lunes, mayo 12, 2008

Si crees que me odias, espera y verás...

Porque si yo no resultaba ya lo suficientemente pedante, autocomplaciente, exhibicionista y esnob en todo lo que hago o me propongo en esta vida, resulta que ahora ¡fumo en pipa! Jajajaja... sí, sí... ¿a que da grima sólo imaginarme?

Bueno, de momento sólo lo intento, porque la cosa tiene su técnica, no te creas tú que es cuestión de prender y fumar. Existen numerosas páginas web y foros de discusión sobre los prodecimientos más adecuados.

Todo porque el sábado mi querido y viejo amigo Delrieu cumplió su promesa y me regaló una pieza de la preciosa colección de este tipo de artilugios que atesoró su padre en vida (D.E.P., maestro). Por cierto, he adjetivado de viejo amigo a Delrieu con más razón que nunca porque la entrega se hizo justo antes de iniciar un partido de viejas glorias del futbito, del que aún hoy estamos todos penando los efectos secundarios. [Entre los fastos de despedida de soltero de un amigo, alguien tuvo la genial idea de organizar una pachanga nostálgica reuniendo milagrosamente a (casi) todos los integrantes de una tradición futbolística que dejó de celebrarse, con muy buen criterio deportivo, hace la friolera de ¡18 años! . Imaginaos un partido de esos benéficos pro-vida y contra la droga, pero pro-droga y contra la vida; y cambiando las panzas y canas de Luis del Olmo y el Juez Garzón por las de algunos integrantes del equipo de hockey sobre hielo de la película “El Castañazo”).

Así que allí me tienes el mismo sábado por la tarde, después de lamerme las heridas del partido, metido en mi caseta (que no es la de los perros; es una de madera que tenemos plantada en la parcela y que servía de trastero hasta que monté ahí mi cuartelillo de Unabomber cañí), jugando a ser la versión hobbit de Balbín, pero haciendo intentos fallidos de prender una hoguerita de tabaco picado dentro del leño, mientras contamino de humo con olor a vainilla el ya de por sí minúsculo volumen de aire de mi parapeto de madera barnizada.

Me pregunto qué le pasaría por la cabeza a mi pareja cuando entró a por comida para los gatos y me intuyó allí, a través de la aromática neblina, atareado en mi nuevo pasatiempo. “Mira, cariño, ahora fumo en pipa”. Y aunque fingió muy bien su interés por mi nueva tontería, de su mirada desenterré un deje de compasión; el mismo con el que los profesores revisan los trabajos manuales de sus alumnos en la granja escuela.

El que se aburre es porque quiere. Tú dale a un tonto un lápiz (o una pipa) y verás lo que se entretiene el tío.

1 comentario:

Guile dijo...

No fumo, no me suele gustar que la gente fume a mi alrededor, pero si fumase, desde luego fumaría en pipa, es de lo poco curioso que tiene el fumar, de mis experiencias con los porros, como no se fumar, te puedes imaginar, la única vez que lo probé, el esfuerzo no compensó la risa tonta de 5 segundos de duración, cuando sentí que se me dormían las piernas...