martes, junio 30, 2009

Mala suerte RAM

Últimamente atravieso una racha complicadilla, [des]gracias a una serie de incidencias tan frecuentes que empiezan a resultar agotadoras.

No se trata de grandes tragedias ni problemones (que también los hay, por desgracia), sino una inagotable serie de pequeños (y no tan pequeños) contratiempos en la operativa del día a día, que acaban mermando mi ya de por sí maltrecha moral semi-alcoyana.

Lo que yo llamo una mala suerte RAM.

sábado, junio 27, 2009

Phileas Garrafogg

Siendo muy pequeño recuerdo que me impactó enormemente leer las manías con que Julio Verne dotó a su personaje Phileas Fogg, el primo literario del leonino Willy televisivo, protagonistas ambos de aquella vuelta al mundo tan fugaz para los medios de transporte de la época. Actualmente perder 80 minutos en el AVE o en el extinto Concorde nos parece un derroche de tiempo inconcebible.

Y no es que siendo un criajo me leyera la novela de Verne (a pesar de que estaban por casa las obras completas del genial gabacho); yo lo que me leí fue esta maravilla





que a los de mi quinta les debe haber traído grandes recuerdos. Son esas versiones en cómic que publicaba Bruguera y que tantos ratos impagables nos hicieron pasar. Y no sólo las versiones de Verne, aunque creo que éste era mi favorito por su inagotable imaginación.

Recuerdo haber quedado impresionado por las inquebrantables rutinas del caballero londinense. Puntualmente se levantaba, tomaba un baño a una temperatura exacta, desayunaba siempre lo mismo y a la misma hora, compraba el periódico al mismo muchacho de la esquina, y –si no recuerdo mal- justo cuando sonaban las campanadas del Big Ben, a no sé qué hora, él atravesaba el umbral del club social al que pertenecía y donde acabaría haciendo la ridícula apuesta de rodear el globo en menos de 3 meses.

Me llamó mucho la atención esa sistematización de costumbres, y de hecho ensayé una desastrosa recreación a escala de aquella flemática puntualidad inglesa. Pero mis chiquilladas de aspirante a maniático atildado chocaban inmediata y permanentemente con la terca realidad hispana. Esa pegajosa pereza, esa inexactitud e impericia para todo lo que no sea festejar capeas y caminar sobre brasas, aplastaban mis pobres intentos de imponer cierto rigor a mis jornadas infantiles. Cada vez que este Phileas Fogg de garrafón, este Phileas Garrafogg, intentaba recrear la perfección de su pulquérrimo ídolo de papel al adquirir su lectura diaria (que en este caso era semanal y en lugar de un periódico, un tebeo), y se pasaba esperanzado por su quiosco puntualmente todos los miércoles de cada la semana, día en que se suponía se ponía a la venta al público cierto tebeo de tirada semanal de cuyo nombre prefiero no acordarme; y se encontraba con que prácticamente ninguna semana llegaba puntual; que hubo desfases de hasta tres días, y semanas que directamente no apareció sin más explicaciones; pues empezó a sospechar que eso que había leído, esa efectividad en las tareas del día a día, debían ser cosas de Verne, cuentos de viejas, tan de ciencia ficción como los viajes submarinos o al centro de la tierra.

No sólo las esperas del intempestivo tebeo mortificaban a Lord Garrafogg, pues cada vez que quedaba con algún amiguito, la puntualidad y el compromiso parecían significarse para los demás como entes abstractos referenciales, que no había porqué cumplir necesariamente, ni a rajatabla. Podían sonarle las campanadas del Big Ben, allí de plantón, y darle la media, desquiciado, y los tres cuartos, y entonces lo que sonaba en su cabeza era el Big Bang.

Ya con el tiempo, y a base de “donde fueres haz lo que vieres” y “en Roma como los romanos”, a Phileas Garrafogg se le fueron quitando las tonterías y se volvió tan informal y astroso como sus conciudadanos.

