martes, diciembre 02, 2008

Esta vida me va a matar

Joder, cada mañana, mientras engullo mis rondas de medicamentos, me acuerdo más del Elvis versión Las Vegas. Yo creo que, a excepción del Vicodín, nos podríamos intercambiar los pastilleros sin que acusáramos efectos secundarios.

Empiezo mis días con los antiespasmódicos y los regeneradores de cartílago, luego una ronda de painkillers y de postre, si la noche ha sido propicia, unos miorrelajantes. Tras eso, y previa desconexión de la manta eléctrica, desenchufado del respirador (también eléctrico), colocación de prótesis ortopédicas, y meter barriga, ya puedo mínimamente enfrentarme al mundo y sus ocupantes.

Es inconcebible que mi abuela tomara en toda su vida menos medicamentos que yo en un solo mes. Vivió sana hasta los 93 años, edad en que la aquejaron los grandes males, penó y murió.

Quizás este hecho esté relacionado con que se crió y vivió en el campo y yo nací en -y aún no he logrado escapar de- una mediana ciudad. Mientras yo sufro el acoso y derribo de las mafias farmacéuticas que, en connivencia con los matasanos, a la mínima oportunidad me atiborran de naturaleza procesada químicamente, mi abuela tenía remedios caseros para casi todo. No en vano, estas viejas prácticas naturópatas las conocemos ahora como “Los remedios de la abuela”, como algo exótico de una vida pasada que nos estuviera contando el guía de un museo, o Bender en Futurama.

Mientras yo me hincho de paracetamol o ácidos de apellidos muy largos, ella se ponía una cataplasma de aceite de ricino, o del ungüento que fuera, y solucionado. Para los nervios tila, o valeriana, pero no ansiolíticos, diazepam, Valium, lobotomías. En vez de fluoxetina, Prozac, Xanax... paseos por el monte y siestas del borrego.

Y sólo nos separa la generación de mi padre/su hijo.

Con 90 años lavaba a mano y se asustaba al viajar en coche, y yo apenas llego al final de las jornadas aunque viajo a lomos de caballos de vapor, ADSL, y suplementos químicos.

Tengo 37 y años y confieso que estoy hecho una piltrafa, física y espiritualmente. Desecho de tienta. Me siento vapuleado como un luchador de wrestling que se enfrentara en el ring a la mismísima Vida, por hacerse con el cinturón de vencedor. La Vida me está pegando un palizón de muerte y yo, maltrecho, miro a todos lados buscando desesperadamente a mi relevo en la lucha, pero no lo hay. Y mira que miro por los seis lados del cuadrilátero (los 4 laterales cordados; el suelo, por si hubiera una trampilla por la que escapar; y al cielo por si alguien escuchara), pero al único luchador que diviso esperando su turno es El Enterrador.

2 comentarios:

Guile dijo...

Tu tienes 37 pero yo 28 y me encuentro más o menos como tú y es que siempre me he adelantado a lo que la vida debería depararme por mi edad, una buena cura, un libro, t elo aconsejo, si lo lees y te gusta, te contaré mi relación con éste.

El club de los faltos de cariño

Manu Leguineche

Editorial Seix Barral
http://www.seix-barral.es/fichalibro.asp?libro=972

Un abrazo muy fuerte.

vainilla dijo...

Que me vas a contar de medicamentos. Me los he tomado por capazos. Y lo bueno es que algunos hasta curan. MI abuela se lo curaba todo con agua con sal. Que te mejores.