochebuena. Interior. Noche. Cenando en familia en casa de mis padres llaman al teléfono y me dicen que es para mí. Eran Almax y Vampiro, muy eufóricos (bueno Almax, el otro en su línea), que estaban en el aeropuerto a punto de volar a Alemania, que si me apuntaba. Les dije: “¿Vosotros sabéis contar? ¿Sí? Pues no contéis conmigo”. Se fueron con B., un colega que viajaba allí de vez en cuando para traerse coches (supongo que comprados legalmente), conduciéndolos de regreso. Imaginad cuando volví a la mesa descojonado de la ocurrencia de estos chalados, el comentario fue unánime: “Ay, hijo, no me gusta que vayas con esa gente tan rara”. Por lo que contaron a su regreso, aquel viaje fue muy jugoso en anécdotas, imposibles de reproducir aquí (porque sería no parar...).

La cuestión es que este pájaro siempre estaba enredado en asuntos turbios, y precisamente gracias a eso, nos consiguió unos bolos en un centro de ocio de Benidorm (perdonad que no dé más detalles, pero es que después en Google todo se sabe, y no me gustaría aparecer carbonizado en algún descampado). Era una macrosala con restaurante, cafetería, salón recreativo, pistas de bolos, etc... gestionada por una sociedad integrada por personas físicas de nacionalidad rusa, que daban mucho miedo cuando los conocimos en persona [física y química].

La cosa cantaba a la legua a excusa para blanquear algo de calderilla, porque nuestro cometido era actuar, a ver cómo coño explico esto... ubiquémonos: dentro del complejo había un restaurante, rodeado de mesas en el interior y también por la terraza, que quedaba separada por unas enormes cristaleras. El restaurante era como una isla dentro de las cristaleras, y dominaba toda la narco... digo, macrosala. Pues nosotros debíamos amenizar con nuestra muralla de ruido atronador, desde el techo de la isla, y en dos pases, la merienda y el té de las cinco a los guiris despistados que cayeran por allí.

Aquello no olía bien porque firmamos un contrato con ellos, sin siquiera haber oído nuestra maqueta ni saber qué tipo de música perpetrábamos, y eso que les advertimos desde el principio por dónde iban los tiros... Nos pagaban a 25.000 ptas. de las de entonces cada pase, y con barra libre de comida y bebida en el restaurante para nosotros y nuestros acompañantes. Encima, habían montado una especie de concurso para grupos noveles de la zona, que ya estaba amañado por contrato que íbamos a ganar nosotros (premio = 200.000 ptas.). Aún conservo aquel contrato, pero ni loco se me ocurriría ponerlo aquí.

Bien, y llega el gran día de estrenarnos allí. Después de merendar pantagruélicamente unas 12 personas (la banda éramos 4; pero repartimos títulos a los colegas: tú di que eres el mánager, tú el del sonido, tú el de las luces; pero si no lleváis luces; da igual, tronco, pero si esto es una pachanguita mafiosa), empieza el espectáculo. Con la acústica insufrible, con cuyos ecos nos abroncaban las cristaleras, y un sonido previo a la amplificación ya vergonzante, pues el resultado era un absurdo sonoro de proporciones antológicas. Imaginad los guiris huyendo en tropel a los primeros acordes, jajaja... aún me descojono al recordarlo. Porque tú estás allí, en un centro de ocio familiar tomando unas pastas mientras los niños juegan a las maquinitas, y se encaraman 4 melenudos al tejado del restaurante, como unos Beatles o unos U2 de extrarradio, y empiezan a armar un escándalo inidentificable como algo mínimamente parecido a lo que entendemos por música, por muy guiri que seas.

Sobre la marcha fuimos puliendo el sonido (mientras el James, que habíamos presentado como el técnico de eso precisamente, aprovechaba con furia la barra libre y pasaba ya ni de hacer el paripé, jajaja....), pero aún así aquello no había quién lo soportara. Los propios colegas tuvieron que salirse a la terraza antes de que empezaran a sangrarles los oídos. Pero no lo haríamos tan mal, cuando al final hasta nos pidió un bis uno de los camareros, que no paraba de hacernos la mano cornuda cuando la bandeja se lo permitía. Pidió algo de Metallica y no quedó defraudado.

Pero no hubo segundo pase. Alguien se chivó a los rusos de que les habíamos vaciado el local en un tiempo récord, y nos transmitieron sus deseos de que no tocáramos más, pero que no nos preocupásemos, que nos pagarían lo acordado. Y eso hicimos. Estiramos un poco más la barra libre (hasta que nos dieron el toque) y nos fuimos de juerga por Benidorm.

Pero no se nos ocurrió nada mejor al día siguiente (que supuestamente teníamos otros dos pases, pero que ya nos habían dicho muy tajántemente que no tocásemos ni una sola nota más en su local), que, cuando fuimos a recoger el equipo del tejado, nos pareció una putada después de la currada de montar todo allí arriba, y autoengañándonos con que al final no estaba sonando tan mal, e incluso queriendo pensar que a la gente estaba acabando por gustarle; pues decidimos unilateralmente, por nuestra cuenta y riesgo, ponernos a tocar de nuevo. Los empleados de allí, que ya pensaban que se iban a librar por fin de nosotros, fliparon y rápidamente debieron dar aviso a sus amos. Que se presentaron al poco con cara de muy malas pulgas.

Juro que no voy a exagerar ni un ápice las cosas para darle un barniz épico a la anécdota: imaginad un cásting de malos malotes para una peli de Vin Diesel, o mejor ved Promesas del Este, y os haréis una idea aproximada de lo que se nos plantó delante (bueno, debajo). Una panda de matones eslavos, a los que sólo les faltaba unas chaquetas largas de cuero al estilo Matrix, y el que parecía el jefe hasta llevaba al lado la tía espectacular con cara de chunga (yo no sé si el cine refleja muy fielmente estas cosas, o ellos imitan a los malos que ven en las películas; pero la escena, de no ser por lo tenso del momento, resultaba hasta cómica).