Estos recuerdos me han asaltado esta mañana tras descubrir entristecido que el barecito que había descubierto recientemente en el pueblo donde vivo, en el que me gustaba almorzar prácticamente todos los sábados, porque ofrecía el marco perfecto para las extravagancias del resucitado Phileas Garrafogg, a la manera de un Reform Club levantino, pues resulta que ha cerrado sus puertas de la noche a la mañana (de la noche del sábado pasado a la mañana de éste de hoy, por lo que a mí concierne) y sin más explicaciones. Bueno sí, el jardinero municipal que laboraba por allí me ha comentado que se les había cumplido la contrata.

jueves, junio 25, 2009

Muerte laboral

Poco después de mi sepelio profesional, con el cuerpo aún caliente de trabajo, recibo a modo de responso mi vida laboral, que el ministerio competente tiene a bien remitirme por correo (postal).

Abro y leo, atónito, “días cotizados hasta la fecha: 5.873”.

Teniendo en cuenta que buena parte de mis desempeños laborales se han desarrollado en la alegalidad más absoluta, sin altas ni cotizaciones, y que otra buena parte han sido trabajos a media jornada, cuyas jornadas incompletas no puntúan como unidades en ese cómputo; me veo enfrentado a la mareante cifra de miles de despertares abatidos, venciendo a la acedia tras escuchar el maldito despertador, que no es otra cosa que la banda sonora del fracaso.

Ahora, gracias a la inercia de millares de días de esclavitud, no me hace falta escuchar ese electrodoméstico infernal para despertar temprano. Aproximadamente a la hora estipulada durante lustros, se levantan las persianas de mi espíritu sin necesidad de sentir los graznidos abominables de ese enemigo emboscado en la mesita de noche.

Y este Sísifo cañí se pregunta dolido: ¿quién me devuelve a mí esos 5.873 despertares? ¿Quién? Y sobre todo ¿para qué?

lunes, junio 22, 2009

El Corán me alumbra

Y todo porque resulta que cuando estoy en casa de mis padres, como ahora que escribo esto, utilizo para leer una lamparita de mesilla de noche que tiene algún problema de contacto en el interruptor, y sólo permanece encendida si ejerces cierta presión sobre él.

Y como no es plan de estar apretándolo entre los dedos, para ese menester empleo un volumen que pesa lo justo y necesario. Un tochito considerable, teniendo en cuenta que se supone una edición de bolsillo, del Corán. Libro cuya lectura recomiendo, pues aclara algunas cosas a la mirada estupefacta del infiel.

Habiendo significado este libro un considerable avance social para la época en que fue revelado, hay preceptos cuya aplicación actual tan a rajatabla, cuando no tergiversada, nos chirría bastante por estos lares.

Un ejemplo público y notorio han sido las recientes y polémicas elecciones en Irán, a las que podían concurrir libremente las mujeres, pero resulta que finalmente el tribunal islámico no ha considerado a ninguna de las aspirantes “capacitadas moral ni intelectualmente”.

A esa gente que se aferra tanto a la tradición de las cosas primeras, al yo lo vi primero o yo es que estaba aquí antes, quizás convendría recordarles que la primera persona musulmana de la historia fue una mujer. Sí, sí, una mujer. Porque cuando Mahoma tuvo la revelación de la cueva de Hira y llegó a casa temblando de miedo y desconcertado por la experiencia, fue su mujer Jadiya la que lo arropó, escuchó la historia e interpretó el hecho como una revelación divina. Le creyó. Luego Jadiya fue la primera persona mahometana de la historia; la primera conversa al islam.

No digo que la veneren y saquen en procesión, como hacen los otros con las mujeres de su historia sagrada, pero sí pediría que cesara esa interpretación interesada y tergiversada que del papel de la mujer hace la jurisprudencia islámica, para negarle la dignidad que le garantizaba aquel texto hace ya 1400 años: derecho a poseer propiedades, a elegir libremente el cónyuge (y no cesan los matrimonios forzosos entre musulmanes de la península indostánica), al divorcio (que ha sido arteramente casi abolido de la ley islámica) y la satisfacción sexual en el matrimonio, e incluso al aborto en caso de necesidad.

Todo esto se olvida interesadamente y se prefieren las lapidaciones y linchamientos. Así como una interpretación disparatada del impreciso consejo coránico de “vestir con modestia” (para quedar libre de la opresión de la belleza y la moda), ha desembocado en la obligación talibana del humillante burka. O la ablación del clítoris, prohibida expresamente por el islam, que se sigue practicando en su nombre en Sudán o Egipto.

