martes, junio 03, 2008

Metalísimo (7º hijo de un 7º hijo)


Lo de cobrar por no tocar llegó a convertirse en una bonita costumbre. Es lo bueno de ser tan malo. O de ser un pintas, que fue la causa de mi ostracismo en el siguiente caso:

Cuando te mueves en un mundillo como el del heavy, casi cada persona con la que estableces contacto resulta ser un personaje, cuanto menos pintoresco (apropiándome del adjetivo con que me calificara en su día mi profesor de batería). Como dicen que la necesidad agudiza el ingenio, pues en esto del metal el que no corre, vuela, y quien más y quien menos en mi ámbito de actuación se buscaba la vida con chanchullos y trapicheos para ir tirando. Para ello nada mejor que contar con una buena red de contactos (lo que se llama tener amigos hasta en el infierno). Conocí auténticos cracks en la materia que siempre andaban enredados en mil fregados y que siempre conocían a alguien donde interesaba conocerlos. Estos colegas eran un tesoro porque siempre te colaban en algún garito o fiesta privada, o tenían pases para algún concierto, o te conseguían algún currillo esporádico. Son los buscavidas de toda la ídem, pero con la peculiaridad de desenvolverse en un ambiente un tanto espinoso, donde un paso en falso te puede costar un susto, si no un disgusto.

Uno de estos figuras era mi querido compadre Rata, vocalista de un grupo de Thrash (que no trash) Metal. [thrash = apalear / trash = basura]. Siempre andaba metido en movidas, como él lo llamaba, y conocía gente de lo más variopinta y en los lugares más insospechados.

Como él sabía que, a pesar de la leyenda negra, yo era bastante legal, pues contaba a menudo conmigo cuando le salían trabajillos puntuales en los que había que cumplir y dar el callo (eso da una idea de cómo debía estar de paupérrimo en su entorno el nivel de compromiso, porque éramos buenos amigos pero tampoco es que fuésemos uña y roña. Pero solía incluirme en sus movidas, accediendo generalmente a mis exigencias laborales, siempre que no fueran decabelladas).

Con él hice de pipa para algunos grupos medio famosos, a su paso por esta ciudad. Así, de pronto, recuerdo los servicios prestados a Raimundo Amador, La Oreja de Van Gogh, y a un grupo extranjero cuyo único mérito –aparentemente- era que les habían seleccionado un tema como fondo sonoro para un anuncio de Pepsi, y resultaba muy deprimente contemplar a la gente aburriéndose durante todo el concierto y volverse literalmente loca únicamente cuando interpretaron la dichosa cancioncilla del spot (que tuvieron que repetir como único bis, con nueva respuesta histérica del, por lo demás estático, público). Lo del guitarrista aflamencao, por unas oscuras gestiones que me consta que el Rata tuvo que hacer para su equipo (ignoro si él incluído); y lo de los ñoños vascos, porque me cayeron como el culo. Algunos confunden a un pipa con poco menos que un sirviente o esclavo (me dijo el guitarrista que fuera al camerino a por su instrumento y se lo llevara a la furgoneta [¿es que él no tiene manos?], y lo que hice en el camerino fue agenciarme una enorme bolsa de pistachos sobrante del catering, y la guitarra allí se quedó. Supongo que alguien se la rescataría al tontoelpijo ese, pero por mí ya le podían dar mucho por el culo con una caña rota).

Pero lo que trato de contar, y no dejo de interceptar con chuminadas, es cuando el Rata logró un chollito de trabajo para cinco días seguidos. En el recinto ferial de esta provincia se celebraba una convención del ocio, o algo así, y la cadena radiofónica 40 principales montó un escenario donde actuarían las estrellas que estuvieran promocionando por aquel entonces. Al Rata le encargaron llevar personas con un mínimo conocimiento musical para hacer de comparsas en los playbacks a las cantantes (porque todo fueron tías).

Bien, pues, a pesar de que le habían dicho que procurara buscar personas con buena imagen, no sé qué le pasaría por la cabeza cuando decidió proponérnoslo al bajista de su grupo, el Pocho, y a mí (él mismo haría el playback de la guitarra). Menudos tres mostrencos.