Nosotros seguimos tocando como si no fuera con nosotros la cosa, haciéndonos los tontos, hasta que el que parecía el jefecillo nos hizo un gesto inequívoco pasándose el filo de la palma de la mano de lado a lado de su cuello. Lo que sólo podía significar dos cosas: o que cortáramos el ruido ahí mismo, o que nos iban a degollar a todos en cuanto bajásemos de ahí.

Así las cosas, llegamos a un acuerdo muy beneficioso para ambas partes: nosotros no aparecíamos por allí nunca más, y ellos no nos mataban. Pero nos pagaron de puta madre (por los 4 pases, cuando habíamos tocado solamente uno y un cuarto); aunque del concurso amañado nunca más se supo, y eso que habían impreso una animalada de carteles (al parecer, esta gente no tiene término medio en todo lo que emprende).

Continuará...

martes, mayo 27, 2008

Metal pesado (5. Mi rollo es el rock)

Xavalín: sí, era la Nave Iguana. Guardo muy buenos recuerdos pasados bajo toda esa uralita putrefacta. La invitación ya ha sido cursada.

Harry / Silviqui: como me enrollo endiabladamente, después es comprensible que no se me entienda desde el otro lado del cable. Yo sólo abandoné mi banda dos veces: la primera por mi propio pie, enfurruñado por alguna movida, y fue cuando me incorporé al grupo pseudo-punki; que yo dejé al poco tiempo porque no había quien aguantara aquel sindiós. Aquellos elementos no estaban para echar a nadie y creo que con tal de que hubiera aportado mi parte de alquiler, les hubiera dado igual que yo fuera un engendro salido del mismísimo infierno, o que hubiera estado muerto. Éramos una panda de pobres diablos y lo que perpetrábamos no se puede ni considerar música. Mi segunda ausencia de mi banda, no fue tan voluntaria. Vamos, que me tiraron una temporadita para ver si se me aclaraban las ideas un poco. Por aquellos días estaba bastante desnortado y, visto ahora, entiendo y respeto su decisión, porque la situación era sencillamente insoportable. Yo mismo me hubiera dado dos buenas hostias para quitarme la tontería. Pero, pasado un cierto tiempo, las cosas se hablaron con calma y yo volví al clan (aunque tampoco puedo asegurar que realmente hubiera cambiado mis hábitos, porque mis recuerdos de aquel entonces son un poco confusos).

Cripema: gracias por tu elogio (érais nuestro público más fiel [= casi el único], lo que ya tiene mérito...), y por recordarme la anécdota del tinte. Ésta: la misma tarde de un concierto no se me ocurrió mejor idea que teñirme el pelo del tono de negro más oscuro que encontré en la droguería. Estábamos en casa, poniéndome V. el tinte (que era de ésos permanentes, no de los que se van en cuatro lavados), cuando me llaman los del grupo con no sé qué follón, reclamando mi presencia en la sala donde íbamos a tocar. V. me dice que no me puedo ir así, que aquello tenía aún que fraguar, pero no le hice caso y durante el concierto, como sudaba como un puerco (por la desafortunada combinación de sebo y entrega, y por otras razones que no vienen al caso), pues aquello empezó a aflojarse del pelo. Yo no podía verme, pero notaba que los goterones de sudor me escocían en los ojos y me cegaban; lo veía todo como más oscuro de lo normal. Aunque empecé a sospechar algo cuando vi la toalla con la que me secaba entre canción y canción, totalmente tiznada. Cuando por fin acabamos y me fui casi a tientas al “camerino” (léase almacén de bebidas) pude verme en el espejo del aseo: imaginad a una Miss Universo de 130 kilos, recién coronada, con los churretones negros del rimmel bajándole en cascada por la cara, arrastrados por la emocionada riada de lágrimas. Joder, si entre la barba y la melena sólo me faltaba la corona de espinas. La verdad es que como efecto escénico debió quedar impactante: ver a un batería ciego (en toda la extensión de la palabra), derritiéndose como un muñeco de nieve del Kilimanjaro mientras aporrea brutalmente su batería. Aquell noche se puede decir que sudé tinte. Pero que me destiñeran las greñas era lo menos chocante que nos podía pasar antes/durante/después de un concierto.

Que es lo que pretendo contar a partir de ahora, si la autoridad, el tiempo y mi verborrea lo permiten. Continuará...

lunes, mayo 26, 2008

Jevirulo (4 Sigue Sigue Sputnik...)

En el relato de aquí abajo cometí una imprecisión: comentaba que al llegar las fechas de mi comunión, tuve que decidir entre moto o batería. Estaba convencido de que así era, pero no terminaba de cuadrarme ya que la comunión la hice con 9 años, demasiado pronto para pensar en motos (que no en batería, que me rondaba desde muy pequeño, según testigos presenciales). Ayer, mi madre me sacó de dudas. El regalo especial que mi madrina quería hacerme era por haber aprobado la E.G.B. (aunque fuera en Septiembre) y pasado al B.U.P., y mi terca argumentación para conseguir la moto era que la necesitaba para poder desplazarme hasta el instituto (que estaba a 6 manzanas de casa).

Hecha esta aclaración, que realmente no tenía la más mínima importancia, seguiré revelando mi rollo Kodak.

Me quedé en cuando me incorporé a una banda que buscaba batería. Pero para ser exactos, aquella no fue mi primera banda de rock, ya que, antes de eso, y usando como local para los ensayos la casa de campo ya mentada, estuve tocando unos cuantos meses con mi querido Juancho (quien, por cierto, se haya inmerso ahora mismo en dar la vuelta al mundo con su guitarra, y las últimas noticias recibidas son que ha triunfado como músico a su paso por la exrepública soviética de ¡Georgia! Para más información pueden visitar his-space www.myspace.com/redmoondance donde aparte de conocer sus andanzas en el blog incorporado al espacio, que actualiza cuando dispone de conexión a la red por esos mundos de Dios, también podéis escuchar su música y contemplar sus originales videoclips). Al dúo dinámico se nos unió Antonio, que acababa de comprarse una guitarra y no tenía nada mejor que hacer, y nos pusimos el ridículo nombre de Orgasmus (y no me preguntéis por qué, que ya resulta bastante duro tener que recordar estas cosas, que ya tenía semiolvidadas).

