jueves, mayo 29, 2008

Metal pesadísimo (6. Mi rock es un rollo)

A través de incontables cambios y recambios en la formación, el núcleo de aquel átomo en el universo de las bandas que tratan de abrirse paso hacia la fama, el binomio Almax/servidor permaneció firme al timón de aquella nave a la deriva. Salvo los dos impasses ya comentados.

Por la banda pasaron personajes de toda ralea. Sólo por sus nombres (evidentemente motes, con que los bautizábamos nosotros o que -la mayoría- ya traían de casa), os podéis hacer una idea de cómo estaba el panorama: El Daga, Tarzán Mauro, El Loco, Tumulario, Medicado, Ruso, Masacre, Chungo, Invierno, Trastornao, El Clint/Cucaracha (según la ocasión; es obvio cuál traía de casa y cuál le pusimos allí...), Canuto, Enfermo, Resentío, Sífilis... y los que no recuerdo ahora, porque fueron demasiadas caras y gestos, y nombrecitos chorra. Esto ya da una idea de que detrás de cada apodo hay una historia cuanto menos peculiar. Unos no aguantaron entre nosotros ni una semana, otros meses, y otros –los menos- algún año. ¿Mi mote? Animal o Gordo, según mi perímetro axial del momento.

Pero de todos aquellos monstruos de feria, si hay uno que merece ser recordado, ése es el puto Vampiro. Un ser inefable, que tiene el dudoso honor de haber sido el que más años aguantara en nuestra compañía. Casi se podría decir que lo criamos nosotros, que lo empollamos como a un huevo del averno, de cuyo cascarón acabaría saliendo un polluelo atroz. Lo conocimos cuando todavía era un heavy casi imberbe, pero, ojo, con las ideas muy, pero que muy claritas. Era un auténtico heavy de manual, acérrimo observante de toda la liturgia, iconografía y santoral que ordena la tradición. Tenía unos usos y costumbres un tanto inquietantes, como grabar en video y a traición muchos de sus momentos íntimos con sus -sorprendentemente, no pocas- conquistas, para después mostrarnos las grabaciones en unos muy celebrados pases exclusivos. También se metió a gigoló o no sé qué follón que encontró por internet, pero duró dos o tres misiones (en cuanto descubrió que su carne se vendía a un mercado unisex), que le dieron para comprarse un coche italiano descapotable. Pero, no te vayas a creer, que se lo trajo de importación, de tercera o cuarta mano y estaba reventado. Encima le dio su toque vampírico y terminó de cagarla: una calavera en la palanca de cambio; unos metalizados por aquí y por allá; un poco de chapa metálica de ésa que parece que se hubieran caído unos palillos en el molde, en lugar de blandas alfombrillas; y algo más de tunning heavy que afortunadamente no recuerdo, y el Vampmóvil ya iba causando auténtico horror a su paso.

Lo bautizamos Vampiro porque sólo le faltaba volar (los colmillos no podría asegurar que no le colgaran de la encía). Era un no-muerto, pálido y desabrido, un espectro malencarado y misterioso que no hablaba apenas, y al que únicamente parecía hacer feliz (o menos infeliz) la oscuridad, la soledad y el frío. Vamos, que era raro de cojones, el jodío. Llegó a nuestro clan como un bicho raro y un pájaro de mal agüero, y salió hecho un hijoputa en toda regla.

Encima, le dio una temporada por actuar con una pavorosa camisa negra de encaje con unos murciélagos bordados, que era un primor. Se la compró en Alemania, en un rocambolesco viaje al que se fueron sin mí por esto:

Nochebuena. Interior. Noche. Cenando en familia en casa de mis padres llaman al teléfono y me dicen que es para mí. Eran Almax y Vampiro, muy eufóricos (bueno Almax, el otro en su línea), que estaban en el aeropuerto a punto de volar a Alemania, que si me apuntaba. Les dije: “¿Vosotros sabéis contar? ¿Sí? Pues no contéis conmigo”. Se fueron con B., un colega que viajaba allí de vez en cuando para traerse coches (supongo que comprados legalmente), conduciéndolos de regreso. Imaginad cuando volví a la mesa descojonado de la ocurrencia de estos chalados, el comentario fue unánime: “Ay, hijo, no me gusta que vayas con esa gente tan rara”. Por lo que contaron a su regreso, aquel viaje fue muy jugoso en anécdotas, imposibles de reproducir aquí (porque sería no parar...).

La cuestión es que este pájaro siempre estaba enredado en asuntos turbios, y precisamente gracias a eso, nos consiguió unos bolos en un centro de ocio de Benidorm (perdonad que no dé más detalles, pero es que después en Google todo se sabe, y no me gustaría aparecer carbonizado en algún descampado). Era una macrosala con restaurante, cafetería, salón recreativo, pistas de bolos, etc... gestionada por una sociedad integrada por personas físicas de nacionalidad rusa, que daban mucho miedo cuando los conocimos en persona [física y química].

La cosa cantaba a la legua a excusa para blanquear algo de calderilla, porque nuestro cometido era actuar, a ver cómo coño explico esto... ubiquémonos: dentro del complejo había un restaurante, rodeado de mesas en el interior y también por la terraza, que quedaba separada por unas enormes cristaleras. El restaurante era como una isla dentro de las cristaleras, y dominaba toda la narco... digo, macrosala. Pues nosotros debíamos amenizar con nuestra muralla de ruido atronador, desde el techo de la isla, y en dos pases, la merienda y el té de las cinco a los guiris despistados que cayeran por allí.

