miércoles, junio 18, 2008

A mí, poco hecho

Los depravados del mundo están de enhorabuena en estas fechas, porque pronto será puesto en libertad el camarada Armin Meiwes, más conocido como el caníbal de Rotenburgo. No sé si recordáis el caso, pero resultaba tan enfermizo todo lo implicado e implicados, que a mí me causó honda impresión. Y aún me dura.

Corría el año de desgracia de 2001, recién descorchado este extraño siglo XXI, que de seguir así no sé adónde coño nos llevará, y gracias a la magia de internet se ponen en contacto un roto y un descosido. El sueño de toda la vida del roto mental era ser asesino y caníbal, y el mayor deseo del descosido cerebral: ser su víctima voluntariosa.

No estamos hablando de seres primordiales salidos de una caverna, no; el comedor era (y sigue siéndolo aunque ahora no ejerza, o sólo lo haga en la prisión) técnico informático y el manjar humano era (éste sí que dejó de serlo en cuanto dejó de llegarle riego al disco duro) ingeniero. Yo no sé qué les darán en las facultades técnicas del eje austro-alemán pero parece que salen de allí todos medio tarados y lo primero que hacen es construirse un búnker debajo de su casa, por si tienen que encerrar durante décadas alguna niña secuestrada o a sus propios hijos/nietos. ¿O serán simples vestigios de un pasado belicoso no tan lejano, y se construyen estas cosas para resistir a los futuros aliados, que como de momento no llegan, pues le buscan al agujero una utilidad alternativa a su uso militar y le dan un toque más lúdico?

La cuestión es que estos dos enamorados (así se definían ellos en su correspondencia electrónica) deciden llevar a cabo su fantasía mutua y se citan el 9 de Marzo. Cator (nick con el que el comestible se anunciaba en chats canibalescos –sí, sí, yo también flipo- como Gourmet o Caníbal-café, ofreciéndose para ser comido vivo) se desplaza desde su Berlín natal hasta la casa de los horrores de Rotenburgo, e insiste ser devorado en esa primera cita, y para ello ha acudido a la cita con el estómago vacío (no sé, serán manías de caníbales...).

Y entonces empieza la que probablemente haya sido una de las primeras citas más ridículas (que ya es decir...) de la historia del amor, en este caso carnal (ji ji...). Se conocen al dedillo los detalles porque estos tortolitos se tomaron la molestia de registrar absolutamente todo en 3 cintas de video de 4 horas cada una, que la policía estudió cuando las tuvo en su poder. Cintas que, aunque estaban encerradas bajo siete llaves en la caja fuerte del juzgado, acabaron filtrándose al público; achacándolo, eso sí, a unas misteriosas copias piratas que circulaban por ahí.

El ritual del cortejo entre caníbales, bueno, entre antropófago y antropofagocitado, parece ser así: primero toman café (hasta aquí todo normal, si no fuera por el pequeño detalle de que el invitado al banquete, y plato principal del mismo, está desnudo y sentado encima de la mesa); pero en vez de comentar la horrible climatología alemana o el partido del domingo, aquí se comenta el deseo de la víctima de ser devorada mientras practican sexo salvaje. Y se ponen a ello, pero el caníbal que tanto se hacía el gallito en el chat, se arredra un poco y no muerde con la furia que Cator esperaba. Éste empieza a temer que la cosa no va a salir como él lleva fantaseando desde su infancia, y para facilitar las cosas un poco, decide ingerir un bote de pastillas para dormir. Pero ni así parece que se anime la fiesta y decide unilateralmente dejarlo estar, pero el aspirante a caníbal suplica otra oportunidad.

