lunes, junio 08, 2009

Melancholia agitata

Antes de empezar a perorar sobre lo que amenaza el título aquí arriba, debo admitir una fe de errata de mi entrada anterior (cosa absurda porque ese método, el de la fe de erratas, se emplea en medios impresos, cuando el error se detecta demasiado tarde y sólo se puede solventar haciéndolo notar a toro pasado; mientras que esto es un blog interactivo y bien que podría acceder ahí, corregirlo y listo. Pero ya me conocéis, me gusta complicarlo todo).

Fe de Rata: la última vez que asomé aquí escribí convalescencia, absolutamente convencido de su corrección (aun conociendo la coexistencia de convalecencia). Pero hoy lo he visto y me ha chirriado. Bien, veamos lo que dice el Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE:

Aunque procede del latín convalescere, en el español actual debe evitarse el uso de grafías con el grupo -sc- etimológico, tanto en el verbo como en sus derivados; por consiguiente, no se consideran hoy correctas las formas convalescer, convalescencia ni convalesciente, en lugar de las normales convalecer, convalecencia (‘recuperación tras una enfermedad’) y convaleciente (‘que convalece’).

Dicho lo cual, este todavía convaleciente procederá con su murga habitual.

Como soy la alegría de la huerta, con vistas a mi convales[¡uy!]lecencia me compré un libro muy apropiado: un tochito del intelectual húngaro Lászlo F. Földényi [esto tiene que estar sonando de un petulante…] en el que se da un exhaustivo repaso a la melancolía en la historia de la humanidad. Melancolía, se titula, de hecho, y es una lectura altamente recomendable para todo aquel que quiera conocer mejor ese mecanismo imperfecto llamado hombre, capaz de asumir estados anímicos que atentan contra la 1ª ley de la robótica humana (la 3ª en la robótica a secas, o asimoviana), que es la autopreservación del hardware por muy jodido que crea estar el software.

Yo he creído (¿o querido?) catalogar mi tontuna en una de las categorías que se describen en el libro, y me he adscrito a la melancholia agitata. Es decir, al contrario que el arquetipo de cenizo clásico (el lánguido sufridor en casa de la inhibición psíquica y motriz propia de la melancholia stuporosa), el agitado es aquel que no encuentra su sitio en el mundo, va y viene, hace esto y aquello, empieza muchas cosas pero no acaba ninguna y busca en vano algo que pudiera satisfacerlo. El resultado al final es el mismo que el de los que vegetan ante la chimenea o bajo el busto de Palas: un sinvivir perenne e igualmente improductivo. Si a ese autodiagnóstico le sumamos algunos raptos de melancholia errabunda, pues ya tenemos el cuadro completo: un culo de mal asiento al que nada le apaña.

Resumiendo burdamente la línea argumental del tratado, una persona puede devenir melancólica tras sufrir la insignificante pérdida de un objeto que la enfrente con la transitoriedad de la existencia.

Pues eso, exactamente eso, es lo que me pasó a mí siendo muy niño: la pérdida de una chancla en la corriente de una acequia me convirtió tan prematuramente en el abuelo Despotrique que teclea esto ahora.

Tras trescientas [y pico] tristes páginas repasando la historia de la amargura mundial, cuando llegué a ese punto tuve que morderme el puño y gemir hacia dentro para no despertar a mi pareja. Ahí podía estar la clave de mi zozobra.

Yo debía ser un niño técnicamente feliz hasta aquella infausta mañana de verano. Era muy joven, no recuerdo la edad, pero seguro que no más de 7 u 8 años. Jugaba despreocupado junto a una acequia (me he criado a caballo entre la ciudad –lugar de residencia- y el campo profundo –al que se nos deportaba a la mínima confluencia de más de 24 horas libres de mi padre en su trabajo: fines de semana, puentes, vacaciones…). En un lance del juego una de mis chanclas fue a caer al cauce. La perseguí renqueando, unos cuantos minutos y metros, hasta que finalmente la perdí definitivamente de vista.

