martes, mayo 27, 2008

Metal pesado (5. Mi rollo es el rock)

Xavalín: sí, era la Nave Iguana. Guardo muy buenos recuerdos pasados bajo toda esa uralita putrefacta. La invitación ya ha sido cursada.

Harry / Silviqui: como me enrollo endiabladamente, después es comprensible que no se me entienda desde el otro lado del cable. Yo sólo abandoné mi banda dos veces: la primera por mi propio pie, enfurruñado por alguna movida, y fue cuando me incorporé al grupo pseudo-punki; que yo dejé al poco tiempo porque no había quien aguantara aquel sindiós. Aquellos elementos no estaban para echar a nadie y creo que con tal de que hubiera aportado mi parte de alquiler, les hubiera dado igual que yo fuera un engendro salido del mismísimo infierno, o que hubiera estado muerto. Éramos una panda de pobres diablos y lo que perpetrábamos no se puede ni considerar música. Mi segunda ausencia de mi banda, no fue tan voluntaria. Vamos, que me tiraron una temporadita para ver si se me aclaraban las ideas un poco. Por aquellos días estaba bastante desnortado y, visto ahora, entiendo y respeto su decisión, porque la situación era sencillamente insoportable. Yo mismo me hubiera dado dos buenas hostias para quitarme la tontería. Pero, pasado un cierto tiempo, las cosas se hablaron con calma y yo volví al clan (aunque tampoco puedo asegurar que realmente hubiera cambiado mis hábitos, porque mis recuerdos de aquel entonces son un poco confusos).

Cripema: gracias por tu elogio (érais nuestro público más fiel [= casi el único], lo que ya tiene mérito...), y por recordarme la anécdota del tinte. Ésta: la misma tarde de un concierto no se me ocurrió mejor idea que teñirme el pelo del tono de negro más oscuro que encontré en la droguería. Estábamos en casa, poniéndome V. el tinte (que era de ésos permanentes, no de los que se van en cuatro lavados), cuando me llaman los del grupo con no sé qué follón, reclamando mi presencia en la sala donde íbamos a tocar. V. me dice que no me puedo ir así, que aquello tenía aún que fraguar, pero no le hice caso y durante el concierto, como sudaba como un puerco (por la desafortunada combinación de sebo y entrega, y por otras razones que no vienen al caso), pues aquello empezó a aflojarse del pelo. Yo no podía verme, pero notaba que los goterones de sudor me escocían en los ojos y me cegaban; lo veía todo como más oscuro de lo normal. Aunque empecé a sospechar algo cuando vi la toalla con la que me secaba entre canción y canción, totalmente tiznada. Cuando por fin acabamos y me fui casi a tientas al “camerino” (léase almacén de bebidas) pude verme en el espejo del aseo: imaginad a una Miss Universo de 130 kilos, recién coronada, con los churretones negros del rimmel bajándole en cascada por la cara, arrastrados por la emocionada riada de lágrimas. Joder, si entre la barba y la melena sólo me faltaba la corona de espinas. La verdad es que como efecto escénico debió quedar impactante: ver a un batería ciego (en toda la extensión de la palabra), derritiéndose como un muñeco de nieve del Kilimanjaro mientras aporrea brutalmente su batería. Aquell noche se puede decir que sudé tinte. Pero que me destiñeran las greñas era lo menos chocante que nos podía pasar antes/durante/después de un concierto.

Que es lo que pretendo contar a partir de ahora, si la autoridad, el tiempo y mi verborrea lo permiten. Continuará...

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