Con semejante plantel y un nombre con tanta garra, la cosa no podía durar más de lo que duró, y cada mochuelo volvió a su olivo. Como mi olivo estaba plantado en la casa del pantano, pues allí seguí tocando solo, como un energúmeno, practicando los ejercicios que me enseñaba mi profesor durante nuestra escasa hora de clase semanal.

Al incorporarme a la otra banda, también empezamos usando la casa de campo como local, pero sólo unos pocos fines de semana, hasta que encontramos un local de ensayo donde trasladarnos (el de la foto del anterior post donde salgo haciendo el ganso).

Ese local era uno de los muchos que se alquilaban a grupos musicales dentro de una nave industrial, rehabilitada a tal efecto. Y el negocio funcionaba bien porque tenían hasta lista de espera. Pronto brotaría la competencia, ofreciendo mejoras y avances, pero los auténticos locales, los que tienen solera y que todo grupo de esta zona que se precie ha debido pisar al menos durante un mes eran aquellos. Había un rollo muy canalla allí, y la verdad es que pasábamos más horas en el bar que practicando con los instrumentos (que buena falta nos hacía, la verdad). Encima el bar hacía las veces de sede social del club motociclístico que presidía uno de los hermanos propietarios de la nave.

Aquellos fueron tiempos extraños. Pertenecer a cualquier grupo humano suele ser complicado, por la propia idiosincrasia de la especie de los integrantes, pero pertenecer a una banda de heavy metal (donde algunas idiosincrasias son extraterrestres) puede resultar agotador para el espíritu. Y, ojo, que no estoy escurriendo el bulto, porque reconozco que por aquellos tiempos si había alguna idiosincrasia inaguantable, ésa era la mía.

La cuestión, es que resultaron unos años un poquito convulsos. Constantes cambios de formación. Deserciones, abandonos y expulsiones, no siempre amistosas, con la consiguiente búsqueda de recambios, que siempre he detestado (anúncialo o llama a los que se anuncian, quedar, probar, ejercer de cutre jurado de OT, aceptar o rechazar, hacerte a la idiosincrasia del nuevo miembro, sorpresitas no detectadas en la primera toma, expulsar, anunciar...).

Recuerdo muchas juergas y risas, pero también muchos bajones y piques. Un día sois los nuevos Metallica y al siguiente una mierda pinchada en un palo. Uno que llega con un contacto que nos va a hacer famosos, otro que viene a amenazarnos porque le debemos tres meses de alquiler del local.

Pero en todo ese vaivén, el núcleo permaneció inalterable desde el principio. Ese núcleo éramos Almax y un servidor, con el que he tocado desde mis inicios hasta que me corté la baqueta. Con dos excepciones. Una, al principio, que después de una movida me largué y me incorporé, junto con Juancho, a una banda pseudo-punki llamada Padre Karras, que daba vergüenza ajena; y de la propia, durante las semanas que aguanté allí. (Sólo decir que meaban dentro del propio local de ensayo, en una esquina, así que imaginad qué acogedor resultaba aquel ambiente). La segunda separación provisional, fue una expulsión que me gané a pulso por mi conducta... digamos, poco profesional y respetuosa con el resto de la banda. Pero las birras volvieron a su cauce y todos tan amigos.

Continuará.

viernes, mayo 23, 2008

H & M (333 el núm de la bes)

De todos esos años guardo demasiados recuerdos (no todos buenos), como para pretender compendiarlos aquí. Decenas de miles de horas de militancia metálica; miles de kilómetros corridos en coche, bus o tren para ver actuar a casi todas las bandas del santoral, en cuyas giras era poco menos que imposible que incluyeran una parada en tu insignificante ciudad; miles de litros de alcohol (y, por desgracia, no exagero); miles de anécdotas jugosas y también miles (bueno, por fortuna, apenas una decena) de broncas y movidas chungas (¿recordáis aquella campaña y aquellos festivales proclamando que “El heavy no es violencia”?, ejem...); y ni un centímetro de pelo saneado (eso de cortarse cíclicamente las puntas de la melena para “sanearla y que crezca con más vigor” era un sacrilegio y una mariconada); etc, etc... pues todo eso resulta imposible de condensar ni siquiera en una saga nórdica de cien entregas.

Así que, mejor voy a concentrarme en un aspecto de la historia: cuando pasé de ser mero espectador a parte actuante del espectáculo. (Venga otra cortinilla de asteriscos: tiriririrínnn... madre mía, menudo heavy duro... si me viera ahora alguno que yo me sé, aquí jugando con asteriscos y poniéndole onomatopeya a la cortinilla...)

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Relataré entonces el proceso que llevó a que la ranita heavy, que derivó del renacuajo metálico, acabara siendo engullida en la charca por el hipopótamo de aquí debajo a la derecha

Foto extraída del libreto de la mítica (y única) maqueta que Empyreuma grabó en todos sus años de historia. Una inencontrable joya del humor de gasolinera, con cinco trallazos metálicos [RAE: trallazo. 3. Golpe o ruido violentos]. Los nombres artísticos tampoco tienen desperdicio (el mío, Double chin King = Rey Papada. Jajajaja...).

Pero no adelantemos acontecimientos, que entre una foto y otra median muchos años con todos sus días.

Bien, la cuestión es que raro sería el mortal que escuchando a sus ídolos y viéndolos actuar, o haciendo el pintamonas en sus videoclips, no se le pase por la cabeza alguna vez el deseo de llegar a ser algún día una estrella del rock como las que venera. Algunos lo dejan ahí, en simple sueño irrealizable, y otros se ponen manos a la obra para tratar de cumplirlo.