Pero, claro, como las personas del entorno islámico que denuncian esta manipulación del mensaje no están "capacitadas moral ni intelectualmente" para opinar, pues esto es un pez que se muerde la cola.

jueves, junio 18, 2009

Qué injusticia

Escucho en la radio que, según Save the children, a diario millones de niños no pueden asistir a la escuela por culpa de los conflictos bélicos.

Y yo me sé de uno que a diario monta un conflicto bélico por no ir a la escuela.

Dándole la vuelta a la expresión guerrillera: "Qué lástima de balas desperdiciadas"; diré: "Qué lástima de horas lectivas malgastadas". Que no dan en el blanco. Fuego amigo de fogueo.

Dicen que Dios da pan a quien no tiene dientes. Entonces esta Sociedad sería una panificadora para desdentados.

martes, junio 16, 2009

El túnel del terror

Pienso hundir estas teclas de aquí delante en el orden siguiente, en este exactamente y no en cualquier otro posible, porque quiero decir justo esto:

Quiero decirle a la D.G.T. que no se moleste con sus campañas gore veraniegas. No se puede concienciar a quien no tiene conciencia, porque básicamente no tiene cerebro donde alojarla.

Y me limitaré a un sencillo caso práctico que observo casi a diario.
El túnel de El Campello, que debo atravesar para llegar a casa. Un despliegue de carteles bien visibles te advierten a la entrada que la velocidad en el túnel está limitada a un máximo de 80 km/h. (que dicho así suena a poca cosa, pero recorres 80.000 metros en apenas 60 minutos. ¡Hala!… ¡Uau!… 8.000.000 de centímetros...). Y te conminan a no sobrepasarla, informando bien clarito el uso de radares y cámaras de TV para asegurarse que así sea.



Pues bien, no hay forma. Aquello no amedrenta a casi nadie. Entre los que aplican ese 10 % de beneficio de la duda, por la falibilidad de los equipos de medición (“si pone 80, puedes ir hasta 88, que no te multan…”); los que van armados de cacharritos que les chivan qué radares están activados y cuales no; los que no temen las multas (bien por un extraordinario poder adquisitivo, bien por tener algún pariente en las autoridades responsables que las traspapele; si es que no ellos mismos); los vehículos comerciales estresados; y la consabida recua de tuneados descerebelados [el cerebelo es el centro que controla las órdenes que se envían al aparato locomotor]; pues resulta que somos cuatro gatos motorizados los que respetamos esta limitación. Y algunos porque no pueden, porque no les da más de sí el tractor albanokosovar, que si por ellos fuera…

Entonces me pregunto: si la gente -ese ente abstracto, cóctel de incoherencias de indigestión pasiva que quiebra mi economía anímica- es incapaz, incluso bajo coacciones anunciadas, de aflojar un poquito la presión que su pezuña de jumento ejerce sobre el pedal que suministra la gasolina a la mezcla combustible, durante 1.840 miserables metros de túnel; durante los que se le pide, y ordena, que sea responsable, (que te estoy viendo), que por favor tenga dos dedos de frente (útiles, no de terraza), y durante esos escasos segundos (apenas minuto y medio) que dura el trayecto cubierto, sea bueno y afloje un poquito la marcha, porque como la providencia se haya levantado con mal pie y líe la marimorena allí dentro, no nos saca ni Stallone, ni Rambo, ni Zampo... ¿Qué no hará fuera del túnel, lejos de las cámaras?

Así pues, esos –apenas- dos kilómetros de tubo de ensayo vial deberían bastar para hacernos desistir de cualquier esperanza en campañas de concienciación masiva. Dice, o al menos decía, un eslogan bastante orwelliano de la D.G.T.: “No podemos conducir por ti” [...porque si pudiéramos no te acercabas tú a un volante en tu puta vida, desgraciado. Añado yo].

lunes, junio 15, 2009

La mujer invisible

El otro día fui testigo, una vez más, de uno de los superpoderes de mi madre.

La llevé a comprar a una gran superficie, que es como llaman ahora a los “pricas”. Y, aunque hace años -tras un capazo monumental- me juré que no volvería a jugármela, piqué una vez más en su ardid, y asistí a una de sus temibles demostraciones de poder. No deja de sorprenderme esa habilidad tan especial suya. Sólo tiene que recitar el siguiente conjuro: “Separémonos, que iremos más rápidos. Búscame en cinco minutos, que estaré por aquí. Hoy sólo tengo que coger cuatro cosas”, e instantáneamente, en cuanto le doy la espalda le sobreviene el don de la invisibilidad. Desaparece de los radares. Se escamotea.

