miércoles, mayo 21, 2008

Por el poder que me otorga el Heavy (1 de mil)

Debido a la abrumadora respuesta popular (gracias a los dos Jesuses y a Gilito por mostrar interés), procedo a contarles mi puta vida (voy a poner aquí una cortinilla de asteriscos para pasar al meollo, que eso siempre queda muy mono, mari).

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Tener un hermano mayor que escuchaba rock fue mi pasaporte a ese electrizante mundo. Yo era muy pequeño y a fuerza de espiar por el ojo de la cerradura sus sesiones de ejercicio a puerta cerrada, me fui aficionando a los discos que él ponía como hilo musical de sus sudores. Como esto suena un poco raro, mejor me explico: no es que yo estuviera enamorado de mi hermano y me excitara espiarlo mientras hacía gimnasia, no, ni mucho menos; es que éramos una familia numerosa, y los cuatro vástagos machos nos hacinábamos en un solo barracón, que mi hermano -abusando de su potestad de ser el primogénito- acaparaba para sus ridículas maratones gimnásticas, durante las cuales se cerraba con pestillo y a la demás progenie que nos dieran por nuestros tiernos culitos prepúberes. Y eran ridículas porque usaba como “pesa” un perchero enorme de peluche con forma de perro y de color rojo eléctrico, que producía un impacto estético que a mí me subyugaba. Si a eso, como si no bastara, le sumamos una excelente banda sonora de bandas legendarias como Led Zeppelin, Black Sabbath, Deep Purple, Jethro Tull, The Who, Pink Floyd, y un larguísimo etcétera, pues ya se puede entender que pronto el oído empezó a jugar un papel preponderante respecto al ojo en mis largas sesiones de voyeurismo intrafamiliar.

Así que no tardé demasiado en tomar la iniciativa y emplear los discos y casetes de mi hermano mayor para algo más que para construir fortalezas para los clicks de Famobil (me horrorizo sólo de recordarlo y entiendo su desesperación cuando nos pillaba in fraganti delicto [“nos” porque había más hermanos involucrados en aquella trama tan poco respetuosa con el arte sonoro; o al menos con sus soportes físicos]). Tratad ahora de construir un Fort Apache o un castillo de la Baja Edad Media como el de San Servando, usando vuestros tristes discos duros externos, MP3es y pen drives, que el resultado nunca se podrá asemejar a las faraónicas construcciones de ese ingenio agudizado por la necesidad (no había posibles para obtener los escenarios fabricados en Onil). Qué empalizadas salían con los discos de Police, qué almenas con los casetes de Neil Diamond...

Bueno que me lío. La cuestión es que empecé a escuchar con interés los discos de mi hermano mayor y pronto descubrí que disfrutaba especialmente con las bandas de la roca más dura. Progresivamente se me fue endureciendo el gusto, o encalleciendo el oído, con lo que llegó el previsible salto de la roca al metal (es una cuestión evolutiva, tras la edad de piedra tienen que llegar los metales). Nunca olvidaré mi primera escucha de un grupo heavy propiamente dicho (si no tomamos como tales a Sabbath, Purple y compañía). Un compañero del colegio, Pedro (que curiosamente acabaría en el seminario y finalmente cura, siguiendo los pasos de su hermano. Ay, esos hermanos mayores que influyentes resultaban entonces), me grabó el Dinasty de Kiss, y mi vida nunca volvió a ser la misma. Había visto la luz, bueno, más bien las tinieblas, y me convertí con devoción a aquel nuevo credo de reciente creación y que empezaba a extender sus garras de acero por todo el orbe (estamos hablando de principios de los 80s).

Así que ahí me tienes a mí, un macaco de12 años convertido en un heavy metalero en toda regla. Y eso, por supuesto, incluía el atuendo; el imprescindible uniforme que toda tribu urbana que se precie necesita como referente estético de pertenencia. Y yo, como soy hiperbólico para todo, y para que no quedara ninguna duda de mi pertenencia pues iba hecho un cromo. Gracias al mítico B.I.D. (Boletín Informativo Discoplay), que nos tenía abastecidos -vía paquetería postal- de música y sus complementos a todos los que no teníamos la suerte de vivir en una gran capital, me hice (ahorrando como un usurero) con un pack de 3 camisetas que significarían mi única vestimenta superior hasta que se deshicieron –literalmente- en la lavadora. Como podéis imaginar, las tres eran negras y con alegres motivos estampados en su parte delantera. A saber, las ilustraciones de portada de: Another perfect day de Motörhead, del Holy diver de Dio y del Metalmorfosis de Barón Rojo. Todo ello combinado con vistosos complementos en riguroso luto y unas greñas todo lo largas que me permitían en casa, sin tener que pasar por la amenaza del trasquilón nocturno.

Entre los vistosos complementos se puede contar, aún a riesgo de que se me caiga la cara de vergüenza, un par de espantosas muñequeras de tachuelas, que cantaban mucho porque no estaban confeccionadas con ese propósito específicamente; ¿o sí?. Me explico: yo salía desde pequeño en una comparsa cristiana de las fiestas de Moros de mi pueblo (Villajoyosa), cuyo uniforme, a parte de la cota de malla y el casco, incluía unos espectaculares brazales de cuero con tachas, que llegaban desde la muñeca hasta el codo; y que yo no tuve mejor idea que llevarme puestos al colegio en una ocasión. La primera y única, porque me los hicieron quitar nada más asomar por la puerta. Quizás no fuera tan buena idea entrar en un colegio que aún entonces se llamaba Generalísimo Franco, por una transición muy mal digerida, vestido como si buscara a Excalibur.

Ay, el colegio, qué recuerdos de heavy marginado. Sólo éramos tres en todo el Generalísimo: Amorós, Cárceles y yo; pudriéndonos solos en aquel banquito de piedra, mientras fantaseábamos con las mil y una leyendas urbanas de nuestro universo musical (que si el bajista de Kiss se ha operado un tendón de la lengua para que le sangre cuando la estira; etc...). Luego estaba Salas, que le molaba nuestro rollo pero no se disfrazaba, y así podía jugar con dos barajas. Podía pavonearse de que se relacionaba con los guarros pero sin quedar estigmatizado de por vida colegial. El muy cabrón.

Y no exagero cuando escribo lo de la estigmatización, porque la gente nos veía poco menos que como apestados y no querían ningún trato con gente tan rara. Recuerdo que dos amigos “normales”, mientras volvíamos a casa juntos, me dieron un ultimátum: o me dejaba de tonterías y me vestía “normal” y me “centraba”, o dejarían de ser mis amigos. Y vaya si dejaron de serlo, y por la vía rápida porque los envié a tomar por culo; a uno de ellos hasta le arrimé un carterazo en el lomo del asco que me dio.

Bueno, como era de prever, esto se hace muy largo. Continuará (visiten nuestro bar).


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