A mí ese sueño me asaltó ya desde bien pequeñito y empecé a dar por culo con que quería una batería. De hecho, en el festival de fin de curso del último año de colegio hicimos un playback de nuestros adorados Kiss, disfrazados como ellos (bueno, al menos ésa era la intención; porque el look resultante mejor dejarlo correr...). Yo, por supuesto, era Peter Criss, el Gato, y me apañé una batería muy molona forrando tambores de Colón con papel de aluminio, e imitando los herrajes con varios canutos de cartón, de ésos para proteger los planos.

Llegó mi comunión y con ella la terrible disyuntiva para el regalo de mi madrina (que era una tía que me quería mucho, y como tenía posibles pues me mimaba bastante; y para esa fecha especial pensaba tirar la casa por la ventana): o moto, o batería. Con muy buen criterio, mis padres descartaron enseguida la moto de la ecuación del regalo para el descerebrado de su hijo, y quedó la cosa clara, por fin tendría mi ansiada batería con la que atronar a todo el vecindario.

Pues no; no sé qué coño se torcería en elproceso, pero lo que recibí fue un espectacular Escalextric (?!), pero ni rastro de los timbales. Encima no era de la marca Escalextric, sino de una imitación francesa (?!!), con lo que no tenía posibilidad de conseguir recambios ni ampliaciones. Y con el cuidado con que lo traté (casi, casi, como si fuera la batería...) a los pocos meses acabó en la basura.

Así que, tendrían que pasar algunos años hasta que por fin, en mi primer trabajo estable, con la primera paga extra de navidad que recibía (menuda paradoja para un heavy satánico) y con la inestimable ayuda de mi hermana (que siempre ha estado ahí en los momentos clave; ¡gracias guapa!) me pude comprar mi anhelada batería. No era gran cosa todavía pero le tengo un cariño muy especial.

La monté en la casa de campo de mis padres, donde no podía molestar a nadie con mi barullo porque estaba aislada en medio de la nada (¿recordáis el film Aquella casa al lado del cemnterio? Pues ésta era Aquella casa al lado del pantano del Amadorio). Allí me entregaba a interminables sesiones de percusión desenfrenada. Me encerraba fines de semana enteros a quemar adrenalina astillando baquetas. Y adrenalina quemaba mucha, pero lo que es aprender a tocar: nada de nada. Me estanqué en los cuatro rtimillos facilones del autodidacta churretoso y tuve que aceptar la realidad detrás del espejismo: antes de subirse a un escenario con sus mallas de lycra y sus melenas torrefactas, absolutamente todos los músicos, incluídos los heavies por muy chulos que se vean, deben esforzarse y aprender a tocar su instrumento. [RAE: tocar1. (De la onomat. toc). 3. Hacer sonar según arte cualquier instrumento].

Así que, como yo quería tocar según la 3ª acepción del verbo, y no limitarme a la onomatopeya, toc, toc, toc..., decidí tomar clases con un profesor. Y como soy un perfeccionista maniático, pues no me valía uno cualquiera de ésos que se anuncian en los tablones de anuncios de las tiendas de instrumentos musicales. No, yo hice mis averiguaciones y contacté con uno de los mejores baterías de jazz y fusión de esta zona, que impartía clases particulares en las horas libres que le dejaban sus muchos compromisos.

Como era de suponer, la lista de espera era larga, pero le debí dar tanto por culo, que al final conseguí que me hiciera un hueco en su apretada agenda. Hueco que me costaba, cada fugaz hora, 2.000 pesetas de las de entonces. Pero valió la pena con creces y al final estuve varios años bajo su insuperable magisterio y acabamos teniendo una relación de verdadera amistad (me dejaba revistas, métodos y vídeos didácticos, estuvo en mi casa varias veces, yo le traducía del inglés algunos libros de ejercicio... y hasta me costó una buena bronca en uno de mis trabajos porque un día nos pillaron a los dos allí, con nocturnidad y alevosía, bajándonos de un internet todavía no democratizado, documentación de sitios webs extranjeros sobre la materia).

La cuestión es que un día se presentaron en el estudio donde impartía sus clases, el guitarrista y el bajista de un grupo heavy que buscaba un batería; y como querían a alguien con cierto nivel, habían pensado que mejor buscar entre sus alumnos. Y él les dio mi teléfono. Tiempo después ese guitarrista (Almax) me confesaría que cuando fueron a preguntar aquello, el Maestro les dijo que sí, que tenía a la persona ideal para lo que ellos buscaban, pero que debía prevenirles de que yo era un poco pintoresco... jajajaja, será cabrón... Pues aquella primera llamada de teléfono significó el germen de una banda que habría de durar más de ocho años, que se dicen rápido.

Micropene cabalgando su modesta primera batería en el primer local de ensayo, de los muchos que compartiría con la banda (descontando la casa de campo, que hizo las veces durante nuestros primeros pinitos).

Continuará...

jueves, mayo 22, 2008

Heavy Mental (2 de cien)


Así que, como desde siempre me han atrído las conductas aberrantes [RAE: aberrante. adj. Dicho de una cosa: Que se desvía o aparta de lo normal o usual], pues ahí me tenías a mí, ya en el colegio hecho un heavy garrulo y precoz, tomándome muy a pecho mi nuevo estilo de vida y metiéndome en follones y pequeñas escaramuzas, inherentes al estadio vital de inadaptado infantil.