Deciden tranquilizarse y se tumban relajadamente (cómo para no estarlo con un bote de barbitúricos dentro) en la cama mientras suena música suave en el transistor que la víctima ha hecho traer para crear ambiente. Durante hora y media se acarician y besan acarameladamente, haciendo pausas para fumarse algún cigarrito tranquilizador (con lo peligroso que es fumar en la cama; ah, bueno, vale, se me olvidaba cómo se las gastan estos dos pájaros...), pero ni por esas se duerme el condenado, tal sería su estado de excitación. Y eso que ha ido sumando en su estómago a las pastillas dos frascos de jarabe (?!) y media botella de licor (¿orujen?).

Al final, desesperado y aprovechando que su amante le está acariciando el pene, le pide que se lo corte, así por las bravas. Pero parece que el informático nos ha salido un caníbal chapucero donde los haya y elige un cuchillo poco afilado con el que, a pesar de intentarlo con brío, no logra seccionar la pilila del otro (que ya estaría hasta un poco más abajo del cuchillo -los huevos- del partenaire tan cutre que se había agenciado para un momento tan decisivo en su vida: su muerte).

Le ordena que busque otro cuchillo, a poder ser de Albaceten, y por fin entre gritos (¿de dolor o de alegría?) consiguen la primera sangre de la tarde, y al matador le conceden el rabo. Se van juntitos y felices a la cocina a freírlo y se lo comen, compartiéndolo como buenos caníbales (uno de ellos autocaníbal, que ya tiene cojones la cosa). Pero entre la sangre que abandona su cuerpo a borbotones y el cóctel de fármacos, Cator respira con dificultad y empieza a boquear por lo que su amante, ya más lanzando tras este primer logro, decide apuñalarlo. Pero no con la saña esperada, por lo que el eunuco, harto de la impericia de su asesino, lo deja allí plantado y se marcha a la bañera a desangrarse tranquilo, disfrutando de ver por fin cumplido su anhelo de toda una vida: ser asesinado sangrientamente para ser devorado. Pasan horas (muchas) hasta que pierde la consciencia (¡lo que puede obrar un estado alterado de la ídem!) y otras (muchas) hasta que por fin muere (téngase en cuenta que la experiencia completa ocupa casi 12 horas de grabación magnetoscópica).

Resumiendo mucho, lo primero que hace es cumplir el pacto de decapitar el cadáver y colocar la cabeza sobre la mesa para que Cator pueda contemplar toda la acción desde el cielo de las víctimas de canibalismo (que está justo al lado del cielo de los gatos, y un poco más allá del de los perros). Descuartiza el cuerpo y debe quedar agotado porque, como ya ha quedado patente, nuestro caníbal no es muy previsor, y ha tenido que emplear para tan ardua misión la cubertería doméstica, que si ya se resiste muchas veces a trinchar un bistec que no esté tierno, imaginad el esfuerzo necesario para tronchar una columna vertebral o una cerviz humanas con unos cuchillos Ginzu desafilados.

Así que tuvieron que pasar aún dos días hasta que empiece a jalarse al colega (si exceptuamos la tapita de polla frita que se metieron ambos el día de autos), y no lo hace a lo salvaje, desgarrando como un zombi tiras de pellejo con manos y dientes, no; se lo curra mucho: fríe los trozos más tiernos con aceite de oliva, que se sirve con salsa de pimienta y una guarnición de patatas, acompañado todo ello del mejor vino tinto que su bolsillo de modesto caníbal le permite. Hasta decora el comedor para tan solemnes ocasiones y pone velas en la mesa. Pues así, a lo tonto a lo tonto, se zampa 20 kilos de chicha del amigo, en distintas sesiones, y el resto (que a juzgar por las fotos de Cator, no debía ser poco) lo guarda en la nevera.

