martes, octubre 14, 2008

Dialéctica pugilística

Hace unos días, asistí con mi pareja a una reunión de vecinos de ésta nuestra comunidad. Una comunidad de vecinos, como muchas otras por estos lares, con gran presencia de propietarios extranjeros, lo que convierte en un fárrago la discusión de cualquier asunto, por sencillo que aparezca en los titulares de la fotocopia del orden del día (hay un belga que ha de ir traduciendo al francés e inglés cada intervención; habilidad ésta que lo llevó a presidir la comunidad hasta hace bien poco).

Las asambleas de este tipo son la demostración empírica de la teoría expuesta por Schopenhauer en El arte de tener razón. [Nótese que últimamente recurro al vil ardid de citar muchas lumbreras, que lleven más de un siglo con tierra encima (como si eso inavalidara los derechos de autor de estos cadáveres exquisitos), para intentar dar algo de empaque a estas cagarrutas insulsas que escribo]. Obra, acabada pero que decidió no publicar en vida, en la que venía a defender que en una discusión los contendientes no pretenden dilucidar la razón objetiva, sino imponer su razón subjetiva y particular (“… generalmente quien discute no combate en pro de la verdad, sino de su tesis,…”), y en la que aporta 38 estratagemas para salir victoriosos, téngase o no la razón de parte de uno. Dialéctica erística lo bautizó él en su jerigonza filosófica.

Pues en aquella reunión vecinal, inopinadamente schopenhaueriana, mientras se deliberara sobre un enemigo común e identificado (la promotora, el robo con escalo, el antenista,…), sí parecía haber quórum, y todo apuntaba a un buen término; pero por lo visto la gente se reservó su erística más exasperante para el turno de las escaramuzas privadas. Ahí, la cosa ya se convirtió en un patio de cotolengo, y el sector más hooligan de la colonia británica no llegó a las manos con un señoritingo patrio, por un quítame allí esos dálmatas, porque Dios y la administradora de fincas no quisieron.

Se escucharon propuestas incongruentes del tipo: poner una cámara de vigilancia en la piscina (?!), extirpar quirúrgicamente las cuerdas vocales de los perros poco mordedores (?!!), amenazar de muerte al responsable de la promotora (esta ya no me sorprende tanto), y otros espantos de los que no quiero acordarme. Sin embargo, de los asuntos que verdaderamente necesitaban un debate serio y una pronta resolución (defectos estructurales en la construcción, humedades, plagas bíblicas…) no se aclaró nada de nada. Eso sí, a los morosos se determinó llevarlos a juicio, al no prosperar tampoco lo de las amenazas de muerte.

Nosotros alucinábamos con el espectáculo (y eso que hemos asistido a reuniones comunitarias mucho peores que ésta, no en este vecindario, donde el término más técnico que se podía escuchar era hijo de puta o ladrón), y le rogué a mi pareja que no se le ocurriera participar, a la vista del vapuleo cruel que recibía todo aquel que osaba interceder en la contienda ("Pues yo creo que fulanita tiene razón...", se atrevía alguien a romper tímidamente su silencio. "Pues tú calla, porque si empezamos a hablar del escándalo que montas con la moto y bla, bla, bla...", "Pues anda que tu bebé no da por culo por las noches...", "¿Me vas acomparar un bebé con un chucho?", y vuelta a empezar el fuego cruzado, con un blanco más y algún francotirador espontáneo) .

La razón de nuestro silencio, la misma por la que Arturo (no me apetece escribir otra vez ese apellido tan largo; y para eso escribo este paréntesis que septuplica su extensión) decidió no publicar su opúsculo, y que él explicó mejor que nadie en otra obra posterior (Parerga y paralipómena), donde sí incluyó una decena de sus técnicas de discusión:

“He recopilado y desarrollado, pues, unas cuarenta estratagemas semejantes. Pero ahora me repugna la iluminación de todos esos escondrijos de la insuficiencia y la incapacidad, hermanadas con la obstinación, la vanidad y la mala fe; por tanto, me doy por satisfecho con este ensayo y con tanta mayor seriedad remito a las razones arriba expuestas para evitar discutir con el tipo de gente que suele ser la mayoría”.

Para despedirme, y ya que me ha dado últimamente por suplir mi carencia creativa transcribiendo párrafos enteros de pensadores rimbombantes, aprovecho para añadir este genial epigrama, que viene que ni pintado a lo que acabo de narrar, de Voltaire. Arrevoire.

"Una única cosa le he pedido a Dios, una nimiedad: "Oh, Señor haz ridículos a mis enemigos." Y Dios me la concedió."

5 comentarios:

Guile dijo...

El mayor problema en las comunidades de vecinos es querer ser el protagonista, como si la gente tuviese derecho a sus 5 minutos de fama y razón, asemejándose a los políticos en el parlamento, donde premian las descalificaciones, la falta de entendimiento y sólo se ponen deacuerdo en lo obvio cara a la galería.

Lo peor, suele ser, que con tanta mierda que se va a dichas reuniones, al final los temas interesantes para todos y el sentido común se pierden porque la gente las usa para demostrar a los demás, como si de una berréa se tratase, lo brutotes que son, y que si fuese por ell@s...

xavalin dijo...

Dos citas más: "Nunca se puede convencer a nadie de nada" de Sánchez Ferlosio (no sé si Chicho o Rafael, sospecho que del primero, que estaba más bien tronao, ver "Mientras el cuerpo aguante") y "Que les den por culo" (Trad. arreglos, Lara).

vainilla dijo...

El problema de las comunidades de vecinos y de todo tipo de comunidades es como siempre la falta de educación, gran problema que arrastra este pais y esta sociedad desde tiempos ancestrales y que, a mi parecer, se está agravando peligrosamente.

Cripema dijo...

Que bueno Arturito...Creo que ese libro deberia estudiarse en primero de carrera en Derecho. Pero yo le hubiese llamado "El arte de la manipulación" que grande! Claro que leyendolo te das cuenta hasta que punto somos manipulables frente a una persona que domine la dialectica

Micropene dijo...

Jajaja, Arturito. Cómo achata prestigios un simple diminutivo.

Por cierto, que así es como conocen en muchos países sudamericanos a nuestro R2D2 de Star wars, por afinidad con la pronunciación original: ar-tu-di-tu = Arturito. Aunque a este entrañable robotín no le queda tan mal el nombrecito.