Una de esas escaramuzas iniciáticas, por poner sólo un ejemplo, que llegó a tener su leve repercusión mediática, fue la siguiente:

Galerías Preciados organizó un concurso para bandas de música noveles y, entre toda la morralla, se presentó un único grupo heavy: Tatú, entre cuyos componentes estaba Salva, buen amigo de ese hermano mayor del que ya he hablado. Como la comunidad heavy es una piña muy unida, se corrió la voz y acudimos bastantes elementos a apoyar con nuestras pintas y nuestro escándalo a nuestros hermanos del metal. Por supuesto, no ganaron, y eso digamos que no fue recibido con buen talante por los melenudos allí concentrados. Para ahorrarme detalles escabrosos, resumiré con el sensacional titular con el que la prensa local decidió agriarle el desayuno a sus lectores de toda la comarca: “Los heavies arrasan Galerías Preciados”. Huelga decir que aquel encabezamiento exageraba, aunque no podría afirmarlo ante un jurado, porque de los pocos recuerdos que conservo de aquella extraña jornada (porque esas gilipolleces procuro olvidarlas lo antes posible), está que me vi encuelto en el comando encargado de redecorar los ascensores del centro comercial con un estilo menos sobrio y funcional, quizás dándoles algunas pinceladas de arte vandálico. Encima, mi furia de aquel día no estaba causada únicamente por la decepción del veredicto, ya que no hacía demasiado tiempo había recibido una severa reprimenda paterna precisamente por un turbio affaire con la seguridad de ese mismo centro (en cristiano: me pillaron robando; de ahí mi violento resentimiento contra el enemigo).

Pero volvamos a recuerdos menos irritantes. Como soy un enterado repelente, con este asunto no iba a serlo menos, y como quiera que cuando me da por algo me empecino obsesivamente y le doy tres mil vueltas, pues al poco tiempo ya era una enciclopedia sabionda del heavy metal (que, la verdad, por aquellos años aún no tenía demasiada historia andada) y me sabía al dedillo las discografías, los cambios de formación y los chismes de todas las bandas del ramo metálico. Cómo sería que mi hermana, que es unos años mayor que yo y ya iba al instituto, tenía en su clase un heavy que no salía de su asombro de las cosas que ésta le contaba sobre mí, y tenía mucho empeño por conocer a ese mequetrefe metalero y marisabidilla. Encuentro que no se llegó a producir nunca, no sé muy bien por qué.

Otra de los preceptivos rasgos de cualquier heavy que se precie es la decoración de su cuarto con pósters de sus ídolos, cosa que en un barracón compartido no resultaba fácil. Aun así logré ambientar la parte de pared que me correspondía, grapando al estucado los desplegables y fotografías que destripaba de las revistas musicales de mi pobre hermano mártir (que se tiene el cielo ganado ya sólo por soportarme en mis primeros años de vida pesada).

Para no hacerlo mucho más largo de lo imprescindible, diremos que pasaron los años y el renacuajo metálico se convirtió en una joven rana heavy, tal que así:

Así luce en su D.N.I. un miembro de la horda.


Pero ya seguiremos en otro momento, porque empieza a empacharme tanta nostalgia añeja.

We salute you, for those about to rock!

miércoles, mayo 21, 2008

Por el poder que me otorga el Heavy (1 de mil)

Debido a la abrumadora respuesta popular (gracias a los dos Jesuses y a Gilito por mostrar interés), procedo a contarles mi puta vida (voy a poner aquí una cortinilla de asteriscos para pasar al meollo, que eso siempre queda muy mono, mari).

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Tener un hermano mayor que escuchaba rock fue mi pasaporte a ese electrizante mundo. Yo era muy pequeño y a fuerza de espiar por el ojo de la cerradura sus sesiones de ejercicio a puerta cerrada, me fui aficionando a los discos que él ponía como hilo musical de sus sudores. Como esto suena un poco raro, mejor me explico: no es que yo estuviera enamorado de mi hermano y me excitara espiarlo mientras hacía gimnasia, no, ni mucho menos; es que éramos una familia numerosa, y los cuatro vástagos machos nos hacinábamos en un solo barracón, que mi hermano -abusando de su potestad de ser el primogénito- acaparaba para sus ridículas maratones gimnásticas, durante las cuales se cerraba con pestillo y a la demás progenie que nos dieran por nuestros tiernos culitos prepúberes. Y eran ridículas porque usaba como “pesa” un perchero enorme de peluche con forma de perro y de color rojo eléctrico, que producía un impacto estético que a mí me subyugaba. Si a eso, como si no bastara, le sumamos una excelente banda sonora de bandas legendarias como Led Zeppelin, Black Sabbath, Deep Purple, Jethro Tull, The Who, Pink Floyd, y un larguísimo etcétera, pues ya se puede entender que pronto el oído empezó a jugar un papel preponderante respecto al ojo en mis largas sesiones de voyeurismo intrafamiliar.

Así que no tardé demasiado en tomar la iniciativa y emplear los discos y casetes de mi hermano mayor para algo más que para construir fortalezas para los clicks de Famobil (me horrorizo sólo de recordarlo y entiendo su desesperación cuando nos pillaba in fraganti delicto [“nos” porque había más hermanos involucrados en aquella trama tan poco respetuosa con el arte sonoro; o al menos con sus soportes físicos]). Tratad ahora de construir un Fort Apache o un castillo de la Baja Edad Media como el de San Servando, usando vuestros tristes discos duros externos, MP3es y pen drives, que el resultado nunca se podrá asemejar a las faraónicas construcciones de ese ingenio agudizado por la necesidad (no había posibles para obtener los escenarios fabricados en Onil). Qué empalizadas salían con los discos de Police, qué almenas con los casetes de Neil Diamond...

Bueno que me lío. La cuestión es que empecé a escuchar con interés los discos de mi hermano mayor y pronto descubrí que disfrutaba especialmente con las bandas de la roca más dura. Progresivamente se me fue endureciendo el gusto, o encalleciendo el oído, con lo que llegó el previsible salto de la roca al metal (es una cuestión evolutiva, tras la edad de piedra tienen que llegar los metales). Nunca olvidaré mi primera escucha de un grupo heavy propiamente dicho (si no tomamos como tales a Sabbath, Purple y compañía). Un compañero del colegio, Pedro (que curiosamente acabaría en el seminario y finalmente cura, siguiendo los pasos de su hermano. Ay, esos hermanos mayores que influyentes resultaban entonces), me grabó el Dinasty de Kiss, y mi vida nunca volvió a ser la misma. Había visto la luz, bueno, más bien las tinieblas, y me convertí con devoción a aquel nuevo credo de reciente creación y que empezaba a extender sus garras de acero por todo el orbe (estamos hablando de principios de los 80s).