Pero parece que le aburre repetir todos los días el mismo menú, y de visionar hasta la saciedad los vídeos (su favorita, confiesa, es la parte del destripamiento); así que empieza a tontear otra vez en los chats canibalescos en busca de nueva manduca humana. Para impresionar a la concuerrencia se va de la lengua más de lo necesario, hasta el punto de que un caníbal aficionado de Innsbruck (¿de qué me suena esta ciudad?) se raja y lo denuncia a la policía. Y ahí se acaba –de momento- la aventura de nuestro personaje y empieza el problema legal: ¿cómo condenas a alguien por un crimen en el que la víctima no sólo lo era voluntariamente, sino que encima participaba activa y exigentemente en su propio homicidio? Y todo perfectamente probado documentalmente. El abogado defensor solicitaba una pena leve por una modalidad de eutanasia ilegal (y chapucera, añado yo), y el fiscal iba a por la perpetua por homicidio con motivación sexual y perturbación del descanso de los muertos (?!). Al final, ni tú ni yo y lo dejan en 8 añitos y medio por homicidio con atenuantes, que, descontando las previsibles rebajas penitenciarias por buen comportamiento (se trata de una persona cabal y educada), se cumplen este verano, y lo mismo nuestro amigo decide venirse a pasar unos días en Mallorca para olvidar el talego. Lo digo por si alguien se anima a probar.

No os parezca tan raro, porque este señor confesaba haber compartido puntos de vista por internet con al menos 280 personas, de las cuales unas 200 se habían ofrecido como víctimas (que al final por hache o por be se echaban atrás; excepto 4 que llegaron a ir a su casa dispuestos a todo, pero la cosa acabó no cuajando, lo que no me extraña conociendo lo torpe que era el verdugo [por cierto, ese hecho también sirvió de atenuante en el juicio, ya que pudo probar (que útiles son las putas cámaras) que tuvo a cuatro posibles víctimas –también voluntarias- colgadas de los pies en su casa y los dejó marchar sin rematar la faena]); otros 30 estaban dispuestos a matar por/con/a él; y unos 20 se conformaban con ser espectadores en directo del crimen/suicidio.

Esta terrible historia me sumió en su día, y sigue haciéndolo, en tristísimas reflexiones sobre la naturaleza humana.

Como decía aquel sargento al principio de cada episodio de Canción triste de Hill Street: "Tengan cuidado ahí fuera".

[Los detalles del caso están extraídos del informe exhaustivo que en su día dedicó al caso el mítico fanzine madrileño Sickfun].


4 comentarios:

Micropene dijo...

Nuestra enviada especial en el infierno me hace llegar este enlace al videoclip de la canción que el grupo Rammstein dedicó a este caso, tan del gusto de los brutos teutones:
http://es.youtube.com/watch?v=_c6tp-vVtp4&feature=related

Guile dijo...

Joder tío, es cierto, la mente humana es capaz de lo mejor y de lo peor.

El problema de este tema es lo legal, por un lado, y lo moral, por otro.

Lo cierto es que están como cabras, pero desde un punto de vista extremo, en el fondo, todos deberíamos ser dueños de nuestro derecho a morir, cuando y como queramos.

Una pequeña aclaración, tengo conocidos viviendo en Austria, allí es obligatorio tener un refugio en cada vivienda, uno común en bloques de pisos e individual en viviendas unifamiliares, es más, hay refugios en medio de la ciudad que, de no haber guerra se utilizarn como parkings, prácticamente todos los austríacos tienen que tener un arma en su casa, ya que pueden ser reclutados en cualquier momento.

La realidad es que esos refugios se acaban utilizando como trasteros o lugares donde encerrar a hijos incestuosos durante años...

Los refugios son algo derivado de la segunda guerra mundial, la locura, que algunos tienen, probablemente también, pero no somos los españoles, los más indicados para criticarles.
Veánse:

Puerto Hurraco.
El colgao ese que se cargo a la niña del predicador.
y un largo etc...

Un saludo compañero.

xavalin dijo...

Qué barbaridad. ¿seguro que no es la enésima parte de tu heavy-auto-biografía?

Que aproveche

Daniela Ahlen dijo...

oye y esas paginas gourmet y caníbal café siguen existiendo?
digo si existen por que no las han eliminado o algo así??
jajaja y tu que hacias metido en esas paginas..que también eres caníbal cachorro ? xD