Lo terrible no fue la pérdida en sí, el extravío material, que de haber ocurrido drásticamente, pues el agua iba crecida y circulaba con velocidad, quizás hubiera quedado en simple anécdota; pero esa peripatética persecución se vio propiciada por el jugueteo del agua con la chancla, ora aceleraba su curso, ora aminoraba hasta ponerla casi al alcance de mi mano. Cuando ya creía darla por perdida, repentinamente quedaba encallada en unos arbustos. Volvía yo al rescate y justo un nuevo derrote del agua me la arrebataba de las manos y la transportaba hasta la siguiente prueba. Otra trampa en la que, por mucho que me asegurara a mí mismo que no acudiría, acababa picando y corriendo patizambo y desesperado para encontrar el mismo resultado, que en el último momento el agua de la acequia se burlaba de mí y me dejaba con tres palmos de narices, llevándose de nuevo con algún inexplicable requiebro líquido mi tesoro podal.

Aquel incidente anecdótico se marcó a fuego en mi conciencia infantil. No por la pérdida material de la chancla; eso era lo mínimo que te podía pasar en la tundra, como atestiguan no pocas cicatrices en mi cuerpo. Fue como una epifanía, como una revelación, muy gráfica por cierto (gracias), de la monstruosa esencia de la vida. Por muy párvula que fuera mi capacidad de raciocinio, enseguida até cabos: el agua = el río de la vida; la chancla = yo y todos mis iguales.

Ensayé conmigo mismo una dialéctica postplatónica y chapucera:

- "Pero la chancla es un objeto inanimado, no tenía voluntad de resistir el envite del agua. Si hubiera tenido unos bracitos (recordemos que estamos hablando de un retaco que se enfrenta por primera vez a la trascendencia), podría haberse aferrado a algún saliente o arbusto, o intentado nadar contracorriente".

Pero ya era tarde para eso, yo mismo rebatía implacablemente todos los alegatos de la defensa:

- "¿Bracitos?, ¿nadar?, ¿adónde?, ¿al pantano? Noooo, amiguito, noooo. Acabas de asistir a la representación en este pequeño teatro acuático del drama de la vida. No le busques más pies al gato de tu existencia, mequetrefe, este es tu destino: ser una chancla exánime al capricho de una acequia".

Volví a casa aplastado por las circunstancias, y me metí en la cama. Mis padres se preocuparon un poco por mi extraña actitud, y al día siguiente mi madre me compró otro par de chanclas muy parecidas, creyendo que la causa de mi frustración era la pérdida del calzado. Pero ni 3.000 pares de chanclas de oro macizo me habrían consolado en aquel momento decisivo. Cuando uno ha sido testigo excepcional de la licuefacción del nihilismo, ya hubiera dado igual que hubiera acabado recuperando la chancla original, trasmisora de tales verdades. El mal ya estaba hecho. Aquel cerebro prepúber e inocente se pudrió en apenas cien metros nada lisos.

Y así hasta ahora.

5 comentarios:

J. dijo...

Extraordinaria metáfora sobre la livianidad de la vida mi querido micropene, ya casi no recordaba estos relatos tuyos, que siempre son gratamente sorprendentes.
(Gracias por el aviso, ya lo tengo reparado).
J.

Mr.Celofan dijo...

No me preguntes la razón pero tu post me ha recordado a la imprescindible " La Vida de Brian".

Metáfora, fábula...

Da mucho que pensar.

Si señor.

malaputa dijo...

Yo también echaba de menos tus posts.
A mí más que tristeza me daría una rabia de cojones lo de la chancla...

Guile dijo...

En primer lugar:

En mi convalecencia :), mi esposa me ha regalado en 4 tomos la historia de las pin ups y revistas eróticas desde 1900 hasta hoy, rematado con otro libro de fotografía erótica de Dita, para comerme el tarro sólo en un sentido, el sexo es magnífico para recuperarse, incluso con uno mismo, aunque en mi caso el onanismo sería algo propio del circo del sol.

Por otro lado, necesito más tiempo para digerir tu fábula chanclar, pero me alegro de volver a leer al auténtico Micro.

Saludos a Gilito y Cripema.

Cripema dijo...

Miralo por el lado positivo, yo esa sensación la experimenté a los 30 años y entonces ya ha pasado la mitad de tu vida y tienes la sensación de haberla pasado en la ignorancia (y en la inocencia)..