Así que ahí me tienes a mí, un macaco de12 años convertido en un heavy metalero en toda regla. Y eso, por supuesto, incluía el atuendo; el imprescindible uniforme que toda tribu urbana que se precie necesita como referente estético de pertenencia. Y yo, como soy hiperbólico para todo, y para que no quedara ninguna duda de mi pertenencia pues iba hecho un cromo. Gracias al mítico B.I.D. (Boletín Informativo Discoplay), que nos tenía abastecidos -vía paquetería postal- de música y sus complementos a todos los que no teníamos la suerte de vivir en una gran capital, me hice (ahorrando como un usurero) con un pack de 3 camisetas que significarían mi única vestimenta superior hasta que se deshicieron –literalmente- en la lavadora. Como podéis imaginar, las tres eran negras y con alegres motivos estampados en su parte delantera. A saber, las ilustraciones de portada de: Another perfect day de Motörhead, del Holy diver de Dio y del Metalmorfosis de Barón Rojo. Todo ello combinado con vistosos complementos en riguroso luto y unas greñas todo lo largas que me permitían en casa, sin tener que pasar por la amenaza del trasquilón nocturno.

Entre los vistosos complementos se puede contar, aún a riesgo de que se me caiga la cara de vergüenza, un par de espantosas muñequeras de tachuelas, que cantaban mucho porque no estaban confeccionadas con ese propósito específicamente; ¿o sí?. Me explico: yo salía desde pequeño en una comparsa cristiana de las fiestas de Moros de mi pueblo (Villajoyosa), cuyo uniforme, a parte de la cota de malla y el casco, incluía unos espectaculares brazales de cuero con tachas, que llegaban desde la muñeca hasta el codo; y que yo no tuve mejor idea que llevarme puestos al colegio en una ocasión. La primera y única, porque me los hicieron quitar nada más asomar por la puerta. Quizás no fuera tan buena idea entrar en un colegio que aún entonces se llamaba Generalísimo Franco, por una transición muy mal digerida, vestido como si buscara a Excalibur.

Ay, el colegio, qué recuerdos de heavy marginado. Sólo éramos tres en todo el Generalísimo: Amorós, Cárceles y yo; pudriéndonos solos en aquel banquito de piedra, mientras fantaseábamos con las mil y una leyendas urbanas de nuestro universo musical (que si el bajista de Kiss se ha operado un tendón de la lengua para que le sangre cuando la estira; etc...). Luego estaba Salas, que le molaba nuestro rollo pero no se disfrazaba, y así podía jugar con dos barajas. Podía pavonearse de que se relacionaba con los guarros pero sin quedar estigmatizado de por vida colegial. El muy cabrón.

Y no exagero cuando escribo lo de la estigmatización, porque la gente nos veía poco menos que como apestados y no querían ningún trato con gente tan rara. Recuerdo que dos amigos “normales”, mientras volvíamos a casa juntos, me dieron un ultimátum: o me dejaba de tonterías y me vestía “normal” y me “centraba”, o dejarían de ser mis amigos. Y vaya si dejaron de serlo, y por la vía rápida porque los envié a tomar por culo; a uno de ellos hasta le arrimé un carterazo en el lomo del asco que me dio.

Bueno, como era de prever, esto se hace muy largo. Continuará (visiten nuestro bar).


martes, mayo 20, 2008

Jevi metal (¿1?)

Anoche zapeando en familia fuimos a dar con nuestros ojos contra la emisión en La Primera de la película Isi Disi. Semejante despropósito debía producirme alguna sensación rayana en repugnancia, pero no fue así, ya que esa película conecta directamente con una parte muy importante de mi pasado no tan lejano. Importante por extensión cronológica y por formación de un espíritu atávico [RAE: atavismo. 2. m. Tendencia a imitar o a mantener formas de vida, costumbres, etc., arcaicas.].

Y es que ya ha llegado la hora de confesar que yo fui jevi.

En un descanso mi hijo me preguntó si cuando yo era jevi, éramos también así de bestias. Y esa inocente pregunta reabrió la “Caja de Pantera”, que tenía enterrada en lo más recóndito de las escombreras de mi memoria.

Para poder narrar medianamente mi periplo por el lado salvaje de la vida, ése que está edificado con metal pesado (heavy metal), necesitaré inevitablemente una de mis soporíferas sagas nórdicas, pero esta vez al más puro estilo Manowar, o sea a pecho descubierto y con taparrabos de piel de oso. Pero sobre todo, larga de cojones, porque el relato ha de llevarnos desde mi muy temprana iniciación, pasando por mi militancia durante 8 años como batería en una banda de este género, hasta la actualidad, en la que debido a la tremebunda saturación de decibelios recibidos a lo largo de tantos años, hoy por hoy soy incapaz de escuchar un simple kerrang de guitarra eléctrica sin sentir bascas. Ahora, lo más jevi que me puedo permitir sin que me den calambres en los canales auditivos es escuchar a las valquirias wagnerianas cabalgar, o al moscardón de Rimsky-Korsakov volar.

Sinceramente, que después de tantos años ya hay confianza aunque no nos conozcamos personalmente: antes de precipitarme a semejante esfuerzo memorístico, y de que os abochorne con mis insulsas anécdotas de pertenecer a una tribu urbanística, ¿de verdad a alguien le interesa mínimamente mi puta vida?

jueves, mayo 15, 2008

Aclaración alérgica

[RAE: Pelo ~ de la dehesa. 1. m. coloq. Resabios que conservan las gentes rústicas.]