Después de peinar la zona, (la gran superficie), de cabo a rabo, no menos de 10 rondas, y no exagero, mascullando improperios por los pasillos y maniobrando como un demente cada vez que creía avistarla entre la manolería, llegó el relevo de sentimientos y la indignación cedió su puesto en el alma a la preocupación. ¿Y si se ha quedado encerrada en un probador? ¿O si le ha dado un vahído sobre el lineal del ossobuco?

Así que ya me dirigía al guardia jurado y la princesa prometida que estaban en la entrada, para pedirles el favor de localizarla por megafonía, cuando me chistan como a una cabra por la espalda. Era ella, justo a tiempo de evitar uno de esos ridículos marca de la casa. Y venía hacia mí desplegando ya otro de sus poderes maternos: el escudo inhibidor de reproches. Arcano que se resume en una desarmante cara de preocupación, en esta ocasión era más bien de puro susto, al detectar el cabreo esculpido en mi musculatura facial. Este escudo le permite compungir ipso facto a su víctima y aplazar sine díe las hostilidades.

Cuando seas padre, en este caso madre, comerás huevos. Que nunca he sabido lo que significa, y ni siquiera sé si viene a cuento, pero en fin… FIN.

miércoles, junio 10, 2009

El tío del palillo

Tengo una teoría estúpida. Otra. La llamo “Teoría del tío del palillo”, pero como dicha así suena algo desustanciada y poco científica, aquí la rebautizaré como la “Hipótesis antropocéntrica del hominoideo del mondadientes”. Ah, así sí. Esto ya es otra cosa.

Viene a decir que todos los estamentos, empresas, organizaciones, etc… pero TODOS, tengan la solera y el renombre que tengan, por muy temibles que suenen sus siglas (FBI, CIA, NASA, OTAN, etc…), sus superestructuras recaen siempre, allá abajo al final del organigrama, en el tío del palillo.

Seguro que por mucho que nos quieran convencer en la tele que los agentes dobles deben someterse a una verificación de iris antes de acceder a las instalaciones ultrasecretas, luego tenemos al tío del palillo en los labios, ese espalda mojada de mantenimiento, con su gorra raída y su mono engrasado, que accede a todos los rincones con su manojo de llaves oxidadas.

Me lo imagino perfectamente un 4 de Julio, colando a la familia y amigotes en los silos de misiles, aprovechando que los hombres de negro están todos de barbacoa.
“Pápa, ¿podemos subirnos a las bombas?”.
“Pues claro, pero no me piséis ahí, que acabo de fregar”.
Y el yerno: “¿No se irá a meter usted en un lío por esto, verdad?”.
“¿Quién yo? Tú no sabes con quién estás hablando, mi hijito…”.

Porque por mucha alta tecnología de ultima generación que sea, al acelerador de partículas también habrá que quitarle el polvo, digo yo; y los cerebritos que acceden al CERN con la huella digital, no se van a poner: “Profesor Lichtenberg, usted el Pronto y yo la balleta”. No.

Al final de la jornada, cuando la casta Alfa ya se ha cansado de colisionar hadrones, y se han vuelto todos a casa para ver el programa de Punset, llega la hora del escuadrón Épsilon. Nuestros temibles hombres del palillo. Pero insisto, estoy convencido que éstos no pasan por el arco termográfico, ni el escáner. Estos seguro que entran por la puerta de atrás, la del candado de toda la vida. No hay que olvidar que por muy sofisticado y futurista que sea un centro de operaciones, no se libra de tener su cuartito con escobas y aguarrás. Ni su puerta trasera, ésa que no cierra bien, donde dejan los del palillo el cubo de la basura y la carretilla cuando entran y salen de los centros de poder fáctico.