Aquello no olía bien porque firmamos un contrato con ellos, sin siquiera haber oído nuestra maqueta ni saber qué tipo de música perpetrábamos, y eso que les advertimos desde el principio por dónde iban los tiros... Nos pagaban a 25.000 ptas. de las de entonces cada pase, y con barra libre de comida y bebida en el restaurante para nosotros y nuestros acompañantes. Encima, habían montado una especie de concurso para grupos noveles de la zona, que ya estaba amañado por contrato que íbamos a ganar nosotros (premio = 200.000 ptas.). Aún conservo aquel contrato, pero ni loco se me ocurriría ponerlo aquí.

Bien, y llega el gran día de estrenarnos allí. Después de merendar pantagruélicamente unas 12 personas (la banda éramos 4; pero repartimos títulos a los colegas: tú di que eres el mánager, tú el del sonido, tú el de las luces; pero si no lleváis luces; da igual, tronco, pero si esto es una pachanguita mafiosa), empieza el espectáculo. Con la acústica insufrible, con cuyos ecos nos abroncaban las cristaleras, y un sonido previo a la amplificación ya vergonzante, pues el resultado era un absurdo sonoro de proporciones antológicas. Imaginad los guiris huyendo en tropel a los primeros acordes, jajaja... aún me descojono al recordarlo. Porque tú estás allí, en un centro de ocio familiar tomando unas pastas mientras los niños juegan a las maquinitas, y se encaraman 4 melenudos al tejado del restaurante, como unos Beatles o unos U2 de extrarradio, y empiezan a armar un escándalo inidentificable como algo mínimamente parecido a lo que entendemos por música, por muy guiri que seas.

Sobre la marcha fuimos puliendo el sonido (mientras el James, que habíamos presentado como el técnico de eso precisamente, aprovechaba con furia la barra libre y pasaba ya ni de hacer el paripé, jajaja....), pero aún así aquello no había quién lo soportara. Los propios colegas tuvieron que salirse a la terraza antes de que empezaran a sangrarles los oídos. Pero no lo haríamos tan mal, cuando al final hasta nos pidió un bis uno de los camareros, que no paraba de hacernos la mano cornuda cuando la bandeja se lo permitía. Pidió algo de Metallica y no quedó defraudado.

Pero no hubo segundo pase. Alguien se chivó a los rusos de que les habíamos vaciado el local en un tiempo récord, y nos transmitieron sus deseos de que no tocáramos más, pero que no nos preocupásemos, que nos pagarían lo acordado. Y eso hicimos. Estiramos un poco más la barra libre (hasta que nos dieron el toque) y nos fuimos de juerga por Benidorm.

Pero no se nos ocurrió nada mejor al día siguiente (que supuestamente teníamos otros dos pases, pero que ya nos habían dicho muy tajántemente que no tocásemos ni una sola nota más en su local), que, cuando fuimos a recoger el equipo del tejado, nos pareció una putada después de la currada de montar todo allí arriba, y autoengañándonos con que al final no estaba sonando tan mal, e incluso queriendo pensar que a la gente estaba acabando por gustarle; pues decidimos unilateralmente, por nuestra cuenta y riesgo, ponernos a tocar de nuevo. Los empleados de allí, que ya pensaban que se iban a librar por fin de nosotros, fliparon y rápidamente debieron dar aviso a sus amos. Que se presentaron al poco con cara de muy malas pulgas.

Juro que no voy a exagerar ni un ápice las cosas para darle un barniz épico a la anécdota: imaginad un cásting de malos malotes para una peli de Vin Diesel, o mejor ved Promesas del Este, y os haréis una idea aproximada de lo que se nos plantó delante (bueno, debajo). Una panda de matones eslavos, a los que sólo les faltaba unas chaquetas largas de cuero al estilo Matrix, y el que parecía el jefe hasta llevaba al lado la tía espectacular con cara de chunga (yo no sé si el cine refleja muy fielmente estas cosas, o ellos imitan a los malos que ven en las películas; pero la escena, de no ser por lo tenso del momento, resultaba hasta cómica).

Nosotros seguimos tocando como si no fuera con nosotros la cosa, haciéndonos los tontos, hasta que el que parecía el jefecillo nos hizo un gesto inequívoco pasándose el filo de la palma de la mano de lado a lado de su cuello. Lo que sólo podía significar dos cosas: o que cortáramos el ruido ahí mismo, o que nos iban a degollar a todos en cuanto bajásemos de ahí.

Así las cosas, llegamos a un acuerdo muy beneficioso para ambas partes: nosotros no aparecíamos por allí nunca más, y ellos no nos mataban. Pero nos pagaron de puta madre (por los 4 pases, cuando habíamos tocado solamente uno y un cuarto); aunque del concurso amañado nunca más se supo, y eso que habían impreso una animalada de carteles (al parecer, esta gente no tiene término medio en todo lo que emprende).

Continuará...

1 comentario:

xavalin dijo...

Impresionante. No tengo palabras. "Confieso que no he vivido".