viernes, mayo 23, 2008

H & M (333 el núm de la bes)

De todos esos años guardo demasiados recuerdos (no todos buenos), como para pretender compendiarlos aquí. Decenas de miles de horas de militancia metálica; miles de kilómetros corridos en coche, bus o tren para ver actuar a casi todas las bandas del santoral, en cuyas giras era poco menos que imposible que incluyeran una parada en tu insignificante ciudad; miles de litros de alcohol (y, por desgracia, no exagero); miles de anécdotas jugosas y también miles (bueno, por fortuna, apenas una decena) de broncas y movidas chungas (¿recordáis aquella campaña y aquellos festivales proclamando que “El heavy no es violencia”?, ejem...); y ni un centímetro de pelo saneado (eso de cortarse cíclicamente las puntas de la melena para “sanearla y que crezca con más vigor” era un sacrilegio y una mariconada); etc, etc... pues todo eso resulta imposible de condensar ni siquiera en una saga nórdica de cien entregas.

Así que, mejor voy a concentrarme en un aspecto de la historia: cuando pasé de ser mero espectador a parte actuante del espectáculo. (Venga otra cortinilla de asteriscos: tiriririrínnn... madre mía, menudo heavy duro... si me viera ahora alguno que yo me sé, aquí jugando con asteriscos y poniéndole onomatopeya a la cortinilla...)

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Relataré entonces el proceso que llevó a que la ranita heavy, que derivó del renacuajo metálico, acabara siendo engullida en la charca por el hipopótamo de aquí debajo a la derecha

Foto extraída del libreto de la mítica (y única) maqueta que Empyreuma grabó en todos sus años de historia. Una inencontrable joya del humor de gasolinera, con cinco trallazos metálicos [RAE: trallazo. 3. Golpe o ruido violentos]. Los nombres artísticos tampoco tienen desperdicio (el mío, Double chin King = Rey Papada. Jajajaja...).

Pero no adelantemos acontecimientos, que entre una foto y otra median muchos años con todos sus días.

Bien, la cuestión es que raro sería el mortal que escuchando a sus ídolos y viéndolos actuar, o haciendo el pintamonas en sus videoclips, no se le pase por la cabeza alguna vez el deseo de llegar a ser algún día una estrella del rock como las que venera. Algunos lo dejan ahí, en simple sueño irrealizable, y otros se ponen manos a la obra para tratar de cumplirlo.

A mí ese sueño me asaltó ya desde bien pequeñito y empecé a dar por culo con que quería una batería. De hecho, en el festival de fin de curso del último año de colegio hicimos un playback de nuestros adorados Kiss, disfrazados como ellos (bueno, al menos ésa era la intención; porque el look resultante mejor dejarlo correr...). Yo, por supuesto, era Peter Criss, el Gato, y me apañé una batería muy molona forrando tambores de Colón con papel de aluminio, e imitando los herrajes con varios canutos de cartón, de ésos para proteger los planos.

Llegó mi comunión y con ella la terrible disyuntiva para el regalo de mi madrina (que era una tía que me quería mucho, y como tenía posibles pues me mimaba bastante; y para esa fecha especial pensaba tirar la casa por la ventana): o moto, o batería. Con muy buen criterio, mis padres descartaron enseguida la moto de la ecuación del regalo para el descerebrado de su hijo, y quedó la cosa clara, por fin tendría mi ansiada batería con la que atronar a todo el vecindario.

Pues no; no sé qué coño se torcería en elproceso, pero lo que recibí fue un espectacular Escalextric (?!), pero ni rastro de los timbales. Encima no era de la marca Escalextric, sino de una imitación francesa (?!!), con lo que no tenía posibilidad de conseguir recambios ni ampliaciones. Y con el cuidado con que lo traté (casi, casi, como si fuera la batería...) a los pocos meses acabó en la basura.

