martes, junio 16, 2009

El túnel del terror

Pienso hundir estas teclas de aquí delante en el orden siguiente, en este exactamente y no en cualquier otro posible, porque quiero decir justo esto:

Quiero decirle a la D.G.T. que no se moleste con sus campañas gore veraniegas. No se puede concienciar a quien no tiene conciencia, porque básicamente no tiene cerebro donde alojarla.

Y me limitaré a un sencillo caso práctico que observo casi a diario.
El túnel de El Campello, que debo atravesar para llegar a casa. Un despliegue de carteles bien visibles te advierten a la entrada que la velocidad en el túnel está limitada a un máximo de 80 km/h. (que dicho así suena a poca cosa, pero recorres 80.000 metros en apenas 60 minutos. ¡Hala!… ¡Uau!… 8.000.000 de centímetros...). Y te conminan a no sobrepasarla, informando bien clarito el uso de radares y cámaras de TV para asegurarse que así sea.



Pues bien, no hay forma. Aquello no amedrenta a casi nadie. Entre los que aplican ese 10 % de beneficio de la duda, por la falibilidad de los equipos de medición (“si pone 80, puedes ir hasta 88, que no te multan…”); los que van armados de cacharritos que les chivan qué radares están activados y cuales no; los que no temen las multas (bien por un extraordinario poder adquisitivo, bien por tener algún pariente en las autoridades responsables que las traspapele; si es que no ellos mismos); los vehículos comerciales estresados; y la consabida recua de tuneados descerebelados [el cerebelo es el centro que controla las órdenes que se envían al aparato locomotor]; pues resulta que somos cuatro gatos motorizados los que respetamos esta limitación. Y algunos porque no pueden, porque no les da más de sí el tractor albanokosovar, que si por ellos fuera…

Entonces me pregunto: si la gente -ese ente abstracto, cóctel de incoherencias de indigestión pasiva que quiebra mi economía anímica- es incapaz, incluso bajo coacciones anunciadas, de aflojar un poquito la presión que su pezuña de jumento ejerce sobre el pedal que suministra la gasolina a la mezcla combustible, durante 1.840 miserables metros de túnel; durante los que se le pide, y ordena, que sea responsable, (que te estoy viendo), que por favor tenga dos dedos de frente (útiles, no de terraza), y durante esos escasos segundos (apenas minuto y medio) que dura el trayecto cubierto, sea bueno y afloje un poquito la marcha, porque como la providencia se haya levantado con mal pie y líe la marimorena allí dentro, no nos saca ni Stallone, ni Rambo, ni Zampo... ¿Qué no hará fuera del túnel, lejos de las cámaras?

Así pues, esos –apenas- dos kilómetros de tubo de ensayo vial deberían bastar para hacernos desistir de cualquier esperanza en campañas de concienciación masiva. Dice, o al menos decía, un eslogan bastante orwelliano de la D.G.T.: “No podemos conducir por ti” [...porque si pudiéramos no te acercabas tú a un volante en tu puta vida, desgraciado. Añado yo].

1 comentario:

Mr.Celofan dijo...

El día del juicio final nos pondrá a todos donde nos merecemos.