jueves, septiembre 04, 2008

Regresión postvacacional

Acabo de hacer mi regresión, que no regreso, de la segunda dosis de mis vacaciones estivales [RAE: regresión 3. f. Psicol. Retroceso a estados psicológicos o formas de conducta propios de etapas anteriores, a causa de tensiones o conflictos no resueltos].

Entre otras muchas, y placenteras, cosas, este descanso de cuerpo y alma me ha servido para descubrir un extraño mecanismo de mi cerebro: el salpicón de recuerdos. Información que creía olvidada, pero que realmente debía estar sepultada bajo avalanchas de nuevos datos, pero no perdida del todo. Lo mejor para rescatar estos recuerdos sepultados por el alud suele ser un buen sabueso San Bernardo, con su barrilito de ron colgado al cuello para ayudar a entrar en calor a la memoria congelada. Pero no es imprescindible, como estoy descubriendo recientemente.

Últimamente el tiroteo de recuerdos me asalta en los momentos más insospechados, dejándome en la puerta del consciente curiosos souvenires del pasado, como el que abandona un bebé en el portal de la inclusa.

Acontecimientos inconexos, anécdotas olvidables (está visto que no), personajes que creía desterrados de mi mente, se presentan a cenar sin avisar, y me incomodan las más de las veces, cuando no me dan unos sustos de muerte. Otras, las menos, he de reconocer que disfruto rememorando vivencias que no recordaba conscientemente (y por lo tanto no podía recuperar a voluntad en el videoclub de la memoria).

De todas formas resulta un poco desasosegante estar tan tranquilo paseando o leyendo, o viendo la tele, y que, repentinamente, se descuelgue el telón y Subconsciente Films proyecte, sin permiso de la autoridad mental, sin venir a cuento y sin que nadie se lo haya pedido, películas peregrinas que nunca guardan la menor relación con el curso que llevaba el pensamiento hasta el momento del asalto traicionero.

Todo este rollo para decir que esta mañana, viniendo al trabajo a lomos de mi borriquito de acero, mientras cavilaba si al final me llovería encima o no, me ha interrumpido una historia antiquísima, a la que no logro encontrarle ninguna conexión con la meteorología, pero que, como me ha tenido entretenido un ratillo, pues ahora la casco aquí:

Hace la tira de años, trabajé para un individuo de dudosa reputación. Aquel espantajo tenía un pasado poco tranquilizador y había escapado de las cloacas reconvertido en infra-yuppie trepador, ansioso por encaramarse al éxito empresarial propulsado por su ambición arrabalera.

En su entonces presente (ahora mi pasado) tampoco hacía gala de demasiados escrúpulos, pero era en las escasas ocasiones en que lo visitaba algún emisario de sus raíces podridas, cuando verdaderamente se mostraba en su elemento. ¡Y menudo elemento!

Un día le vino a ver uno de sus viejos amigos del infierno. Un personaje hosco, que más que miradas disparaba salvas de malas vibraciones. Se fueron de parranda para rememorar barrabasadas pretéritas, y, al día siguiente, mi jefe, que por lo general abjuraba de su inconsciencia juvenil, llegó como deslumbrado de nuevo por el glamour rateril de su antiguo compinche.

Y aunque no nos unía ninguna amistad, más que el lazo patrón-esbirro, pero como él no era precisamente una lumbrera (estaba “al otro lado de la inteligencia”, que escribiría Céline), con la emoción de la velada recién vivida, pues se le calentó el bocado y no pudo evitar largarme algunas jugosas intimidades sobre la ilegalidad de su amigo.

Resulta que éste lo llevó a su mansión de sub-lujo marginal, cuyos abominables detalles me describía mi jefe admirado. Allí le permitió conducir su flamante Ferrari. Pero sólo unas vueltecitas por la urbanización porque no podía exhibirlo demasiado por ahí, debido a su procedencia poco, o nada, clara. O sea, que tenía un súperdeportivo robado con el que no podía circular porque daría el cante y lo trincarían de inmediato, y lo empleaba únicamente para impresionar a sus visitas con unas vueltas a la manzana (como niños en los cochecitos de la feria).

“Jajaja... menuda pieza está hecho, el cabrón”, me decía con una llamita de envidia en sus ojitos ratoniles. Y entonces, ya en el fragor de la cháchara, me cuenta el plato fuerte, que debía quemarle lo suyo en la conciencia, por muy trapacero que fuera él también.

Estando los dos en lo mejor de la noche, después de tsunamis de cubata y haber cerrado algunas barras americanas, al regresar a las tantas a la guarida de mármol se encuentran con un tío en la puerta. Cosa sospechosa, por no ser horas ni sitio de tránsito. Se ponen un poco en guardia, pero resulta que el amigo de mi jefe reconoce en seguida a este individuo como un viejo buen amigo del lumpen. El aparecido -que mi jefe no tenía el gusto de conocer, a pesar de sus raíces comunes, y que definió como “superchungo”- se queda algo desconcertado y en un principio parece no alegrarse nada de encontrarse allí al viejo camarada de rapiña.

Lo invitan a entrar en casa y unirse a la juerga criminostálgica, y tras algunas rondas etílicas, el recién incorporado parece relajarse ya un poco y disfrutar de la compañía, abandonando –pero sólo un poco- su actitud de tipo duro (tan duro que se había revenido, como el pan). Unas cuantas rondas y dosis más, evocando turbulencias añejas, la camaradería se impone y el “superchungo” confiesa, a instancias de su colega, a qué se dedica últimamente: a liquidar gente previo pago de la tarifa pay per kill. Ese comentario, así, a vuelapluma, hecho en el entorno de cualquiera de los que estéis leyendo esto (al igual que en el de quien lo escribe) caería como una bomba de racimo, y jodería el ambiente en un nanosegundo; se nos congelarían las sonrisas de quirófano en la cara y estaríamos deseando que el interesado abandonara la sala para abalanzarnos sobre el móvil e informar al F.B.I. Pero en aquella velada que trato de describir, no, qué va... a su amigo no le extrañó lo más mínimo porque ya sabía de qué pie cojeaba el pájaro (y sus propios asuntos no debían ser tampoco mucho menos oscuros); y a mi jefe, tampoco, porque, según me repitió, el tipo era “superchungo de verdad” (los sinónimos descriptivos no eran su fuerte).

La cuestión es que, cuando el amigo de mi jefe pensaba tomar su turno para tratar de igualar eso con todas las maldades de su cosecha que se le ocurrieran, por pura competitividad entre la canalla, el amigo le interrumpió y le dijo que prefería no saber nada de sus asuntos, pero que se anduviera con mucho ojito de a quién le tocaba los huevos, porque el encuentro de aquella noche no había sido fortuito. Tachánnnnn!!!

La historia, de ser del todo verídica (mi jefe también era un poco fantasma, la verdad, pero tampoco es que anduviera muy sobrado de imaginación, y me dio tantos detalles, y tan minuciosos, que, de ser inventados, quizás debía haberse replanteado su vocación y haber reconducido toda esa energía resentida hacia la ficción artística. No sé... un corto o una novelita...); decía, que de ser totalmente cierta (a 2 de los 3 protagonistas principales los conocí en carne y hueso y daban el perfil perfectamente), nos debería hacer reflexionar sobre el tipo de pirañas que tenemos sueltas en este acuario de peces de colores que llamamos sociedad.

3 comentarios:

vainilla dijo...

esas regresiones las tenemos todos, lo que pasa es que con un pasado como el tuyo deben dar más susto todavía cuando aparecen.

Mr.Celofan dijo...

De película.

Guile dijo...

Empieza por los políticos, empieza por los políticos...