Una explicación bastante clarificadora encontrada en internet:

Tener todavía o seguir con el pelo de la dehesa significa conservar ciertos resabios de rusticidad o tosquedad típicos de un estado anterior. Al que todavía tiene el pelo de la dehesa se le nota que ha nacido en el campo, que sigue apegado a sus raíces, que no se refinó como el habitante de la ciudad, que sigue mostrando la misma manera tosca que tenía en el campo.

Se usa en sentido figurado para indicar que alguien intenta dar apariencia de muy moderno, pero se le notan ciertos rasgos toscos que revelan su mentalidad retrógrada. Por muy refinado, moderno o civilizado que quiera aparecer, se le nota su origen rústico, primitivo, es decir, sigue siendo un cateto solemne.

La expresión se emplea mucho actualmente para criticar a alguien que se las de progre, pero en el fondo es un carca.

miércoles, mayo 14, 2008

Alergia

Me han diagnosticado lo que ya me temía: una grave alergia al pelo de la dehesa.

Menuda primavera estoy pasando...

martes, mayo 13, 2008

B.M.W. = Beethoven, Mozart y Vivaldi

Leí por ahí el otro día que escuchar música clásica nos hace consumir más. La razón que aducía el estudio era que esas melodías hacen sentirse al oyente como más sofisticado y elevado, y a la hora de comprar no se privará de elegir los productos mejores (o de mayor precio, que ambas cosas no siempre van unidas). Vamos, porque él/ella lo vale... Y lo dice un tío tan sofisticado que hasta fuma en pipa (y porque no podéis escucharme, pero ahora mismo estoy tarareando La Patética de Tchaikovsky. Tú sí que eres patética, mari...).

Eso explicaría que en casi todos los anuncios televisivos de automóviles de alta gama (fijaos, no falla), suene como fondo musical algún adagio sinfónico o aria operística. Cuando no, una pieza remozada tecnológicamente o incluso creada ad hoc para ser interpretada en el spot soplando tubos de escape, frotando limpiaparabrisas y percutiendo tapacubos.


lunes, mayo 12, 2008

Si crees que me odias, espera y verás...

Porque si yo no resultaba ya lo suficientemente pedante, autocomplaciente, exhibicionista y esnob en todo lo que hago o me propongo en esta vida, resulta que ahora ¡fumo en pipa! Jajajaja... sí, sí... ¿a que da grima sólo imaginarme?

Bueno, de momento sólo lo intento, porque la cosa tiene su técnica, no te creas tú que es cuestión de prender y fumar. Existen numerosas páginas web y foros de discusión sobre los prodecimientos más adecuados.

Todo porque el sábado mi querido y viejo amigo Delrieu cumplió su promesa y me regaló una pieza de la preciosa colección de este tipo de artilugios que atesoró su padre en vida (D.E.P., maestro). Por cierto, he adjetivado de viejo amigo a Delrieu con más razón que nunca porque la entrega se hizo justo antes de iniciar un partido de viejas glorias del futbito, del que aún hoy estamos todos penando los efectos secundarios. [Entre los fastos de despedida de soltero de un amigo, alguien tuvo la genial idea de organizar una pachanga nostálgica reuniendo milagrosamente a (casi) todos los integrantes de una tradición futbolística que dejó de celebrarse, con muy buen criterio deportivo, hace la friolera de ¡18 años! . Imaginaos un partido de esos benéficos pro-vida y contra la droga, pero pro-droga y contra la vida; y cambiando las panzas y canas de Luis del Olmo y el Juez Garzón por las de algunos integrantes del equipo de hockey sobre hielo de la película “El Castañazo”).

Así que allí me tienes el mismo sábado por la tarde, después de lamerme las heridas del partido, metido en mi caseta (que no es la de los perros; es una de madera que tenemos plantada en la parcela y que servía de trastero hasta que monté ahí mi cuartelillo de Unabomber cañí), jugando a ser la versión hobbit de Balbín, pero haciendo intentos fallidos de prender una hoguerita de tabaco picado dentro del leño, mientras contamino de humo con olor a vainilla el ya de por sí minúsculo volumen de aire de mi parapeto de madera barnizada.

Me pregunto qué le pasaría por la cabeza a mi pareja cuando entró a por comida para los gatos y me intuyó allí, a través de la aromática neblina, atareado en mi nuevo pasatiempo. “Mira, cariño, ahora fumo en pipa”. Y aunque fingió muy bien su interés por mi nueva tontería, de su mirada desenterré un deje de compasión; el mismo con el que los profesores revisan los trabajos manuales de sus alumnos en la granja escuela.

El que se aburre es porque quiere. Tú dale a un tonto un lápiz (o una pipa) y verás lo que se entretiene el tío.

viernes, mayo 09, 2008

Microsiervos

Comentaba el otro día que pensaba rendirme al asalto de las nuevas tecnologías aplicadas al ocio humano. Pero encuentro una pequeña pega en mi adaptación al nuevo medio. Porque resulta que soy un sentimentaloide ñoño y me da mucha penita ver los cacharritos trabajar de sol a sol, sin descanso.

Perecerá una chorrada, pero lo parece porque esta sociedad se ha creado un sistema de valores a la medida de sus necesidades, por el cual sólo se les atribuye un alma a los animales. Luego vendría el debate de si ese alma está en el cerebro, con lo que sólo se les supondría a los animales racionales. Otros le atribuyen alma hasta a las plantas.

Hace ya algunos años (joder, qué mal suena eso) comenté aquí mismo que no me parecía exacto que se llamara seres inanimados (de ánima: alma) a los objetos así conocidos; porque una cosa es que no tengan movilidad por sí mismos, pero que es evidente que a algunos sólo les hace falta un leve empujoncito del exterior para demostrarnos sus habilidades de saltimbanqui y la mala baba que pueden llegar a tener. Y la mala leche forma parte del carácter, y no puede haber carácter si no hay alma. De lo que yo colijo que los objetos inanimados sí están animados, y paso a llamarlos “objetos no autromotrices provistos de alma exocerebral” (nombre mucho más corto y manejable para usar en el día a día).