Si sabemos que una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones, cualquier organización humana, por hipertecnificada que se crea, será tan efectiva y fiable como lo sea su tío del palillo. Amén.

lunes, junio 08, 2009

Melancholia agitata

Antes de empezar a perorar sobre lo que amenaza el título aquí arriba, debo admitir una fe de errata de mi entrada anterior (cosa absurda porque ese método, el de la fe de erratas, se emplea en medios impresos, cuando el error se detecta demasiado tarde y sólo se puede solventar haciéndolo notar a toro pasado; mientras que esto es un blog interactivo y bien que podría acceder ahí, corregirlo y listo. Pero ya me conocéis, me gusta complicarlo todo).

Fe de Rata: la última vez que asomé aquí escribí convalescencia, absolutamente convencido de su corrección (aun conociendo la coexistencia de convalecencia). Pero hoy lo he visto y me ha chirriado. Bien, veamos lo que dice el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE:

Aunque procede del latín convalescere, en el español actual debe evitarse el uso de grafías con el grupo -sc- etimológico, tanto en el verbo como en sus derivados; por consiguiente, no se consideran hoy correctas las formas convalescer, convalescencia ni convalesciente, en lugar de las normales convalecer, convalecencia (‘recuperación tras una enfermedad’) y convaleciente (‘que convalece’).

Dicho lo cual, este todavía convaleciente procederá con su murga habitual.

Como soy la alegría de la huerta, con vistas a mi convales[¡uy!]lecencia me compré un libro muy apropiado: un tochito del intelectual húngaro Lászlo F. Földényi [esto tiene que estar sonando de un petulante…] en el que se da un exhaustivo repaso a la melancolía en la historia de la humanidad. Melancolía, se titula, de hecho, y es una lectura altamente recomendable para todo aquel que quiera conocer mejor ese mecanismo imperfecto llamado hombre, capaz de asumir estados anímicos que atentan contra la 1ª ley de la robótica humana (la 3ª en la robótica a secas, o asimoviana), que es la autopreservación del hardware por muy jodido que crea estar el software.

Yo he creído (¿o querido?) catalogar mi tontuna en una de las categorías que se describen en el libro, y me he adscrito a la melancholia agitata. Es decir, al contrario que el arquetipo de cenizo clásico (el lánguido sufridor en casa de la inhibición psíquica y motriz propia de la melancholia stuporosa), el agitado es aquel que no encuentra su sitio en el mundo, va y viene, hace esto y aquello, empieza muchas cosas pero no acaba ninguna y busca en vano algo que pudiera satisfacerlo. El resultado al final es el mismo que el de los que vegetan ante la chimenea o bajo el busto de Palas: un sinvivir perenne e igualmente improductivo. Si a ese autodiagnóstico le sumamos algunos raptos de melancholia errabunda, pues ya tenemos el cuadro completo: un culo de mal asiento al que nada le apaña.

Resumiendo burdamente la línea argumental del tratado, una persona puede devenir melancólica tras sufrir la insignificante pérdida de un objeto que la enfrente con la transitoriedad de la existencia.

Pues eso, exactamente eso, es lo que me pasó a mí siendo muy niño: la pérdida de una chancla en la corriente de una acequia me convirtió tan prematuramente en el abuelo Despotrique que teclea esto ahora.

Tras trescientas [y pico] tristes páginas repasando la historia de la amargura mundial, cuando llegué a ese punto tuve que morderme el puño y gemir hacia dentro para no despertar a mi pareja. Ahí podía estar la clave de mi zozobra.

Yo debía ser un niño técnicamente feliz hasta aquella infausta mañana de verano. Era muy joven, no recuerdo la edad, pero seguro que no más de 7 u 8 años. Jugaba despreocupado junto a una acequia (me he criado a caballo entre la ciudad –lugar de residencia- y el campo profundo –al que se nos deportaba a la mínima confluencia de más de 24 horas libres de mi padre en su trabajo: fines de semana, puentes, vacaciones…). En un lance del juego una de mis chanclas fue a caer al cauce. La perseguí renqueando, unos cuantos minutos y metros, hasta que finalmente la perdí definitivamente de vista.