Llegamos allí el primer día y la primera en la frente. Nos mira todo el mundo con una mal disimulada mezcla de sorpresa y desprecio. Y nosotros allí, pasando de todo y arramblando con el catering, para variar; no había mucha manduca, pero tenían montada en el backstage una nevera de ésas de bar que se abren por arriba, muy bien surtida, y un botellero con espiritosas de buenas marcas. Y entonces llega ella, la tal Malú, sobrinísima de un genio de la guitarra flamenca, que por aquel entonces empezaba a abrirse camino hacia el estrellato; pero que los humos que ya se gastaba entonces eran dignos de una superestrella en toda regla. Nos presentan como los músicos contratados para acompañarla, nos mira de arriba abajo con expresión de no poder creer que existan seres así en su mismo planeta y se retira muy airada a su camerino a deliberar con su mánager. Y, al poco, sale ésta, la mánager, con una sonrisa forzada y nos dice como con miedo: “Qué bien, chicos, hoy cobráis sin tener que trabajar”. Jajajaja... Y así fue, salió ella sola, a pelo, con todo el equipo de atrezo montado detrás, apagado y muerto de pena sin los figurantes del infierno para hacer el paripé. Menos mal que no nos habíamos ni molestado en escuchar la cinta que los 40 Principales nos había proporcionado para que nos familiarizáramos con los temas que teníamos que fingir interpretar (de hecho, al día siguiente, el Rata ya había aprovechado la cinta para grabar encima no sé qué estruendo. La reconocí en su coche porque la cinta llevaba estampado el membrete de la cadena radiofónica, y mediante el clásico truco de la tira de celo había metido ahí unos sonidos demoníacos, desalojando para ello otros no menos horripilantes).

La verdad es que no me extraña que la diva rehusara nuestra presencia en escena, porque yo por aquel entonces gastaba estas pintas tan poco glamurosas de pordiosero (y eso que no tenía el dudoso honor de ser el que más grima diera del trío calavera...):


Así de asqueado y asqueroso lucía por aquel entonces el mismo miembro de la horda (los años no pasan en balde). Nótese que mi escasísimo archivo fotográfico de aquellos años se nutre casi exclusivamente de las fotos de carné; ya que las que sobraban del juego realizado para renovar el documento conforman mi pobre álbum de recuerdos gráficos, y poco más. Ya comenté por aquí que nunca he tenido cámara de fotos y desgraciadamente tampoco me molesté en su momento en conseguir una copia de los cientos, si no miles, de recuerdos inmortalizados por otros. Y es una lástima, porque hay por ahí algunos documentos que hubieran venido que ni pintados para ilustrar estas historietas.

La cuestión es que al Rata le dieron el toque los de la organización (les debió joder pagarnos por nada; y bastante bien, por cierto). Y para el día siguiente se le exigió que subiera un poco el listón del casting. Pero tampoco es que se estrujara mucho las meninges: largó al Pocho y puso en su lugar a su novia mulata (que no tenía ni puta idea de tocar el bajo, pero que, visto lo visto, eso era lo de menos y lo que importaba es que la muchacha fuera vistosa); él se afeitó, se adecentó y se recogió el pelo en una cola, y me volvió a llevar a mí, sin afeitar y sin cola, porque mi mopa de entonces no daba para un recogido (como se aprecia en la escalofriante imagen).

Pero el segundo día tampoco tuve suerte, ellos dos sí subieron al escenario, pero yo quedé de nuevo postergado por feo. La excusa de aquella velada fue que el batería verdadero siempre acompañaba a esta cantante (ni me acuerdo de su nombre), porque había entre ellos un rollito más que profesional. Sea como fuere, la cuestión es que, una vez más, cobré sin tener que alejarme del catering más que lo suficiente para poder hacer esta foto y alguna más con la cámara del Rata, que quería un recuerdo de aquel circo.

Por lo menos esta vez los instrumentos sí sirvieron para el paripé. Nótese que la puesta en escena ganó muchos puntos con el apuesto muchacho a las baquetas, dónde va a parar, mari. Total, para lo poco que se me veía detrás del armatoste...

Al final, de cinco días para los que fui solicitado, sólo toqué dos. La primera en no rechazarme como a un apestado fue una chica muy maja que, contra todo pronóstico, no hizo ascos a relacionarse con nosotros, y hasta me contó que como no triunfaba aquí se tuvo que ir a intentarlo a Méjico, para volver triunfal a casa como una reina tras el exilio. Y se comparó con Mónica Naranjo. Y yo le dije que ignoraba que Mónica se hubiera tenido que ir a Méjico para triunfar, y que, de hecho, ignoraba quién era la tal Mónica Naranjo (lo averiguaría algún tiempo después, como casi todos los españolitos), pero que precisamente esos días entendía muy bien cómo se sentía. Y debieron hacerle gracia mis tonterías porque gracias a ella por fin me pude estrenar en ese escenario (no es que estuviera mal lo de cobrar sin dar un palo al parche, pero ya que estaba allí y como experiencia... pues me apetecía saber lo que era tocar en un escenario de verdad).

¿Continuará...? (Lo dudo, porque estoy tannn cansado de escarbar en mi maltrecha memoria...).

1 comentario:

Gilito dijo...

tengo muchas fotos de una actuación vuestra en el Coyote Ugly, con el Jimmy Page de la Pampa...ASI QUE TIENES QUE SEGUIR CON LA SAGA