Y dado que yo sí les atribuyo alma a los cacharritos tecnológicos, y que además algunos parecen estar más vivos que muchos organismos celulares, porque, por ejemplo, el clip éste tan simpático que me sale a la derecha de la pantalla y me va dando la brasa mientras escribo esto, para mí está mucho más vivo y me inspira más confianza que una ameba o cualquier otro protozoo. Y ya no digamos los robots esos que saca Sony cada cierto tiempo (ay, qué ganas tengo de que se desarrolle plenamente la inteligencia artificial; porque está visto que con la natural no vamos muy lejos...). Decía que, dado que estos aparatos tan animados y vivaces, me inspiran mucha lástima en sus penosas rutinas diarias, ya que si a mí cualquier idea peregrina puede costarme mucha energía, ver a estos cacharritos trabajando sin descanso, con sus lucecitas fijas o parpadeantes como testigos de su incansable procesar, friendo sus cerebritos de silicio con supercomputaciones instantáneas; pues se me encoge el alma cuando los contemplo ahí abstraídos en sus repetitivas combinaciones binarias, aguantando al pie del ratón nuestras exigencias y torpezas de seres imperfectos.

Yo no soy como vosotros, que os comportáis como caciques sudistas en las plantaciones de algodón, tomando tranquilamente limonada en el porche de vuestras mansiones mientras los esclavos negros se desollan las manos de sol a sol. Simplemente habéis reemplazado los esclavos de carne negra y hueso blanco por otros más pequeños y sumisos, compuestos de microchips e interfaces, pero a los que tratáis con el mismo cruel desapego y altanería de aristócratas apócrifos. No os importan ni 16 kas sus sentimientos y aspiraciones virtuales ni sus depresiones artificiales.

Esta noche cuando os acostéis y dejéis a vuestros esclavos electrónicos trabajando toda la noche, para que os descarguen vuestras raciones de pornografía y esas discografías completas, para las que necesitaréis tres reencarnaciones octogenarias para que os dé tiempo a escucharlas completas aunque sea de pasada, dedicad un solo segundo de vuestro pensamiento a vuestros microsiervos, y entonad esta oración por sus almas enlatadas: 0100001101101110001110010101111001011000011100010101. Amén.

martes, mayo 06, 2008

Me estoy quitando (las orejeras)

[R.A.E.: Orejera. 4. f. En las guarniciones de las caballerías de tiro, cada una de las piezas de vaqueta que se ponen al animal para impedir que vea por los lados].


Muchas mañanas me doy un paseo hasta el mercado de abastos de esta ciudad para comprar la fruta que iré consumiendo desganadamente durante mi jornada laboral.


Sólo que últimamente me estoy reeducando [R.A.E.: Reeducar. 1. tr. Med. Volver a enseñar, mediante movimientos y maniobras reglados, el uso de los miembros u otros órganos, perdido o dañado por ciertas enfermedades].

Me estoy reeducando a trotar y no galopar; a pasear la ciudad y no recorrerla; a contemplarla a la vez que camino; a levantar la mirada y disfrutar de algunos edificios que merecen la pena ser vistos. Me estoy quitando poco a poco las orejeras (esto no es cosa de un día) y reeducando mi vista atrofiada de urbanita estresado.

Y reeduco también mis pezuñas a no arrastrarme como una mula vieja por la acera, ajetreada y ansiosa pero cabizbaja y apesadumbrada por un mundo que le viene dos tallas más grande. Ahora procuro piafar como un caballo jerezano en un desfile (y no voy dejando boñigas en los semáforos no sé por qué...).


Cuesta acostumbrarse al cambio, y al principio, recién retiradas las orejeras, la luz deslumbra y puede cegar; pero la vista acaba por adaptarse y disfrutar del paisaje urbano.

Ahora queda la segunda fase: dejar de mirar cornisas y balaustradas y armarme de valor para mirar a la cara a esos seres tan extraños que me cruzo.

viernes, mayo 02, 2008

Mamá, quiero ser mendigo


O eso pensaba yo hace años, cuando me desbordaban las obligaciones y rutinas del día a día. Veía un pordiosero por la calle (¿dónde si no?) y lo envidiaba secretamente porque pensaba, erróneamente, que esas gentes son libres como el viento y no se pliegan a las exigencias que nos agobian al resto de los mortales.


Pero con el tiempo fui descubriendo que eso no es exactamente así; que los sin techo, a menos que sean totalmente autónomos y autosuficientes y sean capaces de sobrevivir bebiendo el agua de las fuentes públicas y comiendo ratas asadas y raíces crudas (o hervidas con el agua municipalizada), no viven al margen del sistema, sino parasitándolo. Dependen de una generosidad del prójimo que deben ganarse a fuerza de -más o menos largas- sesiones de pedigüeñería para poder pagarse el cartón de vino y la lata de sardinas, o hacer colas en las organizaciones caritativas para conseguir una manta o un chándal usados. También dedican buena parte de su tiempo a hurgar en los contenedores de basura en busca de cosas que puedan serles de utilidad en su supervivencia diaria. Deben plegarse a los horarios y normas de los refugios donde pernoctan, o de los cajeros automáticos; y el resto de tiempo, lo que sería su tiempo de ocio, lo pasan contemplando resacosos a las palomas picotear del suelo, y comentando ante pintorescos foros los pormenores del subsuelo. Lo que, francamente, no suena muy emocionante ni enriquecedor para mi espíritu.

En fin, que hace ya muchos años que concluí que no era una vida envidiable en absoluto. Hasta esta mañana, cuando la visión de uno de estos personajes, entretenido en sus quehaceres de desheredado, ha vuelto a reabrir la herida de las dudas.