Lo terrible no fue la pérdida en sí, el extravío material, que de haber ocurrido drásticamente, pues el agua iba crecida y circulaba con velocidad, quizás hubiera quedado en simple anécdota; pero esa peripatética persecución se vio propiciada por el jugueteo del agua con la chancla, ora aceleraba su curso, ora aminoraba hasta ponerla casi al alcance de mi mano. Cuando ya creía darla por perdida, repentinamente quedaba encallada en unos arbustos. Volvía yo al rescate y justo un nuevo derrote del agua me la arrebataba de las manos y la transportaba hasta la siguiente prueba. Otra trampa en la que, por mucho que me asegurara a mí mismo que no acudiría, acababa picando y corriendo patizambo y desesperado para encontrar el mismo resultado, que en el último momento el agua de la acequia se burlaba de mí y me dejaba con tres palmos de narices, llevándose de nuevo con algún inexplicable requiebro líquido mi tesoro podal.

Aquel incidente anecdótico se marcó a fuego en mi conciencia infantil. No por la pérdida material de la chancla; eso era lo mínimo que te podía pasar en la tundra, como atestiguan no pocas cicatrices en mi cuerpo. Fue como una epifanía, como una revelación, muy gráfica por cierto (gracias), de la monstruosa esencia de la vida. Por muy párvula que fuera mi capacidad de raciocinio, enseguida até cabos: el agua = el río de la vida; la chancla = yo y todos mis iguales.

Ensayé conmigo mismo una dialéctica postplatónica y chapucera:

- "Pero la chancla es un objeto inanimado, no tenía voluntad de resistir el envite del agua. Si hubiera tenido unos bracitos (recordemos que estamos hablando de un retaco que se enfrenta por primera vez a la trascendencia), podría haberse aferrado a algún saliente o arbusto, o intentado nadar contracorriente".

Pero ya era tarde para eso, yo mismo rebatía implacablemente todos los alegatos de la defensa:

- "¿Bracitos?, ¿nadar?, ¿adónde?, ¿al pantano? Noooo, amiguito, noooo. Acabas de asistir a la representación en este pequeño teatro acuático del drama de la vida. No le busques más pies al gato de tu existencia, mequetrefe, este es tu destino: ser una chancla exánime al capricho de una acequia".

Volví a casa aplastado por las circunstancias, y me metí en la cama. Mis padres se preocuparon un poco por mi extraña actitud, y al día siguiente mi madre me compró otro par de chanclas muy parecidas, creyendo que la causa de mi frustración era la pérdida del calzado. Pero ni 3.000 pares de chanclas de oro macizo me habrían consolado en aquel momento decisivo. Cuando uno ha sido testigo excepcional de la licuefacción del nihilismo, ya hubiera dado igual que hubiera acabado recuperando la chancla original, trasmisora de tales verdades. El mal ya estaba hecho. Aquel cerebro prepúber e inocente se pudrió en apenas cien metros nada lisos.

Y así hasta ahora.

miércoles, junio 03, 2009

Colecistectomizado

La ciencia avanza una barbaridad.

Hace apenas 24 horas estaba bajo el hechizo de la anestesia general (es decir, un trozo de carne inerte, sin voluntad, en la mesa de operaciones), y ahora estoy en casita, colecistectomizado, escribiendo esto.

Como todo lo tengo que hacer complicadito, mi vesícula biliar no contenía piedras, como suele ser lo común en estos casos, sino "un barrillo grumoso que estamos analizando", según palabras del Dr. Lloret.

Por no hablar de la panza samoana que he vuelto a cultivar recientemente, que casi impide la moderna técnica laparoscópica, que me permite estar un día después [casi] tan campante.

La única putada de estos avances médicos es que te acortan la convalescencia, privándote de coartada para dejarte mimar por los que te quieren. ["Cariño, ¿le puedes dar al intro para que se publique esta entrada? Que estoy malito..."].

lunes, junio 01, 2009

Vesícula billar

Antes de nada, muchas gracias a todos por los comentarios. Y a Guile: desearle que se mejore de su caída (a poder ser rápido y sin secuelas).

Mañana martes me evisceran.

Pasaré una vez más por quirófano. En esta corrida me extirparán la vesícula billar (la llamo así porque la debo tener como una bola de dicho juego). "Muy castigada..." la definió el especialista.

Ayer domingo hicimos en casa una comida de amigotes para despedirla como se merece, por los servicos prestados al apátrida.

Para esta pieza no hay recambio, así que ya veremos cómo se vive desvesiculado. Con lo atrabiliario que ya vine de serie, que me rezuma la bilis negra por los poros.

De momento voy soltando lastres. Seguiremos informando.