lunes, junio 22, 2009

El Corán me alumbra

Y todo porque resulta que cuando estoy en casa de mis padres, como ahora que escribo esto, utilizo para leer una lamparita de mesilla de noche que tiene algún problema de contacto en el interruptor, y sólo permanece encendida si ejerces cierta presión sobre él.

Y como no es plan de estar apretándolo entre los dedos, para ese menester empleo un volumen que pesa lo justo y necesario. Un tochito considerable, teniendo en cuenta que se supone una edición de bolsillo, del Corán. Libro cuya lectura recomiendo, pues aclara algunas cosas a la mirada estupefacta del infiel.

Habiendo significado este libro un considerable avance social para la época en que fue revelado, hay preceptos cuya aplicación actual tan a rajatabla, cuando no tergiversada, nos chirría bastante por estos lares.

Un ejemplo público y notorio han sido las recientes y polémicas elecciones en Irán, a las que podían concurrir libremente las mujeres, pero resulta que finalmente el tribunal islámico no ha considerado a ninguna de las aspirantes “capacitadas moral ni intelectualmente”.

A esa gente que se aferra tanto a la tradición de las cosas primeras, al yo lo vi primero o yo es que estaba aquí antes, quizás convendría recordarles que la primera persona musulmana de la historia fue una mujer. Sí, sí, una mujer. Porque cuando Mahoma tuvo la revelación de la cueva de Hira y llegó a casa temblando de miedo y desconcertado por la experiencia, fue su mujer Jadiya la que lo arropó, escuchó la historia e interpretó el hecho como una revelación divina. Le creyó. Luego Jadiya fue la primera persona mahometana de la historia; la primera conversa al islam.

No digo que la veneren y saquen en procesión, como hacen los otros con las mujeres de su historia sagrada, pero sí pediría que cesara esa interpretación interesada y tergiversada que del papel de la mujer hace la jurisprudencia islámica, para negarle la dignidad que le garantizaba aquel texto hace ya 1400 años: derecho a poseer propiedades, a elegir libremente el cónyuge (y no cesan los matrimonios forzosos entre musulmanes de la península indostánica), al divorcio (que ha sido arteramente casi abolido de la ley islámica) y la satisfacción sexual en el matrimonio, e incluso al aborto en caso de necesidad.

Todo esto se olvida interesadamente y se prefieren las lapidaciones y linchamientos. Así como una interpretación disparatada del impreciso consejo coránico de “vestir con modestia” (para quedar libre de la opresión de la belleza y la moda), ha desembocado en la obligación talibana del humillante burka. O la ablación del clítoris, prohibida expresamente por el islam, que se sigue practicando en su nombre en Sudán o Egipto.

Pero, claro, como las personas del entorno islámico que denuncian esta manipulación del mensaje no están "capacitadas moral ni intelectualmente" para opinar, pues esto es un pez que se muerde la cola.

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