Así que, tendrían que pasar algunos años hasta que por fin, en mi primer trabajo estable, con la primera paga extra de navidad que recibía (menuda paradoja para un heavy satánico) y con la inestimable ayuda de mi hermana (que siempre ha estado ahí en los momentos clave; ¡gracias guapa!) me pude comprar mi anhelada batería. No era gran cosa todavía pero le tengo un cariño muy especial.

La monté en la casa de campo de mis padres, donde no podía molestar a nadie con mi barullo porque estaba aislada en medio de la nada (¿recordáis el film Aquella casa al lado del cemnterio? Pues ésta era Aquella casa al lado del pantano del Amadorio). Allí me entregaba a interminables sesiones de percusión desenfrenada. Me encerraba fines de semana enteros a quemar adrenalina astillando baquetas. Y adrenalina quemaba mucha, pero lo que es aprender a tocar: nada de nada. Me estanqué en los cuatro rtimillos facilones del autodidacta churretoso y tuve que aceptar la realidad detrás del espejismo: antes de subirse a un escenario con sus mallas de lycra y sus melenas torrefactas, absolutamente todos los músicos, incluídos los heavies por muy chulos que se vean, deben esforzarse y aprender a tocar su instrumento. [RAE: tocar1. (De la onomat. toc). 3. Hacer sonar según arte cualquier instrumento].

Así que, como yo quería tocar según la 3ª acepción del verbo, y no limitarme a la onomatopeya, toc, toc, toc..., decidí tomar clases con un profesor. Y como soy un perfeccionista maniático, pues no me valía uno cualquiera de ésos que se anuncian en los tablones de anuncios de las tiendas de instrumentos musicales. No, yo hice mis averiguaciones y contacté con uno de los mejores baterías de jazz y fusión de esta zona, que impartía clases particulares en las horas libres que le dejaban sus muchos compromisos.

Como era de suponer, la lista de espera era larga, pero le debí dar tanto por culo, que al final conseguí que me hiciera un hueco en su apretada agenda. Hueco que me costaba, cada fugaz hora, 2.000 pesetas de las de entonces. Pero valió la pena con creces y al final estuve varios años bajo su insuperable magisterio y acabamos teniendo una relación de verdadera amistad (me dejaba revistas, métodos y vídeos didácticos, estuvo en mi casa varias veces, yo le traducía del inglés algunos libros de ejercicio... y hasta me costó una buena bronca en uno de mis trabajos porque un día nos pillaron a los dos allí, con nocturnidad y alevosía, bajándonos de un internet todavía no democratizado, documentación de sitios webs extranjeros sobre la materia).

La cuestión es que un día se presentaron en el estudio donde impartía sus clases, el guitarrista y el bajista de un grupo heavy que buscaba un batería; y como querían a alguien con cierto nivel, habían pensado que mejor buscar entre sus alumnos. Y él les dio mi teléfono. Tiempo después ese guitarrista (Almax) me confesaría que cuando fueron a preguntar aquello, el Maestro les dijo que sí, que tenía a la persona ideal para lo que ellos buscaban, pero que debía prevenirles de que yo era un poco pintoresco... jajajaja, será cabrón... Pues aquella primera llamada de teléfono significó el germen de una banda que habría de durar más de ocho años, que se dicen rápido.

Micropene cabalgando su modesta primera batería en el primer local de ensayo, de los muchos que compartiría con la banda (descontando la casa de campo, que hizo las veces durante nuestros primeros pinitos).

Continuará...

2 comentarios:

xavalin dijo...

AHORA entiendo muchas cosas, sí...

Cripema dijo...

Tengo que decir que a pesar de que Micro ha dicho (y dirá) (como perfeccionista y maniatico que es) que en vez de tocar, aporreaba la bateria, he de decir, que las veces que lo vimos tocar nos dejaba con la boca abierta de la energía e ímpetu que le ponía. Cuenta aquella vez que te tintaste el pelo de negro azabache para una actuación (cuan importante es la imagen en el showbussines! ) y con las sudadas que te metias en el escenario empezó a desteñirse.... Jajaja, si es que todo te pasa a tí..